Con Miguel Delibes, y su pequeño “Príncipe destronado”

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En una de esas tantas aventuras por ferias, ventas de viejo y cajones olvidados, hace un tiempo apareció entre mis manos incrédulas un ejemplar -en muy buen estado, como si hubiera estado esperándome- de Ediciones Destino Colección Áncora y Delfín (17ª edición, 1980) de “El príncipe destronado” de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) con ilustraciones (dibujos) de su hijo cuando contaba con 4 años, es decir, la misma edad del protagonista de la novela: Quico.

Originalísima desde su concepción, desde que se desarrolla en apenas unas horas de un día de Diciembre, con el centro en la casa donde Quico, el penúltimo de cuatro hermanos y que acaba de perder su condición de benjamín a manos de una niña -preciosa, se supone- y desde la voz del propio niño, que ve, cuenta y sugiere un mundo donde la violencia, las apariencias, los amores y afectos duermen juntos con las traiciones y el orgullo. Es un mundo pequeño y a su vez enorme donde todos parecen asignarle un papel -el de “príncipe destronado” precisamente- y en el cual todo lo que haga parecerá explicado por esa condición.

Si como decimos, con independencia de cuánto camino llevemos recorrido rumbo a nuestra personal Ítaca, todos mantenemos vivo dentro nuestro al niño que fuimos, resulta imposible no sentirse ese adorable Quico, tan inocente, tan querible.

Delibes es un autor brillante, dueño de un prosa riquísima, elegante, un preciosista de la lengua castellana que no en vano ocupó hasta su muerte y durante 35 años un sillón en la benemérita Real Academia.

Ciento sesenta y seis páginas para reírse -el humor infantil rezuma como la miel en cada situación- , para conmoverse, para volver a sentir esa ternura que solamente provocan los niños, por los que ellos son y nosotros nunca dejamos de ser.

Búsquelo, intente conseguirlo, pídalo prestado, publique un aviso, acuda a una biblioteca, pero no deje de leerlo. Créame, no va a arrepentirse.

Por lo menos así lo siento yo.

 

Chirbes, desde “En la orilla” nos muestra el fondo de las cosas…

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Mentiría si dijera que la literatura de Rafael Chirbes me ha tomado por sorpresa. Desde hacía largo tiempo sabía que me debía, y le debía al autor español fallecido en 2015, por lo menos una primera aproximación y hacia allí me encaminé con “En la orilla”, sabiendo desde el principio que no iba a recorrer un prado lleno de flores donde discurrirían arroyuelos de cantarinas aguas.

Así fue. Dura, cruel, descarnada, oscura e inclemente como una noche de invierno a la intemperie. Realista, dicen. Hiperrealista, afirmo. Quien busque pasatiempo, evítelo como a la peste. No hay aquí tiempo para el escapismo.

De un pesimismo agobiante, crudo retrato de una sociedad española profundamente disfuncional heredera de una Guerra Civil que parece prolongarse -más allá de las armas- en los recuerdos, y de un autoritarismo que sigue allí larvado, creando dioses con pies de barro y ficticios manantiales de prosperidad a la sombra de la más cruda de las especulaciones y la más obscena explotación. Con las apariencias, el poder y el dinero como ejes, con la ironía y el más descarnado cinismo como armas, Chirbes disecciona todo el capital de hipocresía de la sociedad española del euro y la plata fácil, acomplejada en sus sueños de grandeza, olvidada de aquella sentencia que decía que “los Pirineos es donde África termina hacia el norte”.

A pesar de su crudo realismo, el autor apela a un simbolismo de profundo significado. En la novela, el pantano es el centro mismo de la peripecia de los protagonistas, pero también lo es de la propia condición humana.

Opresiva, la prosa de Chirbes, sin embargo, no se priva de poesía. Sus personajes son oscuros y trágicos, miserables y retorcidos, pero sin embargo, hay detrás de cada uno de ellos, un trasfondo de dolorida poesía, espesa y opresiva como la historia misma que relata. La naturaleza a la que apela Chirbes como marco de un ir y venir de sus atormentados personajes, es el propio reflejo de esas ruindades humanas que el autor retrata con mano de pintor.

