Monólogos con la vida y la muerte: …anoche soñé un sueño nunca soñado…

 

anoche soñé un sueño

Caminábamos tomados de la mano, nuestras pisadas crujiendo encima del manto ocre y amarillo de las hojas de los álamos abatidas por el temprano otoño, siguiendo un sendero del parque que culminaba, al final de una leve ondulación, en un diminuto lago de aguas cristalinas, sobre cuya azulada superficie el algodón de las blancas nubes jugaba una danza de espejos con las aguas quietas del remanso. A mi lado, mi compañera, sonreía con una sonrisa nueva, la cara encendida por un brillo nuevo, aquél que los años andados había ido apagando junto con las ilusiones del camino recién iniciado. Delante nuestro, con pasos aún vacilantes, un niño de enrulados cabellos alborotados por la brisa fresca del ocaso en ciernes, ensayaba saltos al compás de un canto sólo por él entendido, en el idioma de la inocencia que le pone alegría al aire que le rodea.  Ese niño, o niña tal vez, el recuerdo se hace difuso, sólo veo delante nuestro su cuerpecito correteando, el gorjeo de una risa que brota espontánea y se cuela por nuestros oídos, junto con el trino de una bandada de pájaros que cruza el cielo crepuscular en busca del refugio nocturno, siento es parte nuestra, somos ella y yo, mi compañera y yo mismo, vueltos a la niñez recuperada. No hay palabras entre nosotros, solamente una larga mirada, ojos que se hablan y dicen lo que el calor de las manos enlazadas sabe decir sin abrir la boca, los mismos ojos que juntos envuelven y acarician la diminuta figura del niño que nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines!

He transitado la mañana con el dulce sabor de boca que deja un sueño perfecto, pleno de dulzura y armonía, canción de amor y sinfonía de ilusiones, compartiendo con ella, mi compañera de décadas, la interrogante que nos plantean los sueños que no sabemos dilucidar. Ella y yo intuimos, sin embargo, ese niño que así nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines! , sólo puede ser nuestro nietecito, nieto que sabemos ambos, ella y yo, no tenemos. Es claro, nos decimos ambos, sabiendo que ambos lo pensamos sin animarnos a confesárnoslo, no es más que la proyección de un deseo común, largamente acariciado, más siempre postergado.

A la noche llega nuestra hija, mujer joven ella, orgullo de padres depositado en un ser humano de riqueza infinita, diamante que a cada movimiento su particular luz refleja reflejos siempre nuevos y sorprendentes.

Es ella misma la que ahora, con sus hombros abrigados por el abrazo de él, el compañero que ha elegido para caminar juntos, quien con los diminutos zapatitos de lana tejida en sus manos de niña aún, con los ojos encendidos como dos carbones en brasas arrasadas por la emoción, las mejillas surcadas por lágrimas que adivino dulces como almíbar cristalina, las que brotan cuando nos desborda el corazón los sentimientos largamente guardados, la que nos dice “padres, estoy embarazada, serán abuelos, esperamos para el quince de diciembre” , anuncio que así dicho parece una más de las cosas que a lo largo de la vida han de suceder, pero que para ella, nuestra hija, ayer mujer sólo mujer, ahora madre con plazo determinado, nosotros, sus padres, ahora ya abuelos de lo que en ella es tierno brote, cambiarán por obra y milagro de ese momento, cuando la vida se hace vida dentro de su vientre, toda su vida y nuestra vida toda.

En aquel instante, mirando entre lágrimas las de mi compañera, su cara mezcla de sonrisa y llanto emocionado, mirada que me dice, nos decimos, el sueño hasta anoche nunca soñado, es lo que ahora es tiempo de dulce espera, expectante, temblorosa, ansiosa, milagrosa espera hasta el día señalado, cuando ella o él, tanto da, surja a la vida en su primer día, el que nos hará por un instante que será eterno, tanto como vida nos quede a ambos, los seres más felices del universo, con la felicidad íntima, intransferible, de quien se siente prolongado en un par de ojos abiertos al asombro del milagro de la vida revivida.

Ahora, cansado por la emoción contenida, deseo irme a la cama, cerrar mis ojos, sabiendo que cuando el sueño retorne de su reino de fantasía, traerá con él una promesa de realidad que antes creímos solamente podría ser soñada.

