Poesía sin corbata: “…y en el Principio, fue la Palabra…”

palabras

Y en el Principio fue la Palabra, hablada

y la palabra fue

palabra  compartida

*

Y luego la palabra fue cantada,

y el canto fue

Oda y alegría

*

Pero más luego, la palabra fue gritada,

 horca y Muerte fue la palabra

fue locura desatada

*

Más también fue escrita, la palabra

y fue canto de amor y esperanza

fue pasión, fue locura

más también, poesía,

fue poesía y vida,

la palabra

*

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Con Miguel Delibes, y su pequeño “Príncipe destronado”

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En una de esas tantas aventuras por ferias, ventas de viejo y cajones olvidados, hace un tiempo apareció entre mis manos incrédulas un ejemplar -en muy buen estado, como si hubiera estado esperándome- de Ediciones Destino Colección Áncora y Delfín (17ª edición, 1980) de “El príncipe destronado” de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) con ilustraciones (dibujos) de su hijo cuando contaba con 4 años, es decir, la misma edad del protagonista de la novela: Quico.

Originalísima desde su concepción, desde que se desarrolla en apenas unas horas de un día de Diciembre, con el centro en la casa donde Quico, el penúltimo de cuatro hermanos y que acaba de perder su condición de benjamín a manos de una niña -preciosa, se supone- y desde la voz del propio niño, que ve, cuenta y sugiere un mundo donde la violencia, las apariencias, los amores y afectos duermen juntos con las traiciones y el orgullo. Es un mundo pequeño y a su vez enorme donde todos parecen asignarle un papel -el de “príncipe destronado” precisamente- y en el cual todo lo que haga parecerá explicado por esa condición.

Si como decimos, con independencia de cuánto camino llevemos recorrido rumbo a nuestra personal Ítaca, todos mantenemos vivo dentro nuestro al niño que fuimos, resulta imposible no sentirse ese adorable Quico, tan inocente, tan querible.

Delibes es un autor brillante, dueño de un prosa riquísima, elegante, un preciosista de la lengua castellana que no en vano ocupó hasta su muerte y durante 35 años un sillón en la benemérita Real Academia.

Ciento sesenta y seis páginas para reírse -el humor infantil rezuma como la miel en cada situación- , para conmoverse, para volver a sentir esa ternura que solamente provocan los niños, por los que ellos son y nosotros nunca dejamos de ser.

Búsquelo, intente conseguirlo, pídalo prestado, publique un aviso, acuda a una biblioteca, pero no deje de leerlo. Créame, no va a arrepentirse.

Por lo menos así lo siento yo.

 

La “Intimidad” de Kureishi, o un dilema demasiado frecuente…

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Novela breve del autor de “El Buda de los suburbios”, su extensión -tanto en páginas como en tiempo, ya que transcurre enteramente en una noche, la previa a una separación definitiva y resuelta- contrasta con la densidad de su planteo moral y psicológico.

El protagonista, un guionista de relativo éxito, ha decidido romper con 6 años de matrimonio y con ello dejar a dos hijos pequeños, desde el momento que ha sentido que su relación ha finalizado por flagrante fracaso. Durante toda esa larga noche Jay se pasea por sí mismo, sus relaciones, el amor por sus hijos, el dolor de su mujer, la incertidumbre, el sentimiento de fracaso y la inevitabilidad de ese final para relaciones que parecen condenadas de antemano.

La historia, contada con la solvencia narrativa de Kureishi tiene además, el valor de no tomar partido, poniéndonos a nosotros lectores en esa posición del que asiste a un debate moral donde  están en juego los valores esenciales que hacen a nuestra vida y sentido como seres humanos.

También yo, como Kureishi mismo lo confiesa de su experiencia, recuerdo una sociedad en donde, cuando crecimos, apenas había niños con padres separados. Sin embargo, el mundo en el que el autor, nosotros lectores y Jay su protagonista, viven y vivimos, es uno en que la relaciones están marcadas por la satisfacción, la búsqueda del placer, las realizaciones personales y un largo etcétera, donde tiene muy poco lugar la ética de la responsabilidad que a nuestra generación había inculcado nuestros mayores.

