Cuando un amigo se va…

2017

Es la vida. Es así. Cada año nos toca despedir un amigo. Como casi todos, supongo. También es inevitable que cada despedida tenga un sabor agridulce. Lo tiene porque a pesar de ser un símbolo más, el del tiempo medido y numerado, es de esos que, como los kilómetros al maratonista, nos permiten visualizar nuestra marcha, calibrar fuerzas, medir lo recorrido, valorar el esfuerzo.
Es por ello que cada año recibimos una nueva cuenta para gastar, a la que llamamos Año Nuevo, y en ella depositamos esperanzas, anhelos, ambiciones y todas aquellas humanas aspiraciones que solemos dejar al intangible futuro, ese que viene en cuentagotas y suele llamarse presente. Y está muy bien, porque vivir, como correr una maratón, se hace mirando hacia delante, a condición no nos olvidemos de lo ya hecho.

A él, al que se va, el 2017 ya viejito, con sus horas contadas, es al quiero referirme antes que se vaya, más que nada para agradecerle.
Gracias viejo amigo. Gracias por todo, lo bueno -mucho- y lo malo -poco- porque de esto nos valemos para apreciar más aquéllo.

Gracias por haberlo vivido en su totalidad, por mi familia, por la salud, porque la semilla que trajo tu antecesor, fructificó dejándonos una preciosa nieta, toda ojos y cachetes, sonrisas y dulzura.

Gracias porque contigo vi cristalizado un hermoso proyecto: la de ver publicada la Novela “Dionisio Díaz: Crónicas de una infamia florificada”, y no solamente que esa vieja idea-necesidad se haya convertido en libro que hoy otros leen, sino que un calificado jurado la haya premiado con el Fondo de Incentivo Editorial de la Intendencia de Maldonado. Gracias porque muchos amigos -eso se comprende- y lectores desconocidos para mí -eso menos se entiende- la han apreciado con halagadores comentarios, lo que otorga la satisfacción del trabajo hecho con amor y dedicación.

Gracias también por la economía, porque aunque no sea lo más importante, para quienes venimos del territorio de la pobreza nunca la distancia con la miseria será suficiente. En especial porque de tu mano, vino la Jubilación que es el premio (merecido, supongo) a una vida en la que elegimos ser hormigas antes que cigarras.

Y por el tiempo, que es goce y disfrute, es lectura -mucha lectura, buena supongo- que, cada vez más, nos hace entender con mayor claridad el significado profundo del postulado socrático: necesitamos saber cada día más para comprender lo poco que sabemos. Y porque como lo repitiera Borges, cada lector es un escritor que completa una obra y le da sentido. En ese mismo sentido, esas lecturas explican lo escrito, insignificante para el mundo pero inmenso para mí.
Gracias por la soledad, porque cuando la tuve nunca me sentí solo, estuve conmigo, y con los míos que parecen no estar y sin embargo, viven. Gracias porque la soledad es búsqueda y búsqueda es encuentro, reencuentro.
Gracias por la compañía, porque sólo en ella los individuos dejamos de ser tales, para formar parte de un proyecto destinado a perdurar más allá de nosotros mismos.
Gracias al fin, por los amigos y la amistad. Por esa cosa que se da y recibe sin medir costo ni beneficio, eso que hace que nuestra familia sea más grande, más fraterna, más por elección que por obligación, y porque por ello mismo perdonamos defectos ajenos sabiendo que son perdonados los nuestros.
Por todo ello, porque el viejito 2017 me trajo holgadas cantidades de todo, le rindo mi homenaje y le considero un amigo al que me cuesta despedir.

Al que llega, 2018 aun en ciernes, preñado de promesas, ya veremos qué somos capaces de hacer de él. Él estará ahí, al completo, esperando como un libro en blanco, a que sepamos llenarle con nuestras mejores letras. Las de la alegría, pero también las tristes, inevitables, que también ello es vivir. Recordemos con José Luis Peixoto, que “con todos sus percances y trastornos, vivir es continuar”.


