Con Markus Zusak, enamorándonos de su Ladrona de Libros

ladrona de libros

Sobre “Ladrona de libros” , la novela de Markus Zusak, hay en el universo internet una miríada de artículos de todo pelo con sesudos análisis de por qué es una gran novela, o quizás algunos con razones que las habrá, que digan lo contrario. No me anima ese propósito, porque entre otras cosas, carezco de las cualidades para acometer tal tarea.

Lo que pretendo sí es dejar mi testimonio, cuando aún me embargan las emociones de haber vivido cuatro o cinco días de mi vida inmerso en ese fantástico mundo (en el sentido de magnífico, aunque también por su carga de maravillosa poética) que penetra en lo más profundo del lector. Es, entonces, el testimonio de un simple lector, con mucha lectura a cuestas es cierto, pero eso: un lector. Uno que cree que una novela es, de manera inobjetable, muy buena si logra despertar emociones. Si conmueve, si hace al lector cómplice de lo que allí sucede, aunque el resultado sea el “desasosiego” al que aludía Saramago como fin último de la tarea del escritor. Y Zusak lo consigue, con creces.

Sobre la locura nazi se ha escrito tanto que uno tiene fundados temores de caer en inevitables lugares comunes. Quizás baste señalar algunos aspectos que, a mi modesto juicio, hacen de Ladrona de Libros una obra originalísima. Lo es por su estructura, en capítulos que se corresponden con los libros que marcan la peripecia vital de Liesel, y donde el relator omnisciente – que entra y sale en forma permanente- resulta ser la propia muerte. Lo es también porque todo el horror, pero también toda la grandeza, el amor y la poética del ser humano dispuesto a sobrevivir, está visto desde las víctimas. Y también lo es, y ese no es un detalle menor, porque en ese mundo de locura asentado en el propio territorio del nazismo, todos terminan resultando ser víctimas del fanatismo delirante, incluido y de forma esencial, el propio pueblo alemán.

Ladrona de Libros es una muestra más que la literatura consigue revelar, respecto de los avatares de las sociedades humanas, mucho más de lo peor y lo mejor de la condición humana de lo que puede hacerlo la propia historia, siempre tan apegada al frío hecho.

Conmovedora hasta las lágrimas, no espere el lector una novela amable, aunque tenga ella también sus altas dosis de ternura, de humor también, aunque el trasfondo sea el horror desatado sobre seres humanos por otros seres, caídos de esa condición.

Lumen, editora en Español de la obra, en su mercantilizado acápite, debió decir que es “la GRAN novela en la que se basa la película de la Twentieth Century Fox”, porque podrá ser ella también una gran película, pero no podría haberlo sido sino porque la grandeza está en lo que le dio origen: una novela que es, también y fundamentalmente, un homenaje a la palabra escrita como elemento redentor de la condición humana.

A Liesel le salva, su porfiada condición de lectora. Como de última, de una u otra manera, a todos nos lo hace.

 

Anuncios

Otro 28 de Septiembre

manos madre

Se me ha escapado ya casi medio día -cuando borroneo estas líneas, no ahora que ya se escurrió fatalmente- y casi todo él sin otra cosa que hacer más que pensar, leer, disfrutar del ocio bien ganado, y todo ello acompañado del eterno mate sin el que cualquier uruguayo que se precie de tal no lo es, ese compañero fiel que nada pregunta y brinda calor allí donde más se precisa.

Sin embargo, hay algo que me molesta, algo que parece situarse justo en medio del estómago. Es la angustia. Reciente y traicionera. La que se me instala como convidado de piedra cuando reparo en que vivo en un 28 de Septiembre y parece no decirme ya nada, casi como para pasar por encima de él como de cualquiera otro de antes o después, uno más que se usa y deja atrás sin pena ni gloria.

No obstante, qué lejos de ello. Porque 14 años atrás fue un 28 de Septiembre que se llevó a mi madre, a mi mamá, que se la arrebató al hombre de 43 años que yo era entonces, dejándome para siempre irremisiblemente huérfano, solo en el mundo sin ese cordón que no se corta realmente con el parto sino mucho después con la definitiva muerte. A ese hombre que era padre desde hacía dos décadas y que de buenas a primeras dejaba a sus hijas sin su abuela. Como dos años antes, les había dejado sin su abuelo.

Y luego la vida que sigue, sola, en piloto automático, sin preguntarte a dónde te lleva, haciendo sin embargo, un doloroso alto en el camino cada vez que, cada año, el mes de Septiembre llegaba a su vigésimo octavo día. Duro el primero, y el segundo también, y los restantes, aunque cada vez más lejanos.