Yo tampoco tomo partido, pero la novela deja el tema planteado, como un boleto de tren sin ser utilizado, para que cada quien decida si quiere realizar el viaje y a través de él juzgue.

Por lo menos, así lo siento yo.

Cavafis, o las 154 razones para leerle…

cavafis

A Constantino Petrus Cavafis (Alejandría, 1863-1933) le bastaron sus 154 Poemas (sus famosos poemas “canónicos”) más algunas pocas decenas más, para convertirse, años después de su muerte, en uno de los poetas más influyentes y originales del Siglo XX, aunque su obra permaneciera durante buena parte de su atormentada y conflictiva vida, oculta.

Casi desconocido en la propia Grecia, debemos a E. M. Foster el que luego se haya difundido en Occidente y traducido no solamente al inglés, sino a una veintena de lenguas.

La presente edición de Contemporánea, en formato bolsillo, traducida por el filólogo español Ramón Irigoyen, contiene un Prólogo y detalladas notas que ayudan al lector que toma contacto con la obra de Cavafis por vez primera, a entenderle un poco más.

Cuenta Irigoyen en la biografía del autor que recién en 1900, cuando contaba con 37 años y en medio de una vida errante de constantes pérdidas, se animó a publicar una selección de sus poemas que solamente repartió entre sus amigos, con muchos de los cuales había estado trabajando durante diez o más años.

Obsesivo al extremo, Cavafis parece haber cultivado una suerte de bonsai literario con su obra, sometiéndola a un constante escrutinio, recortando y desechando todo aquello que consideraba imperfecto.

Sin embargo, quizás por ello mismo, es un poeta al que hoy día le bastarían haber escrito su magistral “Íthaca”, los “Idus de Marzo”, el impresionante “Esperando a los bárbaros”, o “Un viejo”, su confesional “Fui”, que con ello le hubiere bastado para ganarse un más que merecido lugar en el panteón de los grandes poetas del Siglo XX. En ellos hay tanta sabiduría como podría encontrarse en toneladas de sesudos tratados, expresados con la sensibilidad de un poeta exquisito.

Por lo menos, así lo siento yo.

Gobierno venezolano pide a sus ciudadanos que abandonen la fastidiosa costumbre de votar

Crónica de una Dictadura largamente anunciada

Sátira Times

Maduro grande

Desde el palacio de Miraflores, sede del gobierno, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, aseguró la mañana de hoy que, luego de que los tribunales y el poder electoral del país suspendieran toda clase de elecciones democráticas, es mejor que los venezolanos abandonen esa fea, vanidosa, ostentosa, egoísta, fastidiosa y negligente práctica social de votar.

“¡Pero es que qué necesidad tienen!”, dijo Maduro mientras desparpajado en la silla presidencial se rascaba la barriga. “¡Eso es malo! Desear el poder es malo. No sean así. ¿Es que acaso no les alcanza con las bolsas de comida que les damos?”; culminó Maduro mientras se llevaba a la boca una chuleta de brontosaurio al mejor estilo de Pedro Picapiedra.

Antes de que pudiera seguir hablando, el cielo se abrió en dos, y desde lo más alto, un pequeño pajarito descendió de los cielos y se posó en…

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PEPE CENSURA o la intolerancia al desnudo

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El arte ya se sabe -todo arte desde las cavernas a hoy-, es subjetivo. Lo que para unos puede ser una obra maravillosa, para otras simplemente es un esperpento.

Según informa el Diario “El País” de Montevideo, “Génesis Uruguay, la obra del artista Julio de Sosa que muestra a dos figuras que recuerdan al expresidente José Mujica y a su esposa, Lucía Topolansky desnudos como Adán y Eva fue levantada ayer por orden policial, según informó la propietaria de la galería, Diana Saravia.”

El artículo de “El País”, sigue diciendo “La obra estaba en exposición desde la semana pasada . “Me pidió permiso para que la podamos exhibir en la galería y le dije que sí porque me parece divertido lo que hace”, dice Saravia. “Me gusta, me parece diferente y tengo la tesitura de tener obras acá que si bien no gustan a todo el mundo o no están perfectamente realizadas, las expongo a mi criterio, si me gustan”.

