El Apocalipsis o el fin de las cosas…

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(Tragedia en trece escalones y un solo final)

El

Las cosas están confusas, oscuras. Parecen amenazantes las cosas. Los hombres, que son hombres y mujeres que otrora fueron jóvenes, y antes niños, miran y esperan. Sin pedir, reclaman, ruegan, imploran. Sus miradas lo dicen todo. Sus bocas no. O por lo menos, nada que se les entienda. Los viejos, que fueron hombres y mujeres piensan en tiempos mejores, pero no dicen nada. Los viejos alzan los ojos, mudos los ojos. Las bocas trémulas, sin dientes, nada dicen. O lo dicen todo, con su silencio.

A

Las cosas están oscuras, entreveradas, allá donde los hombres no llegan nunca. Allá donde imaginan, en vano. Piensan que va a escucharles. El que creó todas las cosas, les escuchará, aunque solamente piensen. Aunque nada digan. O digan, pero no se les entienda. Ni aún para aquél que creó todas las cosas. Que no escucha. O por lo menos, así parezca.

P

Los viejos, que antes fueron hombres y mujeres, que otrora fueron los jóvenes que eran niños, recuerdan. No hablan de cuando el sol. No les creerían. Para qué. Mejor así. Para ellos pasó ese tiempo. Queda la espera, estéril, con las bocas vacías, mudas. Y los ojos ciegos. Solamente las manos, rugosas, abiertas hacia allá, quieren decir algo. Pero no lo hacen, o por lo menos no les entienden.

O

Los hombres, que son hombres, no lloran. No pueden. Los hombres, que no lo son, que son mujeres, sí lo hacen. Pero son llantos secos, mudos, que se mueren dentro. Los hombres piensan, y esperan. Esperan, día tras día, una sola noche, larga, oscura. Las cosas están así. Lo viejos piensan que antes no. Pero no lo dicen. Para qué. Los jóvenes, que fueron niños, esperan. Tampoco saben qué. Los niños sí lloran. Sus bocas vacías, piden. Pero no hay. Y los llantos se agotan. Los llantos agotan.

C

Y los que esperan, y los que esperan sin saber que esperan, allí están. Viendo cómo las cosas están, oscuras, malas están las cosas. Pidieron, rogaron, imploraron, lloraron lágrimas ácidas. Pero ahora ya no. Se agotaron. Y el que creó todas las cosas no respondió entonces. Tampoco ahora.

A

No saben los hombres. Piensan los hombres. Piensan y temen preguntarse. Tal vez, no necesiten hacerlo. Saben qué hicieron los viejos que fueron hombres, que son mujeres y hombres. Saben lo que ellos mismos han hecho. También, lo que no han hecho, y debieron.

L

En sus oídos gastados, los viejos que fueron hombres, conservan ecos. Son murmullos del agua. Podrían hablar de ella, de antes. Pero no lo hacen. Para qué. Los hombres, mujeres y hombres que son, lo saben pero no quieren recordarlo. Los jóvenes no. Ellos no saben. Sus ojos muertos nunca vieron. Sus oídos no oyeron, y no creen. Sus labios nunca probaron, y tampoco creen. Los niños, que lloraban, ahora no. Para qué.

I

En sus mentes gastadas, perdidas en lo oscuro de las cosas, los viejos tienen destellos. Ante sus ojos ciegos, pasan colores. Los de antes. Los hombres saben de ellos, pero no quieren. Recordar, no quieren. Para qué. Los labios murmuran, pero no se entienden. Los gritos se perdieron, hace mucho. Se fueron rebotando entre las rocas, y no volvieron. Iban en busca del que creó todas las cosas, pero no volvieron.

P

En sus bocas cascadas, los viejos que fueron hombres, recuerdan sabores. Los de antes, que los hombres, que son mujeres y hombres ahora, probaron. Pero no lo dicen. Callan, los viejos. Ellos, los hombres, prefieren no recordar. Y los jóvenes, ni eso. Solamente las manos, secas, cuarteadas, puestas hacia allá. Hacia donde esperan por el que creó todas las cosas.

S

Los hombres, mujeres y hombres juntos, esperan la voz. Una señal. Algo que ponga fin a la espera. La esperan, pero la temen. Los viejos no. Ya no esperan. Están más allá de la esperanza. Y del miedo. Están más allá del mundo, porque pertenecieron al otro. A los hombres solo les queda éste, y la espera. A los jóvenes, quizás. A los niños, ni eso. Lo piensan, los hombres. Pero no lo dicen. Para qué.

I

Que se termine, piensan algunos hombres, también mujeres. Que acabe ya. Que escuchen la sentencia y ya. De qué sirve esperar. Las cosas, todas las cosas, están así. Confusas, oscuras, amenazantes. Las cosas son una mueca de la muerte. Los viejos lo saben. Los hombres, y sus mujeres, saben que lo saben, pero no lo dicen. Y ellos no escucharían, tampoco. Para qué. Los jóvenes no preguntan, y es mejor. Los niños no saben qué. Mejor también. Son menos mentiras. Mintieron tanto, antes.

S

Los hombres, y sus mujeres, lo saben. Los viejos, que fueron hombres y mujeres, también lo saben. Mejor que nadie. Por ello secaron sus lágrimas. Por ello, nada esperan. Saben que no pueden. No tienen derecho. Nadie va a escucharles. El tiempo -su tiempo- pasó. Y ya ven cómo fueron las cosas. Mal, han ido muy mal. Los ojos gastados ya no ven. Mejor así, porque lo que vieran, no les gustaría. Solamente les queda el recuerdo. Traicionero, el recuerdo de los viejos. Insiste en volver atrás, cuando las cosas eran otras. Pero los viejos no quieren. A los viejos, el recuerdo les duele. Si tan siquiera pudieran borrárselos, y ya. Pero no. Se presentan cuando menos lo piensan. Y vuelven a lo mismo, cuando las cosas eran distintas. Pero ahora son otras, oscuras, confusas, perdidas.

