Te habré dejado entonces, hija

A mi padre, padre invierno, a mi hija, hijas, y a JLP, hijo y padre. 

padre-e-hija

Hija, te habré dejado, entonces, cuando sientas que el pasado se ensancha, crece y se ensancha, como si fuera el invierno tirando de las sábanas al otoño, apurándole, impertinente el invierno, manto frío de olvido, y el futuro es tuyo hija, hija madre, tuyas las mañanas que no he de ver, tuyos los dolores que ya habré sufrido. Querría haber permanecido en todo, pero no, hija, mera esperanza -egoísta esperanza- permanecer, apenas el recuerdo pesada mochila, hija, hija madre. Recuérdame apenas para no olvidarte de ti, hija, de tu suave mano en la mía áspera y temblorosa, cobarde mano la mía, que espera por la tuya, por el calor, por la fuerza de tu tiempo vivo y fresco, el de tu hija, mi nieta, ponla a resguardo, aléjala de los dolores, tiempo habrá, lo sabes, hija madre, lo sabrás, cuando llegues tú misma a la siguiente estación, viaje que no se detiene, indetenible, implacable. Hiciste tanto por mí, me justificaste, diste razón al despropósito de vivir, y lo harás todavía llevándome, hija, hija madre, tu mano en el frío del metal deteniendo el tiempo, el tiempo helado del final, la mañana detenida, el paso lento, hija, como queriendo quedarse en el momento anterior, reverberando el dolor mío, el dolor tuyo, hija, y el suyo, hija madre, todavía inmaduro para ser apenas asombro, el miedo de caminar en las sombras, tu mano en la suya, no sufras hija, estoy aquí, estarás tú también para ella, recogiendo sus lágrimas asombradas, mezclándose con las tuyas, inevitables, Estaré aunque no esté hija, en la mochila, dentro, una amasijo de recuerdos, limpios y nuevos, brillantes como la mañana que despierta pese a todo, no se detiene la mañana hija, déjala, ella sabe, otros vendrán que su calor querrán, ya lo ves, hija, tan hija. Aunque sientas que sólo puedes llevarme, no te engañes, hija, también me has traído, me has empujado hasta aquí, aunque hayas creído que eras tú quien era llevada. También eso te lo debo. Te debo más, pero ya no puedo pagarte. Ya no, hija, Quizás nunca haya podido, tal vez tú tampoco puedas hacerlo, a tu tiempo, más allá en los días, en los veranos por vivir, las primaveras y el árbol que al fin ha de dar su sombra, en ese tiempo hija, hija madre, tú también sentirás la deuda del dolor que dejas, que yo dejo, herencia no querida, pobre herencia las nuestras, habidas de dolor henchidas de dolor las dejadas herencias. No es justo, ya lo sé. Recién ahora lo sé. El dolor del que queda, hija, el dolor que el que parte no puede consolar. Ya no, Nunca pudo, nunca pude, hija. Te habré dejado entonces, hija, con el frío del metal en la mano, lejos de la fría mano mía, te habré dejado, con tu dolor, pobre herencia, hija querida.

La “Intimidad” de Kureishi, o un dilema demasiado frecuente…

intimidad

Novela breve del autor de “El Buda de los suburbios”, su extensión -tanto en páginas como en tiempo, ya que transcurre enteramente en una noche, la previa a una separación definitiva y resuelta- contrasta con la densidad de su planteo moral y psicológico.

El protagonista, un guionista de relativo éxito, ha decidido romper con 6 años de matrimonio y con ello dejar a dos hijos pequeños, desde el momento que ha sentido que su relación ha finalizado por flagrante fracaso. Durante toda esa larga noche Jay se pasea por sí mismo, sus relaciones, el amor por sus hijos, el dolor de su mujer, la incertidumbre, el sentimiento de fracaso y la inevitabilidad de ese final para relaciones que parecen condenadas de antemano.

La historia, contada con la solvencia narrativa de Kureishi tiene además, el valor de no tomar partido, poniéndonos a nosotros lectores en esa posición del que asiste a un debate moral donde  están en juego los valores esenciales que hacen a nuestra vida y sentido como seres humanos.

También yo, como Kureishi mismo lo confiesa de su experiencia, recuerdo una sociedad en donde, cuando crecimos, apenas había niños con padres separados. Sin embargo, el mundo en el que el autor, nosotros lectores y Jay su protagonista, viven y vivimos, es uno en que la relaciones están marcadas por la satisfacción, la búsqueda del placer, las realizaciones personales y un largo etcétera, donde tiene muy poco lugar la ética de la responsabilidad que a nuestra generación había inculcado nuestros mayores.