“Colgamos la obra y cada vez que lo hago la difundo por las redes sociales”, contó la galerista. “El martes a las ocho de la noche aparecieron dos policías que vinieron a citarnos a declarar ante el comisario en Jefatura“. Cuando concurrió a la sede policial, dice, “me pidieron que por delicadeza la obra fuera descolgada”, dice. “Y un pedido de la policía lo cumplo”.

De acuerdo a Saravia, en Jefatura les informaron “que la orden era de arriba, que no había una denuncia y que la orden era de una jueza de noveno turno“, afirma Saravia.

La obra en cuestión mide un metro de alto y en ella se “representa el Paraíso con dos personas que se parecen mucho a Mujica y Topolansky” dice Saravia. “Seguramente están inspirados en ellos y el artista lo hizo como un homenaje, dibujados en el jardín de su casa en Punta Yeguas”.

Hasta aquí lo informado por “El País” sin que haya mediado desmentido alguno de los locuaces aludidos.

En el Uruguay laico y liberal, la censura no es nueva. Fue una regla durante la Dictadura militar desde 1973 a 1984, lo que resultaba lógico. Pero no quedó con la Dictadura recién extinguida, sino que por 1986, el entonces Intendente de Montevideo (uno de los peores que la historia recuerde) Jorge Luis Elizalde, prohibió la Muestra “Espejo…a veces” del artista Pablo Larroca -alguien que constituye un embajador de lujo del arte uruguayo- porque “las obras aludidas agredían la sensibilidad y moral media de los espectadores” según expresara el censor.

Nos recuerda Larroca, que “Elizalde recurrió, mediante la difusión de fotografías toscamente fragmentadas de mis obras, a la obtención de apoyo institucional para justificar aquella medida. Respaldo que le proporcionó inmediatamente una gran parte de los parlamentarios del gobierno uruguayo. Una comprensión rudimentaria y sesgada por intereses ajenos a las esferas del arte se adueñó de una muestra de dibujos que fue calificada como pornográfica. Sumergidos en cólera, políticos de todos los partidos (desde Francisco Rodríguez Camusso -Frente Amplio-, pasando por Juan Raúl Ferreira, Luis Alberto Lacalle, Jaime Trobo –Partido Nacional- y Raumar Jude –Partido Colorado) argumentaron con irrespeto (algunos, hasta con inoculta agresión) dejado en evidencia la profunda ignorancia del tema al que aludían.”

Sin embargo el exabrupto del impresentable Intendente no quedó impune. Le renunció su Director de Artes Plásticas Manuel Espínola Gómez, y tras el escándalo subsiguiente, la obra finalmente fue exhibida en octubre de ese año en la “Sala José Pedro Varela” de la Biblioteca Nacional. Miles de personas pudieron decidir por sí mismas el apoyo, la condena o el desinterés hacia la obra, gracias al respaldo brindado por el Poder Ejecutivo (encabezado por el Dr. Julio María Sanguinetti), por intermedio de la Ministra de Educación y Cultura, Dra. Adela Reta.

Volviendo a la censura de “Génesis Uruguay”, a la luz de lo visto anteriormente, hay varias reflexiones que son inevitables.

El artista De Sosa concibió el engendro como un homenaje a la admirada pareja de venerables ancianos, y por ello le colocó una manzana dorada, que en la mitología “estaba reservada a las personas sabias y virtuosas” a la ex guerrillera Topolanksy, y por allí dejó caer una lechuza, que representa (?) la “claridad y sabiduría de Mujica” .

Como se ha visto, amigo De Sosa, rendir pleitesía casi nunca rinde frutos, y la profesión de lameculos suele estar pésimamente remunerada.

Pero más que la discusión sobre si es arte o no, si bueno o malo, lo que no puede discutirse es el derecho inalienable de De Sosa y cualquiera otro ciudadano de expresarse tal y como le venga en gana. Si alguien se siente agredido, insultado o dañado en cualesquiera de sus propios derechos, tiene la vía judicial para hacerlo.