Y luego más aún, porque la vida sigue, imperturbable, indiferente. Y más tarde cuando el padre que soy se corre un casillero para pasar él -yo mismo- a ser el abuelo, huérfano aún aunque ello poco o nada signifique como no sea para ese yo mismo. Dolor sin testigos, mudo y solitario como su solitario portador.

Y después la vida, libro que se escribe cada día, sin guión ni final conocido, que empieza a tenderle trampas hasta al dolor. A engañarle con el olvido. Con el primero, el que todavía – todavía- es un asomo incipiente de olvido, un anuncio y aviso que si no es el próximo año, algún otro habrá en el que el día 28 del noveno mes parará para ti como un día más.

Y por eso el dolor. Por eso la angustia. Porque ese día que hoy, recién hoy, entiendes que un día ha de llegar, será el de la definitiva muerte: la irreparable, la del olvido. Esa que a fuerza de recuerdos has procurado prolongar en el tiempo, inútilmente, tan sólo para que este otro dolor, distinto, íntimo como pocos, no volviera para instalarte la angustia en el estómago.

Sin embargo, allí está. Por todo el día. Por todo lo que olvidé antes y, me temo, por todo lo que sé ahora he de olvidar en el futuro, justo hasta que yo mismo me hunda en el camino de ese olvido, otro olvido.

Nada que hacer, salvo esperar al 29 de Septiembre que, quizás, despunte con una esperanza nueva.

El Apocalipsis o el fin de las cosas…

apocalipsis-1

(Tragedia en trece escalones y un solo final)

El

Las cosas están confusas, oscuras. Parecen amenazantes las cosas. Los hombres, que son hombres y mujeres que otrora fueron jóvenes, y antes niños, miran y esperan. Sin pedir, reclaman, ruegan, imploran. Sus miradas lo dicen todo. Sus bocas no. O por lo menos, nada que se les entienda. Los viejos, que fueron hombres y mujeres piensan en tiempos mejores, pero no dicen nada. Los viejos alzan los ojos, mudos los ojos. Las bocas trémulas, sin dientes, nada dicen. O lo dicen todo, con su silencio.

A

Las cosas están oscuras, entreveradas, allá donde los hombres no llegan nunca. Allá donde imaginan, en vano. Piensan que va a escucharles. El que creó todas las cosas, les escuchará, aunque solamente piensen. Aunque nada digan. O digan, pero no se les entienda. Ni aún para aquél que creó todas las cosas. Que no escucha. O por lo menos, así parezca.

P

Los viejos, que antes fueron hombres y mujeres, que otrora fueron los jóvenes que eran niños, recuerdan. No hablan de cuando el sol. No les creerían. Para qué. Mejor así. Para ellos pasó ese tiempo. Queda la espera, estéril, con las bocas vacías, mudas. Y los ojos ciegos. Solamente las manos, rugosas, abiertas hacia allá, quieren decir algo. Pero no lo hacen, o por lo menos no les entienden.

O

Los hombres, que son hombres, no lloran. No pueden. Los hombres, que no lo son, que son mujeres, sí lo hacen. Pero son llantos secos, mudos, que se mueren dentro. Los hombres piensan, y esperan. Esperan, día tras día, una sola noche, larga, oscura. Las cosas están así. Lo viejos piensan que antes no. Pero no lo dicen. Para qué. Los jóvenes, que fueron niños, esperan. Tampoco saben qué. Los niños sí lloran. Sus bocas vacías, piden. Pero no hay. Y los llantos se agotan. Los llantos agotan.

C

Y los que esperan, y los que esperan sin saber que esperan, allí están. Viendo cómo las cosas están, oscuras, malas están las cosas. Pidieron, rogaron, imploraron, lloraron lágrimas ácidas. Pero ahora ya no. Se agotaron. Y el que creó todas las cosas no respondió entonces. Tampoco ahora.

A

No saben los hombres. Piensan los hombres. Piensan y temen preguntarse. Tal vez, no necesiten hacerlo. Saben qué hicieron los viejos que fueron hombres, que son mujeres y hombres. Saben lo que ellos mismos han hecho. También, lo que no han hecho, y debieron.

L

En sus oídos gastados, los viejos que fueron hombres, conservan ecos. Son murmullos del agua. Podrían hablar de ella, de antes. Pero no lo hacen. Para qué. Los hombres, mujeres y hombres que son, lo saben pero no quieren recordarlo. Los jóvenes no. Ellos no saben. Sus ojos muertos nunca vieron. Sus oídos no oyeron, y no creen. Sus labios nunca probaron, y tampoco creen. Los niños, que lloraban, ahora no. Para qué.

