Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.

 

…es tiempo que pasa, y basta…

 

lluvia y  mar

Hay quien dice que la vida no es otra cosa que búsqueda. De la felicidad, de un destino que nos resulta esquivo, del saber que ignoramos. También, todo eso, quizás sea lo que llamamos nuestro lugar en el mundo. Búsqueda infinita, inacabable, estéril aunque nos resistamos a  aceptarlo, con un único punto de llegada, inescrutable y ominoso, tanto que tampoco queremos ponerle nombre. Aunque lo sepamos desde el inicio mismo. Aunque anide en la conciencia más profunda lo inevitable de la condena, allí vamos, torpes exploradores.

Hay un mundo, finito, del que nos sentimos parte. Vanidosos, a veces creemos que nos pertenece. Los hay quienes, delirios sin sentido, se ilusionan con dominarlo, con ponerle fronteras, modificar sus leyes, moldearlo a su gusto. Es un mundo con orillas. Un mundo que se termina allí donde comienza el otro mundo, el que nos es ajeno aunque también cometamos la osadía absurda de querer entenderlo, surcar su superficie, meternos en sus esquivas entrañas.

Hay un mundo en el Océano Mar. Un mundo que, él también, inmenso hasta la locura, con obsesiva repetición, una y otra vez pone límites. Hasta aquí has llegado, viajero. En esa ola que rompe y avanza, allí, donde el agua se ablanda, se convierte en pliegue de espuma, allí –parece decirnos- es nuestra frontera. ¡No sigáis! Tras esa deshilachada cortina, son mis leyes las que valen, mis designios los que se cumplen.

Hay un hombre que avanza, dividido en ese límite. Un paso aquí, otro tras la frontera que se mueve, avanza, rompe y vuelve a arrollarse como si fuera uno de esos monstruos mitológicos jugando con la fragilidad del hombre. Busca, como todos, sus por qué, sus dónde, pelea con sus tal vez, reniega de sus nunca. Se resiste a no entender. A no saber. A una búsqueda condenada a ser siempre la misma, sin final. A dar un paso tras de otro tras la respuesta que no llega. El hombre camina, ignorante que encima el mundo le amenaza.

Hay una mujer. Descalza, envuelta en un chal morado que flota a través del tiempo, avanza hacia el hombre, ella misma en su ancestral búsqueda. Parece flotar. Quizás lo hace. Ann Deveriá se llama, aunque el hombre lo ignore. Los pasos que van y los que vienen, como cumpliendo un pacto desconocido para sus dueños, se han detenido. El hombre ha levantado sus ojos, arrastrados por el ondear del chal morado.

-Anda usted buscando…-dice la mujer, sin que al hombre le haya parecido escuchar voz alguna-…yo también lo hice –vuelven a resonar las palabras dentro del hombre que permanece, al igual que ella, en silencio, mirando hacia más allá, donde lo desconocido es también invisible- y lo hago aún, aunque sepa la respuesta, la que usted también conoce aunque aún no lo haya admitido…”si hay un lugar en mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí…ya no es tierra, todavía no es mar…no es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta”…*

Hay el hombre que se ha vuelto, buscando detrás de sí a la mujer del chal morado. Nada puede ver ya. Ambos mundos parecen haber encontrado  un punto de momentáneo acuerdo tras la cortina de agua que avanza, repentina, furiosa, y le cubre, borrando contornos, referencias, las fronteras. En esa lluvia que parece haberse tragado ella misma al chal morado con su mujer envuelta, nada hay de amable. Es furia, esa lluvia. Es una miriada de flechas, agujas heladas que se descuelgan con toda la fuerza de una maldición contenida. Es una lluvia destinada a borrar imágenes y sueños, a llevarse en ríos furiosos todas las certezas. Es una lluvia que parece reclamar para sí, y para el regazo que la acoge, el inmenso Océano Mar de la que ha parido, hasta los retazos de respuestas que la mujer intentó plantar en el hombre, perdido. El hombre solo, abandonado. El hombre sin respuestas. El hombre borrado de uno y otro mundo. El hombre que ya no avanza. El hombre que entiende, al fin, el sin sentido de su inútil persecución de lo que no tiene nombre.

Hay un mundo finito, del que proviene el hombre, al que busca aferrarse con uñas y dientes. Entre el retumbar de los truenos que estallan como si se hubiera desatado la batalla final, las palabras -¿soñadas?- de la mujer resuenan en su oído, como un pequeña llamita en medio de la oscuridad que le envuelve y aprieta. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta.

Jorge Martínez Jorge

© Derechos Reservados Safe Creative

  • * El texto entrecomillado pertenece a la Novela “Océano Mar” de Alessandro Baricco.

