LA VERDAD DE LAS MENTIRAS, una guía para el viajero

La verdad de las mentiras

Hace por lo menos diez años, ésta obra de Mario Vargas Llosa -un ensayo sobre las lecturas consideradas imprescindibles por el autor- se convirtió en uno de mis libros de cabecera. No está demás decir que por aquellos tiempos el Nobel no había bendecido al peruano, pero sin embargo pocos podían discutir su enciclopédica cultura, el conocimiento minucioso de toda la literatura universal, tanto en idioma español como en francés, inglés, alemán y otras varias lenguas, así como un panorama del devenir histórico, literario y cultural mucho más amplio que los de otros autores latinoamericanos que, por las épocas de la épica, consideraban a autores de otras lenguas casi como sacrílegos a punto de pisotear sus templos.

Para un lector voraz como yo, consciente que el tiempo siempre nos será escaso en relación con las lecturas que nos debemos, la ayuda de ésta guía me resultó -y resulta- invalorable para evitar atajos y distracciones. Recorridas más de treinta de las treinta y seis obras que componen el ensayo, en el que el comentario y análisis de MVLL respecto de la obra y el autor valen por sí mismos, puedo decir que en no más de dos o tres casos me permitiría disentir. Claro está, como toda lista tiene un grado de subjetividad, inevitable, no solamente por a quienes incluye, sino también por aquellos que quedan fuera.

Partiendo por la monumental “Manhatann Transfer” de John Dos Passos, o la no menos impresionante “Auto de Fe” de Elías Canetti, la obra me permitió una recorrida que, sin él, tal vez hubiera tenido menos y diferentes paradas. ¿Cuándo y cómo habría leído al gran novelista que es Alberto Moravia si no fuera por su recomendación de “La Romana”, una delicia de novela de la que por años sigo recordando como a una novia de adolescencia? ¿Cómo agradecerle haberme abierto las puertas de “La Casa de las Bellas Durmientes” del exquisito poeta narrador que era Kawabata? ¿Habría sido capaz de separar la paja del trigo para saber que lo mejor de Hesse era “El lobo estepario”? ¿Habría recorrido las estepas rusas acompañando al Doctor Zhivago? ¿Habría tenido noticias de esa novela de connotaciones bíblicas imaginada en el valle de Salinas por John Steinbeck, que se llama “Al este del Edén” , o de él me habría conformado con Las uvas de la ira?

En su primera edición de 1990 contenía veintiséis ensayos y en la que refiero abarca diez más, es decir treinta y seis ensayos, todos referidos a autores y obras producidas en el Siglo XX, porque si no no podría explicarse la ausencia de Dostoievski y Tolstoi, Proust o Flaubert, por citar los grandes novelistas del siglo anterior.  Podrá adjudicársele algún tipo de falta de consideración por los autores en lengua castellana, y muy especialmente los latinoamericanos, de los que él es parte indisoluble. Tal vez, porque no es fácil explicarse la ausencia de García Márquez y “Cien años de Soledad” (aunque el episodio de pugilato haya sido anterior a la primera edición del ensayo), pero no es menos significativa la falta de Cortázar, o de Fuentes o Donoso, por citar algunos, y ni qué decir tiene de Borges, por más que pudiera argumentarse que la novelística no fue el fuerte del argentino. Incluir al “Siglo de las Luces” del discutible Carpentier, no alcanzaría nunca para desacreditar ésta crítica..  Acepto que, como dijera al principio, es un trabajo destinado a la polémica que surge siempre de la arbitrariedad de la elección de uno postergando a otro, pero ello no invalida en modo alguno la contribución positiva para lectores latinoamericanos de autores ajenos a nuestra lengua, de lo que sabré estarle eternamente agradecido a Vargas Llosa.

 

LA SEÑORA DALLOWAY, con juveniles 90 años

La Señora Dalloway

Leí esta obra, una de las tres más representativas de Virginia Woolf, pero la que sin duda alguna más se identifica con ella, en una Edición de Lumen con prólogo de Mario Vargas Llosa, connotado admirador de la autora. Muy poco puedo agregar a lo que los lectores que se asomen a ella, descubrirán de la brillante pluma de Vargas Llosa, en torno a ésta obra en particular, y de lo que Woolf significó para la literatura de la época, con justicia comparado con lo que significaron Joyce y Proust.

No obstante debo decir, nobleza obliga, que hasta mediada la novela me costó captar su sintonía fina para lograr meterme dentro de ella. Sin embargo, imperceptiblemente, Woolf lo consigue y casi sin darme cuenta cómo me vi dentro de ese gran escenario, yendo y viniendo, siendo llevado y traído por la mano invisible de la autora. Algo que todo lector debería experimentar alguna vez en su vida.

 

EL GATOPARDO o el arte de cambiar para permanecer

 

El Gatopardo

Leí El Gatopardo por primera hace ya unos años, en una edición de bolsillo que alguna de mis muchas mudanzas hizo quedar perdida o en manos de algún lector distraído. El pasado año, en una de mis habituales incursiones por ofertas y ventas de viejo, me encontré con una edición de Altaya de 1995, en tapa dura, con unas valiosas notas a la edición y biográficas, que ponen en contexto la obra y a un autor tan peculiar.

Nacido en las postrimerías del siglo XIX, el Conde Giuseppe Tomaso di Lampedusa, provenía de una aristocrática familia palermitana. Dueño de una vasta cultura y de un espíritu refinado, como correspondía con su condición, habitual participante y promotor de la vida cultural, no produjo ninguna obra que se hubiera editado, antes de ésta novela. Sin embargo, con ésa que habría ser su verdadera “bala de plata” consiguió hacerse un lugar de privilegio en las letras italianas del siglo.

Si hay obras que merecen el calificativo de clásicos, ésta es una de esas que lo ostentan con sobrados méritos. La lucidez de Lampedusa para el análisis de la realidad tan compleja de la que le tocaba ser involuntario espectador de primera fila y forzado protagonista, le permitió reflejar en su obra lo que luego se convertiría en un referente. Leída hoy, sesenta años después de su publicación, conserva toda su magia y encanto, prueba última de la calidad de una obra literaria.