I

En sus mentes gastadas, perdidas en lo oscuro de las cosas, los viejos tienen destellos. Ante sus ojos ciegos, pasan colores. Los de antes. Los hombres saben de ellos, pero no quieren. Recordar, no quieren. Para qué. Los labios murmuran, pero no se entienden. Los gritos se perdieron, hace mucho. Se fueron rebotando entre las rocas, y no volvieron. Iban en busca del que creó todas las cosas, pero no volvieron.

P

En sus bocas cascadas, los viejos que fueron hombres, recuerdan sabores. Los de antes, que los hombres, que son mujeres y hombres ahora, probaron. Pero no lo dicen. Callan, los viejos. Ellos, los hombres, prefieren no recordar. Y los jóvenes, ni eso. Solamente las manos, secas, cuarteadas, puestas hacia allá. Hacia donde esperan por el que creó todas las cosas.

S

Los hombres, mujeres y hombres juntos, esperan la voz. Una señal. Algo que ponga fin a la espera. La esperan, pero la temen. Los viejos no. Ya no esperan. Están más allá de la esperanza. Y del miedo. Están más allá del mundo, porque pertenecieron al otro. A los hombres solo les queda éste, y la espera. A los jóvenes, quizás. A los niños, ni eso. Lo piensan, los hombres. Pero no lo dicen. Para qué.

I

Que se termine, piensan algunos hombres, también mujeres. Que acabe ya. Que escuchen la sentencia y ya. De qué sirve esperar. Las cosas, todas las cosas, están así. Confusas, oscuras, amenazantes. Las cosas son una mueca de la muerte. Los viejos lo saben. Los hombres, y sus mujeres, saben que lo saben, pero no lo dicen. Y ellos no escucharían, tampoco. Para qué. Los jóvenes no preguntan, y es mejor. Los niños no saben qué. Mejor también. Son menos mentiras. Mintieron tanto, antes.

S

Los hombres, y sus mujeres, lo saben. Los viejos, que fueron hombres y mujeres, también lo saben. Mejor que nadie. Por ello secaron sus lágrimas. Por ello, nada esperan. Saben que no pueden. No tienen derecho. Nadie va a escucharles. El tiempo -su tiempo- pasó. Y ya ven cómo fueron las cosas. Mal, han ido muy mal. Los ojos gastados ya no ven. Mejor así, porque lo que vieran, no les gustaría. Solamente les queda el recuerdo. Traicionero, el recuerdo de los viejos. Insiste en volver atrás, cuando las cosas eran otras. Pero los viejos no quieren. A los viejos, el recuerdo les duele. Si tan siquiera pudieran borrárselos, y ya. Pero no. Se presentan cuando menos lo piensan. Y vuelven a lo mismo, cuando las cosas eran distintas. Pero ahora son otras, oscuras, confusas, perdidas.

Los recuerdos de los viejos son porfiados. Aparecen igual, a traición. Revuelven la herida. Traen, colgando de sus bocas desdentadas, los viejos amaneceres. La luz despertando, algo que los ojos secos de los hombres ya no verían. Pero allí está, aún, en el recuerdo de los viejos. Era el tiempo del sol. La luz borrando las sombras. Y el agua, rumorosa, entre piedras. Duelen los recuerdos de los viejos. Los oídos muertos todavía oyen gorjeos. Oyen el zumbido de un colibrí danzando sobre flores. Tan lejos, todo. Tal vez no sea más que su imaginación de viejos dementes. Sufren los recuerdos, los viejos. Pero no los comentan. Para qué.

Ahora…

Los hombres saben que no van a escucharla. Que la voz del que creó todas las cosas, no va a ser escuchada por sus oídos. No tienen esperanza. Tienen miedo de esa palabra. Se les murió, esa palabra. Junto con la luz, cuando el sol murió. Cuando se apagaron los sonidos y los rumores. Cuando cesaron los gorjeos y los zumbidos. Cuando las sombras lo cubrieron todo. Cuando el calor les fue abandonando, de prisa. Cuando todo enmudeció, carente de movimiento. Huero de vida. Ese fue el tiempo de la muerte. La muerte de la esperanza, para los hombres, y sus mujeres. Los jóvenes no lo supieron, pero lo intuyen, y por eso no preguntan. Para qué. Los niños acabaron las lágrimas. También agotaron las preguntas. Sin respuestas, ahora tampoco preguntan. Para qué.