Esa, la vía judicial, y ninguna otra es válida en nuestro sistema republicano. No lo es jurídicamente y menos aún, ética y moralmente.

Entonces, debemos hacernos varias preguntas: ¿La pareja Mujica Topolansky, recurrió a la Justicia e hizo la denuncia? Si como dice la Policía actuante “que la orden era de arriba, que no había una denuncia y que la orden era de una jueza de noveno turno”, ¿significa ello que actuó de oficio? ¿Puede hacerlo? ¿Intervino de oficio un Fiscal que resolvió acusar? ¿De qué? En el Uruguay republicano, ¿son válidas las órdenes “de arriba”?

¿Y las garantías? ¿Y la libertad? ¿Y las responsabilidades?

Debo suponer que en las próximas horas la Suprema Corte de Justicia aclarará debidamente la supuesta intervención de la Jueza de noveno turno. Que el Ministerio del Interior deslindará responsabilidades por lo actuado por el Comisario que en Jefatura pidió a la Galerista  “que por delicadeza la obra fuera descolgada“. Que la Ministro de Educación y Cultura tomará cartas en el asunto y dispondrá la libre exposición de esa o cualquier otra obra. Que los colectivos de artistas se expresarán públicamente rechazando enérgicamente la censura.

 

Y por fin, espero, aguardo quiero y deseo, que el Parlamento de mi país, allí donde reside la soberanía nacional, investigue si la tal orden de arriba provino de alguno de sus integrantes, porque en tal caso sería un acto intolerablemente antidemocrático que merecería el mayor de los repudios y debería terminar con la renuncia de los censores.

Nada más y nada menos se espera de la dignidad republicana de quienes invisten la representación popular.  

 

Releyendo 1984

De una vigencia escalofriante, “1984” de Orwell es, con mucho, una de esas obras destinadas a permanecer. A pesar de ello, es igualmente escalofriante comprobar cuán poco aprendimos los seres humanos y cómo estamos dispuestos a someternos a la hydra del Gran Hermano, ogro multiforme que aparece y reaparece allí donde menos lo pensamos. Será que es cierto aquello que decía Oscar Wilde que “lo más difícil es vivir porque a lo más los hombres se limitan a existir”, tal vez porque vivir es una decisión de asumir la libertad y pelear por ella y, en cambio, existir es solamente dejarse llevar.

Inhalando líneas

Nota: Tiene Spoiler al final.
El libro era ficción en su época, ya que George Orwell entregó el libro en 1948 , no en 1984, por un error de imprenta se confundieron los números y entonces los estadounidenses y los ingleses leyendo el libro pensaron que era futurista y que en 1984 pasaría eso, pero no pasó… pero me estoy dado cuenta que nos está pasando de a poco, en especial a los países tercermundistas. *El nombre que Orwell le quería poner a su libro no era 1984, era “El último hombre de Europa”.
Es una novela política distópica a principio del Siglo XX, comienza con un Londres futurista en la Franja Aérea 1 que antes se denominaba Inglaterra que se encuentra dividida en 3 superpotencias política que son:
1.- Oceanía; que es en donde domina el Ingsoc que es socialismo inglés.
2.- Eurasia; aquí domina el Neoblochevismo.
3.- Estasia; donde…

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Décimas de Tabaré Vázquez y la enseñanza del chino

Poesía humorística para uruguayos y parecidas menudencias, con el talento y desparpajo del pelado Fernández de Palleja que no tiene un pelo de zonzo

Fernández de Palleja

De visita por la China
nuestro señor presidente,
hizo un anuncio, sonriente,
y es que el país se encamina
y el Plan Ceibal le destina
sus recursos al gran fin
de enseñar el mandarín
a jóvenes uruguayos
quienes, rápidos cual rayos,
absorberán ese confín.

Hace un tiempo estuvo en Francia
nuestro primer mandatario
y a francos destinatarios
con franqueza y elegancia,
como un vino que se escancia,
prometió enseñar francés
puesto que esa legua es
vehículo de cultura,
de medicina y dulzura
y del golero Barthez.