Desde su jardín, Kosinki nos muestra el mundo…

Desde el jardín

Historia más conocida por la recordada película protagonizada por el inolvidable Peter Sellers como Mr. Chance, “Desde el jardín” es una feroz sátira hacia el mundo del espectáculo y la realidad vista a través de la pantalla del televisor, estrella y corazón de la sociedad de consumo americana.

Escrita en los años 70′ por Jerzy Kosinki (Polonia, 1933) su autor, judío, había sobrevivido al exterminio nazi y con 24 años, recién en 1957 pudo emigrar a EEUU, meca de la comunidad judeo-polaca.

Al igual que Conrad, el autor tiene la particularidad de que escribió casi toda su obra no en el polaco materno, sino en inglés, y supo, tempranamente, visualizar con una esclarecida anticipación lo que décadas después, Mario Vargas Llosa llamaría “La Civilización del Espectáculo”.

En la disparatada historia del jardinero analfabeto que nunca había salido fuera de los límites del jardín a su cargo, que inicia su periplo que le lleva a convertirse en oráculo de la más conspicua clase dirigente del USA potencia mundial, subyace la ácida visión de un mundo que ya por entonces caminaba hacia el despotismo de la imagen. El paradigma de que lo que no aparecía en la Televisión no existía, era ya una realidad que Kosinki supo ver y retratar con maestría.

Suave como la “Seda” la prosa de Baricco

 

Seda

En Compactos Anagrama, me deslizo a través de las 120 páginas de ésta delicia salida de la elegancia de refinado pianista que es Alessandro Baricco. Cuando la literatura tiene música, tiene poesía, sus letras despiden aromas y sonidos, el lector siente que hace eso, precisamente, deslizarse.

Las “nouvelles” (¿por qué la lengua cervantina carece de una palabra que diga tanto del género como esta en francés?) tienen ese no sé qué de brevedad e intensidad; esa cosa de un viaje que se hace sin escalas, una mañana o una tarde, y que deja el sabor de boca de la intensidad, de lo justo, de lo que muestra y de lo que sugiere, en un juego de seducción que semeja al de la mujer que bajo una tenue luz, al son de una música suave, levanta levemente su falda para sugerir, más que mostrar, la turgente elegancia de una pierna esculpida en poesía de formas.

En el viaje -literalmente, se trata no de uno sino de varios viajes, siempre al mismo lugar, el mismo trayecto, idéntico propósito hacia la pureza de la Seda– el autor nos sumerge en su cadencia, llevándonos junto al protagonista hacia las puertas mismas del mayor embrujo: el del misterio.

Baricco, con el arte de un compositor barroco, nos deleita con una música que envuelve, evocando aromas y paisajes, sonidos y sensaciones. El autor resume en una historia fascinante toda la aventura humana, dicha con el tono exacto de la poesía en prosa. Recuerda, cómo no, al Kawabata de “La casa de las bellas durmientes”, al Tanisaki de “El cortador de caña”, a “El mandarín” de Eca de Queirós o al Amos Oz de “De repente en lo profundo del bosque”, siendo como es él, singularísimo, personal e intransferible.

Una obra imprescindible de una autor mayor al que, por suerte, hemos leído gracias a no haber seguido el consejo de Schopenhauer que recomendaba que, “para no vernos expuestos al azar, sólo leyéramos libros escritos hace más de cien años”. No viviré para saberlo, pero tengo la íntima convicción de que dentro de cien años, “Seda” seguirá siendo leída.

…y olvidadas, las gotitas -gotas ahora- esperan…

 

Gotaza

Quizás la lluvia les haya olvidado, perdidos soldados dejados por un ejército en retirada. Ellas eran unas más de tantas y tanto jugaron son esa soledad acompañada en la percha de la ventana, que allí quedaron, abandonadas, solitarias. Como minúsculos murciélagos transparentes, colgadas de invisibles patitas, y sus dedos aferrados al muro frío, indiferente.
Fueron ellas, también, una poca de lluvia, pero desertaron, a la espera de una nueva batalla. Se aferran porque saben que una caída termina en aplastamiento. Saben de aquellas hermanas que miraba Julio desde su ventana parisina y ellas mismas sienten ese plaf de su final, doloroso final. Por eso esperan.
Tienen memoria las gotas. No querrán ser gotazas para terminar explotando en el suelo, sino volver a su hogar, el de la lluvia. No las engaña el sol. A ellas les ha bastado esconderse de la prepotencia de él, que todo lo puede.
Adoran el juego, las gotas. Se lo han pasado camufladas, sacando reflejos, ocultas detrás de los colores, haciendo música con el cristal tembloroso de su cuerpo. Se divierten las gotas.
Persistentes las gotas, para ellas no son las palabras duras. No hay muerte en la vida de las gotas. Apenas, quizás, el desaparecer en lo alto, invisibles, para volver de su eterno viaje.
Tienen razón las gotas. No esperan en vano.
En el horizonte una formación de nubes oscuras, corpulentas, cargadas de músculo, oscuras en su furia, anuncia que se prepara el rescate.
Mientras tanto, allí estarán, como si vivieran fuera del tiempo, que lo están. Eso, el tiempo, les pertenece.
Son pacientes ellas, las gotas. Sucede todo el tiempo con quienes saben que su destino está en otras manos, no las suyas, ocupadas en evitar una caída que aún no es tiempo de ser.