Yo tampoco tomo partido, pero la novela deja el tema planteado, como un boleto de tren sin ser utilizado, para que cada quien decida si quiere realizar el viaje y a través de él juzgue.

Por lo menos, así lo siento yo.

Poesía sin corbata: “He visto unos versos”

He visto unos versos

 

He visto unos versos

dizque escritos por mí,

tan sangrantes y doloridos

que cuesta reconocerlos tan luego;

no porque el dolor que los dictó

no esté allí, agazapado, acezante,

es porque el tiempo ha quebrado agujas,

ha triturado esperanzas y molido certezas;

es porque ni brújulas ni cuadrantes

son útiles ya, cuando el herido

navega al garete de sentimientos olvidados,

es porque las auroras tornan noches, apuradas,

porque las noches pintan calvarios, interminables,

porque a la esperanza le tirotearon por la espalda,

porque la ilusión es suntuario artículo perdido en góndolas;

porque ¿qué espera quien nada espera?,

porque ¿qué sueña quien nada anhela?,

porque aunque amanece a pesar de todo

hay ojos -los míos- que no quieren verlo,

porque de nada vale ver lo que no espero

pero tampoco vale esperar lo que, querer,

no quiero, ni siento, ni espero.

Claudia Piñeiro, una gran suerte

 

Una suerte pequeña

De las mejores cosas que me han sucedido, en mi larga marcha de lector pertinaz, ha sido encontrarme con Saramago. El viejo portugués significó para mí, un antes y un después, como, mucho antes en el tiempo, lo fueron Vargas Llosa y García Márquez, Cortázar y Onetti, Faulkner y Steinbeck, Kawabata y otros tantos, pero ninguno como él, en su afanoso trabajo de horadar la roca, desde la superficie donde las cosas de describen hasta el centro mismo donde se explican. Internarme en el mundo de Saramago, hace ya tantos años, fue un pequeña gran suerte.

El pasado año, en oportunidad de la Feria del Libro de Montevideo, fue Saramago que me llevó allí, una noche junto a mi hija, viajando 150 kilómetros para escuchar una charla sobre el Viejo a cargo de nuestra Claudia Amengual (a quien ambos seguimos desde hace bastante tiempo) y una escritora argentina a la que, hasta ese momento, no conocía en absoluto y de la que no había leído nada. Claudia Piñeiro, autora de “Las Viudas de los jueves” y que, con esa novela, había ganado un Premio Clarín donde, casualmente o no tanto, juraba como Presidente nada menos que el propio Saramago.

Convertida al credo saramaguiano, en esa calidad estaba esa noche allí, intentando llegar al centro de la roca. Antes, había presentado “Elena sabe”, de la que, luego de vencer con no poco esfuerzo mi natural timidez, le pedí autografiarme un ejemplar, quizás envalentonado por saberme perteneciente a la misma capilla y devoción. Envalentonado debía estar, porque llevaba en mis manos mi novela recién publicada, “Hijos de la mentira”, ejemplar que tuve la audacia de obsequiarle aún siendo consciente que quizás nunca llegara a ser leída. Haber estado allí, esa noche, fue otra pequeña gran suerte.

Tras “Elena sabe”, una excelente novela que me abría el universo de la autora, seguí con “Las viudas…” , una obra que leí de un tirón porque, literalmente, no me fue posible dejar de leerla una vez que me interné por las callejas y cul de sac de Altos de la Cascada y sus miserias ocultas tras el lujo y la ostentación.

Hoy, aún bajo el influjo emocional de haber terminado de leer “Una suerte pequeña” de un tirón, no puedo menos que congratularme de la suerte, pequeña pero constante, de haber dado con la narrativa de Piñeiro.

“Una suerte pequeña” es una novela cautivadora como todas las suyas, pero que además es profunda, dolorosamente humana. La suerte o la falta de ella, el infortunio, el dolor, la incomprensión, las bajezas, los silencios y las estridencias, todo está allí. También, la más humana de las debilidades: la búsqueda de la felicidad, así sea por un instante, para poder explicarse de qué se trata, aún cuando tengas el alma lacerada por ese dolor crónico que no te matará pero tampoco te dejará vivir -al decir de Alice Munro- sin que sepas, a cada momento, que está allí.

“Quizás la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo” dice Mary, Marilé, María Luisa al final de su doloroso periplo.

Tal vez la felicidad sea tener la gran suerte de tener una novela de Claudia Piñeiro, en una tarde gris en medio del campo, en la soledad acompañada de Piazzolla, y de unas lágrimas que dejo fluir porque con ellas siento que recupero mi humanidad, la de la espontaneidad propia de los niños y de los locos, de los que, ojalá, aún me quede un poco.