Los recuerdos de los viejos son porfiados. Aparecen igual, a traición. Revuelven la herida. Traen, colgando de sus bocas desdentadas, los viejos amaneceres. La luz despertando, algo que los ojos secos de los hombres ya no verían. Pero allí está, aún, en el recuerdo de los viejos. Era el tiempo del sol. La luz borrando las sombras. Y el agua, rumorosa, entre piedras. Duelen los recuerdos de los viejos. Los oídos muertos todavía oyen gorjeos. Oyen el zumbido de un colibrí danzando sobre flores. Tan lejos, todo. Tal vez no sea más que su imaginación de viejos dementes. Sufren los recuerdos, los viejos. Pero no los comentan. Para qué.

Ahora…

Los hombres saben que no van a escucharla. Que la voz del que creó todas las cosas, no va a ser escuchada por sus oídos. No tienen esperanza. Tienen miedo de esa palabra. Se les murió, esa palabra. Junto con la luz, cuando el sol murió. Cuando se apagaron los sonidos y los rumores. Cuando cesaron los gorjeos y los zumbidos. Cuando las sombras lo cubrieron todo. Cuando el calor les fue abandonando, de prisa. Cuando todo enmudeció, carente de movimiento. Huero de vida. Ese fue el tiempo de la muerte. La muerte de la esperanza, para los hombres, y sus mujeres. Los jóvenes no lo supieron, pero lo intuyen, y por eso no preguntan. Para qué. Los niños acabaron las lágrimas. También agotaron las preguntas. Sin respuestas, ahora tampoco preguntan. Para qué.

…en la hora final

Es la noche que ha caído sobre ellos. Sobre viejos y hombres, mujeres y hombres, sobre jóvenes y niños. Es la noche última, de la que no se sale. La noche sin amanecer al final del tiempo. Es un tiempo sin final. Tiempo muerto, como la noche abatida sobre ellos, y sus manos, agrietadas, puestas hacia arriba, donde esperan, inútilmente, por la palabra del que creó todas las cosas, que no ha de llegar. Han comprendido, finalmente, que de él solamente el castigo, podían esperar. Lo supieron cuando las cosas fueron oscuras, confusas, pero no quisieron aceptarlo. El recuerdo de la luz, les mantenía la esperanza. Debió acabarse el último resquicio, para que acabara también. Con los viejos, se van los recuerdos. Queda, el puro presente. Presente sin futuro. Un presente muerto. Como el que se lleva a los hombres y mujeres. El mismo que se llevará a jóvenes, que no serán hombres y mujeres, ya no. Y a los niños, que no serán jóvenes. Tampoco ellos. Porque, por fin, han entendido el silencio del que creó todas las cosas. Ése, es su castigo. Para que las cosas sean, cada vez, más oscuras, confusas. Para que las cosas se confundan en la noche con la muerte de todas las cosas.

 

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#historiasdesuperación: Diez minutos con mi asesino

Todo ha sido muy rápido. Estoy frente al Juez, hombre que me mira como si pretendiera ver detrás de mí. Estoy sola con él y con quien dice ser mi abogado defensor, de oficio por supuesto. Él ha conseguido la audiencia. Aunque haya hecho poco más que eso por mí, creo que es bastante. Confío en convencer al Juez. Que me escuche, que oiga mis razones y por qué le pido lo que le pido.

Diez minutos a solas con mi asesino, Señoría, sólo eso le pido. Antes o después del funeral, tanto da, pero diez minutos él y yo. Usted quizás no entienda y crea que estoy loca, pero necesito hacerlo, no solo por mí, también por mi hija, tengo que explicar y explicarme varias cosas. Allí, frente a él. Sé que no ha de escucharme, nunca lo hizo en realidad, pero da igual, me basta decírselo. Lo que dije ante usted y el Jurado, por supuesto, pero también otras cosas que solamente yo y él podríamos entender ¿me explico? Me hago cargo que le parezca irregular, que le provoque inquietud porque pueda cruzarme con algún familiar suyo, pero le garantizo que nada, pero nada me interesa más que lo que le digo, estar frente a él y decirle lo que tengo aquí, ve usted, atragantado y nunca pude decirle. Lo he perdido todo Señor Juez, quizás también a mi niña, pero por eso mismo, porque no tengo nada para perder es que le hago este pedido, un poco extraño para usted, me imagino.

Contra el escepticismo de mi defensor, el hombre se apiadó de mí y me concedió el pedido. La policía judicial ha tomado todas las medidas de seguridad y esposada, me han introducido en un furgón de vidrios espejados, en el que salgo, como de un útero, hacia las entrañas de un lugar frío y desangelado. Me conducen entre paredes blancas, a derecha, luego a izquierda, hasta que al final me sientan en una silla de metal de respaldo recto, enfrentada a una mesa también metálica, a donde se dirige un chirrido de ruedas sobre las cuales transportan a mi asesino. Le han depositado frente a mí, y me han puesto de pié para poder verle a la cara, mientras la mujer que me custodia se repliega hacia la puerta y asume la actitud del que no ve ni escucha. Allí está él, mi asesino, sin mirarme. Mejor; recuerdo esa mirada como un puñal atravesando mis carnes. Que solamente escuche. Hoy, tendrá que escucharme.

¿Por qué, Agustín? ¿Por qué pasó lo que pasó entre nosotros? ¿Cómo llegamos aquí? Durante estas últimas interminables horas, he tratado de pensar en nosotros antes, ¿recuerdas?, cuando aún teníamos ilusiones, por lo menos yo las tenía, y tú también, quiero creer que sí, que alguna vez me quisiste. He pensado mucho Agustín. Me duele la cabeza de tanto hacerlo. No lo creas, todo ha sido muy difícil desde cuando te dejé allí en nuestra cama, porque era nuestra cama, ¿te das cuenta? Allí engendramos a Agustina, cuando todavía sentía que en la mañana el sol salía para todos. Cuando una caricia eran tus dedos en mis mejillas, tu mano en mi cabello. ¿Por qué? Queríamos que fuera varón, yo también lo quería, pero fue nena. Igual quise darle tu nombre, aunque en femenino. Yo te quería Agustín. No me digas nada. Sólo escúchame. Te quería a ti, a tu familia, a tu padre tan buena gente, a tu madre que creo me quería como a una hija. Creí que tú y ellos serían mi nueva familia, la que casi ya no tenía. ¿Acaso fue por Agustina? ¿Te sentiste defraudado porque no quiso ser varón? Todo parecía ir tan bien. Aún cuando insististe para que dejara mi trabajo. Está bien, pensé entonces, quizás tenga razón, debo dedicarme a nuestra hija, con lo de él tendremos suficiente. Pero luego empezaste a quejarte porque Agus no te dejaba dormir, que te levantabas de malhumor, por la noche llegabas tarde, y el olor, habías estado de copas. Yo no te decía nada. Creía que se te iba a pasar. Que tenías problemas en el trabajo, o que era por la niña. Trataba de hacerla dormir temprano, todo para que no te molestara. Pero a ti nada parecía conformarte. Pensé que era yo, que algo estaba haciendo mal. Que el embarazo y luego el tiempo con la niña, nos estaba alejando. Traté, te lo juro, intenté por todos los medios, de cambiar las cosas, que volvieras a mí, ya sabes, aunque me cueste decírtelo, pensé que si me mostraba más abierta en la cama volverías a amarme. ¿Recuerdas, Agustín, esa primera vez? Te sugerí aquello porque pensé que era lo que tú querías, pero esa fue la noche que por primera vez me trataste de puta, de mujerzuela, mala madre y todas esas lindezas, y que no contento, me descargaste tu mano sobre la cara.

