Jean Paul Didierlaurent,o algo más que un simple lector de tren…

El lector del tren de las 6.27

Una novela extraña esta “El lector del tren de las 6.27” (Seix Barral, primera Edición en español 2016) del francés Jean Paul Didierlaurent, de quien, lo confieso sin rubor alguno, no había oído hablar hasta el momento que el libro cayó en mis manos, fruto de un regalo perfecto.

Extraña porque sus personajes son personas comunes, demasiado comunes podría decirse, signados por la grisura de sus vidas envueltas en la monotonía, la soledad y la frustración. Sin embargo, nada es lo que parece ser. Tampoco esas personas.

Su personaje principal, hombre que ama los libros, es el dedo ejecutor de una máquina infernal, “la Cosa”, que se encarga precisamente de destruirlos de la peor manera. Un viejo borracho, inválido producto de su trabajo destructor, logra recuperar lo perdido en forma de libros. Una limpiadora de retretes en un Centro Comercial no es solamente un limpiadora, sino que es capaz de escribir día a día sus reflexiones en un una notebook en las que tritura las fachadas de los clientes de su particular submundo de excrecencias. Ella misma es sobrina de una tía que de limpiadora jubilada deviene en filósofa capaz de crear una categoría propia de aforismos, a los que la sobrina designa como “tialogismos” y que son verdaderos dardos envenenados al castillo de apariencias que rodea sus vidas.

Una obra y autor que recuerdan al español Luis Landero, en especial su novela “El mágico aprendiz”, donde se dan cita los antihéroes capaces de hacer poesía desde una Caseta de Seguridad recitando alejandrinos.

Novela fresca y refrescante, que rinde homenaje a la literatura y a aquellos valores que la sociedad de consumo, masificada y alienante, pretende quitarnos. Un soplo de bienvenido aire fresco.

Poesía sin corbata: “He visto unos versos”

He visto unos versos

 

He visto unos versos

dizque escritos por mí,

tan sangrantes y doloridos

que cuesta reconocerlos tan luego;

no porque el dolor que los dictó

no esté allí, agazapado, acezante,

es porque el tiempo ha quebrado agujas,

ha triturado esperanzas y molido certezas;

es porque ni brújulas ni cuadrantes

son útiles ya, cuando el herido

navega al garete de sentimientos olvidados,

es porque las auroras tornan noches, apuradas,

porque las noches pintan calvarios, interminables,

porque a la esperanza le tirotearon por la espalda,

porque la ilusión es suntuario artículo perdido en góndolas;

porque ¿qué espera quien nada espera?,

porque ¿qué sueña quien nada anhela?,

porque aunque amanece a pesar de todo

hay ojos -los míos- que no quieren verlo,

porque de nada vale ver lo que no espero

pero tampoco vale esperar lo que, querer,

no quiero, ni siento, ni espero.

Monólogos bajo la lluvia: …”parecían haberse ido…”

Aguacero

 

Parecían haberse ido, para siempre. Durante días y días, semanas enteras, ni rastros de ellas. Perdidas. Olvidadas ellas.

Podría pensarse –algún despistado, locución amable para designar al desmemoriado, quizás lo haya hecho- que habían dado por perdida su eterna disputa con el Sol, ese engreído, y habrían dejado al “Astro Rey” que campara a sus anchas, ufano y arrogante como si el mundo entero le perteneciera y nada pudiera brillar sin él.

Inocentes. Crédulos y olvidadizos quienes ya desfilaban sombrillas y sombreros, los que, paradojales, salen a dar la bienvenida al Rey refulgente parapetados tras parasoles, escondidos en caparazones de protectores, tal como si el que festejan y veneran fuere un enemigo del que hay que defenderse y no ese supuesto amigo por el que mujeres y hombres, niños y ancianos, rubias platinadas y negros retintos, musculosos y panzudos, esbeltos y patizambos, cetáceas señoras y esqueléticas señoritas en los purititos cueros, todos ellos, Babel del Sol, tanto esperaban.

Pues nada. No hay fiesta que un día no acabe, aunque tozudos y torpes, sigamos olvidándolo.

Es así que, sin decir “aguas van” , y nunca tan al talle la vestimenta, en medio de la noche, sin que mediara sospecha ni aviso alguno, salvo los de algunos augures a los que por contumaces equivocados la Polis raramente cree, se desató la guerra.

Esta vez las minúsculas gotitas, insignificantes ellas en su soledad, temibles en la masa que forma mares y levanta tsunamis, se habían preparado a conciencia. Se formaron, unas reclutaron a otras, se condensaron, enfriaron, batallones enteros se hicieron heladas, gélidas, masa sólida, bólidos de hielo en picado, tromba que suena a trombón, agujas asesinas que caen, asaetean, urgentes y urgidas, graves e hirientes.

Tropas, tropeles de gotas, olas de agua bajando desde las montañas insondables del cielo convertido en caverna del diablo, napalm líquido que arrasa con todo lo que encuentra en su camino, torrente y torrencial. Una y otra vez, minutos y horas tras horas, más y más agua, escurriéndose, calando, ahogando, el cuento de nunca acabar.

El cielo que se confunde con el cielo en un abrazo líquido, helado, frío y duro, la promesa de vendetta cumplida, el Rey depuesto, huido, perdido, vencido, más que ello, humillado bajo vorágines de agua.

Son las mínimas hormigas que en silencio, una tras otra, horadaron el enorme tronco.

