Poesía sin corbata: “Quisiera”

Quisiera

 

Quisiera ser una nube, etérea nube

Una rebelde nube para desafiar al viento

Una porfiada nube para contrariar al sol

Una enamorada nube para rozar el vello

De aquél pubis apenas visto, tal vez soñado

Quisiera ser la lluvia cálida del verano

Para esconderme en su bosque de gotas

Y caerle como un colibrí a la flor

Para penetrar en ese pubis apenas imaginado

Quisiera ser colibrí o mariposa

Mariposa o colibrí tanto da

Con alas y mirada de águila

Para caer encima de tu pubis tan extrañado

Quisiera ser pero no soy sino apenas

Un burdo bardo, torpe y desmañado

Que sueña desde el remoto pasado

Con los rizos de tu pubis, tal vez engañado

Quisiera ser águila, colibrí o mariposa

Surcar los cielos, Cabalgar la lluvia

Ondear los vientos y sortear el tiempo

Para beber el néctar de tu pubis, siempre añorado

 

 

Te habré dejado entonces, hija

A mi padre, padre invierno, a mi hija, hijas, y a JLP, hijo y padre. 

padre-e-hija

Hija, te habré dejado, entonces, cuando sientas que el pasado se ensancha, crece y se ensancha, como si fuera el invierno tirando de las sábanas al otoño, apurándole, impertinente el invierno, manto frío de olvido, y el futuro es tuyo hija, hija madre, tuyas las mañanas que no he de ver, tuyos los dolores que ya habré sufrido. Querría haber permanecido en todo, pero no, hija, mera esperanza -egoísta esperanza- permanecer, apenas el recuerdo pesada mochila, hija, hija madre. Recuérdame apenas para no olvidarte de ti, hija, de tu suave mano en la mía áspera y temblorosa, cobarde mano la mía, que espera por la tuya, por el calor, por la fuerza de tu tiempo vivo y fresco, el de tu hija, mi nieta, ponla a resguardo, aléjala de los dolores, tiempo habrá, lo sabes, hija madre, lo sabrás, cuando llegues tú misma a la siguiente estación, viaje que no se detiene, indetenible, implacable. Hiciste tanto por mí, me justificaste, diste razón al despropósito de vivir, y lo harás todavía llevándome, hija, hija madre, tu mano en el frío del metal deteniendo el tiempo, el tiempo helado del final, la mañana detenida, el paso lento, hija, como queriendo quedarse en el momento anterior, reverberando el dolor mío, el dolor tuyo, hija, y el suyo, hija madre, todavía inmaduro para ser apenas asombro, el miedo de caminar en las sombras, tu mano en la suya, no sufras hija, estoy aquí, estarás tú también para ella, recogiendo sus lágrimas asombradas, mezclándose con las tuyas, inevitables, Estaré aunque no esté hija, en la mochila, dentro, una amasijo de recuerdos, limpios y nuevos, brillantes como la mañana que despierta pese a todo, no se detiene la mañana hija, déjala, ella sabe, otros vendrán que su calor querrán, ya lo ves, hija, tan hija. Aunque sientas que sólo puedes llevarme, no te engañes, hija, también me has traído, me has empujado hasta aquí, aunque hayas creído que eras tú quien era llevada. También eso te lo debo. Te debo más, pero ya no puedo pagarte. Ya no, hija, Quizás nunca haya podido, tal vez tú tampoco puedas hacerlo, a tu tiempo, más allá en los días, en los veranos por vivir, las primaveras y el árbol que al fin ha de dar su sombra, en ese tiempo hija, hija madre, tú también sentirás la deuda del dolor que dejas, que yo dejo, herencia no querida, pobre herencia las nuestras, habidas de dolor henchidas de dolor las dejadas herencias. No es justo, ya lo sé. Recién ahora lo sé. El dolor del que queda, hija, el dolor que el que parte no puede consolar. Ya no, Nunca pudo, nunca pude, hija. Te habré dejado entonces, hija, con el frío del metal en la mano, lejos de la fría mano mía, te habré dejado, con tu dolor, pobre herencia, hija querida.

Monólogos con la Lengua: El escritor de cartas…

cartas

 

Escribiré cartas.

Anacrónicas cartas, manuscritas para que sean tales. En lugar de diario: cartas. Con lo que pasa, con lo que me pasa. Cartas al viento, botellas al mar. Cartas a nadie. O a todos. Cartas de cumpleaños, porque si el destinatario no vale el tiempo de escribir una carta, entonces no vale, ni para eso ni para ninguna otra cosa. Cartas de familia, de amigos, de reclamos, de consejos y pedidos de consejos, cartas de disculpas y perdón, de amor y cariño, de odio espero que no.

Cartas que obliguen a buscar la hoja, tomar un bolígrafo, elegir el espacio y el momento. Cartas que exijan pensar, escoger las palabras, el valor de lo meditado en contraposición a la frívola instantaneidad reinante. Cartas que serán enviadas o no. Aunque no lo sean, como si lo fueran.

La palabra escrita huyendo de lo transitorio, de lo banal, escapando del momento en busca del tiempo. Un tiempo distinto, detenido un instante, una fracción, la de ese suspiro escapado porque el pensamiento corre más rápido que la mano, o por el contrario, porque ella descansa, nerviosa, dando vueltas al lápiz entre los dedos, mientras esa palabra rebelde, huidiza, se niega a aparecer.

Tiempo distinto el de pensar, el de escribir, el de enviar con el de recibir, sorprenderse, rasgar y leer. Distinto y posterior. Una oruga -el tiempo- que había arrollado formando una bolita y ahora se extiende cuan larga es, morosa y paciente entre tanta inútil impaciencia. Cartas que obliguen a pensar, como Onetti lo hiciera, que nunca el destinatario de una carta es el mismo cuando se la está escribiendo que cuando haya comenzado a leerla. El rocío de la mañana habrá transmutado en los acordes de un atardecer apacible, pero ello será suficiente para hacerlo distinto.

Si. Aunque vivamos el tiempo del ya y ahora mismo, del escribo ahora y pienso luego, yo escribiré cartas. De las que seré testigo. Tal vez, también, rehén.

Por eso, cartas escribiré.