Dentro de un año, cuando espero estar nuevamente alzando una copa que simboliza un gran abrazo con todos ustedes, familiares y amigos, ya sabremos cómo nos ha ido.
Para lo que viene, mis mejores deseos.

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Con Joyce Carol Oates, nos hundimos en su “Mujer de barro”

mujer de barro

Una lectura perturbadora, desasosegante, porque esta novela -en realidad toda la obra de Oates, pero en particular ésta- parece escrita para hacer verdad el aserto de Saramago de que “los escritores no escriben para agradar sino para desasosegar”.

Durante 494 páginas JCO nos conduce por la vida de “niña de barro”, porque a pesar de haber ido bien lejos en su vida desde aquella niña salida del pantano de la locura, la violencia y el abandono, en realidad nunca termina de abandonar al “rey de los cuervos” que resuena en sus oídos ni las largas sombras de los Adirondacks dejan de proyectar su amenaza sobre un pasado siempre presente. Es que Oates escribe de una niña-mujer salida del barro, y quizás escribe de ella misma, pero también está escribiendo de todos nosotros, los que vivimos y vivimos creyendo que nos alejamos de esos pasados que cada uno tiene y que cada cual sabe de qué barro está hecho, pero en realidad ese alejamiento no es otra cosa que el intento desesperado de retrasar la inevitable vuelta al principio de las cosas.

Novela magistral de una autora de excepción, aún cuando el navegante deba ser advertido: no es una travesía fácil, se carece de instrumentos y en cualquier momento una tormenta querrá dar al traste con nuestras frágiles certezas. Si no le teme a tales cosas, hágase al camino y conozca a “niña de barro”.

Por lo menos, así lo siento yo, simple lector.

Con Markus Zusak, enamorándonos de su Ladrona de Libros

ladrona de libros

Sobre “Ladrona de libros” , la novela de Markus Zusak, hay en el universo internet una miríada de artículos de todo pelo con sesudos análisis de por qué es una gran novela, o quizás algunos con razones que las habrá, que digan lo contrario. No me anima ese propósito, porque entre otras cosas, carezco de las cualidades para acometer tal tarea.

Lo que pretendo sí es dejar mi testimonio, cuando aún me embargan las emociones de haber vivido cuatro o cinco días de mi vida inmerso en ese fantástico mundo (en el sentido de magnífico, aunque también por su carga de maravillosa poética) que penetra en lo más profundo del lector. Es, entonces, el testimonio de un simple lector, con mucha lectura a cuestas es cierto, pero eso: un lector. Uno que cree que una novela es, de manera inobjetable, muy buena si logra despertar emociones. Si conmueve, si hace al lector cómplice de lo que allí sucede, aunque el resultado sea el “desasosiego” al que aludía Saramago como fin último de la tarea del escritor. Y Zusak lo consigue, con creces.

Sobre la locura nazi se ha escrito tanto que uno tiene fundados temores de caer en inevitables lugares comunes. Quizás baste señalar algunos aspectos que, a mi modesto juicio, hacen de Ladrona de Libros una obra originalísima. Lo es por su estructura, en capítulos que se corresponden con los libros que marcan la peripecia vital de Liesel, y donde el relator omnisciente – que entra y sale en forma permanente- resulta ser la propia muerte. Lo es también porque todo el horror, pero también toda la grandeza, el amor y la poética del ser humano dispuesto a sobrevivir, está visto desde las víctimas. Y también lo es, y ese no es un detalle menor, porque en ese mundo de locura asentado en el propio territorio del nazismo, todos terminan resultando ser víctimas del fanatismo delirante, incluido y de forma esencial, el propio pueblo alemán.

Ladrona de Libros es una muestra más que la literatura consigue revelar, respecto de los avatares de las sociedades humanas, mucho más de lo peor y lo mejor de la condición humana de lo que puede hacerlo la propia historia, siempre tan apegada al frío hecho.