Se le va a pasar, volví a pensar. Está muy presionado. Fue un error el mío. ¿Cómo no pensé que mostrándome así te haría pensar mal de mí? Recuerdo que estabas arrepentido. Que me pedías perdón. Y cómo no iba a perdonarte, si allí al lado tenía a nuestra hija, a tu hija. Te perdoné, claro, porque un momento malo lo tiene cualquiera. Me dijiste que nunca más. Pero luego vino lo de Agus en nuestra cama, que el pañal no debía estar bien puesto, que te orinó encima, tu rabia, el llanto de la niña, y la mano una y otra vez sobre mi cara, y tus dedos tirando de mis pelos. Volviste a pedirme perdón. Volviste a decirme que nunca más. Pero bastó un plato que no te gustó para que acabara bajo la mesa con tus zapatos en mis costillas. Allí decidí comprar la pistola. Era mujer y madre, pero no ibas a volver a pegarme. Ahora dime, ¿por qué? Te maté, pero tú lo hiciste antes conmigo. Callas, cobarde. Mejor así.

PEPE CENSURA o la intolerancia al desnudo

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El arte ya se sabe -todo arte desde las cavernas a hoy-, es subjetivo. Lo que para unos puede ser una obra maravillosa, para otras simplemente es un esperpento.

Según informa el Diario “El País” de Montevideo, “Génesis Uruguay, la obra del artista Julio de Sosa que muestra a dos figuras que recuerdan al expresidente José Mujica y a su esposa, Lucía Topolansky desnudos como Adán y Eva fue levantada ayer por orden policial, según informó la propietaria de la galería, Diana Saravia.”

El artículo de “El País”, sigue diciendo “La obra estaba en exposición desde la semana pasada . “Me pidió permiso para que la podamos exhibir en la galería y le dije que sí porque me parece divertido lo que hace”, dice Saravia. “Me gusta, me parece diferente y tengo la tesitura de tener obras acá que si bien no gustan a todo el mundo o no están perfectamente realizadas, las expongo a mi criterio, si me gustan”.

“Colgamos la obra y cada vez que lo hago la difundo por las redes sociales”, contó la galerista. “El martes a las ocho de la noche aparecieron dos policías que vinieron a citarnos a declarar ante el comisario en Jefatura“. Cuando concurrió a la sede policial, dice, “me pidieron que por delicadeza la obra fuera descolgada”, dice. “Y un pedido de la policía lo cumplo”.

De acuerdo a Saravia, en Jefatura les informaron “que la orden era de arriba, que no había una denuncia y que la orden era de una jueza de noveno turno“, afirma Saravia.

La obra en cuestión mide un metro de alto y en ella se “representa el Paraíso con dos personas que se parecen mucho a Mujica y Topolansky” dice Saravia. “Seguramente están inspirados en ellos y el artista lo hizo como un homenaje, dibujados en el jardín de su casa en Punta Yeguas”.

Hasta aquí lo informado por “El País” sin que haya mediado desmentido alguno de los locuaces aludidos.

En el Uruguay laico y liberal, la censura no es nueva. Fue una regla durante la Dictadura militar desde 1973 a 1984, lo que resultaba lógico. Pero no quedó con la Dictadura recién extinguida, sino que por 1986, el entonces Intendente de Montevideo (uno de los peores que la historia recuerde) Jorge Luis Elizalde, prohibió la Muestra “Espejo…a veces” del artista Pablo Larroca -alguien que constituye un embajador de lujo del arte uruguayo- porque “las obras aludidas agredían la sensibilidad y moral media de los espectadores” según expresara el censor.

Nos recuerda Larroca, que “Elizalde recurrió, mediante la difusión de fotografías toscamente fragmentadas de mis obras, a la obtención de apoyo institucional para justificar aquella medida. Respaldo que le proporcionó inmediatamente una gran parte de los parlamentarios del gobierno uruguayo. Una comprensión rudimentaria y sesgada por intereses ajenos a las esferas del arte se adueñó de una muestra de dibujos que fue calificada como pornográfica. Sumergidos en cólera, políticos de todos los partidos (desde Francisco Rodríguez Camusso -Frente Amplio-, pasando por Juan Raúl Ferreira, Luis Alberto Lacalle, Jaime Trobo –Partido Nacional- y Raumar Jude –Partido Colorado) argumentaron con irrespeto (algunos, hasta con inoculta agresión) dejado en evidencia la profunda ignorancia del tema al que aludían.”

Sin embargo el exabrupto del impresentable Intendente no quedó impune. Le renunció su Director de Artes Plásticas Manuel Espínola Gómez, y tras el escándalo subsiguiente, la obra finalmente fue exhibida en octubre de ese año en la “Sala José Pedro Varela” de la Biblioteca Nacional. Miles de personas pudieron decidir por sí mismas el apoyo, la condena o el desinterés hacia la obra, gracias al respaldo brindado por el Poder Ejecutivo (encabezado por el Dr. Julio María Sanguinetti), por intermedio de la Ministra de Educación y Cultura, Dra. Adela Reta.

