Suave como la “Seda” la prosa de Baricco

 

Seda

En Compactos Anagrama, me deslizo a través de las 120 páginas de ésta delicia salida de la elegancia de refinado pianista que es Alessandro Baricco. Cuando la literatura tiene música, tiene poesía, sus letras despiden aromas y sonidos, el lector siente que hace eso, precisamente, deslizarse.

Las “nouvelles” (¿por qué la lengua cervantina carece de una palabra que diga tanto del género como esta en francés?) tienen ese no sé qué de brevedad e intensidad; esa cosa de un viaje que se hace sin escalas, una mañana o una tarde, y que deja el sabor de boca de la intensidad, de lo justo, de lo que muestra y de lo que sugiere, en un juego de seducción que semeja al de la mujer que bajo una tenue luz, al son de una música suave, levanta levemente su falda para sugerir, más que mostrar, la turgente elegancia de una pierna esculpida en poesía de formas.

En el viaje -literalmente, se trata no de uno sino de varios viajes, siempre al mismo lugar, el mismo trayecto, idéntico propósito hacia la pureza de la Seda– el autor nos sumerge en su cadencia, llevándonos junto al protagonista hacia las puertas mismas del mayor embrujo: el del misterio.

Baricco, con el arte de un compositor barroco, nos deleita con una música que envuelve, evocando aromas y paisajes, sonidos y sensaciones. El autor resume en una historia fascinante toda la aventura humana, dicha con el tono exacto de la poesía en prosa. Recuerda, cómo no, al Kawabata de “La casa de las bellas durmientes”, al Tanisaki de “El cortador de caña”, a “El mandarín” de Eca de Queirós o al Amos Oz de “De repente en lo profundo del bosque”, siendo como es él, singularísimo, personal e intransferible.

Una obra imprescindible de una autor mayor al que, por suerte, hemos leído gracias a no haber seguido el consejo de Schopenhauer que recomendaba que, “para no vernos expuestos al azar, sólo leyéramos libros escritos hace más de cien años”. No viviré para saberlo, pero tengo la íntima convicción de que dentro de cien años, “Seda” seguirá siendo leída.

KAFKA EN LA ORILLA, en el centro de Murakami

Kafka en la orilla

“Kafka en la orilla” creo que es la tercera o cuarta novela de Murakami (en orden cronológico) que he leído, allá por Septiembre de 2013. Antes y después he leído Tokio blues, After Dark, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, Los años de peregrinación del chico sin color, De qué hablo cuando hablo de correr y Hombres sin mujeres. 

Cuando me proponía ingresar una primera entrada en ésta “Bitácora de un lectoradicto” dedicada a Murakami, dudé en cuanto a cuál de ellas dedicarla, en el entendido que la elección importaría una especie de valoración. Efectivamente es así.

Por muchos motivos, Kafka es la novela suya que más me ha impactado y que permanece presente en mi memoria y mi sensibilidad prendida como el aguijón de una abeja. Es que pasado el tiempo y una gran cantidad de lecturas, de Murakami y otros tantos, Kafka Tamura, la señora Saeki y Satoru Nakata, sus ambigüedades y misterios, su fuerza poética y profundidad psicológica, siguen estando ahí.

Si, como creo, la permanencia es una buena medida de una novela, ésta lo es. Que por esta obra, como por buena parte de las arriba citadas y otras que aún me las debo, considere a Murakami uno de los grandes novelistas contemporáneos, con lo que coincido con millones de lectores en todo el mundo y en todos los idiomas, no creo estar diciendo nada nuevo. Cuesta entender cómo aún, se escuchan voces críticas respecto de su valor literario, como si al final, el éxito editorial fuese un pecado y la justa medida del valor de un autor sea la ignorancia por parte del gran público y deba escribir para las minorías más selectas.