…en la hora final

Es la noche que ha caído sobre ellos. Sobre viejos y hombres, mujeres y hombres, sobre jóvenes y niños. Es la noche última, de la que no se sale. La noche sin amanecer al final del tiempo. Es un tiempo sin final. Tiempo muerto, como la noche abatida sobre ellos, y sus manos, agrietadas, puestas hacia arriba, donde esperan, inútilmente, por la palabra del que creó todas las cosas, que no ha de llegar. Han comprendido, finalmente, que de él solamente el castigo, podían esperar. Lo supieron cuando las cosas fueron oscuras, confusas, pero no quisieron aceptarlo. El recuerdo de la luz, les mantenía la esperanza. Debió acabarse el último resquicio, para que acabara también. Con los viejos, se van los recuerdos. Queda, el puro presente. Presente sin futuro. Un presente muerto. Como el que se lleva a los hombres y mujeres. El mismo que se llevará a jóvenes, que no serán hombres y mujeres, ya no. Y a los niños, que no serán jóvenes. Tampoco ellos. Porque, por fin, han entendido el silencio del que creó todas las cosas. Ése, es su castigo. Para que las cosas sean, cada vez, más oscuras, confusas. Para que las cosas se confundan en la noche con la muerte de todas las cosas.

 

(a) Todos los derechos reservados Safe Creative Registro 1604177248785

Te habré dejado entonces, hija

A mi padre, padre invierno, a mi hija, hijas, y a JLP, hijo y padre. 

padre-e-hija

Hija, te habré dejado, entonces, cuando sientas que el pasado se ensancha, crece y se ensancha, como si fuera el invierno tirando de las sábanas al otoño, apurándole, impertinente el invierno, manto frío de olvido, y el futuro es tuyo hija, hija madre, tuyas las mañanas que no he de ver, tuyos los dolores que ya habré sufrido. Querría haber permanecido en todo, pero no, hija, mera esperanza -egoísta esperanza- permanecer, apenas el recuerdo pesada mochila, hija, hija madre. Recuérdame apenas para no olvidarte de ti, hija, de tu suave mano en la mía áspera y temblorosa, cobarde mano la mía, que espera por la tuya, por el calor, por la fuerza de tu tiempo vivo y fresco, el de tu hija, mi nieta, ponla a resguardo, aléjala de los dolores, tiempo habrá, lo sabes, hija madre, lo sabrás, cuando llegues tú misma a la siguiente estación, viaje que no se detiene, indetenible, implacable. Hiciste tanto por mí, me justificaste, diste razón al despropósito de vivir, y lo harás todavía llevándome, hija, hija madre, tu mano en el frío del metal deteniendo el tiempo, el tiempo helado del final, la mañana detenida, el paso lento, hija, como queriendo quedarse en el momento anterior, reverberando el dolor mío, el dolor tuyo, hija, y el suyo, hija madre, todavía inmaduro para ser apenas asombro, el miedo de caminar en las sombras, tu mano en la suya, no sufras hija, estoy aquí, estarás tú también para ella, recogiendo sus lágrimas asombradas, mezclándose con las tuyas, inevitables, Estaré aunque no esté hija, en la mochila, dentro, una amasijo de recuerdos, limpios y nuevos, brillantes como la mañana que despierta pese a todo, no se detiene la mañana hija, déjala, ella sabe, otros vendrán que su calor querrán, ya lo ves, hija, tan hija. Aunque sientas que sólo puedes llevarme, no te engañes, hija, también me has traído, me has empujado hasta aquí, aunque hayas creído que eras tú quien era llevada. También eso te lo debo. Te debo más, pero ya no puedo pagarte. Ya no, hija, Quizás nunca haya podido, tal vez tú tampoco puedas hacerlo, a tu tiempo, más allá en los días, en los veranos por vivir, las primaveras y el árbol que al fin ha de dar su sombra, en ese tiempo hija, hija madre, tú también sentirás la deuda del dolor que dejas, que yo dejo, herencia no querida, pobre herencia las nuestras, habidas de dolor henchidas de dolor las dejadas herencias. No es justo, ya lo sé. Recién ahora lo sé. El dolor del que queda, hija, el dolor que el que parte no puede consolar. Ya no, Nunca pudo, nunca pude, hija. Te habré dejado entonces, hija, con el frío del metal en la mano, lejos de la fría mano mía, te habré dejado, con tu dolor, pobre herencia, hija querida.

#historiasdesuperación: Diez minutos con mi asesino

Todo ha sido muy rápido. Estoy frente al Juez, hombre que me mira como si pretendiera ver detrás de mí. Estoy sola con él y con quien dice ser mi abogado defensor, de oficio por supuesto. Él ha conseguido la audiencia. Aunque haya hecho poco más que eso por mí, creo que es bastante. Confío en convencer al Juez. Que me escuche, que oiga mis razones y por qué le pido lo que le pido.