Visitando a Baricco, en sus”Tierras de Cristal”

 

Tierras de Cristal

El hallazgo de Alessandro Baricco (Turín, 1958) en este Junio del 2016, me recuerda al de Némirovsky en 2014 o al del universo Oates en 2013. Es el ingreso a un mundo literario que tiene una impronta personal inconfundible. De esos autores singulares, los que como Faulkner o García Márquez, habitan un mundo original, propio, que les hace distintos, capaces de ser reconocidos tras un párrafo cualquiera.

En esta obra iniciática para mí en el mundo Baricco, el autor nos sitúa en Quinnipak, una ciudad imaginaria que, como la Santa María de Onetti, es el centro del mundo propuesto, donde las cosas no discurren de la manera que los ojos y los sentidos del resto del mundo está acostumbrado. En un circense desfile de personajes, solamente en apariencia extravagantes, vamos viendo desfilar los sueños, los deseos y desvelos que a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, han subyugado a los hombres.

El Arquitecto loco que sueña con su Palacio de Cristal, el fabricante de cristal que vive para cumplir su sueño de poseer un tren propio desde el cual experimentar el vértigo de una velocidad desconocida, la del singular Pekish tras la nota musical perdida y la del pequeño Pehnt a quien el destino se le presenta en la forma de una chaqueta demasiado grande.

Nada falta en el universo Baricco, a quien por momentos el lector parece verle, pendiendo detrás de su escritorio, la figura de Saramago esbozando una media sonrisa socarrona.

Salud Baricco, larga vida al Príncipe, y agradecimiento a la librera (un mentís para quienes, dicen, es figura en extinción) que una tarde de Junio, entre tantos nombres, supo presentármelo.

 

Martin Amis, en nuestra Zona de Interés

Zona de interés

Podrá decirse –y quizás con razón– que tanto se ha escrito sobre el Holocausto judío –también se dirá que no fue ni el único, ni el primero, ni, sospecho, el último- que qué puede decirse de nuevo en torno al delirio nazi. Es posible.

Sin embargo, Amis lo consigue.

En mayo pasado habíamos tenido oportunidad de leer la impresionante novela del Nobel Imre Kertész (recientemente fallecido) “Sin destino”  basada en una de las tantas víctimas de Auschwitz, como el propio autor. El húngaro sumaba uno más, siempre distintos aunque igual sea el sufrimiento, de los testimonios de la barbarie vista, siempre, desde el punto de vista de los sobrevivientes y las víctimas.

No obstante, Amis pone proa hacia el Oeste para intentar llegar al Este. Se pone, y el sólo intento merece el mayor de los respetos por el desafío intelectual, el desafío de narrar el horror desde la palabra, la cabeza y el corazón de los otros: los victimarios, los asesinos, los torturados, sus cómplices y sus vidas, sus familias, la vida misma detrás del monstruo genocida.

Nos es, no podía serlo, una obra de fácil lectura. No porque presente complejidades literarias tales, sino por la dureza de aquéllo a lo que el lector se ve obligado a presenciar. Pocas de las peores miserias humanas se escapan del relato de la vida en un Konzentrationlager donde el régimen nazi llevaba a cabo la “solución final” en pos de la pureza racial aria.

A lo largo de 300 páginas y viendo desde los ojos del estrafalario Kommandant, Martin Amis nos conduce al corazón mismo de las tinieblas, cual si estuviéramos yendo al encuentro del Coronel Kürtz salido de la pluma de Conrad.

Un hito en la obra de un gran escritor.

 

Parinoush Saniee, amor y dolor en Persa

El Libro de mi Destino

Con la estructura de un libro de memorias, Saniee (Teherán, 1949) nos relata las peripecias de una mujer iraní (Masumeh, nacida en una familia musulmana tradicional donde los hábitos y costumbres y los preceptos religiosos tienen la fuerza de lo escrito en piedra), a lo largo de una vida signada por la tragedia, mientras en su entorno familiar e histórico se desarrolla esa otra tragedia.

Situada en las postrimerías del régimen del Shá y el advenimiento de la Revolución, y luego el avance del nuevo régimen islamista de los Ayatolláhs, el relato es de una crudeza escalofriante. Página a página, nos pone cara a cara con la barbarie de un mundo en el que, bajo el ominoso manto de un Dios omnipresente y omnipotente, se cometen los más inverosímiles crímenes y atropellos, las más de las veces en nombre de una pureza y un honor teñido en sangre.

