Gracias Juan, el de Las Mercedes…

A Juan Ramírez Biedermann, por su “Nobis”, nosotros

 

biedermann1

La Feria del Libro de Maldonado, siempre tan exitosa en la indiferencia de la gente que la ignora, nos regaló este año la presencia un puñado de escritores paraguayos que vinieron con su literatura a testimoniar que en su tierra nunca dejaron de crecer las letras -gracias a, y a pesar de- la enorme sombra del gran Roa. Entre ellos, este Juan Ramírez Biedermann.

En la cuarentena, con un nombre hecho en la música, ha recorrido el mundo con su original obra narrativa. En particular quiero aquí testimoniar mi agradecimiento por “Nobis”, su libro de relatos que también puede catalogarse como novela, en tanto los 15 relatos que componen la obra tienen un hilo conductor común -el barrio asunceño de Las Mercedes- y comparten personajes comunes que entran y salen de uno y otro como si se tratara de un paseo entre misteriosos pasadizos comunicados entre sí.

Es una prosa urbana, con indudable raigambre paraguaya, pero que en su pequeñez de tan pocas cuadras, una iglesia y una plaza, un tranvía que traquetea yendo y viniendo desde y hacia donde Asunción se muere y nace el Río Paraguay, en esa minúscula proporción el autor logra contener el universo entero, tal como lo hiciera un Rulfo en su mítica Comala, o más recientemente el mágico José Luis Peixoto en “Galvéias”.

Es prosa, pero es también poesía. Mucha poesía, en prosa, de la buena. Y es, sobre todo, muy buena literatura, capaz de contener al lector y hacerle a él también saborear un tereré a la sombra de un majestuoso mango, cuando el sol se tiñe de rojo y avisa que el calor seguirá estando ahí, mientras intercambia un saludo con don Eligio Morel, eternamente sentado en su silla de cables azules.

Con la literatura de Ramírez Biedermann, y tal vez con él mismo, creo que me sucede lo que él dice de su misterioso Adrián Paniagua, que era “uno de esos tipos que llegan tarde al pasado y temprano al futuro” y con eso, Juan, no se jode.

Anuncios

Jean Paul Didierlaurent,o algo más que un simple lector de tren…

El lector del tren de las 6.27

Una novela extraña esta “El lector del tren de las 6.27” (Seix Barral, primera Edición en español 2016) del francés Jean Paul Didierlaurent, de quien, lo confieso sin rubor alguno, no había oído hablar hasta el momento que el libro cayó en mis manos, fruto de un regalo perfecto.

Extraña porque sus personajes son personas comunes, demasiado comunes podría decirse, signados por la grisura de sus vidas envueltas en la monotonía, la soledad y la frustración. Sin embargo, nada es lo que parece ser. Tampoco esas personas.

Su personaje principal, hombre que ama los libros, es el dedo ejecutor de una máquina infernal, “la Cosa”, que se encarga precisamente de destruirlos de la peor manera. Un viejo borracho, inválido producto de su trabajo destructor, logra recuperar lo perdido en forma de libros. Una limpiadora de retretes en un Centro Comercial no es solamente un limpiadora, sino que es capaz de escribir día a día sus reflexiones en un una notebook en las que tritura las fachadas de los clientes de su particular submundo de excrecencias. Ella misma es sobrina de una tía que de limpiadora jubilada deviene en filósofa capaz de crear una categoría propia de aforismos, a los que la sobrina designa como “tialogismos” y que son verdaderos dardos envenenados al castillo de apariencias que rodea sus vidas.

Una obra y autor que recuerdan al español Luis Landero, en especial su novela “El mágico aprendiz”, donde se dan cita los antihéroes capaces de hacer poesía desde una Caseta de Seguridad recitando alejandrinos.

Novela fresca y refrescante, que rinde homenaje a la literatura y a aquellos valores que la sociedad de consumo, masificada y alienante, pretende quitarnos. Un soplo de bienvenido aire fresco.

Poesía sin corbata: “Ser no supo, el Abecedario”

Ser no supo, el Abecedario

Un día perdió el olfato

y no le importó,

porque lo de él, no eran

los aromas

*

Otro día perdió el gusto

pero no se quejó,

porque no era lo suyo

los sabores

*

Y una vez perdió el tacto

pero no le afectó,

porque ése no era

su asunto

*

Más luego careció del oído

y amargamente lo lamentó,

porque letra era

 la canción

*

Por fin hubo de faltarle vista

y cuánto gimió y lloró,

porque letras eran

Poesía

*

Más aún –todavía- debió perder memoria

que guardaba aromas, sabores

caricias, canciones,

Poemas

*

Tantos sueños soñados

tantos vividos

sueños del ser amado,

entonces,

ser no supo,

el abecedario

*