Volviendo a la censura de “Génesis Uruguay”, a la luz de lo visto anteriormente, hay varias reflexiones que son inevitables.

El artista De Sosa concibió el engendro como un homenaje a la admirada pareja de venerables ancianos, y por ello le colocó una manzana dorada, que en la mitología “estaba reservada a las personas sabias y virtuosas” a la ex guerrillera Topolanksy, y por allí dejó caer una lechuza, que representa (?) la “claridad y sabiduría de Mujica” .

Como se ha visto, amigo De Sosa, rendir pleitesía casi nunca rinde frutos, y la profesión de lameculos suele estar pésimamente remunerada.

Pero más que la discusión sobre si es arte o no, si bueno o malo, lo que no puede discutirse es el derecho inalienable de De Sosa y cualquiera otro ciudadano de expresarse tal y como le venga en gana. Si alguien se siente agredido, insultado o dañado en cualesquiera de sus propios derechos, tiene la vía judicial para hacerlo.

Esa, la vía judicial, y ninguna otra es válida en nuestro sistema republicano. No lo es jurídicamente y menos aún, ética y moralmente.

Entonces, debemos hacernos varias preguntas: ¿La pareja Mujica Topolansky, recurrió a la Justicia e hizo la denuncia? Si como dice la Policía actuante “que la orden era de arriba, que no había una denuncia y que la orden era de una jueza de noveno turno”, ¿significa ello que actuó de oficio? ¿Puede hacerlo? ¿Intervino de oficio un Fiscal que resolvió acusar? ¿De qué? En el Uruguay republicano, ¿son válidas las órdenes “de arriba”?

¿Y las garantías? ¿Y la libertad? ¿Y las responsabilidades?

Debo suponer que en las próximas horas la Suprema Corte de Justicia aclarará debidamente la supuesta intervención de la Jueza de noveno turno. Que el Ministerio del Interior deslindará responsabilidades por lo actuado por el Comisario que en Jefatura pidió a la Galerista  “que por delicadeza la obra fuera descolgada“. Que la Ministro de Educación y Cultura tomará cartas en el asunto y dispondrá la libre exposición de esa o cualquier otra obra. Que los colectivos de artistas se expresarán públicamente rechazando enérgicamente la censura.

 

Y por fin, espero, aguardo quiero y deseo, que el Parlamento de mi país, allí donde reside la soberanía nacional, investigue si la tal orden de arriba provino de alguno de sus integrantes, porque en tal caso sería un acto intolerablemente antidemocrático que merecería el mayor de los repudios y debería terminar con la renuncia de los censores.

Nada más y nada menos se espera de la dignidad republicana de quienes invisten la representación popular.  

 

REPORTES DESDE TECNOLANDIA: Estamos conectados

Tecnolandia

Estamos conectados

 

Anoche me aburría. Me sucede cada vez que mi mujer se va a ver a mi suegra, es decir, a su mamá, y yo no voy, porque claro, allá está mi suegra y con ella todo bien, pero a mí me gusta aburrirme solo. Era un poco tarde y aunque no tenía mucha hambre tampoco tenía comida para el poco de hambre que sí tenía. Anduve rebuscando entre los papeles de mi mujer, es decir los nuestros, a ver si encontraba una pizzería con reparto a domicilio. Ni una encontré. Todas con la cuestión ésta del delivery, pero como no estaba seguro, mejor no meter la pata. Así que entonces me preparé para salir. Me vestí, creo, me puse el sombrero para cubrir la tonsura y elegí cuidadosamente, no el perfume que tengo uno solo que venía de regalo con la crema de afeitar, sino el libro que iba a poner abajo del brazo. Aclaro; soy del tiempo en que andar con un libro daba una pátina de culturoso y por ahí, quién te dice, a alguien podría interesarle, la lectura, digo. Dudé con un Murakami, entre otras cosas porque pesaba demasiado y ahora que todo el mundo lo lee –bueno, todo el mundo más bien que no, sino todo el mundo que lee que es más bien poco mundo- el japonés no iba a agregar nada, así que me decidí por un Pynchon término medio, ni demasiado cocido ni demasiado jugoso, 300 páginas digamos. Pynchon tiene sus ventajas. Suena raro, tiene algo de fálico en movimiento, nadie lo conoce porque hasta sospecho que no exista y sea un puro invento de las editoriales, y sobre todo no necesita marcador; uno puede dejarlo de leer en la 128 y luego seguir en la 235 y la cosa va más o menos de lo mismo.

Luego de una extensa caminata –al fin la actividad física con la que me atormenta el cardiólogo, como si fuera un mantra hay que caminar, fulano, hay que caminar, y él llega a la consulta en su auto- de no menos de 10 cuadras, me decanté por el boliche con nombre de peleador japonés. Ni muy muy ni tan tan, ahí ahí, término medio, como yo, supongo.

Elegí una mesa chica, para dos, en la que sobraba una silla y que tenía a su frente, para mi ojo izquierdo un televisor pantalla plana de 21 pulgadas –una antigualla, permítame decirlo- y uno de 32 pulgadas para mi ojo derecho, ambos con fútbol –menos mal- aunque con partidos distintos, lo que para los ojos puede no ser un problema pero para la azotea, el coso que piensa, puede ser un matete. Anda que si en uno hace un gol el equipo contrario y en el otro te cobran un penal a favor del tuyo, a ver qué carajos vas a gritar primero, aunque supongo convendría no gritar cosa alguna. Lo que resultaba un fastidio es que la música no dejaba escuchar ninguno de los dos relatos, o ambos superpuestos resultaban un poco menos inteligibles de lo que son de a uno, y mire que lo son, ¿o no mi querido Jotacé?