Ellas, las gotas, gotitas mínimas, olvidadas pero nunca vencidas. Parecían haberse ido, pero no. Volvieron.

Volverán a volver cuantas veces se nos ocurra olvidarnos de ellas. Tozudas gotitas.

Poesía sin corbata: “Ser no supo, el Abecedario”

Ser no supo, el Abecedario

Un día perdió el olfato

y no le importó,

porque lo de él, no eran

los aromas

*

Otro día perdió el gusto

pero no se quejó,

porque no era lo suyo

los sabores

*

Y una vez perdió el tacto

pero no le afectó,

porque ése no era

su asunto

*

Más luego careció del oído

y amargamente lo lamentó,

porque letra era

 la canción

*

Por fin hubo de faltarle vista

y cuánto gimió y lloró,

porque letras eran

Poesía

*

Más aún –todavía- debió perder memoria

que guardaba aromas, sabores

caricias, canciones,

Poemas

*

Tantos sueños soñados

tantos vividos

sueños del ser amado,

entonces,

ser no supo,

el abecedario

*

Poesía sin corbata:”Misteriosa señora, la distancia”

Mujer mirando al sur

Hoy me ha visitado

misteriosa señora, la distancia

y me ha preguntado

¿qué es lo que atormenta tu alma?

¿ tú eres el olvido?,

le he apremiado;

-no lo soy- me ha respondido,

olvido, es la indiferencia

ausencia, es presencia ausente,

presencia, es ausencia ausente,

para los sentimientos -caro amigo-

yo no existo;

para el amor soy motor, soy dolor

pero ayer y hoy

agridulce esperanza, soy

Poesía sin corbata: “Tus doradas espigas”

Doradas espigas

Alboreaste mi vida cuando todo era grisura,

cuando el tedio anegaba de frío mi cuerpo

y se había convertido en desértica llanura,

para insuflar danzarines aires de aventura

en el soplo silente de la brisa que recorre

montes y lagunas, llevando a lomos la frescura

del amor cumplido en una bella sonrisa.

*

Se levantaron en tu azaroso camino

inclementes tormentas de cruel insidia,

debiste derribar luengos muros de envidia

sin perder la preciosa carga de la buenaventura.

*

Entonces, no hubo ojos que vieran en tu mirada,

ni oídos que gozaran de tu dulce risa argentina,

Hubo si olfatos sensibles al perenne aroma

brotando de tu piel de espliego, lavanda y mirra,

para quedarse en delante dulcemente esclavos

del imperio eterno de tus doradas espigas.

*

Afrodita siempre viva en las olas

que bañan los sueños del Poeta,

puestos en la Barca de sus versos

el pasado de amor y dicha compartidas,

y el futuro incierto que ella encierra

esquivo y traidor como antes no fuera.

***

“Novecento” o la poética musical de Baricco

Novecento

Más que un texto teatral, lo considero una novela corta o un relato largo, surgido tras la estela de “Océano Mar”, como si en esa novela no hubiera podido contar todas las historias que quería”  

Tal lo que dice Alessandro Baricco respecto de ésta obra.Reeditada por Anagrama en Edición Limitada, en tapa dura, se trata de una de las obras más emblemáticas de este autor turinés contemporáneo, con el que no dejo de sorprenderme y el que no deja de maravillarme.

Texto que originalmente adoptó la forma de pequeña obra teatral, y luego fue llevada al cine por parte de otro poeta de la imagen como lo es Giuseppe Tornatore, es el espíritu de la “nouvelle” en estado literariamente puro.

Música y poesía se van de ronda surcando mares y amarrando puertos, guiados por los milagrosos dedos del estrafalario genio Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. En tan sólo 80 páginas, Baricco nos muestra que es posible condensar una vida y todas las vidas, un puerto y todos los puertos. Es una clase magistral de cómo la música (ese idioma universal y atemporal que no necesita de traductores) es el puente que une esos puertos, sus tiempos y sus gentes.

Baricco, poeta de mágica pluma, empuña la batuta para hacer de sus extravagantes personajes, seres creíbles y encantadores.

Un texto mágico, sonoramente seductor como las notas que desgrana Novecento a través de las olas y los días, a bordo de su piano. Admirable.

Novecento Piano

Poesía sin corbata: “Una luz para mis mañanas”

DESDE EL MUELLE AL MAR

 

Libre la poesía de gramaticales ataduras,

-con debido respeto a los insignes maestres-

enemigas del natural fluir, castradoras

cercado su arte por ellas, enantes.

*

Aférrase el Poeta al cante

de sus abiertas venas, saliente

de palabras, tiernos manantiales

para cantar al amor, sin menguante.

*

Crudo sentimiento que brota

irreverente, sin medida ni levante

nublando sentidos que antes

poblaron de flores el corazón amante.

*

Surcan bravíos mares de esperanza

torpes versos surgidos de su garganta

tras cada ola de plegarias en palabras

un sueño que cabalga hacia lontananza.

*

No sabe el destino, oh! no lo sabe,

dónde irán a parar los dolidos ruegos,

si naufragarán en las rocas del olvido

o encallará en tu cálida arena, mi nave.

*

Poblada de sueños la noche blanca

de vívidos recuerdos hecha su cara,

en tropel acuden a la cita inesperada

alocada fila de renovadas esperanzas,

si la larga espera de la sonrisa amada

será la luz que alumbre mis mañanas.

*

Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.