Monólogos con la Lengua: El escritor de cartas…

cartas

 

Escribiré cartas.

Anacrónicas cartas, manuscritas para que sean tales. En lugar de diario: cartas. Con lo que pasa, con lo que me pasa. Cartas al viento, botellas al mar. Cartas a nadie. O a todos. Cartas de cumpleaños, porque si el destinatario no vale el tiempo de escribir una carta, entonces no vale, ni para eso ni para ninguna otra cosa. Cartas de familia, de amigos, de reclamos, de consejos y pedidos de consejos, cartas de disculpas y perdón, de amor y cariño, de odio espero que no.

Cartas que obliguen a buscar la hoja, tomar un bolígrafo, elegir el espacio y el momento. Cartas que exijan pensar, escoger las palabras, el valor de lo meditado en contraposición a la frívola instantaneidad reinante. Cartas que serán enviadas o no. Aunque no lo sean, como si lo fueran.

La palabra escrita huyendo de lo transitorio, de lo banal, escapando del momento en busca del tiempo. Un tiempo distinto, detenido un instante, una fracción, la de ese suspiro escapado porque el pensamiento corre más rápido que la mano, o por el contrario, porque ella descansa, nerviosa, dando vueltas al lápiz entre los dedos, mientras esa palabra rebelde, huidiza, se niega a aparecer.

Tiempo distinto el de pensar, el de escribir, el de enviar con el de recibir, sorprenderse, rasgar y leer. Distinto y posterior. Una oruga -el tiempo- que había arrollado formando una bolita y ahora se extiende cuan larga es, morosa y paciente entre tanta inútil impaciencia. Cartas que obliguen a pensar, como Onetti lo hiciera, que nunca el destinatario de una carta es el mismo cuando se la está escribiendo que cuando haya comenzado a leerla. El rocío de la mañana habrá transmutado en los acordes de un atardecer apacible, pero ello será suficiente para hacerlo distinto.

Si. Aunque vivamos el tiempo del ya y ahora mismo, del escribo ahora y pienso luego, yo escribiré cartas. De las que seré testigo. Tal vez, también, rehén.

Por eso, cartas escribiré.

Anuncios