Profesores de Español
reunidos en asamblea
pergeñaron una idea
que gritaron como un gol:
recordaron aquel sol
de una extensión tan tamaña
que bañaba la maraña
de un Imperio de Borbones
y, en concreto, le proponen
a Vázquez un viaje a España.

Por su parte, ante el albur,
proponen otras temáticas,
la gente de matemáticas
paga el vuelo a Singapur
incluyendo el city tour

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José Luis Peixoto,eximio músico en “Cementerio de Pianos”

 

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Resurrecturis. La hermosa edición de “Cementerio de pianos” del portugués José Luis Peixoto (Galveias, en el Alentejo, 1974) que Casa Editorial HUM acaba de presentar en la Feria del Libro de Montevideo, empieza con esa voz latina, resurrecturis, los que resucitarán.  Voz latina que suele coronar la entrada de los camposantos católicos, allí donde los vivos han ido a reposar a la espera de su resurrección en el Reino de los Cielos, parece ser una metáfora de lo que la novela es. Metáfora que se complementa con un largo versículo de la Biblia, donde Jesucristo invoca a su padre Dios.

La novela se desarrolla en el entorno físico de una carpintería, nada casual tratándose del oficio de José y del propio Jesús, en la que vivió el primero de los Francisco Lázaro y en la que habría de dejar a su hijo, el otro Francisco Lázaro, nombre tras el que se esconde sin demasiada suerte una alusión al “levántate y anda” implícito en la peripecia de esa hijo carpintero que será el primer maratonista portugués en disputar esa prueba en Estocolmo en 1912. La inmanencia de la carpintería como elemento central que une a las generaciones, parece resultar un efectivo juego de espejos con la carrera que durante 30 interminables kilómetros, Francisco Lázaro corre, contra otros pero también, y fundamentalmente, con sí mismo, su padre, su vida y sus designios.

Generaciones y tiempos, voces de acá y del más allá, van y vienen a través de sus páginas, en un transcurso que nunca es lineal. Allí, dentro de la carpintería está el misterio del “Cementerio de Pianos”, lugar donde reposan músicas y recuerdos, vivencias y sentimientos, a la espera de ser resucitados, precisamente de la mano de un Lázaro, pero donde también encuentran el escenario las pasiones y los secretos.

Novela compleja, multifónica, de una densidad metafísica, en donde el tiempo es una materia más que se confunde con los colores y los sonidos, las generaciones y la familia, los sueños y la violencia soterrada y omnipresente, tiempo que se convierte en una materia viscosa y densa que borra los contornos de un mundo ríspido presa de un fatalismo descarnado. Una novela que desafía al lector y le reclama involucrarse. Que le pide leerla, pero también y sobre todo, sentirla.

En la presentación, en la que un Peixoto amable y distendido ofreció una larga charla salpicada de anécdotas, no solamente sobre esta novela sino sobre su vida toda y la literatura lusitana, de la que hoy es uno de sus más significativos representantes, alguien del público que ya conocía “Cementerio de Pianos” quiso saber del autor cómo leer la novela para entenderla teniendo en cuenta esas particularidades de su técnica narrativa. Peixoto le respondió que, más que entenderla, a la novela había que tratar de sentirla, y escucharla, porque la música es parte indisoluble del todo, y por tanto, simplemente, hay que dejarse llevar.

Para quienes deseen adentrarse en el fascinante mundo onírico de José Luis Peixoto, ese es mi modesto consejo: siéntase cómodo, buena luz y tiempo, y déjese llevar. Estará en buenas manos. Manos de pianista, claro.

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Mi agradecimiento a José Luis Peixoto por la amable dedicatoria. 

 

Bob sí o Bob no, o cómo establecer una discusión boba…

nobel

Estimado lector:

¿Si le digo Mommsen, Echegaray, Sienkewicz o Carducci en qué piensa? ¿Si le nombro a Eucken, Lagerlof, Hauptmann o Benavente? ¿Reymont, Deledda o Undset?  ¿No?

¿Y si le enumero a Joyce y Woolf, Borges y Tolstoi, o a Cortázar y Borges, Proust y Kafka, Bolaño o Rulfo, Felisberto Hernández o Antonio Lobos Antúnes, Joseph Conrad o Juan Carlos Onetti?  Le suenan conocidos, ¿verdad que sí?