Conmovedora hasta las lágrimas, no espere el lector una novela amable, aunque tenga ella también sus altas dosis de ternura, de humor también, aunque el trasfondo sea el horror desatado sobre seres humanos por otros seres, caídos de esa condición.

Lumen, editora en Español de la obra, en su mercantilizado acápite, debió decir que es “la GRAN novela en la que se basa la película de la Twentieth Century Fox”, porque podrá ser ella también una gran película, pero no podría haberlo sido sino porque la grandeza está en lo que le dio origen: una novela que es, también y fundamentalmente, un homenaje a la palabra escrita como elemento redentor de la condición humana.

A Liesel le salva, su porfiada condición de lectora. Como de última, de una u otra manera, a todos nos lo hace.

 

Monólogos con la vida y la muerte: …anoche soñé un sueño nunca soñado…

 

anoche soñé un sueño

Caminábamos tomados de la mano, nuestras pisadas crujiendo encima del manto ocre y amarillo de las hojas de los álamos abatidas por el temprano otoño, siguiendo un sendero del parque que culminaba, al final de una leve ondulación, en un diminuto lago de aguas cristalinas, sobre cuya azulada superficie el algodón de las blancas nubes jugaba una danza de espejos con las aguas quietas del remanso. A mi lado, mi compañera, sonreía con una sonrisa nueva, la cara encendida por un brillo nuevo, aquél que los años andados había ido apagando junto con las ilusiones del camino recién iniciado. Delante nuestro, con pasos aún vacilantes, un niño de enrulados cabellos alborotados por la brisa fresca del ocaso en ciernes, ensayaba saltos al compás de un canto sólo por él entendido, en el idioma de la inocencia que le pone alegría al aire que le rodea.  Ese niño, o niña tal vez, el recuerdo se hace difuso, sólo veo delante nuestro su cuerpecito correteando, el gorjeo de una risa que brota espontánea y se cuela por nuestros oídos, junto con el trino de una bandada de pájaros que cruza el cielo crepuscular en busca del refugio nocturno, siento es parte nuestra, somos ella y yo, mi compañera y yo mismo, vueltos a la niñez recuperada. No hay palabras entre nosotros, solamente una larga mirada, ojos que se hablan y dicen lo que el calor de las manos enlazadas sabe decir sin abrir la boca, los mismos ojos que juntos envuelven y acarician la diminuta figura del niño que nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines!

He transitado la mañana con el dulce sabor de boca que deja un sueño perfecto, pleno de dulzura y armonía, canción de amor y sinfonía de ilusiones, compartiendo con ella, mi compañera de décadas, la interrogante que nos plantean los sueños que no sabemos dilucidar. Ella y yo intuimos, sin embargo, ese niño que así nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines! , sólo puede ser nuestro nietecito, nieto que sabemos ambos, ella y yo, no tenemos. Es claro, nos decimos ambos, sabiendo que ambos lo pensamos sin animarnos a confesárnoslo, no es más que la proyección de un deseo común, largamente acariciado, más siempre postergado.

A la noche llega nuestra hija, mujer joven ella, orgullo de padres depositado en un ser humano de riqueza infinita, diamante que a cada movimiento su particular luz refleja reflejos siempre nuevos y sorprendentes.

Es ella misma la que ahora, con sus hombros abrigados por el abrazo de él, el compañero que ha elegido para caminar juntos, quien con los diminutos zapatitos de lana tejida en sus manos de niña aún, con los ojos encendidos como dos carbones en brasas arrasadas por la emoción, las mejillas surcadas por lágrimas que adivino dulces como almíbar cristalina, las que brotan cuando nos desborda el corazón los sentimientos largamente guardados, la que nos dice “padres, estoy embarazada, serán abuelos, esperamos para el quince de diciembre” , anuncio que así dicho parece una más de las cosas que a lo largo de la vida han de suceder, pero que para ella, nuestra hija, ayer mujer sólo mujer, ahora madre con plazo determinado, nosotros, sus padres, ahora ya abuelos de lo que en ella es tierno brote, cambiarán por obra y milagro de ese momento, cuando la vida se hace vida dentro de su vientre, toda su vida y nuestra vida toda.

