Cavafis, o las 154 razones para leerle…

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A Constantino Petrus Cavafis (Alejandría, 1863-1933) le bastaron sus 154 Poemas (sus famosos poemas “canónicos”) más algunas pocas decenas más, para convertirse, años después de su muerte, en uno de los poetas más influyentes y originales del Siglo XX, aunque su obra permaneciera durante buena parte de su atormentada y conflictiva vida, oculta.

Casi desconocido en la propia Grecia, debemos a E. M. Foster el que luego se haya difundido en Occidente y traducido no solamente al inglés, sino a una veintena de lenguas.

La presente edición de Contemporánea, en formato bolsillo, traducida por el filólogo español Ramón Irigoyen, contiene un Prólogo y detalladas notas que ayudan al lector que toma contacto con la obra de Cavafis por vez primera, a entenderle un poco más.

Cuenta Irigoyen en la biografía del autor que recién en 1900, cuando contaba con 37 años y en medio de una vida errante de constantes pérdidas, se animó a publicar una selección de sus poemas que solamente repartió entre sus amigos, con muchos de los cuales había estado trabajando durante diez o más años.

Obsesivo al extremo, Cavafis parece haber cultivado una suerte de bonsai literario con su obra, sometiéndola a un constante escrutinio, recortando y desechando todo aquello que consideraba imperfecto.

Sin embargo, quizás por ello mismo, es un poeta al que hoy día le bastarían haber escrito su magistral “Íthaca”, los “Idus de Marzo”, el impresionante “Esperando a los bárbaros”, o “Un viejo”, su confesional “Fui”, que con ello le hubiere bastado para ganarse un más que merecido lugar en el panteón de los grandes poetas del Siglo XX. En ellos hay tanta sabiduría como podría encontrarse en toneladas de sesudos tratados, expresados con la sensibilidad de un poeta exquisito.

Por lo menos, así lo siento yo.

José Luis Peixoto,eximio músico en “Cementerio de Pianos”

 

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Resurrecturis. La hermosa edición de “Cementerio de pianos” del portugués José Luis Peixoto (Galveias, en el Alentejo, 1974) que Casa Editorial HUM acaba de presentar en la Feria del Libro de Montevideo, empieza con esa voz latina, resurrecturis, los que resucitarán.  Voz latina que suele coronar la entrada de los camposantos católicos, allí donde los vivos han ido a reposar a la espera de su resurrección en el Reino de los Cielos, parece ser una metáfora de lo que la novela es. Metáfora que se complementa con un largo versículo de la Biblia, donde Jesucristo invoca a su padre Dios.

La novela se desarrolla en el entorno físico de una carpintería, nada casual tratándose del oficio de José y del propio Jesús, en la que vivió el primero de los Francisco Lázaro y en la que habría de dejar a su hijo, el otro Francisco Lázaro, nombre tras el que se esconde sin demasiada suerte una alusión al “levántate y anda” implícito en la peripecia de esa hijo carpintero que será el primer maratonista portugués en disputar esa prueba en Estocolmo en 1912. La inmanencia de la carpintería como elemento central que une a las generaciones, parece resultar un efectivo juego de espejos con la carrera que durante 30 interminables kilómetros, Francisco Lázaro corre, contra otros pero también, y fundamentalmente, con sí mismo, su padre, su vida y sus designios.

Generaciones y tiempos, voces de acá y del más allá, van y vienen a través de sus páginas, en un transcurso que nunca es lineal. Allí, dentro de la carpintería está el misterio del “Cementerio de Pianos”, lugar donde reposan músicas y recuerdos, vivencias y sentimientos, a la espera de ser resucitados, precisamente de la mano de un Lázaro, pero donde también encuentran el escenario las pasiones y los secretos.

Novela compleja, multifónica, de una densidad metafísica, en donde el tiempo es una materia más que se confunde con los colores y los sonidos, las generaciones y la familia, los sueños y la violencia soterrada y omnipresente, tiempo que se convierte en una materia viscosa y densa que borra los contornos de un mundo ríspido presa de un fatalismo descarnado. Una novela que desafía al lector y le reclama involucrarse. Que le pide leerla, pero también y sobre todo, sentirla.

En la presentación, en la que un Peixoto amable y distendido ofreció una larga charla salpicada de anécdotas, no solamente sobre esta novela sino sobre su vida toda y la literatura lusitana, de la que hoy es uno de sus más significativos representantes, alguien del público que ya conocía “Cementerio de Pianos” quiso saber del autor cómo leer la novela para entenderla teniendo en cuenta esas particularidades de su técnica narrativa. Peixoto le respondió que, más que entenderla, a la novela había que tratar de sentirla, y escucharla, porque la música es parte indisoluble del todo, y por tanto, simplemente, hay que dejarse llevar.

Para quienes deseen adentrarse en el fascinante mundo onírico de José Luis Peixoto, ese es mi modesto consejo: siéntase cómodo, buena luz y tiempo, y déjese llevar. Estará en buenas manos. Manos de pianista, claro.

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Mi agradecimiento a José Luis Peixoto por la amable dedicatoria. 