Si se me permite, una obra mayor.

 

Julian Barnes: Shostakóvich en su laberinto stalinista

El ruido del tiempo

El magnífico escritor que es Julian Barnes, autor de más de una docena de novelas dentro de las cuales destaca “El loro de Flaubert”, se interna en “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2016) en el terreno de la novela histórica, o historia novelada, abordando la fascinante vida del genial compositor ruso Dmitri Sostakóvich y su compleja relación con el omnímodo poder del stalinismo.

En tan sólo 200 páginas, Barnes logra una obra de una densidad impresionante, propia de una historia que no puede leerse en clave simplista de héroes y traidores. Se trata de ir a fondo en las complejidades de un individuo nacido para su arte, la música, al que la vida fuera de ella le resulta siempre un frágil bazar donde el más mínimo movimiento da por tierra con los cristales más finos, y que debe vivirla navegando por las aguas encrespadas del totalitarismo más brutal que haya conocido la historia.

Es, como dice la reseña de la obra, un “ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder”, ese poder omnímodo con el cual nunca nadie puede sentirse nunca seguro de nada, jamás, en ninguna circunstancia.

Es el particular descenso del hombre y el artista a su personal infierno de la mano de un Poder que no solamente encarcela y tortura, que destierra y desaparece, sino que comete el más terrible de los crímenes que es confiscar la voluntad y dignidad del individuo, obligándole a comportarse como rata de laboratorio huyendo del castigo o arrastrándose en busca de la recompensa. Es ese poder invisible y brutal que descarga el garrote, con razón o preferiblemente sin ella, sin dejar nunca de zarandear la zanahoria frente a los ojos de sus víctimas.

Nos muestra a un individuo que siente que cae, a cada paso, un nuevo peldaño en la escala humana, y que mantiene ese reflejo condicionado del superviviente, aún cuando el enemigo o la amenaza hayan desaparecido. Es el Shostakóvich que se siente usado, traidor de aquellos a quienes admira y vilipendiado por quienes, desde el confort de un elegante restaurante francés, pontifican sobre las bondades de ese régimen que le reduce a la calidad de mendigo.

!Qué fácil era ser comunista cuando nunca habías vivido bajo él!, exclama Dmitri Dimitróvich cuando debe escuchar las diatribas de un Picasso o un Sartre, instalados en la cómodo púlpito de un estado burgués.

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo, que es el poder? Sólo esa música que llevamos dentro -la música de nuestro ser- que algunos transforman en verdadera música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia” .

A ello se aferraba el Shostakóvich músico, pero sobre todo, ser humano, demasiado humano tal vez. Para ser, al cabo del tiempo, susurro de la historia. Nada menos.

“Maestra de almas”, la insondable pluma de Némirovsky

Maestro de almas

Una más de las obras de la autora, editada por Salamandra luego del impresionante éxito de “Suite francesa”, ésta novela fue originalmente editada por capítulos en el semanario parisino “Gringoire” entre Mayo y Agosto de 1939, tres años antes de su muerte en Auschwitz en 1942 víctima de la solución final nazi.

Némirovsky es, en cada obra suya, siempre distinta y sin embargo, la misma. En la novela narra la peripecia de un joven levantino, nacido en Crimea, que logra llegar a París junto a su joven mujer, y con un título de médico bajo el brazo busca dejar su pasado de miseria y humillación, solamente para descubrir que un emigrante nunca dejará de ser un desterrado y que el dinero, tras el que corre la vida entera, terminará convirtiéndose en liberación y cárcel. Darío Asfar siente en carne propia que para quien proviene de la miseria y la humillación, nunca se está lo suficientemente lejos ni lo bastante seguro de no volver a ella. 

Toda la literatura de Némirovsky está, inevitablemente, atravesada por los orígenes de la autora y la realidad que le toca vivir en una Francia -la del antisemitismo, la de la hipocresía de la alta burguesía parisina, paradigma de la frivolidad, el sexo, juego y alcohol como anestésico sucedáneo de una realidad demasiado cruda- que marcha de manera irremediable hacia el precipicio del nazismo.