Cuando el mozo asignado a mi mesa cortó la llamada en su celular, en la que los de la mesa del fondo le estaban haciendo el pedido y luego que enviara el whatshapp al pizzero, me dijo…

buenas noches señor fulano, ¿usted ya está registrado en nuestra base de datos?,

-ehhh ahhh…,

-entiendo, ¿sería tan amable de confirmarme su número de celular?, …¿es el cero nueve nueve, tres ocho ocho, ocho ocho tres?,

-ehhh…ahhhh, pero…¿y cómo…?, quise, no pude, preguntar,

-entiendo, sí señor, nuestro sistema captura sus datos de forma automática…usted estuvo con su señora el pasado veintiocho de marzo a las veintiuna y veinte y nuestro sistema de detección facial registró sus datos y lo incorporó al sistema…es muy bueno, si…

-eh…bueno…si, es mi número, creo, porque lo uso poco, pero es que me temo no le haya traído…el mes pasado se me agotó la batería y todavía no he podido saber cómo hacer para cargarlo…

-oh…entiendo, en ese caso recurriremos a nuestro plan de contingencia y le tomaré su pedido escrito, un segundo que voy a ver si encuentro papel y lápiz…

-ehhh, no bueno, no se moleste, tráigame una pizza común, un fainá y una cerveza, la que usted crea conveniente…gracias.

El hombre se fue rumbo a la barra un poco extrañado pero creo que iba a conseguir transmitir el pedido, aunque fuera verbal. Mientras me aprestaba a esperar, colgué el sombrero del respaldo de la silla, de donde se me iría a caer no más de media docena de veces, puse mi Pynchon cerrado y silencioso a mi derecha, como para que quienes pasaran pudieran ver la portada y saqué el periscopio para analizar la fauna reunida. Un éxito, lleno total, para la contra que dice que la gente no sale.

A mi frente seis hermanos argentinos, viejos y machucados ellos, viejas y recauchutadas ellas, tomando cerveza ellos, intercambiando fotos desde sus celulares ellas, terminando sus ensaladas ellas, repitiendo las pizzas ellos. A mi derecha una pareja medio y medio; medio baja y medio gorda ella, medio alto y medio pelado él, pidieron sendos chivitos al plato que, como se sabe y es fama en nuestra tierra, no se sirve en plato sino en una fuente de esas como para servir los tallarines del domingo. Mientras tanto, en la tablet ella podía seguir en vivo y directo el apasionante desenlace de un partido de básquetbol que se jugaba en Montevideo, mientras él intentaba pedirle instrucciones a su hija a través del chat para saber qué estaba pasando con la etapa de Carnaval en el Teatro de Verano.

Más hacia atrás veía el reflejo de las pantallas encendidas y las risas de los comensales posando para sus selfies, que según me han dicho es esas fotos que se saca uno mismo, como mirando la cámara, así como dicen que hacía Narciso ante el agua, porque claro, en aquélla época el pobre no tenía manera de fotografiarse. Tampoco reparé mucho en ello, porque todavía me queda aquella cosa que me repetía mi mamá que era mala educación andar mirando lo que hace o dejar de hacer la gente.

Enfrente, pero un poco más a la derecha, en una mesa chica se han sentado dos chicas, y no es un  juego de palabras porque las chicas no son, precisamente, chicas, es decir sí lo son porque ni por asomo son chicos o viejas, sino porque las chicas son grandes, bastante grandes, se entiende, correctamente desarrolladas en todos los aspectos que hacen a la anatomía femenina de todos los tiempos, que eso cambia pero no tanto. Volvieron las minifaldas y para los adoradores de las descendientes de Afrodita, eso es una bendición. Una de ellas me quedaba como de perfil, pero la otra en cambio, toda ella de frente, inclusive cuando hubo de cruzar sus piernas para estar más cómoda, cosa que su espalda se lo agradecería, pero no solamente su espalda, sino también mi ojo derecho cuando se distraía de la pantalla plana de 32 pulgadas. Para  mejor, o peor según se mire, la pierna izquierda, es decir la que en el cruce resultó favorecida con la posición superior, enteramente tatuada, desde el tobillo hasta donde terminaba la visual, el tatuaje seguramente no pero eso yo no podría saberlo. Es más, no iba a saberlo, a lo sumo imaginarlo.

A fuer de ser sincero, no las vi entrar, tan ocupado estaba tratando de compatibilizar la vista y el cerebro para mirar los dos partidos a la vez, por lo cual no puedo afirmar categóricamente que anduvieran juntas, tal fueran hermanas o amigas, quizás hasta novias, por qué no. Digo que me resulta difícil saberlo, aunque me precie de ser un avezado observador, porque detrás de sus celulares no me quedaba claro si cuando hablaban, casi nunca, lo hacían entre ellas o estaban mandando o contestando mensajes de voz, no de vos ni de mí, sino de ellas y entre ellas, porque cada tanto se mostraban lo que mandaban o recibían.

Hay quienes todo lo ven negativo y dicen que con esto la gente no se comunica. Hasta donde sé las chicas no hicieron otra cosa durante la hora larga en que ocuparon, y alegraron, parte de mi campo visual. Pero además, siempre es posible ver el lado positivo, si uno se esfuerza en ello y no cae en el facilismo de Cambalache. Por ejemplo, en el caso de las niñas, la permanente comunicación y conexión hizo que comieran poco -en favor de sus agraciadas figuras- y rápido, esto a favor del restaurante que podría disponer de una mesa más, cuanto antes. También, puede ser que se hubieran conocido ahí mismo y estuvieran compartiendo, con sus amistades del face, una nueva amistad.

Cuando hube comido mi pizza, y antes el fainá –de primera, debo decirlo-, que casi se me atraganta cuando a mi cuadro le hicieron el quinto gol y el juez le echó el tercer jugador, con la cerveza mediada, intenté justificar la carga del Pynchon, haciendo como que leía. Ahí me di cuenta que la luz era poca, mis ojos no me daban y tal vez precisara un cambio de graduación de los anteojos porque en el televisor de la derecha terminé por entender, bastante tarde ya, que los equipos que yo creía que estaban jugando un partido, en realidad solamente se parecían sus camisetas, pero había un continente de distancia.

Como ya no tenía muchos motivos para seguir allí y el sueño había empezado a picarme, levanté la mano como hacían los ciclistas en tiempos idos cuando pinchaban para llamar el auxilio, aunque yo nada más pretendiera atraer la atención del mozo para que me cobrara, una vez terminara de enviar o recibir un nuevo pedido en su teléfono inteligente.