A lo largo de su peripecia, nos muestra en toda su dimensión el drama de nacer y ser mujer en una sociedad, antes como luego y ahora, dominada por los prejuicios atávicos de una religión castrante utilizada como instrumento de poder y dominación, social y familiar. La protagonista bien podría ser la autora.

Estremece pensar que esa sociedad represora y totalitaria (entre la temible SAVAK del Shá y los Guardianes de la Fe de la República Islámica solamente se distinguen el color de sus uniformes y el largo de sus barbas), sociedad que parece ir siempre hacia el pasado, sea tolerada por la “comunidad internacional” bajo el paraguas del chantaje atómico y el peso de la billetera petrolera.

Cuesta aún más entender cómo los bienpensantes del mundo occidental bendicen -o callan en un silencio culposo- el régimen totalitario islamista con su vergonzante estela de colgamientos de supuestos homosexuales, lapidación de mujeres presuntamente adúlteras, torturas de probables “impíos” e “infieles”, por su supuesta pertenencia a una izquierda progre, lo que sea que signifique ello.

Lectura dura, de las que dejan huellas y el espíritu no sale indemne. En tiempos de indiferencia, una dosis de ello no viene mal.

 

 

Claudia Piñeiro, una gran suerte

 

Una suerte pequeña

De las mejores cosas que me han sucedido, en mi larga marcha de lector pertinaz, ha sido encontrarme con Saramago. El viejo portugués significó para mí, un antes y un después, como, mucho antes en el tiempo, lo fueron Vargas Llosa y García Márquez, Cortázar y Onetti, Faulkner y Steinbeck, Kawabata y otros tantos, pero ninguno como él, en su afanoso trabajo de horadar la roca, desde la superficie donde las cosas de describen hasta el centro mismo donde se explican. Internarme en el mundo de Saramago, hace ya tantos años, fue un pequeña gran suerte.

El pasado año, en oportunidad de la Feria del Libro de Montevideo, fue Saramago que me llevó allí, una noche junto a mi hija, viajando 150 kilómetros para escuchar una charla sobre el Viejo a cargo de nuestra Claudia Amengual (a quien ambos seguimos desde hace bastante tiempo) y una escritora argentina a la que, hasta ese momento, no conocía en absoluto y de la que no había leído nada. Claudia Piñeiro, autora de “Las Viudas de los jueves” y que, con esa novela, había ganado un Premio Clarín donde, casualmente o no tanto, juraba como Presidente nada menos que el propio Saramago.

Convertida al credo saramaguiano, en esa calidad estaba esa noche allí, intentando llegar al centro de la roca. Antes, había presentado “Elena sabe”, de la que, luego de vencer con no poco esfuerzo mi natural timidez, le pedí autografiarme un ejemplar, quizás envalentonado por saberme perteneciente a la misma capilla y devoción. Envalentonado debía estar, porque llevaba en mis manos mi novela recién publicada, “Hijos de la mentira”, ejemplar que tuve la audacia de obsequiarle aún siendo consciente que quizás nunca llegara a ser leída. Haber estado allí, esa noche, fue otra pequeña gran suerte.

Tras “Elena sabe”, una excelente novela que me abría el universo de la autora, seguí con “Las viudas…” , una obra que leí de un tirón porque, literalmente, no me fue posible dejar de leerla una vez que me interné por las callejas y cul de sac de Altos de la Cascada y sus miserias ocultas tras el lujo y la ostentación.

Hoy, aún bajo el influjo emocional de haber terminado de leer “Una suerte pequeña” de un tirón, no puedo menos que congratularme de la suerte, pequeña pero constante, de haber dado con la narrativa de Piñeiro.

“Una suerte pequeña” es una novela cautivadora como todas las suyas, pero que además es profunda, dolorosamente humana. La suerte o la falta de ella, el infortunio, el dolor, la incomprensión, las bajezas, los silencios y las estridencias, todo está allí. También, la más humana de las debilidades: la búsqueda de la felicidad, así sea por un instante, para poder explicarse de qué se trata, aún cuando tengas el alma lacerada por ese dolor crónico que no te matará pero tampoco te dejará vivir -al decir de Alice Munro- sin que sepas, a cada momento, que está allí.

“Quizás la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo” dice Mary, Marilé, María Luisa al final de su doloroso periplo.

Tal vez la felicidad sea tener la gran suerte de tener una novela de Claudia Piñeiro, en una tarde gris en medio del campo, en la soledad acompañada de Piazzolla, y de unas lágrimas que dejo fluir porque con ellas siento que recupero mi humanidad, la de la espontaneidad propia de los niños y de los locos, de los que, ojalá, aún me quede un poco.