En aquel instante, mirando entre lágrimas las de mi compañera, su cara mezcla de sonrisa y llanto emocionado, mirada que me dice, nos decimos, el sueño hasta anoche nunca soñado, es lo que ahora es tiempo de dulce espera, expectante, temblorosa, ansiosa, milagrosa espera hasta el día señalado, cuando ella o él, tanto da, surja a la vida en su primer día, el que nos hará por un instante que será eterno, tanto como vida nos quede a ambos, los seres más felices del universo, con la felicidad íntima, intransferible, de quien se siente prolongado en un par de ojos abiertos al asombro del milagro de la vida revivida.

Ahora, cansado por la emoción contenida, deseo irme a la cama, cerrar mis ojos, sabiendo que cuando el sueño retorne de su reino de fantasía, traerá con él una promesa de realidad que antes creímos solamente podría ser soñada.

Poesía sin corbata: Nadie te espera en Ítaca

 

Camino a Ítaca

Viajero, no apures tus pasos

Espera, no consumas tu camino

Haz un alto, respira y mira, viajero

Mira hacia los lados, hasta tu tiempo

Siente lo que vas dejando atrás

Palpa la compañía de tu pasado

Siente la mano de quien partió contigo

Haz un alto, respira y mira, viajero

Observa de tu derredor que te rodea

Haz que tus oídos oigan al colibrí

Que tus manos palpen la flor

Huele el viento y escucha el dolor

Escucha lo que has dejado atrás

Es tu vida, viajero, lo que dejas

Lo que llevas eres tú, viajero, tuyo es

Más, por inútil, no apures tu paso

Nadie os espera en Ítaca, nadie

Después de Ítaca, la soledad

Ítaca en mi sueño o Cavafis rescatado

viaje-a-Ítaca

Cuando emprendí mi viaje a Ítaca
supe que el camino sería largo,
lleno de desventuras, harto de amarguras.
Partí advertido: No abraces serpientes ni comas sapos,
ni oigas las diatribas de los coléricos Poseidones;
seres tales jamás hallarás en tu camino
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a las serpientes ni a los sapos
ni al desastrado Poseidón encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu espíritu no los pone frente a ti.

Supe que el camino sería largo.
Que muchas habrían de ser las mañanas
en que llegando -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes;
detenido en los emporios del arte
me hice con hermosas poesías,
cantos de nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de músicas sensuales,
cuantos más abundantes cantos sensuales pude.
Fui a muchas ciudades, Babilonias infinitas
a aprender, a aprehender de sus sabios libros.

Tuve siempre a Ítaca en mi mente,
porque llegar allí era -es- mi destino.
Más no debo apresurar nunca el viaje.
Mejor si todavía durase muchos años
para que cuando atraque, viejo ya, en la isla,
beneficiado de cuanto hube ganado en el camino
no espere a que Ítaca me enriquezca.

Ítaca -su sueño- me brindó un hermoso viaje.
Sin soñar con ella no habría emprendido el camino.
Pero en llegando. ya nada tendrá para darme.

Y aunque entonces, la halle pobre, Ítaca no me habrá engañado.
porque así, paciente como vuelvo, con tanta experiencia,
habré entendido, al fin, qué significaba Ítaca en mi sueño.

Te habré dejado entonces, hija

A mi padre, padre invierno, a mi hija, hijas, y a JLP, hijo y padre. 