-La cuenta, mozo, le dije muy suelto de cuerpo;

-Sí, señor, se la he enviado en formato pdf a su celular en un mensaje de whatshapp…,

-Pee…pero…disculpe – le dije, tratando de que se acercara un poco más para evitar el papelón de gritarle y que los demás escucharan– recuerda que yo ando sin celular…pero acá tengo el dinero, vio?…-mostrándole mi billetera, la que me regaló mi mujer por el aniversario de casamiento, allá por el Mundialito del 80, creo-,

-No…bueno…déjeme ver cómo hacemos…-mirándome como miraba mi hija a E.T. allá por los 80, creo, con el celular en ristre- le estoy enviando un mensaje al encargado a ver qué hacemos en un caso como el suyo…bastante raro, créame, ahora solamente cobramos on line, sabe?-

Por suerte el encargado, que para eso lo es, supongo, entendió la situación y a pesar del perjuicio que seguramente le ocasionaría “al sistema”, aceptó cobrarme la factura hecha en papel, algo que usualmente ya no hacían, con papel moneda y monedas para el cambio chico. El mozo miró el billete azul con el señor bigotudo que suele acompañarme en mi anticuada billetera como si fuera algo caído del espacio exterior. Intenté dejarle una propina pero me dijo que mejor me mandaba un código QR -eso creo- por mensaje de texto con su cuenta para que le acreditara el diez por ciento de rigor.

Ahora en la mañana, ya descansado y tomando unos mates, me pregunto en qué momento el mundo, el que yo creía era el mío, el que yo conocía, me lo cambiaron por éste y ni siquiera tuvieron a bien avisarme.

Espero que mi mujer deje a mi suegra en paz y vuelva rápido a ver si aprendo esa cuestión del delivery. Mientras tanto, voy a ver cómo me va con el arroz y los huevos fritos. Agua tengo. Yerba también. ¿De qué podría quejarme? Ahora voy a leer. Pynchon, tal vez.

BIENVENIDA MODERNIDAD

Gente 3D

Vivimos un tiempo virtual. Es más, vivimos EN un tiempo virtual. Todo lo es. Tiempo y distancias. Afectos y sociedad, como familia y amistad. Las relaciones y las amistades, hasta las peleas y discusiones han cedido lugar desde aquello que en la antigüedad llamábamos realidad, a éste nuevo estado donde lo virtual es un ente con existencia propia.

Un abrazo era, en aquélla época pretérita, algo que requería una proximidad física tal que los brazos del abrazador pudieron rodear el cuerpo del abrazado, y no una mera nota al pie que se inserta por costumbre en ese asesino de la carta que viene siendo el email, o más recientemente los mensajes de texto y toda la parafernalia tecnológica que les sigue. En esa época envuelta en las telarañas de lo caduco, a los afectos que la distancia había puesto lejos, se les extrañaba con razón y legitimidad, al punto de obligar al portador de la añoranza a sentarse frente a un papel, lápiz en ristre, a escribir -sin otro corrector que unas tachaduras- una carta al extrañado, para luego tener que meterla en un sobre, con lo extraño que puede llegar a ser semejante artículo, más tarde ir hasta al Correos, fuera lejos o cerca, y luego de comprar las estampillas necesarias colocar en un buzón esa auténtica botella al mar, junto con el poco de angustia de no saber cuándo y si al final llegaría a manos y ojos del extrañado, preguntándose además qué tiempo sería aquel en la vida del destinatario cuando la recibiera, tan distinto de éste en el que el escribiente ha depositado sus palabras. Era la angustia que atormentaba al personaje de Onetti cuando escribía a su novia y sabía que nunca ambos serían los mismos cuando él estuviera escribiendo de cuando ella hubiera abierto al fin el sobre.

Tanta virtualidad nos abruma. Enviamos fotos de lo que comeremos hoy en el almuerzo a familiares que viven seis u ocho horas delante nuestro, que estarán cenando cuando nos sentemos a la mesa, y recibiremos de ellos las “selfies” de cuando la familia estuvo ayer de compras en el Mall tal o cual, junto con el regalo que le enviarán -éste año a tiempo, prometen- a la abuela para su cumpleaños. Ignoran, porque no lo saben o porque se les olvidó, que regalarle unos zapatos a la abuela constituye una afrenta, porque la pobre hace casi dos años que no camina y apenas lo hace dentro de la pieza de la residencia a donde le han depositado luego que empezara a perderse de sí misma, y eso, valiéndose de un andador.

Esos gordos y calvos que nos sonríen parecen ser los mismos con los que años antes nos abrazábamos porque hacía tres días que no les veíamos y con los cuales nos peleábamos en las fiestas de cumpleaños, cara a cara, porque fulano insistía con el lechón asado que a la mayoría tenía aburrido.

Son extraños esos familiares y amigos que viven y sufren otras realidades, pero que se sirven del mundo virtual servido en bandeja de plata para mantener viva la ilusión de que nada ha cambiado, que ellos son los mismos y nosotros también, quizás mejores porque el tiempo habrá limado asperezas y enojos. y a todos nos habrá puesto una pátina más amable en el rostro.

Hoy vivimos varias vidas en una. Tenemos las de las Redes Sociales, que en el -o los, porque vale el juego de espejos- perfil de facebook nos proporciona una identidad tan llena de amigos, tantos que reunirlos requeriría de la plaza pública como mínimo. Pero luego tendremos otra en el nido del pajarito donde en lugar de amigos nos rodeamos de “seguidores” (especie de coro que se forma detrás de ti a la espera de tu próxima genialidad, o en torno a ti y la cofradía de seguidores) para mantener discusiones también virtuales con seres virtuales a los que no reconoceríamos si nos cruzáramos con ellos en la calle. Pero además podrán haber otras vidas formadas en torno a grupos, las “fan page”, los blogs, los infinitos etcétera de la diosa tecnología.

Si tanta virtualidad aún no nos resultara suficiente, todavía nos quedará la vieja y malquerida televisión, interactiva ahora. No la menospreciemos. Es ella quien nos proporciona esa otra porción de ilusión de realidad que todavía nos falta. Es su pantalla la que nos trae lo que sucede con la vida de los que, inexplicablemente, aún circulan por calles y concurren a trabajos y comercios. La que nos muestra, de manera virtual, los muy reales hechos de sangre diarios, eso sí, sin el molesto olor de la pólvora detonada, de los hierros quemados, la sangre derramada y la carne chamuscada. Si todavía la dosis no fuera suficiente, brasileros y turcos nos pueden hacer soñar con intrigas y traiciones, fortunas y desgracias, como si necesitarlas pudiéramos.