 

Poesía sin corbata: “Preguntas vanas”

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¿Vivimos pensando en la muerte para vivir, o
morimos pensando en la vida para no morir?
¿Será hoy, o mañana, cuándo y dónde?
¿Cuántas veces el calendario nos oculta esa fecha?
¿Lo hace por ignorante o por cómplice de ella?
¿Cuál será el instante del último abrazo?
¿El del último beso, la postergada caricia?
¿Cuántos te quiero quedarán presos del silencio?
¿Cuántos perdones no serán dichos a tiempo?
¿Cuántos olvidos permanecerán olvidados?
¿Cuántos, cuáles recuerdos llegarán a tiempo?
¿Qué día y hora nos espera con el adiós?
¿Cuál será la última línea escrita, ignorante de serlo?
¿Cuál ese libro postergado que no llegamos a leer?
¿Qué sol será ese sol del último amanecer?
¿Cuál habrá de ser la luna nueva que no llegará a llenar?
¿Cuánto de la muerte tendrá esa postrera puesta de sol?
¿Y de los sueños, qué fue de ellos, dónde y cuándo perdidos?
¿Cuánta vida guarda el mañana, si la guarda?
¿El tiempo acabado será suficiente para una última sonrisa?
¿Cuándo y dónde será el hoy sin mañana?

Parinoush Saniee, una voz al descubierto…

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Luego de la formidable “El libro de mi destino”, donde Saniee (Teherán, 1949) nos pinta un crudo retrato de la sociedad iraní de la “República Islámica” a través del relato de la vida de una mujer sometida a la violencia familiar, social, religiosa y política, resultaba casi imprescindible ir tras la lectura de su otra novela posterior: “Una voz escondida”.

Basada en una historia supuestamente real de un niño que no habló hasta más allá de los 7 años de edad, es precisamente a través de ese niño que se refugia en el silencio como arma contra la injusticia, la violencia, la ignorancia y discriminación, que la autora nos sumerge en un mundo donde el individuo nace condicionado por el lugar, la religión, el sexo, la posición social de la familia y el peso de unas tradiciones que suelen actuar como leyes inviolables donde la libertad del individuo nada tiene que hacer.

Otra historia profundamente humana, dolorosa pero no exenta de ternura y poesía, de la mano de un niño que sufre pero no se resigna y hace de su silencio militante el más desgarrador grito en pos de una libertad que se le niega. Es también un sonoro alegato del poder del amor y el cariño sin condiciones, encarnado en una abuela que oye y ve donde otros no pueden hacerlo, porque tienen oídos pero no oyen, tienen corazón pero lo han cerrado para nada que no sea ellos mismos.

El pequeño Shahab bien podría ser cualesquiera otro de los millones de iraníes sojuzgados por una sociedad patriarcal y represiva, por la violencia del totalitarismo y el fanatismo religioso.

La de Parinoush Saniee, a través de sus únicas dos novelas publicadas, se revela como una potente voz al descubierto, que clama en medio del silencio por lo que los seres humanos hemos luchado desde el fondo de la historia: nuestro derecho a ser nosotros mismos, únicos e irrepetibles, en libertad. Nada menos.

 

John Boyne y el horror tras un piyama a rayas…

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Al contrario de lo que me suele suceder con las novelas que luego dan origen a películas, más o menos fieles -todo cuanto podrían serlo- a aquellas, en el caso de “El niño del piyama de rayas” vi primero la película y luego recién pude conseguir la obra escrita. Éste hecho, quizás, haya condicionado la lectura, en tanto las imágenes están ya allí, prestas a colocarse en su lugar a medida que vamos leyendo, y eso, de alguna forma, condiciona la lectura.

No obstante, lo que me interesa comentar -y, modestamente, recomendar– es la novela escrita. Quien luego, si no lo ha hecho ya, desee ver la película, será un interesante complemento porque se trata de un filme correcto, bien filmado, con actuaciones convincentes.

No es raro encontrar en la Babel de la internet, quienes catalogan a la novela como “literatura infantil”, tal vez porque -otra razón no se nos ocurre- el protagonista es Bruno, un niño de 9 años, y es él quien relata la historia, pero nada más lejos de ello. No es literatura infantil bajo ningún concepto.

Se trata sí de una aproximación al horror del Holocausto judío desde la mirada inocente de un niño alemán, hijo de un nazi asignado como Comandante nada menos que en Auschwitz. Un niño que como todos ellos, como nosotros cuando lo fuimos, no sabe de razas, ni de destinos predeterminados ni mucho menos de supuestas superioridades que pretextan exterminios, de los que tampoco sabe. Un niño al que le es arrebatada su condición, estando en el bando del Poder, tanto como a las víctimas de éste. Es un viaje desde la más pura inocencia, hacia un mundo incomprensible donde nada parece ser lo que es y donde esa inocencia, como la amistad, no tiene lugar.

Es el horror en estado puro, puesto de forma descarnada, en el lenguaje y el asombro de ese niño, víctima de un delirio del que no pidió ser parte.