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Carta a mi padre, donde esté…

 

Mi querido viejo :

Hoy hace 15 años que te fuiste a ese lugar y tiempo a donde más temprano que tarde todos hemos de ir y donde, quiero creer, me estarás esperando junto a ese viejito maravilloso que era el abuelo Amaranto y la venerada Mamavieja.

La mitad de lo bueno y lo malo que es la vida, te la debo a ti. Durante más de 44 años compartimos ese viaje. La mitad de él, bajo el mismo techo, si no todo el tiempo por lo menos buena parte. Hijo único, no tuve nunca ni tengo ahora con quien compartir lo que siento y pienso, así que como suele decirse, desde hace 15 años la procesión va por dentro.

Nacido en el primer cuarto del Siglo XX, en el propio culo del Uruguay recién salido de las guerras fratricidas, la vida no podría haberte mostrado su cara más amable. El principal y casi seguro oficio que esperaba a quienes caían a la vida por esta parte del mundo en esas épocas, sin fortuna ni privilegios, sería el de aprender a vivir y sobrevivir con lo que justo. Si acaso unos años de escuela para aprender a leer y escribir lo básico, algunas cuentas para defenderse, y después a hacerse en el duro oficio del diario vivir.

Intransigente y soberbio, como todo joven que fui, te hice mi víctima preferida de esos exabruptos de intolerancia que solía formar parte de mi carácter, tal vez nada más que una coraza de protección ante lo que no entendía, o consideraba injusto, o que simplemente creía no merecer, como si de merecimientos fuera la cosa, que no lo es pero se necesita mucho andar para entenderlo, a veces, un poco tarde.

Dicen que hay cosas irreversibles como una bala disparada o una palabra dicha. Ante la muerte, una palabra no dicha tiene el mismo carácter de fatal irreversibilidad. Debí haberte escuchado más. Debí haber dicho menos. Debí, pero no lo hice.

Desde tu partida, hubo cosas que no pude hacer por mucho tiempo. Una de ellas, fue recordar el color de tus ojos: tu mirada, viejo querido, se me iba en la bruma de mis propios sentimientos. Por aquél tiempo, cuando a costo de tu vida habías logrado librarte del sufrimiento del cáncer, yo había comprado un álbum de Eric Clapton, “Pilgrim”, cuyo primer tema es, precisamente, “My father eyes”, los ojos de mi padre, los tuyos, los que no lograba recordar. Nunca pude, desde entonces, escuchar esa canción sin que se me “piantara un lagrimón”, tan tarde para eso como para todo.

Hoy, cuando yo también recorro mi propio camino hacia mi personal Ítaca, quería decirte ésto, que supieras que te quise mucho, y que, aún pasados los años, el ser humano mayor que hoy soy, no es capaz de escribir estas torpes líneas sin que la vista se le nuble y el corazón cabalgue a su aire.

A donde estés, te recuerdo con el cariño que, tal vez, no haya sabido darte. De aquéllas, las cosas que podría haberte reclamado, ya te había perdonado. De mis propios errores, quiero creer tu me hayas perdonado. Si así fuere, yo también podré perdonarme y aguardar, en paz, si es que ello es posible, volver a encontrarnos.

 

 

Monólogos con la vida y la muerte: “Con Paula, en el Jardín de Gethsemaní”

Gethsemani

Hace unos pocos días cayó en mis manos, producto de un regalo de mi hija a su padre, un libro  del Dr. Irvin Yalom titulado “Mamá y el sentido de la vida”, una recopilación de relatos relacionados con su actividad académica en el campo de la psicoterapia en Stanford. Uno de ellos se llama “Viajes con Paula” y narra su experiencia en la formación de grupos de ayuda para pacientes oncológicos, es decir, personas que padecen cáncer. “Mi nombre es Paula, tengo cáncer, pero no soy una paciente cancerosa”, fueron las palabras de presentación de una mujer que, al decir de Yalom, entró a su vida para continuar con su educación, la del médico, no la de la paciente.