Diez minutos a solas con mi asesino, Señoría, sólo eso le pido. Antes o después del funeral, tanto da, pero diez minutos él y yo. Usted quizás no entienda y crea que estoy loca, pero necesito hacerlo, no solo por mí, también por mi hija, tengo que explicar y explicarme varias cosas. Allí, frente a él. Sé que no ha de escucharme, nunca lo hizo en realidad, pero da igual, me basta decírselo. Lo que dije ante usted y el Jurado, por supuesto, pero también otras cosas que solamente yo y él podríamos entender ¿me explico? Me hago cargo que le parezca irregular, que le provoque inquietud porque pueda cruzarme con algún familiar suyo, pero le garantizo que nada, pero nada me interesa más que lo que le digo, estar frente a él y decirle lo que tengo aquí, ve usted, atragantado y nunca pude decirle. Lo he perdido todo Señor Juez, quizás también a mi niña, pero por eso mismo, porque no tengo nada para perder es que le hago este pedido, un poco extraño para usted, me imagino.

Contra el escepticismo de mi defensor, el hombre se apiadó de mí y me concedió el pedido. La policía judicial ha tomado todas las medidas de seguridad y esposada, me han introducido en un furgón de vidrios espejados, en el que salgo, como de un útero, hacia las entrañas de un lugar frío y desangelado. Me conducen entre paredes blancas, a derecha, luego a izquierda, hasta que al final me sientan en una silla de metal de respaldo recto, enfrentada a una mesa también metálica, a donde se dirige un chirrido de ruedas sobre las cuales transportan a mi asesino. Le han depositado frente a mí, y me han puesto de pié para poder verle a la cara, mientras la mujer que me custodia se repliega hacia la puerta y asume la actitud del que no ve ni escucha. Allí está él, mi asesino, sin mirarme. Mejor; recuerdo esa mirada como un puñal atravesando mis carnes. Que solamente escuche. Hoy, tendrá que escucharme.

¿Por qué, Agustín? ¿Por qué pasó lo que pasó entre nosotros? ¿Cómo llegamos aquí? Durante estas últimas interminables horas, he tratado de pensar en nosotros antes, ¿recuerdas?, cuando aún teníamos ilusiones, por lo menos yo las tenía, y tú también, quiero creer que sí, que alguna vez me quisiste. He pensado mucho Agustín. Me duele la cabeza de tanto hacerlo. No lo creas, todo ha sido muy difícil desde cuando te dejé allí en nuestra cama, porque era nuestra cama, ¿te das cuenta? Allí engendramos a Agustina, cuando todavía sentía que en la mañana el sol salía para todos. Cuando una caricia eran tus dedos en mis mejillas, tu mano en mi cabello. ¿Por qué? Queríamos que fuera varón, yo también lo quería, pero fue nena. Igual quise darle tu nombre, aunque en femenino. Yo te quería Agustín. No me digas nada. Sólo escúchame. Te quería a ti, a tu familia, a tu padre tan buena gente, a tu madre que creo me quería como a una hija. Creí que tú y ellos serían mi nueva familia, la que casi ya no tenía. ¿Acaso fue por Agustina? ¿Te sentiste defraudado porque no quiso ser varón? Todo parecía ir tan bien. Aún cuando insististe para que dejara mi trabajo. Está bien, pensé entonces, quizás tenga razón, debo dedicarme a nuestra hija, con lo de él tendremos suficiente. Pero luego empezaste a quejarte porque Agus no te dejaba dormir, que te levantabas de malhumor, por la noche llegabas tarde, y el olor, habías estado de copas. Yo no te decía nada. Creía que se te iba a pasar. Que tenías problemas en el trabajo, o que era por la niña. Trataba de hacerla dormir temprano, todo para que no te molestara. Pero a ti nada parecía conformarte. Pensé que era yo, que algo estaba haciendo mal. Que el embarazo y luego el tiempo con la niña, nos estaba alejando. Traté, te lo juro, intenté por todos los medios, de cambiar las cosas, que volvieras a mí, ya sabes, aunque me cueste decírtelo, pensé que si me mostraba más abierta en la cama volverías a amarme. ¿Recuerdas, Agustín, esa primera vez? Te sugerí aquello porque pensé que era lo que tú querías, pero esa fue la noche que por primera vez me trataste de puta, de mujerzuela, mala madre y todas esas lindezas, y que no contento, me descargaste tu mano sobre la cara.

