Con Markus Zusak, enamorándonos de su Ladrona de Libros

ladrona de libros

Sobre “Ladrona de libros” , la novela de Markus Zusak, hay en el universo internet una miríada de artículos de todo pelo con sesudos análisis de por qué es una gran novela, o quizás algunos con razones que las habrá, que digan lo contrario. No me anima ese propósito, porque entre otras cosas, carezco de las cualidades para acometer tal tarea.

Lo que pretendo sí es dejar mi testimonio, cuando aún me embargan las emociones de haber vivido cuatro o cinco días de mi vida inmerso en ese fantástico mundo (en el sentido de magnífico, aunque también por su carga de maravillosa poética) que penetra en lo más profundo del lector. Es, entonces, el testimonio de un simple lector, con mucha lectura a cuestas es cierto, pero eso: un lector. Uno que cree que una novela es, de manera inobjetable, muy buena si logra despertar emociones. Si conmueve, si hace al lector cómplice de lo que allí sucede, aunque el resultado sea el “desasosiego” al que aludía Saramago como fin último de la tarea del escritor. Y Zusak lo consigue, con creces.

Sobre la locura nazi se ha escrito tanto que uno tiene fundados temores de caer en inevitables lugares comunes. Quizás baste señalar algunos aspectos que, a mi modesto juicio, hacen de Ladrona de Libros una obra originalísima. Lo es por su estructura, en capítulos que se corresponden con los libros que marcan la peripecia vital de Liesel, y donde el relator omnisciente – que entra y sale en forma permanente- resulta ser la propia muerte. Lo es también porque todo el horror, pero también toda la grandeza, el amor y la poética del ser humano dispuesto a sobrevivir, está visto desde las víctimas. Y también lo es, y ese no es un detalle menor, porque en ese mundo de locura asentado en el propio territorio del nazismo, todos terminan resultando ser víctimas del fanatismo delirante, incluido y de forma esencial, el propio pueblo alemán.

Ladrona de Libros es una muestra más que la literatura consigue revelar, respecto de los avatares de las sociedades humanas, mucho más de lo peor y lo mejor de la condición humana de lo que puede hacerlo la propia historia, siempre tan apegada al frío hecho.

Conmovedora hasta las lágrimas, no espere el lector una novela amable, aunque tenga ella también sus altas dosis de ternura, de humor también, aunque el trasfondo sea el horror desatado sobre seres humanos por otros seres, caídos de esa condición.

Lumen, editora en Español de la obra, en su mercantilizado acápite, debió decir que es “la GRAN novela en la que se basa la película de la Twentieth Century Fox”, porque podrá ser ella también una gran película, pero no podría haberlo sido sino porque la grandeza está en lo que le dio origen: una novela que es, también y fundamentalmente, un homenaje a la palabra escrita como elemento redentor de la condición humana.

A Liesel le salva, su porfiada condición de lectora. Como de última, de una u otra manera, a todos nos lo hace.

 

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Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.

 

BIENVENIDA MODERNIDAD

Gente 3D

Vivimos un tiempo virtual. Es más, vivimos EN un tiempo virtual. Todo lo es. Tiempo y distancias. Afectos y sociedad, como familia y amistad. Las relaciones y las amistades, hasta las peleas y discusiones han cedido lugar desde aquello que en la antigüedad llamábamos realidad, a éste nuevo estado donde lo virtual es un ente con existencia propia.

