Con Hyeonseo Lee, huyendo de la barbarie

 

la chica de los siete nombres

Confieso que a esta altura de mi recorrido en la vida, cuando el otoño pinta colores de invierno, mis obsesiones – viejas obsesiones- me obsesionan. Sin lugar a dudas, de las tantas que tengo y atesoro hay una que más que ello, me mortifica. Es la que tiene que ver con la libertad, o más bien con la falta de ella, y con la madre de las lacras asociadas a esa falta: el totalitarismo en todas sus facetas.

Allá por 2012 había leído “Querido Líder” de la periodista Bárbara Demick, una mujer con un profundo conocimiento de “la cuestión coreana” como eufemísticamente algunos le llaman, en la que a través de testimonios de disidentes del régimen de la Dinastía Kim, retrata ese engendro caído del mundo que sigue siendo hoy Corea del Norte. Hambrunas, gente comiendo raíces y cortezas, sin luz, sin internet, sin educación sino adoctrinamiento, con un Estado omnipotente y omnipresente que convirtió a sus súbditos en delatores obligados y el culto a la personalidad en un delirio obligatorio. Todo lo que una mente enferma pueda imaginar, allí sucede a vista y paciencia del mundo bienpensante.

Aquella lectura me lastima hasta hoy. Sin embargo, nunca imaginé cuánto más lo haría emprender el viaje de una vida como la que nos cuenta la chica de los siete nombres, Hyeonseo Lee. Tal vez porque a todo el horror que ya Demick narraba en su libro, en éste el relato es en primera persona, es la piel de la relatora -bajo la cual nos internamos nosotros lectores- la que sufre y llora.

Mi vieja obsesión se asombra de tanta iniquidad, de tanta maldad y perfidia fríamente calculada para convertir a un pueblo en una suerte de zoológico privado donde los sicópatas hereditarios que son los Kim, se solazan con su cruel experimento de siete décadas. Cuesta entender cómo se puede infligir tanto sufrimiento a tanta gente durante tanto tiempo.

Mi recurrente obsesión se enerva aún más sabiendo que, pese a la crudeza de los testimonios como los de Hyeonseo Lee, hay quienes igualmente son capaces -desde la comodidad de sus propias burguesías progre-, de aplaudir semejante barbarie. Y si no las aplauden, las justifican. Acá cerca lo hacen, En el propio Parlamento uruguayo se sientan individuos que simpatizan con el régimen y lo justifican porque “es el que eligieron sus ciudadanos”, o porque “allí hay elecciones, en otro formato, pero las hay”. En fin.

Si acaso hay algo más tremendo que todo lo que uno se pueda imaginar. Ante lo que cualquiera podría preguntarse acerca de cómo es que un pueblo entero acepta que se ignoren sus más elementales derechos humanos, Lee nos hace ver que porque la gente común en Corea del Norte ignora que exista tal cosa. Simplemente no tienen cómo saberlo ni tienen nada con qué comparar. Su gran cárcel de miedo y terror, de delaciones y culto al poder omnímodo, les hace creer que eso es todo lo que hay. Realmente perverso.

Saber eso, comprobarlo cada día, no solamente no me ayuda con mis obsesiones sino que me agrega una más: la de entender que empiezo a sentir vergüenza de pertenecer a la raza humana.

 

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Julian Barnes: Shostakóvich en su laberinto stalinista

El ruido del tiempo

El magnífico escritor que es Julian Barnes, autor de más de una docena de novelas dentro de las cuales destaca “El loro de Flaubert”, se interna en “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2016) en el terreno de la novela histórica, o historia novelada, abordando la fascinante vida del genial compositor ruso Dmitri Sostakóvich y su compleja relación con el omnímodo poder del stalinismo.

En tan sólo 200 páginas, Barnes logra una obra de una densidad impresionante, propia de una historia que no puede leerse en clave simplista de héroes y traidores. Se trata de ir a fondo en las complejidades de un individuo nacido para su arte, la música, al que la vida fuera de ella le resulta siempre un frágil bazar donde el más mínimo movimiento da por tierra con los cristales más finos, y que debe vivirla navegando por las aguas encrespadas del totalitarismo más brutal que haya conocido la historia.

Es, como dice la reseña de la obra, un “ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder”, ese poder omnímodo con el cual nunca nadie puede sentirse nunca seguro de nada, jamás, en ninguna circunstancia.

Es el particular descenso del hombre y el artista a su personal infierno de la mano de un Poder que no solamente encarcela y tortura, que destierra y desaparece, sino que comete el más terrible de los crímenes que es confiscar la voluntad y dignidad del individuo, obligándole a comportarse como rata de laboratorio huyendo del castigo o arrastrándose en busca de la recompensa. Es ese poder invisible y brutal que descarga el garrote, con razón o preferiblemente sin ella, sin dejar nunca de zarandear la zanahoria frente a los ojos de sus víctimas.

Nos muestra a un individuo que siente que cae, a cada paso, un nuevo peldaño en la escala humana, y que mantiene ese reflejo condicionado del superviviente, aún cuando el enemigo o la amenaza hayan desaparecido. Es el Shostakóvich que se siente usado, traidor de aquellos a quienes admira y vilipendiado por quienes, desde el confort de un elegante restaurante francés, pontifican sobre las bondades de ese régimen que le reduce a la calidad de mendigo.

!Qué fácil era ser comunista cuando nunca habías vivido bajo él!, exclama Dmitri Dimitróvich cuando debe escuchar las diatribas de un Picasso o un Sartre, instalados en la cómodo púlpito de un estado burgués.

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo, que es el poder? Sólo esa música que llevamos dentro -la música de nuestro ser- que algunos transforman en verdadera música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia” .

A ello se aferraba el Shostakóvich músico, pero sobre todo, ser humano, demasiado humano tal vez. Para ser, al cabo del tiempo, susurro de la historia. Nada menos.

Salman Rushdie, o el triunfo de la libertad sobre el fanatismo

Nota realizada al autor en España, con motivo de la presentación de su nueva novela “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” , es decir, mil noches y una más, la que descansa en mi escritorio a la espera de ser leída. Hace 27 años, el dedo acusador del Ayatoláh Jomeini dictaba la Fatwa por la cual el escritor indio quedaba condenado a muerte, de por vida, sin posibilidad de revisión alguna. Sentencia a ser cumplida como mandato por cualquier musulmán allí donde estuviere en el mundo. Todo ello por la publicación de su novela “Los versos satánicos”, es decir, por haber escrito lo que pensaba, lo que, en esencia, constituye la razón de ser de cualquier escritor que se precie de tal.

Lejos de amilanarse, Rushdie siguió con su vida, cargando con semejante amenaza con envidiable temple y humor, haciendo lo que siempre supo hacer: poner su pensamiento en palabras. De esa libertad no resignada, aún al costo de vivir en una suerte de limbo permanente, nace ésta su nueva novela. Entremos en ella. Es fruto de la autenticidad de un autor que solamente obedece a su propia libertad y con ello, la de todos nosotros, sus lectores.

http://www.elimparcial.es/noticia/156676/cronica_cultural/Salman-Rushdie-sonrie-27-anos-despues-de-la-fatwa.html