Por Tomás, que se nos fue

Tomás de Mattos

Transcurre una tarde tristona en La Paloma, en la que una lluvia mansa y persistente se parece mucho al llanto que alguien deja caer cuando siente que el corazón se le encoge por una irremediable pérdida. Pues eso es exactamente -nada más que el clima ha decidido acompañarme-, lo que embarga mi espíritu con la sorpresiva noticia (¿por qué todas las malditas malas noticias deben serlo?) de la muerte de Tomás de Mattos.

A los 68 años y en una jornada triste se nos ha ido Tomasito, el hombre de la sonrisa siempre lista, a flor de labios, por más que sus ojos dejaran traslucir una pena a duras penas disimulada. Aunque nacido en Montevideo, hijo de tacuaremboenses, fue allí donde Tomás vivió su vida, en el discurrir de sus calles y sus gentes, y desarrolló su obra literaria inmensa, no debidamente aquilatada aún en nuestra aldea donde todo nos cuesta un tiempo más.

Tuve el privilegio de conocer a Tomás allá por mediados de los ochenta, cuando el país, todavía torpemente, intentaba sacudirse el mal sueño de la dictadura militar y asomaba el sol de la esperanza. La generosidad del momento me hicieron compartir estrado con ese hombre dueño de una cultura enciclopédica solamente equiparable a su don de gentes y connatural bonhomía. Por entonces, el De Mattos escritor ya era un reconocido autor en círculos literarios, sobre todo a partir de la publicación de “Trampas de Barro” , pero sería unos años después que accedería al reconocimiento de la Academia y del gran público, cuando publicara su novela “Bernabé, Bernabé”, la que se convirtiera en un verdadero fenómeno editorial, aún vigente.

De su extensa obra posterior, me permito rescatar tres obras en particular. Su “Fragata de las máscaras” publicada en 1996, constituye una fantástica reescritura del clásico de Hermann Melville “Benito Cereno”, lo que desde mi modesto punta de vista constituye una auténtica proeza estilística, toda vez que la novela de Melville es, con sobrados méritos, un clásico de todas las épocas. La obra de De Mattos no le desmerece ni un ápice, sino que por el contrario, a través de su narrativa nos permite ver otro ángulo de una historia que los tiene en grado sumo. Una auténtica joya no valorada en toda su dimensión.

Años después Tomás publicaría  su monumental “La puerta de la misericordia” , una novela de más de mil páginas que parecía ir en contra de la cada vez más acentuada preferencia del público lector sobreviviente a los medios por la brevedad, y que sin embargo, contó con una muy buena acogida. Una personal visión de la vida del Jesús de Nazareth hombre, visto desde su perspectiva de cristiano católico, pero con una visión humanista que le pone al alcance de cualquier lector.

Finalmente, el pasado año publicó la que sería su última novela, “Don Candinho o las doce orejas” , basada en sucesos reales acontecidos en la zona fronteriza entre Tacuarembó y Rivera, ambos tan emparentados con el Brasil. Era un regreso, en lo que podría leerse como una novela policial a partir de un sonado caso criminal, pero que es excusa para retratar la vida, costumbres, miserias y valores de aquél Uruguay aún despertando como nación.

Allá por los años de 1996 y 1997 , radicado con mi familia transitoriamente en Tacuarembó, tuve la oportunidad y la suerte de profundizar una relación personal con el ser humano entrañable que era Tomás.

A pesar de que la vida nos llevó por caminos y lugares distintos, conservo el tesoro de esos recuerdos, al fin y al cabo, a lo que realmente de valor podemos aspirar los seres humanos.

El Uruguay tan modesto en su vida cultural actual, ha venido sufriendo una sacudida tras otra con la pérdida de sus más importantes referentes.

La persistente tristeza que me embarga, solamente puedo matizarla con la esperanza de que, más temprano que tarde, los uruguayos valoremos y revaloricemos la obra y la vida de un gran ser humano que dejó un legado literario de inusual calidad.

Si Tomás de Mattos, nuestro querido Tomás, en lugar de haber nacido y vivido en este perdido rincón del mundo, hubiera sido europeo o norteamericano, seguro estoy que hoy la prensa internacional gastaría titulares con quien debería ser, por mérito propio, una figura de excepción en la literatura de lengua castellana contemporánea. Para quienes nos hemos beneficiado de sus letras y disfrutado de ellas, Tomasito seguirá vivo por siempre, contándonos sus historias con esa sonrisa apacible de hombre bueno. Nada menos.

 

 

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