Como el homo consumus actual nunca estará enteramente satisfecho, tal vez precise algo más. Si así fuere, en unos meses bastará un sms a la Farmacia del barrio para que, en lugar pizza, nos envíen la maruja estatal con la que podremos escaparnos -dentro de la más estricta legalidad- del empacho de realidad virtual de todo lo demás.

Si luego de todo ésto, aún pudiéramos sentir alguna inquietud por una supuesta amenaza de que la realidad real se nos quiera meter por la ventana, no hay de qué preocuparse. Para defendernos de ella tenemos a políticos y sindicalistas, dirigentes y opinólogos, cientistas y cuentistas con rango ministerial que nos describirán los cómo y por qué esa realidad tan amenazante no es más que una sensación inducida, pero que la verdad verdadera es ese reino mágico que ellos entienden y decodifican para nosotros, pobres ignorantes, cómo es que las cosas cuando suben en realidad bajan, todo ello al magro precio de una ínfima porción de nuestros impuestos, tan pequeños que parecen, ellos también, virtuales.

Como en la cama a veces todavía cedemos a porciones -nunca mejor utilizado el término- de prosaica realidad real, luego tenemos que criar hijos que no salen más chorreando sangre como antaño, y por donde entonces salían. Hijos que luego crecen pensando que la leche es un agua blanca que se fabrica en bolsitas y un pollo es una bola de grasa que nace arriba de una bandeja de telgopor envuelta en papel film. Por suerte, casi enseguida viene el tiempo del Cole trilingüe a tiempo completo y solamente debemos ocuparnos de ellos en los molestos fines de semana que no toca visita al padre o cuando los maestros hacen algunos de sus rarísimos paros.

Aunque no seamos muy conscientes de ello, eso también pasa y al final esos niños se transforman en esos chicos que se presume viven detrás de la puerta de un dormitorio y a los que deslizamos cada tanto los paquetes de papas chips y las gatorades por la ranura de la puerta que les mandamos hacer para comunicarnos sin violentar su derecho a la privacidad. Es cierto, si no fuera por el face, a donde sin permiso logramos encontrarles, capaz que con el paso del tiempo no logramos reconocerles. Si son todos iguales. O eso nos parece, porque ese que asoma en una cámara de vigilancia de una estación de servicio rapiñada parece Rafa, aunque seguro que no es porque no le veo el tatoo que se hizo en el cuello por su cumple de doce, único en el mundo dijo el tatuador, especie de serpiente con forma humana. Bueno, y si es Rafa -tal vez más tarde me doy una vuelta por el dormitorio a ver si escucho algún ruido, pero antes le mando un whatsapp, porque si no se enoja- de última ya me va a llamar el padre para recriminarme, como hace siempre, que no atiendo al chico. El muy cara de piedra, como si no hubiera sido yo la que le compró sus últimas zapatillas (naiki, mamá, te dije naiki) y hasta el aifon que tuve que pagar con mi propia tarjeta, doce pagos, porque si no el nene se me trauma (todo tienen mamá, todos, ¿entendés?) 

Por suerte, mientras tanto, seguimos entusiasmados viviendo nuestras vidas virtuales -que llegado el caso hasta los negocios de la cama puede sustituir- enviando fotos de la ensalada, comprada en el super, al grupo de veganos divinos del face al que nos hemos integrado, mientras por debajo de la puerta del departamento se nos cuela un olor nauseabundo que nada tiene de virtual. A ver si es la vieja del segundo B que vive sola hace siglos y capaz que se le ocurrió morirse sin avisarle a nadie, parece mentira, en un mundo tan comunicado.

Es que no hay caso, no hay felicidad completa. Cuando creemos tenerlo todo aparece un trocito de la irredimible realidad real para aguarnos la fiesta. Así no se puede vivir. ¡Y todavía hay lunáticos que escriben libros de ficción! De la realidad tendrían que escribir. ¿Qué mayor y mejor ficción que esa podrían encontrar?

Corto. Tengo mensajes que responder y mis amigos del face me esperan para jugar al jueguito ese…bueno, ustedes saben.

Ah, me olvidaba, !un abrazo!

 

12 de Octubre: Día de…

Indígena venezuela

Quinientos veintitrés años después del comienzo mismo de ésta historia a la que ni siquiera logramos ponerle nombre, a los habitantes de este continente limitado por el Río Bravo al norte, el Pacífico al Oeste y el Atlántico al este, si algo nos une, mucho más que una lengua en común, es nuestra predisposición a la repetición. Los mismos arrebatos, las mismos lugares comunes, como si cada año descubriéramos lo que al día siguiente olvidamos sin remedio.

Según hayan sido los signos políticos que han pautado los vientos de la “Patria Grande” (¿por grande, o por patria?) el 12 de Octubre ha sido  ‘Día de la Raza’, o el ‘Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural’, o también ‘Día de las Américas’, o quizás el ‘Día de la Diversidad Cultural’. Todos collares para sujetar al mismo perro. Cada año brotan de debajo de cada piedra los adalides de la corrección política, proclamando a tambor batiente su indignación por el vergonzante recuerdo del infame genocidio español de los castos pueblos originarios. No obstante, estas repetitivas huestes de cruzados indigenistas se abren las venas ya abiertas, en su mayoría, en día festivo. Ésto es, la indignación y vergüenza les impide trabajar. Un poco de revisionismo sí, pero que no nos jorobe la fiesta, pues. En Argentina, la Doctora derriba a Colón con tal inquina que pareciera que dentro de las toneladas de la estatua condenada al destierro, estuvieran mismo los restos del genovés venal y genocida. Por los desaforados lares de Bolívar, un mico con banda presidencial lo sustituye por un indígena emplumado en pose guerrera, aunque el pobre no sabe si apuntar sus flechas para la España decadente o hacia el Imperio satánico.