Un abrazo era, en aquélla época pretérita, algo que requería una proximidad física tal que los brazos del abrazador pudieron rodear el cuerpo del abrazado, y no una mera nota al pie que se inserta por costumbre en ese asesino de la carta que viene siendo el email, o más recientemente los mensajes de texto y toda la parafernalia tecnológica que les sigue. En esa época envuelta en las telarañas de lo caduco, a los afectos que la distancia había puesto lejos, se les extrañaba con razón y legitimidad, al punto de obligar al portador de la añoranza a sentarse frente a un papel, lápiz en ristre, a escribir -sin otro corrector que unas tachaduras- una carta al extrañado, para luego tener que meterla en un sobre, con lo extraño que puede llegar a ser semejante artículo, más tarde ir hasta al Correos, fuera lejos o cerca, y luego de comprar las estampillas necesarias colocar en un buzón esa auténtica botella al mar, junto con el poco de angustia de no saber cuándo y si al final llegaría a manos y ojos del extrañado, preguntándose además qué tiempo sería aquel en la vida del destinatario cuando la recibiera, tan distinto de éste en el que el escribiente ha depositado sus palabras. Era la angustia que atormentaba al personaje de Onetti cuando escribía a su novia y sabía que nunca ambos serían los mismos cuando él estuviera escribiendo de cuando ella hubiera abierto al fin el sobre.

Tanta virtualidad nos abruma. Enviamos fotos de lo que comeremos hoy en el almuerzo a familiares que viven seis u ocho horas delante nuestro, que estarán cenando cuando nos sentemos a la mesa, y recibiremos de ellos las “selfies” de cuando la familia estuvo ayer de compras en el Mall tal o cual, junto con el regalo que le enviarán -éste año a tiempo, prometen- a la abuela para su cumpleaños. Ignoran, porque no lo saben o porque se les olvidó, que regalarle unos zapatos a la abuela constituye una afrenta, porque la pobre hace casi dos años que no camina y apenas lo hace dentro de la pieza de la residencia a donde le han depositado luego que empezara a perderse de sí misma, y eso, valiéndose de un andador.

Esos gordos y calvos que nos sonríen parecen ser los mismos con los que años antes nos abrazábamos porque hacía tres días que no les veíamos y con los cuales nos peleábamos en las fiestas de cumpleaños, cara a cara, porque fulano insistía con el lechón asado que a la mayoría tenía aburrido.

Son extraños esos familiares y amigos que viven y sufren otras realidades, pero que se sirven del mundo virtual servido en bandeja de plata para mantener viva la ilusión de que nada ha cambiado, que ellos son los mismos y nosotros también, quizás mejores porque el tiempo habrá limado asperezas y enojos. y a todos nos habrá puesto una pátina más amable en el rostro.

Hoy vivimos varias vidas en una. Tenemos las de las Redes Sociales, que en el -o los, porque vale el juego de espejos- perfil de facebook nos proporciona una identidad tan llena de amigos, tantos que reunirlos requeriría de la plaza pública como mínimo. Pero luego tendremos otra en el nido del pajarito donde en lugar de amigos nos rodeamos de “seguidores” (especie de coro que se forma detrás de ti a la espera de tu próxima genialidad, o en torno a ti y la cofradía de seguidores) para mantener discusiones también virtuales con seres virtuales a los que no reconoceríamos si nos cruzáramos con ellos en la calle. Pero además podrán haber otras vidas formadas en torno a grupos, las “fan page”, los blogs, los infinitos etcétera de la diosa tecnología.

Si tanta virtualidad aún no nos resultara suficiente, todavía nos quedará la vieja y malquerida televisión, interactiva ahora. No la menospreciemos. Es ella quien nos proporciona esa otra porción de ilusión de realidad que todavía nos falta. Es su pantalla la que nos trae lo que sucede con la vida de los que, inexplicablemente, aún circulan por calles y concurren a trabajos y comercios. La que nos muestra, de manera virtual, los muy reales hechos de sangre diarios, eso sí, sin el molesto olor de la pólvora detonada, de los hierros quemados, la sangre derramada y la carne chamuscada. Si todavía la dosis no fuera suficiente, brasileros y turcos nos pueden hacer soñar con intrigas y traiciones, fortunas y desgracias, como si necesitarlas pudiéramos.

Como el homo consumus actual nunca estará enteramente satisfecho, tal vez precise algo más. Si así fuere, en unos meses bastará un sms a la Farmacia del barrio para que, en lugar pizza, nos envíen la maruja estatal con la que podremos escaparnos -dentro de la más estricta legalidad- del empacho de realidad virtual de todo lo demás.

