El lector y el tiempo

Biblioteca

En mi ya extensa carrera de lector inveterado e irredento, hubo un antes y un después, un punto de inflexión de inusual crueldad, el día que llegué a una, para mí, fatídica comprobación. A pesar de lo ya leído, ni todo el tiempo de vida que pudiera quedarme entonces -tal vez veinticuatro horas, pero haciendo de ello una cuestión estadística, todavía unos cuantos años-, habían de bastarme ni remotamente para leer todo aquello que creía imprescindible y aún no había leído.

Tal vez a todo lector, en algún momento de su vida, llegue a caerle este aldabonazo que irremediablemente nos ha de dejar un regusto amargo en la boca y la perniciosa sensación del tiempo perdido, o más exactamente, mal utilizado. No menos cierto es que, llegado a ese punto, salimos con la certeza de que en adelante, ya no seremos los mismos. Nos volvemos más selectivos. Vamos a por lo seguro, si es que ello es posible en literatura. Dejamos, sin tantos pasados pruritos, que otros con más sapiencia y recorrido nos aconsejen y sugieran, y hasta seremos capaces -oh, sacrilegio que otrora jamás nos habríamos permitido- de dejar un libro por la mitad, sin que por ello nos invada sentimiento de culpa alguno.

Pero claro, de las más sanas intenciones está empedrado el camino al fracaso y como toda decisión humana, lo que hoy es incontrovertible, mañana puede no serlo cegados por la luz de una nueva tentación. Agradezcamos también eso, porque de lo contrario nos habríamos convertido en fundamentalistas de una religión sin más sustento que la propia certeza de estar en lo correcto y nos habríamos perdido de disfrutar descubrimientos que no figuraban en nuestras prioridades.

Así las cosas, desde entonces como lector tengo metas. Al cabo, aunque que leer es antes que otra cosa un acto placentero y lúdico, es casi siempre también una necesidad vital y por tanto, como todas, factible de encuadrar dentro de planes y objetivos.

Con esos criterios es que he comprado el 30% de mi biblioteca que sigue en lista de espera a que le llegue su turno y de la misma manera, es que mantengo una lista de aquéllas obras que me siguen pareciendo imprescindibles. Con esos títulos y autores esperándome, siento que la intemperie del camino se vuelve un poco menos hostil.