Ese supremo provocador que es Pérez-Reverte, escritor en sus ratos de ocio, español para peor, ha utilizado la red del pajarito para tirar una pequeña historia salida de su peculiar coleto. Dice AP-R en sus sucesivos tuits: Cada 12 de octubre, cuando los desinformados y los tontos empiezan con la copla genocida, me acuerdo del abuelo del señor Sánchez. Una vez, en México un periodista mexicano me preguntó si no tenía “remordimientos por ser español y genocida” “Ustedes vinieron a América a violar a mujeres y destruir nuestra civilización”,argumentó. Le pregunté cómo se apellidaba. Dijo que Sánchez. Le respondí que mis abuelos nunca fueron a América: “El que por lo visto sí vino fue el abuelo de usted –dije-. Aquel señor Sánchez”. “Pídale cuentas a su abuelo el genocida, no a mí –añadí-. Mis abuelos se quedaron en España, y de mi familia yo soy el primero que vengo”.

Cuando uno encuentra tanto Sánchez y tan poco Namuncurá entre los indignados, se pregunta si la mejor manera de indignarse en serio con los descendientes de los genocidas, casi todos nosotros mismos, sería eliminar la fecha del calendario e irnos los 12 de Octubre a trabajar como cualquier otro día. Así, por lo menos, seríamos un poquito menos contestatarios pero un poquito más coherentes.

Saramago y la balsa que no avanza

gente leyendo

Cuando era joven, años que suman decenas ya, solía pensar que mi ignorancia era una laguna que podría cruzar, hasta alcanzar la orilla de la sabiduría, con solamente dar unas cuantas brazadas.

Pasaron los años, se sucedieron experiencias y fracasos duraderos, éxitos pírricos y enseñanzas desperdiciadas, caídas y recaídas y todas ellas, mero vivir, embebidas de lecturas que, suponía – ingenuo yo- me hacían, si no más sabio, por lo menos un poco menos ignorante. Craso error, mea culpa. La laguna era ya un gran lago que desafiaba la resistencia de cualquier nadador.

Seguí gastando años y ojos, tratando de ver lo que apenas podía entender, buscando la embarcación que me pusiera en la otra orilla. Confieso: he leído. Asumo: ¡qué poco he aprendido!

Si acaso, lo más valioso que rescato de mi enciclopédica ignorancia es la capacidad de haberlo entendido al fin, y de empezar, ya era hora de ello, de buscar el remedio allí donde ella, la sabiduría, reside.

En oportunidad de la 38° Feria Internacional del Libro en Montevideo -con mucho de Feria y poco de internacional- participamos con mi hija Ana Claudia, escritora y adicta a la lectura como un servidor, de una actividad cultural en homenaje a José Saramago, con motivo de los 5 años de su –presunta, porque yo, mucho no me lo creo- muerte. Participaban de ella, como conferencistas, nuestra Claudia Amengual y la escritora argentina Claudia Piñeiro, ambas confesas admiradoras del “viejo portugués”.

Luego de leído un escrito enviado por Amengual, quien no pudo concurrir por verse afectada por una enfermedad de las que minan las más férreas voluntades, la ponencia final quedó a cargo de Piñeiro. Para quienes no conocen a esta autora argentina, de éxito editorial indudable tanto como su calidad literaria, su carrera se consolidó a partir de haber obtenido el Premio Clarín de narrativa, por su novela “Las viudas de los jueves” otorgado por un Jurado compuesto por Rosa Montero, Belgrano-Rawson y presidido, nada menos, por Saramago.

Piñeiro, convertida al credo saramaguiano no solamente por su obra, sino por la enorme dimensión intelectual, moral, ética y humana del Viejo, recurrió para su semblanza a éstos últimos aspectos -por el orden en que se citan, no por la importancia-, para trazar un retrato del gran autor. Todo un acierto, realmente.

Para ello, echó mano con seguridad, a su obra “El autor se explica”  (en mi poder un ejemplar en mini de Editorial Aguilar, Colección Crisol, 2010) que contiene su ensayo “La estatua y la piedra” originado en una Conferencia dictada en Turín, y el discurso de aceptación del Premio Nobel ante la Academia Sueca.

Para quien no lo haya leído, mi ferviente recomendación. Difícil, muy difícil, encontrar otro ejemplo de tanta sabiduría expresada en menos de 200 mini páginas, que lo importante no necesita de lo grande.

Del discurso rescato la anécdota relatada por Saramago, el nieto que seguía siendo, en torno a que “el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida, no sabía leer ni escribir”, refiriéndose, claro está, a su abuelo Jerónimo. El hombre que, sin saberlo, trascendió la estatua para ir al centro mismo de la piedra. Cuenta Saramago que, enfermo el abuelo, vienen a buscarle con el objeto de internarle en un hospital. Sabiendo ya que no habría de volver, ese gran hombre que era el modesto campesino no quiso irse sin antes recorrer su huerto y despedirse, abrazándolos con los ojos acuosos del que no teme llorar,  de cada uno de sus olivos, como si fueran hermanos con los que se decía el adiós definitivo, que lo eran –hermanos- y definitivo era el adiós. Toda la dimensión humana del nieto, aparece meridianamente expuesto su origen en ese gesto, tan simple, del abuelo.

Para graficar la otra gran dimensión, la ética del escritor, portugués y europeo, rescato un ejemplo si se quiere, desde el punto de vista literario dentro de su enorme edificio, quizás menor: el que tiene que ver con la publicación de “La balsa de piedra” y los ataques recibidos por ello, acusándole de euroescéptico en el menor de los casos, porque hubo munición bastante más gruesa. Un malentendido ex profeso típico de políticos.

Lo que realmente hay en esa obra de Saramago, considerada por muchos una novela menor de indudable carácter político, es un ferviente deseo de aproximación, que le hace imaginar a la Península Ibérica como tal, navegando aguas con proa hacia la América colonizada, buscando restablecer el equilibrio perdido.

En momentos en los que un acuerdo comercial –principio querrían las cosas- entre la Comunidad Europea y el Mercosur se aplaza ad infinitum y los desaforados realistas mágicos que gobiernan éstas tierras arrasadas, derribando Colones y entronizando indígenas lanzas en ristre, reivindican improbables orígenes, me parece que la apelación al sueño del Viejo es ineludible, por más que la evidencia nos muestre a la Península prendida con uñas y dientes a los Pirineos, haciendo que la Balsa ingeniosamente imaginada naufrague antes siquiera de haber emprendido la travesía.

Mientras tanto éste humilde escriba, sigue intentando ver la otra orilla del gran lago de su ignorancia.