padre-e-hija

Hija, te habré dejado, entonces, cuando sientas que el pasado se ensancha, crece y se ensancha, como si fuera el invierno tirando de las sábanas al otoño, apurándole, impertinente el invierno, manto frío de olvido, y el futuro es tuyo hija, hija madre, tuyas las mañanas que no he de ver, tuyos los dolores que ya habré sufrido. Querría haber permanecido en todo, pero no, hija, mera esperanza -egoísta esperanza- permanecer, apenas el recuerdo pesada mochila, hija, hija madre. Recuérdame apenas para no olvidarte de ti, hija, de tu suave mano en la mía áspera y temblorosa, cobarde mano la mía, que espera por la tuya, por el calor, por la fuerza de tu tiempo vivo y fresco, el de tu hija, mi nieta, ponla a resguardo, aléjala de los dolores, tiempo habrá, lo sabes, hija madre, lo sabrás, cuando llegues tú misma a la siguiente estación, viaje que no se detiene, indetenible, implacable. Hiciste tanto por mí, me justificaste, diste razón al despropósito de vivir, y lo harás todavía llevándome, hija, hija madre, tu mano en el frío del metal deteniendo el tiempo, el tiempo helado del final, la mañana detenida, el paso lento, hija, como queriendo quedarse en el momento anterior, reverberando el dolor mío, el dolor tuyo, hija, y el suyo, hija madre, todavía inmaduro para ser apenas asombro, el miedo de caminar en las sombras, tu mano en la suya, no sufras hija, estoy aquí, estarás tú también para ella, recogiendo sus lágrimas asombradas, mezclándose con las tuyas, inevitables, Estaré aunque no esté hija, en la mochila, dentro, una amasijo de recuerdos, limpios y nuevos, brillantes como la mañana que despierta pese a todo, no se detiene la mañana hija, déjala, ella sabe, otros vendrán que su calor querrán, ya lo ves, hija, tan hija. Aunque sientas que sólo puedes llevarme, no te engañes, hija, también me has traído, me has empujado hasta aquí, aunque hayas creído que eras tú quien era llevada. También eso te lo debo. Te debo más, pero ya no puedo pagarte. Ya no, hija, Quizás nunca haya podido, tal vez tú tampoco puedas hacerlo, a tu tiempo, más allá en los días, en los veranos por vivir, las primaveras y el árbol que al fin ha de dar su sombra, en ese tiempo hija, hija madre, tú también sentirás la deuda del dolor que dejas, que yo dejo, herencia no querida, pobre herencia las nuestras, habidas de dolor henchidas de dolor las dejadas herencias. No es justo, ya lo sé. Recién ahora lo sé. El dolor del que queda, hija, el dolor que el que parte no puede consolar. Ya no, Nunca pudo, nunca pude, hija. Te habré dejado entonces, hija, con el frío del metal en la mano, lejos de la fría mano mía, te habré dejado, con tu dolor, pobre herencia, hija querida.

Carta a mi padre, donde esté…

 

Mi querido viejo :

Hoy hace 15 años que te fuiste a ese lugar y tiempo a donde más temprano que tarde todos hemos de ir y donde, quiero creer, me estarás esperando junto a ese viejito maravilloso que era el abuelo Amaranto y la venerada Mamavieja.

La mitad de lo bueno y lo malo que es la vida, te la debo a ti. Durante más de 44 años compartimos ese viaje. La mitad de él, bajo el mismo techo, si no todo el tiempo por lo menos buena parte. Hijo único, no tuve nunca ni tengo ahora con quien compartir lo que siento y pienso, así que como suele decirse, desde hace 15 años la procesión va por dentro.

Nacido en el primer cuarto del Siglo XX, en el propio culo del Uruguay recién salido de las guerras fratricidas, la vida no podría haberte mostrado su cara más amable. El principal y casi seguro oficio que esperaba a quienes caían a la vida por esta parte del mundo en esas épocas, sin fortuna ni privilegios, sería el de aprender a vivir y sobrevivir con lo que justo. Si acaso unos años de escuela para aprender a leer y escribir lo básico, algunas cuentas para defenderse, y después a hacerse en el duro oficio del diario vivir.

Intransigente y soberbio, como todo joven que fui, te hice mi víctima preferida de esos exabruptos de intolerancia que solía formar parte de mi carácter, tal vez nada más que una coraza de protección ante lo que no entendía, o consideraba injusto, o que simplemente creía no merecer, como si de merecimientos fuera la cosa, que no lo es pero se necesita mucho andar para entenderlo, a veces, un poco tarde.