Se le va a pasar, volví a pensar. Está muy presionado. Fue un error el mío. ¿Cómo no pensé que mostrándome así te haría pensar mal de mí? Recuerdo que estabas arrepentido. Que me pedías perdón. Y cómo no iba a perdonarte, si allí al lado tenía a nuestra hija, a tu hija. Te perdoné, claro, porque un momento malo lo tiene cualquiera. Me dijiste que nunca más. Pero luego vino lo de Agus en nuestra cama, que el pañal no debía estar bien puesto, que te orinó encima, tu rabia, el llanto de la niña, y la mano una y otra vez sobre mi cara, y tus dedos tirando de mis pelos. Volviste a pedirme perdón. Volviste a decirme que nunca más. Pero bastó un plato que no te gustó para que acabara bajo la mesa con tus zapatos en mis costillas. Allí decidí comprar la pistola. Era mujer y madre, pero no ibas a volver a pegarme. Ahora dime, ¿por qué? Te maté, pero tú lo hiciste antes conmigo. Callas, cobarde. Mejor así.

Carta a mi padre, donde esté…

 

Mi querido viejo :

Hoy hace 15 años que te fuiste a ese lugar y tiempo a donde más temprano que tarde todos hemos de ir y donde, quiero creer, me estarás esperando junto a ese viejito maravilloso que era el abuelo Amaranto y la venerada Mamavieja.

La mitad de lo bueno y lo malo que es la vida, te la debo a ti. Durante más de 44 años compartimos ese viaje. La mitad de él, bajo el mismo techo, si no todo el tiempo por lo menos buena parte. Hijo único, no tuve nunca ni tengo ahora con quien compartir lo que siento y pienso, así que como suele decirse, desde hace 15 años la procesión va por dentro.

Nacido en el primer cuarto del Siglo XX, en el propio culo del Uruguay recién salido de las guerras fratricidas, la vida no podría haberte mostrado su cara más amable. El principal y casi seguro oficio que esperaba a quienes caían a la vida por esta parte del mundo en esas épocas, sin fortuna ni privilegios, sería el de aprender a vivir y sobrevivir con lo que justo. Si acaso unos años de escuela para aprender a leer y escribir lo básico, algunas cuentas para defenderse, y después a hacerse en el duro oficio del diario vivir.

Intransigente y soberbio, como todo joven que fui, te hice mi víctima preferida de esos exabruptos de intolerancia que solía formar parte de mi carácter, tal vez nada más que una coraza de protección ante lo que no entendía, o consideraba injusto, o que simplemente creía no merecer, como si de merecimientos fuera la cosa, que no lo es pero se necesita mucho andar para entenderlo, a veces, un poco tarde.

Dicen que hay cosas irreversibles como una bala disparada o una palabra dicha. Ante la muerte, una palabra no dicha tiene el mismo carácter de fatal irreversibilidad. Debí haberte escuchado más. Debí haber dicho menos. Debí, pero no lo hice.

Desde tu partida, hubo cosas que no pude hacer por mucho tiempo. Una de ellas, fue recordar el color de tus ojos: tu mirada, viejo querido, se me iba en la bruma de mis propios sentimientos. Por aquél tiempo, cuando a costo de tu vida habías logrado librarte del sufrimiento del cáncer, yo había comprado un álbum de Eric Clapton, “Pilgrim”, cuyo primer tema es, precisamente, “My father eyes”, los ojos de mi padre, los tuyos, los que no lograba recordar. Nunca pude, desde entonces, escuchar esa canción sin que se me “piantara un lagrimón”, tan tarde para eso como para todo.

Hoy, cuando yo también recorro mi propio camino hacia mi personal Ítaca, quería decirte ésto, que supieras que te quise mucho, y que, aún pasados los años, el ser humano mayor que hoy soy, no es capaz de escribir estas torpes líneas sin que la vista se le nuble y el corazón cabalgue a su aire.

A donde estés, te recuerdo con el cariño que, tal vez, no haya sabido darte. De aquéllas, las cosas que podría haberte reclamado, ya te había perdonado. De mis propios errores, quiero creer tu me hayas perdonado. Si así fuere, yo también podré perdonarme y aguardar, en paz, si es que ello es posible, volver a encontrarnos.