Si luego de todo ésto, aún pudiéramos sentir alguna inquietud por una supuesta amenaza de que la realidad real se nos quiera meter por la ventana, no hay de qué preocuparse. Para defendernos de ella tenemos a políticos y sindicalistas, dirigentes y opinólogos, cientistas y cuentistas con rango ministerial que nos describirán los cómo y por qué esa realidad tan amenazante no es más que una sensación inducida, pero que la verdad verdadera es ese reino mágico que ellos entienden y decodifican para nosotros, pobres ignorantes, cómo es que las cosas cuando suben en realidad bajan, todo ello al magro precio de una ínfima porción de nuestros impuestos, tan pequeños que parecen, ellos también, virtuales.

Como en la cama a veces todavía cedemos a porciones -nunca mejor utilizado el término- de prosaica realidad real, luego tenemos que criar hijos que no salen más chorreando sangre como antaño, y por donde entonces salían. Hijos que luego crecen pensando que la leche es un agua blanca que se fabrica en bolsitas y un pollo es una bola de grasa que nace arriba de una bandeja de telgopor envuelta en papel film. Por suerte, casi enseguida viene el tiempo del Cole trilingüe a tiempo completo y solamente debemos ocuparnos de ellos en los molestos fines de semana que no toca visita al padre o cuando los maestros hacen algunos de sus rarísimos paros.

Aunque no seamos muy conscientes de ello, eso también pasa y al final esos niños se transforman en esos chicos que se presume viven detrás de la puerta de un dormitorio y a los que deslizamos cada tanto los paquetes de papas chips y las gatorades por la ranura de la puerta que les mandamos hacer para comunicarnos sin violentar su derecho a la privacidad. Es cierto, si no fuera por el face, a donde sin permiso logramos encontrarles, capaz que con el paso del tiempo no logramos reconocerles. Si son todos iguales. O eso nos parece, porque ese que asoma en una cámara de vigilancia de una estación de servicio rapiñada parece Rafa, aunque seguro que no es porque no le veo el tatoo que se hizo en el cuello por su cumple de doce, único en el mundo dijo el tatuador, especie de serpiente con forma humana. Bueno, y si es Rafa -tal vez más tarde me doy una vuelta por el dormitorio a ver si escucho algún ruido, pero antes le mando un whatsapp, porque si no se enoja- de última ya me va a llamar el padre para recriminarme, como hace siempre, que no atiendo al chico. El muy cara de piedra, como si no hubiera sido yo la que le compró sus últimas zapatillas (naiki, mamá, te dije naiki) y hasta el aifon que tuve que pagar con mi propia tarjeta, doce pagos, porque si no el nene se me trauma (todo tienen mamá, todos, ¿entendés?) 

Por suerte, mientras tanto, seguimos entusiasmados viviendo nuestras vidas virtuales -que llegado el caso hasta los negocios de la cama puede sustituir- enviando fotos de la ensalada, comprada en el super, al grupo de veganos divinos del face al que nos hemos integrado, mientras por debajo de la puerta del departamento se nos cuela un olor nauseabundo que nada tiene de virtual. A ver si es la vieja del segundo B que vive sola hace siglos y capaz que se le ocurrió morirse sin avisarle a nadie, parece mentira, en un mundo tan comunicado.

Es que no hay caso, no hay felicidad completa. Cuando creemos tenerlo todo aparece un trocito de la irredimible realidad real para aguarnos la fiesta. Así no se puede vivir. ¡Y todavía hay lunáticos que escriben libros de ficción! De la realidad tendrían que escribir. ¿Qué mayor y mejor ficción que esa podrían encontrar?

Corto. Tengo mensajes que responder y mis amigos del face me esperan para jugar al jueguito ese…bueno, ustedes saben.

Ah, me olvidaba, !un abrazo!