Dicen que hay cosas irreversibles como una bala disparada o una palabra dicha. Ante la muerte, una palabra no dicha tiene el mismo carácter de fatal irreversibilidad. Debí haberte escuchado más. Debí haber dicho menos. Debí, pero no lo hice.

Desde tu partida, hubo cosas que no pude hacer por mucho tiempo. Una de ellas, fue recordar el color de tus ojos: tu mirada, viejo querido, se me iba en la bruma de mis propios sentimientos. Por aquél tiempo, cuando a costo de tu vida habías logrado librarte del sufrimiento del cáncer, yo había comprado un álbum de Eric Clapton, “Pilgrim”, cuyo primer tema es, precisamente, “My father eyes”, los ojos de mi padre, los tuyos, los que no lograba recordar. Nunca pude, desde entonces, escuchar esa canción sin que se me “piantara un lagrimón”, tan tarde para eso como para todo.

Hoy, cuando yo también recorro mi propio camino hacia mi personal Ítaca, quería decirte ésto, que supieras que te quise mucho, y que, aún pasados los años, el ser humano mayor que hoy soy, no es capaz de escribir estas torpes líneas sin que la vista se le nuble y el corazón cabalgue a su aire.

A donde estés, te recuerdo con el cariño que, tal vez, no haya sabido darte. De aquéllas, las cosas que podría haberte reclamado, ya te había perdonado. De mis propios errores, quiero creer tu me hayas perdonado. Si así fuere, yo también podré perdonarme y aguardar, en paz, si es que ello es posible, volver a encontrarnos.

 

 

Poesía sin corbata: “…y en el Principio, fue la Palabra…”

palabras

Y en el Principio fue la Palabra, hablada

y la palabra fue

palabra  compartida

*

Y luego la palabra fue cantada,

y el canto fue

Oda y alegría

*

Pero más luego, la palabra fue gritada,

 horca y Muerte fue la palabra

fue locura desatada

*

Más también fue escrita, la palabra

y fue canto de amor y esperanza

fue pasión, fue locura

más también, poesía,

fue poesía y vida,

la palabra

*

La “Intimidad” de Kureishi, o un dilema demasiado frecuente…

intimidad

Novela breve del autor de “El Buda de los suburbios”, su extensión -tanto en páginas como en tiempo, ya que transcurre enteramente en una noche, la previa a una separación definitiva y resuelta- contrasta con la densidad de su planteo moral y psicológico.

El protagonista, un guionista de relativo éxito, ha decidido romper con 6 años de matrimonio y con ello dejar a dos hijos pequeños, desde el momento que ha sentido que su relación ha finalizado por flagrante fracaso. Durante toda esa larga noche Jay se pasea por sí mismo, sus relaciones, el amor por sus hijos, el dolor de su mujer, la incertidumbre, el sentimiento de fracaso y la inevitabilidad de ese final para relaciones que parecen condenadas de antemano.

La historia, contada con la solvencia narrativa de Kureishi tiene además, el valor de no tomar partido, poniéndonos a nosotros lectores en esa posición del que asiste a un debate moral donde  están en juego los valores esenciales que hacen a nuestra vida y sentido como seres humanos.

También yo, como Kureishi mismo lo confiesa de su experiencia, recuerdo una sociedad en donde, cuando crecimos, apenas había niños con padres separados. Sin embargo, el mundo en el que el autor, nosotros lectores y Jay su protagonista, viven y vivimos, es uno en que la relaciones están marcadas por la satisfacción, la búsqueda del placer, las realizaciones personales y un largo etcétera, donde tiene muy poco lugar la ética de la responsabilidad que a nuestra generación había inculcado nuestros mayores.

Yo tampoco tomo partido, pero la novela deja el tema planteado, como un boleto de tren sin ser utilizado, para que cada quien decida si quiere realizar el viaje y a través de él juzgue.

Por lo menos, así lo siento yo.