 

 

José Luis Peixoto,eximio músico en “Cementerio de Pianos”

 

cementerio-de-pianos

Resurrecturis. La hermosa edición de “Cementerio de pianos” del portugués José Luis Peixoto (Galveias, en el Alentejo, 1974) que Casa Editorial HUM acaba de presentar en la Feria del Libro de Montevideo, empieza con esa voz latina, resurrecturis, los que resucitarán.  Voz latina que suele coronar la entrada de los camposantos católicos, allí donde los vivos han ido a reposar a la espera de su resurrección en el Reino de los Cielos, parece ser una metáfora de lo que la novela es. Metáfora que se complementa con un largo versículo de la Biblia, donde Jesucristo invoca a su padre Dios.

La novela se desarrolla en el entorno físico de una carpintería, nada casual tratándose del oficio de José y del propio Jesús, en la que vivió el primero de los Francisco Lázaro y en la que habría de dejar a su hijo, el otro Francisco Lázaro, nombre tras el que se esconde sin demasiada suerte una alusión al “levántate y anda” implícito en la peripecia de esa hijo carpintero que será el primer maratonista portugués en disputar esa prueba en Estocolmo en 1912. La inmanencia de la carpintería como elemento central que une a las generaciones, parece resultar un efectivo juego de espejos con la carrera que durante 30 interminables kilómetros, Francisco Lázaro corre, contra otros pero también, y fundamentalmente, con sí mismo, su padre, su vida y sus designios.

Generaciones y tiempos, voces de acá y del más allá, van y vienen a través de sus páginas, en un transcurso que nunca es lineal. Allí, dentro de la carpintería está el misterio del “Cementerio de Pianos”, lugar donde reposan músicas y recuerdos, vivencias y sentimientos, a la espera de ser resucitados, precisamente de la mano de un Lázaro, pero donde también encuentran el escenario las pasiones y los secretos.

Novela compleja, multifónica, de una densidad metafísica, en donde el tiempo es una materia más que se confunde con los colores y los sonidos, las generaciones y la familia, los sueños y la violencia soterrada y omnipresente, tiempo que se convierte en una materia viscosa y densa que borra los contornos de un mundo ríspido presa de un fatalismo descarnado. Una novela que desafía al lector y le reclama involucrarse. Que le pide leerla, pero también y sobre todo, sentirla.

En la presentación, en la que un Peixoto amable y distendido ofreció una larga charla salpicada de anécdotas, no solamente sobre esta novela sino sobre su vida toda y la literatura lusitana, de la que hoy es uno de sus más significativos representantes, alguien del público que ya conocía “Cementerio de Pianos” quiso saber del autor cómo leer la novela para entenderla teniendo en cuenta esas particularidades de su técnica narrativa. Peixoto le respondió que, más que entenderla, a la novela había que tratar de sentirla, y escucharla, porque la música es parte indisoluble del todo, y por tanto, simplemente, hay que dejarse llevar.

Para quienes deseen adentrarse en el fascinante mundo onírico de José Luis Peixoto, ese es mi modesto consejo: siéntase cómodo, buena luz y tiempo, y déjese llevar. Estará en buenas manos. Manos de pianista, claro.

dedicatoria-cementerio-de-pianos001

Mi agradecimiento a José Luis Peixoto por la amable dedicatoria. 

 

Chirbes, desde “En la orilla” nos muestra el fondo de las cosas…

Maquetación 1

 

Mentiría si dijera que la literatura de Rafael Chirbes me ha tomado por sorpresa. Desde hacía largo tiempo sabía que me debía, y le debía al autor español fallecido en 2015, por lo menos una primera aproximación y hacia allí me encaminé con “En la orilla”, sabiendo desde el principio que no iba a recorrer un prado lleno de flores donde discurrirían arroyuelos de cantarinas aguas.

Así fue. Dura, cruel, descarnada, oscura e inclemente como una noche de invierno a la intemperie. Realista, dicen. Hiperrealista, afirmo. Quien busque pasatiempo, evítelo como a la peste. No hay aquí tiempo para el escapismo.

De un pesimismo agobiante, crudo retrato de una sociedad española profundamente disfuncional heredera de una Guerra Civil que parece prolongarse -más allá de las armas- en los recuerdos, y de un autoritarismo que sigue allí larvado, creando dioses con pies de barro y ficticios manantiales de prosperidad a la sombra de la más cruda de las especulaciones y la más obscena explotación. Con las apariencias, el poder y el dinero como ejes, con la ironía y el más descarnado cinismo como armas, Chirbes disecciona todo el capital de hipocresía de la sociedad española del euro y la plata fácil, acomplejada en sus sueños de grandeza, olvidada de aquella sentencia que decía que “los Pirineos es donde África termina hacia el norte”.

A pesar de su crudo realismo, el autor apela a un simbolismo de profundo significado. En la novela, el pantano es el centro mismo de la peripecia de los protagonistas, pero también lo es de la propia condición humana.