A lo largo de 40 páginas, el autor relata las peripecias vividas junto a una mujer que a partir de su enfermedad, parecía haber encontrado todas las respuestas y le sacaba vida a la muerte cada día, ayudando a los demás. “Aprendí a desmitificar la muerte, a verla tal cual es, un acontecimiento, una parte de la vida, el final de posibilidades ulteriores. Un hecho normal que hemos coloreado por el miedo”, dice Paula al Dr. Yalom. De la mano de Paula, cada lector tiene a su alcance una fuente inagotable de sabiduría. No creo que nadie, haciendo uso de la vida provisoria que le ha sido asignada, pueda permanecer indiferente a ese viaje, y al final de él, encontrar que, tal como si durante la lectura le hubieran mudado los anteojos, ya nada podrá ser visto con la misma mirada.

Días después de esta lectura, me subí a un autobús para hacer un trayecto de dos horas con destino a la Capital, Montevideo. A mi lado, viaja sentada una mujer joven –treinta y tantos, treinta y pocos-  distinta del resto. Su cabeza cubierta por un colorido pañuelo. Inequívoca señal que habla desde el silencio. Me pregunta si le recuerdo. Le había mirado, pero ahora le veo, le observo, y sus ojos y una sonrisa me traen una cara a la que no logro ponerle nombre. Me hace las cosas fáciles y me recuerda que nos conocimos hará unos cinco o seis años y que durante un año o más compartimos un proyecto profesional que nos hacía compartir reuniones semanalmente. Claro, ¡cómo podría no haberla reconocido! Es el pañuelo, dice ella, a todos les pasa. Tengo cáncer y viajo para una sesión diaria de radioterapia. La primera quimioterapia ya se hizo, por eso lo del pañuelo. La mastectomía también. Una semana más de esto, y luego la segunda y última serie de quimioterapia. Todo ello dicho con una sonrisa que contrasta con mi perplejidad. Detrás del verde profundo de reflejos dorados de sus ojos, como si en ellos se hubiera refugiado el que le falta al mar invernal que vamos bordeando, veo muchas cosas. Sus ojos hablan a la par que su boca. Veo en ellos determinación, la que tienen aquellos que se aprestan a dar una batalla – y cuantas sean necesarias- sin el menor asomo de duda de que han de salir victoriosos. Veo luz en sus ojos. Pero en esa mirada hay mucho más. Hay amor, infinito amor. Por su hijita pequeña, que sonríe desde una foto que me muestra. Por su esposo, porque le sabe sufriendo junto a ella. En esa mirada hay también muchas otras cosas. Hay dolor, por saber el sufrimiento que su enfermedad provoca en su familia, no en sí misma. Sin embargo nada de ello logra desconcertarme tanto, como descubrir que en el fondo de su mirada y en las palabras que salen de su boca, hay también un dejo de amarga alegría.

¿Es ello posible? ¿En medio de tan terrible experiencia? Tal parece que sí, porque al igual que la Paula de Yalom, mi compañera de viaje parecía haber encontrado en esa tremenda prueba de vida su propio Jardín de Gethsemaní, ese lugar y tiempo donde los seres humanos nos enfrentamos a nosotros mismos para darnos la oportunidad de conocernos mejor.

Pensando en la determinación de su Paula para afrontar cada caída y volver a levantarse cada vez con igual decisión, Yalom recuerda a Nietzsche, afirmando que “quien tiene un por qué es capaz de soportar cualquier cómo”.

No tengo duda alguna que cuando el destino puso a esa mujer tan joven como mi hija, en ese asiento en ese día y a esa hora, me estaba colocando a mi lado a mi propia Paula y era para darme la oportunidad de aprender de la vida mucho más de lo que podría haberlo hecho en todos los años vividos, no pocos, hasta hoy.

Ella era alguien que había visto a la muerte a los ojos y a fuerza de voluntad y determinación de vivir, le había hecho bajar la mirada. Ella era, es, una Paula que sabe que va a vivir y por ello no muestra miedo sino esperanza.

Como en la fábula del coyote y la cigarra, supe que cada uno de nosotros estamos destinados a vivir nuestra propia experiencia con la vida y su inevitable final en la muerte y que, por tanto, cada uno debemos encontrar nuestra propia canción, la voz y las notas, que nos harán distintos, singulares, y por tanto, merecedores de haber vivido.