Una lectura ineludible que nos recuerda, una vez más, que los seres humanos no siempre solemos ser humanos. Allá en Auschwitz hace más de 60 años, acá en el mundo -tanto puede ser Siria como cualquier otro- hoy mismo, frente a nuestros ojos, y los de nuestros niños.

 

 

Poesía sin corbata: “Deja que vuelva a la noche”

Deja que vuelva a la noche

 

…deja que sacuda de mi la noche,

que la espante de mis párpados dormidos,

deja que los sueños se evaporen

y se vuelen como palomas al viento

por las cornisas de la realidad;

déjame que espante los demonios

que arrastro pegados a las sábanas,

déjame, olvídate de lo que no fui

ya nada sacarás de mi –desierto-

que no hubieses sacado –secado- ya,

confundes cuenco con manantial

crees en paraísos que no supe alcanzar,

deja que me siente a lamer mis heridas

y olvida las cimas solamente imaginadas,

deja que sienta el sabor de la tierra

que me pide y reclama volver

allí, míralo, no le huyas, está el fin,

aunque pretendas que puedes ignorarlo;

anda, déjame, que vuelva a la noche…

Julian Barnes: Shostakóvich en su laberinto stalinista

El ruido del tiempo

El magnífico escritor que es Julian Barnes, autor de más de una docena de novelas dentro de las cuales destaca “El loro de Flaubert”, se interna en “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2016) en el terreno de la novela histórica, o historia novelada, abordando la fascinante vida del genial compositor ruso Dmitri Sostakóvich y su compleja relación con el omnímodo poder del stalinismo.

En tan sólo 200 páginas, Barnes logra una obra de una densidad impresionante, propia de una historia que no puede leerse en clave simplista de héroes y traidores. Se trata de ir a fondo en las complejidades de un individuo nacido para su arte, la música, al que la vida fuera de ella le resulta siempre un frágil bazar donde el más mínimo movimiento da por tierra con los cristales más finos, y que debe vivirla navegando por las aguas encrespadas del totalitarismo más brutal que haya conocido la historia.

Es, como dice la reseña de la obra, un “ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder”, ese poder omnímodo con el cual nunca nadie puede sentirse nunca seguro de nada, jamás, en ninguna circunstancia.

Es el particular descenso del hombre y el artista a su personal infierno de la mano de un Poder que no solamente encarcela y tortura, que destierra y desaparece, sino que comete el más terrible de los crímenes que es confiscar la voluntad y dignidad del individuo, obligándole a comportarse como rata de laboratorio huyendo del castigo o arrastrándose en busca de la recompensa. Es ese poder invisible y brutal que descarga el garrote, con razón o preferiblemente sin ella, sin dejar nunca de zarandear la zanahoria frente a los ojos de sus víctimas.

Nos muestra a un individuo que siente que cae, a cada paso, un nuevo peldaño en la escala humana, y que mantiene ese reflejo condicionado del superviviente, aún cuando el enemigo o la amenaza hayan desaparecido. Es el Shostakóvich que se siente usado, traidor de aquellos a quienes admira y vilipendiado por quienes, desde el confort de un elegante restaurante francés, pontifican sobre las bondades de ese régimen que le reduce a la calidad de mendigo.

!Qué fácil era ser comunista cuando nunca habías vivido bajo él!, exclama Dmitri Dimitróvich cuando debe escuchar las diatribas de un Picasso o un Sartre, instalados en la cómodo púlpito de un estado burgués.

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo, que es el poder? Sólo esa música que llevamos dentro -la música de nuestro ser- que algunos transforman en verdadera música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia” .

A ello se aferraba el Shostakóvich músico, pero sobre todo, ser humano, demasiado humano tal vez. Para ser, al cabo del tiempo, susurro de la historia. Nada menos.

“Maestra de almas”, la insondable pluma de Némirovsky

Maestro de almas

Una más de las obras de la autora, editada por Salamandra luego del impresionante éxito de “Suite francesa”, ésta novela fue originalmente editada por capítulos en el semanario parisino “Gringoire” entre Mayo y Agosto de 1939, tres años antes de su muerte en Auschwitz en 1942 víctima de la solución final nazi.

Némirovsky es, en cada obra suya, siempre distinta y sin embargo, la misma. En la novela narra la peripecia de un joven levantino, nacido en Crimea, que logra llegar a París junto a su joven mujer, y con un título de médico bajo el brazo busca dejar su pasado de miseria y humillación, solamente para descubrir que un emigrante nunca dejará de ser un desterrado y que el dinero, tras el que corre la vida entera, terminará convirtiéndose en liberación y cárcel. Darío Asfar siente en carne propia que para quien proviene de la miseria y la humillación, nunca se está lo suficientemente lejos ni lo bastante seguro de no volver a ella. 

Toda la literatura de Némirovsky está, inevitablemente, atravesada por los orígenes de la autora y la realidad que le toca vivir en una Francia -la del antisemitismo, la de la hipocresía de la alta burguesía parisina, paradigma de la frivolidad, el sexo, juego y alcohol como anestésico sucedáneo de una realidad demasiado cruda- que marcha de manera irremediable hacia el precipicio del nazismo.