Opresiva, la prosa de Chirbes, sin embargo, no se priva de poesía. Sus personajes son oscuros y trágicos, miserables y retorcidos, pero sin embargo, hay detrás de cada uno de ellos, un trasfondo de dolorida poesía, espesa y opresiva como la historia misma que relata. La naturaleza a la que apela Chirbes como marco de un ir y venir de sus atormentados personajes, es el propio reflejo de esas ruindades humanas que el autor retrata con mano de pintor.

Si se me permite, una obra mayor.

 

Poesía sin corbata: “Preguntas vanas”

preguntas-vanas

¿Vivimos pensando en la muerte para vivir, o
morimos pensando en la vida para no morir?
¿Será hoy, o mañana, cuándo y dónde?
¿Cuántas veces el calendario nos oculta esa fecha?
¿Lo hace por ignorante o por cómplice de ella?
¿Cuál será el instante del último abrazo?
¿El del último beso, la postergada caricia?
¿Cuántos te quiero quedarán presos del silencio?
¿Cuántos perdones no serán dichos a tiempo?
¿Cuántos olvidos permanecerán olvidados?
¿Cuántos, cuáles recuerdos llegarán a tiempo?
¿Qué día y hora nos espera con el adiós?
¿Cuál será la última línea escrita, ignorante de serlo?
¿Cuál ese libro postergado que no llegamos a leer?
¿Qué sol será ese sol del último amanecer?
¿Cuál habrá de ser la luna nueva que no llegará a llenar?
¿Cuánto de la muerte tendrá esa postrera puesta de sol?
¿Y de los sueños, qué fue de ellos, dónde y cuándo perdidos?
¿Cuánta vida guarda el mañana, si la guarda?
¿El tiempo acabado será suficiente para una última sonrisa?
¿Cuándo y dónde será el hoy sin mañana?

Con Sábato, atravesando “El Túnel”…

el-tunel

Por años, durante mi largo peregrinar por la lectura, Ernesto Sábato fue una materia pendiente. Muchos años ha, quise entrar en su obra a través de “Héroes y tumbas” y fracasé con total éxito. No una sino dos veces, al punto tal de haber pensado:…bueno, si tantos y tantos le veneran como un gran escritor, lo será, pero no es para mí…

Es gracias a mi hija, tan adicta a la letra impresa como un servidor, que me picó la curiosidad por intentar leer “El túnel” de la que ella me hablaba maravillas, no porque la novela invitara a bailar un vals en un salón vienés, sino porque a su entender -a pesar de su brevedad, o tal vez gracias a ella si uno piensa en “La Metamorfosis”- era y sigue siendo lo que suele llamarse una “obra maestra”.

A pesar de estar mayoritariamente agotado, la perseverancia dio sus frutos y logré hacerme de un ejemplar, nuevo, de la Edición de Cátedra, Serie Letras Hispánicas, editada y comentada por Ángel Leiva -un especialista en Sábato- cuya carátula precede a estos comentarios. Fue una suerte. La obra es, efectivamente, impresionante. Y lo es mucho más si uno consigue, gracias a más de 40 páginas de introducción, poner a la novela y al autor en el contexto de la época y de su vida.

Huelga decir que a Sábato se le conoce y recuerda como escritor, ensayista, pensador y novelista, amén de su participación en la CONADEP que investigó en la barbarie de la última dictadura militar argentina. Pero pocos, dentro de los que me incluyo, saben que Sábato fue, antes que ello, un matemático y físico becado en París. Esa formación científica impresa sobre una mente analítica, así como su origen, hijo de inmigrantes, su tiempo y circunstancias al decir de Ortega, sin duda alguna determinan su obra, y en especial esta novela que, según la define Leiva, pertenece a lo que él define como “la metafísica de la desesperanza”.

El Juan Pablo Castel, pintor,paranoico, obsesivo, maniático, racionalista y finalmente homicida, recuerda a algunos de los mejores personajes de Dostoievsky o, salvando las distancias, al Gregorio Samsa de Kafka. En un tour de force de poco más de 100 páginas, Sábato nos sumerge en un mundo oscuro y opresivo, donde respirar resulta difícil. El lector se ve irremediablemente arrastrado por la peripecia del protagonista, a pesar de que desde el inicio mismo se sabe el desenlace y la historia no es otra cosa que el proceso interior que le lleva a él.

Salido de semejante túnel, con los ecos de sus voces resonando dentro de mí, me animo a recomendar la empresa, no sin advertir al desprevenido lector que no saldrá de ese viaje absolutamente indemne. Yo no lo hice.