¿Cómo explicar la literatura de Faulkner sin Dos Passos? ¿O la de Fuentes sin Rulfo?

Como cada año, en Octubre estalla la controversia acerca del acierto o no en el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura. Cada año. No importa quién haya sido el galardonado, una parte de la opinión estará de acuerdo y otra, invariablemente, decididamente en contra. Disconforme, desilusionada porque sus favoritos una vez más han quedado relegados o directamente indignados porque no entienden el criterio por el que se lo ha otorgado a alguien que, para el discordante, no tiene explicación.

Este año no podía ser la excepción y, más bien, viene siendo una versión recargada de las que confirman la regla.

Si el año pasado el Comité había sorprendido otorgándole el Premio a una periodista (Svetlana Alexievich) que escribe muy bien -pero que muy bien- pero es periodista que no escritora, lo de éste año parece servido en bandeja para desatar una polémica de alquilar balcones. Habiendo tantos sempiternos candidatos (que Roth, o J.C. Oates, que Murakami ahora sí) literatos dedicados en cuerpo, alma y vida a la literatura pura y dura, que el Comité haya otorgado el Premio a un músico, para peor rockero, es el acabóse.  Y no entro, ni de rebote, en hacer un juicio de valor en torno de Bob Dylan. Ni como músico, que lo es y de los grandes sin necesidad de Nobel alguno, ni como compositor, es decir, aquel artista que escribe para ser musicalizado, mucho menos.

La propia fundamentación, en su brevísima ambigüedad, parece dejar abierta la puerta precisamente para eso. Pero hacerlo, de poco serviría. Porque, para empezar, nos estamos refiriendo a la justicia o no del otorgamiento de un premio a un arte, como la literatura, que es, por antonomasia, la más subjetiva de todas las que el hombre desarrolla y cultiva. Lo único objetivo parece ser el legado de Nobel en el sentido de premiar “a autores y obras que hayan constituido un aporte significativo” en el tiempo y circunstancias en el que se otorga. Los criterios, al Comité.

Lo de Dylan es polémico, y es lógico que así sea. Se me ocurren dos ejemplos de artistas con extraordinario talento literario que, sin embargo, han sido reconocidos -principalmente- por cultivar el cine y la música respectivamente. Me refiero a Woody Allen y Chico Buarque. Ambos, grandes narradores, pero que nadie podría dudar no serían los íconos que son sin su carrera en esas otras disciplinas. Si hablamos de Daylan, difícilmente su obra poética -totalmente desconocida fuera del ámbito musical- tendría el valor que tiene si no hubiera sido musicalizada y, además y sobre todo, interpretada por ese artista tan particular que es Robert Allen Zimmerman.

Por otro lado, no parecen andar muy descaminados aquellos que suelen ver condicionantes políticas detrás de decisiones tan sorprendentes. Recuérdese que en su momento se le otorgó el mismo Nobel de Literatura nada menos que a Sir Winston Churchill, quien dejaba una enorme producción periodística y su determinante peripecia política, llena de puntos altos y de los otros, pero que ni por asomo, podría considerarse un autor literario de fuste.

Más que el Comité, parece ser el tiempo el que muestra y demuestra si los premios fueron o no acertados en cuanto al espíritu de Nobel de premiar una “contribución sustancial” que, si lo es, debería resistir los embates de los años y las décadas.

Por el Nobel parece hablar más y mejor los postergados, los ignorados, que los propios premiados. Apenas un siglo después de aquellos primeros premiados, salvo un Kipling o Tagore, a los demás parece habérselos tragado la historia.  En cambio los olvidados Borges y Cortázar, Tolstoi y Joyce, campan a sus anchas por un Olimpo del que ningún premio no otorgado, podrá bajarles nunca.

Dejemos al tiempo lo que es del tiempo e imaginemos que el próximo año el Comité se vea obligado, para no provocar una ira aún mayor en el gremio literario, a otorgarle el premio a un escritor.

De preferencia Oates, o Baricco, pero esas son cosas subjetivas de un humilde lector.