Chirbes, desde “En la orilla” nos muestra el fondo de las cosas…

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Mentiría si dijera que la literatura de Rafael Chirbes me ha tomado por sorpresa. Desde hacía largo tiempo sabía que me debía, y le debía al autor español fallecido en 2015, por lo menos una primera aproximación y hacia allí me encaminé con “En la orilla”, sabiendo desde el principio que no iba a recorrer un prado lleno de flores donde discurrirían arroyuelos de cantarinas aguas.

Así fue. Dura, cruel, descarnada, oscura e inclemente como una noche de invierno a la intemperie. Realista, dicen. Hiperrealista, afirmo. Quien busque pasatiempo, evítelo como a la peste. No hay aquí tiempo para el escapismo.

De un pesimismo agobiante, crudo retrato de una sociedad española profundamente disfuncional heredera de una Guerra Civil que parece prolongarse -más allá de las armas- en los recuerdos, y de un autoritarismo que sigue allí larvado, creando dioses con pies de barro y ficticios manantiales de prosperidad a la sombra de la más cruda de las especulaciones y la más obscena explotación. Con las apariencias, el poder y el dinero como ejes, con la ironía y el más descarnado cinismo como armas, Chirbes disecciona todo el capital de hipocresía de la sociedad española del euro y la plata fácil, acomplejada en sus sueños de grandeza, olvidada de aquella sentencia que decía que “los Pirineos es donde África termina hacia el norte”.

A pesar de su crudo realismo, el autor apela a un simbolismo de profundo significado. En la novela, el pantano es el centro mismo de la peripecia de los protagonistas, pero también lo es de la propia condición humana.

Opresiva, la prosa de Chirbes, sin embargo, no se priva de poesía. Sus personajes son oscuros y trágicos, miserables y retorcidos, pero sin embargo, hay detrás de cada uno de ellos, un trasfondo de dolorida poesía, espesa y opresiva como la historia misma que relata. La naturaleza a la que apela Chirbes como marco de un ir y venir de sus atormentados personajes, es el propio reflejo de esas ruindades humanas que el autor retrata con mano de pintor.

Si se me permite, una obra mayor.

 

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Con Sábato, atravesando “El Túnel”…

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Por años, durante mi largo peregrinar por la lectura, Ernesto Sábato fue una materia pendiente. Muchos años ha, quise entrar en su obra a través de “Héroes y tumbas” y fracasé con total éxito. No una sino dos veces, al punto tal de haber pensado:…bueno, si tantos y tantos le veneran como un gran escritor, lo será, pero no es para mí…

Es gracias a mi hija, tan adicta a la letra impresa como un servidor, que me picó la curiosidad por intentar leer “El túnel” de la que ella me hablaba maravillas, no porque la novela invitara a bailar un vals en un salón vienés, sino porque a su entender -a pesar de su brevedad, o tal vez gracias a ella si uno piensa en “La Metamorfosis”- era y sigue siendo lo que suele llamarse una “obra maestra”.

A pesar de estar mayoritariamente agotado, la perseverancia dio sus frutos y logré hacerme de un ejemplar, nuevo, de la Edición de Cátedra, Serie Letras Hispánicas, editada y comentada por Ángel Leiva -un especialista en Sábato- cuya carátula precede a estos comentarios. Fue una suerte. La obra es, efectivamente, impresionante. Y lo es mucho más si uno consigue, gracias a más de 40 páginas de introducción, poner a la novela y al autor en el contexto de la época y de su vida.

Huelga decir que a Sábato se le conoce y recuerda como escritor, ensayista, pensador y novelista, amén de su participación en la CONADEP que investigó en la barbarie de la última dictadura militar argentina. Pero pocos, dentro de los que me incluyo, saben que Sábato fue, antes que ello, un matemático y físico becado en París. Esa formación científica impresa sobre una mente analítica, así como su origen, hijo de inmigrantes, su tiempo y circunstancias al decir de Ortega, sin duda alguna determinan su obra, y en especial esta novela que, según la define Leiva, pertenece a lo que él define como “la metafísica de la desesperanza”.

El Juan Pablo Castel, pintor,paranoico, obsesivo, maniático, racionalista y finalmente homicida, recuerda a algunos de los mejores personajes de Dostoievsky o, salvando las distancias, al Gregorio Samsa de Kafka. En un tour de force de poco más de 100 páginas, Sábato nos sumerge en un mundo oscuro y opresivo, donde respirar resulta difícil. El lector se ve irremediablemente arrastrado por la peripecia del protagonista, a pesar de que desde el inicio mismo se sabe el desenlace y la historia no es otra cosa que el proceso interior que le lleva a él.

Salido de semejante túnel, con los ecos de sus voces resonando dentro de mí, me animo a recomendar la empresa, no sin advertir al desprevenido lector que no saldrá de ese viaje absolutamente indemne. Yo no lo hice.

 

 

Parinoush Saniee, una voz al descubierto…

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Luego de la formidable “El libro de mi destino”, donde Saniee (Teherán, 1949) nos pinta un crudo retrato de la sociedad iraní de la “República Islámica” a través del relato de la vida de una mujer sometida a la violencia familiar, social, religiosa y política, resultaba casi imprescindible ir tras la lectura de su otra novela posterior: “Una voz escondida”.

Basada en una historia supuestamente real de un niño que no habló hasta más allá de los 7 años de edad, es precisamente a través de ese niño que se refugia en el silencio como arma contra la injusticia, la violencia, la ignorancia y discriminación, que la autora nos sumerge en un mundo donde el individuo nace condicionado por el lugar, la religión, el sexo, la posición social de la familia y el peso de unas tradiciones que suelen actuar como leyes inviolables donde la libertad del individuo nada tiene que hacer.

Otra historia profundamente humana, dolorosa pero no exenta de ternura y poesía, de la mano de un niño que sufre pero no se resigna y hace de su silencio militante el más desgarrador grito en pos de una libertad que se le niega. Es también un sonoro alegato del poder del amor y el cariño sin condiciones, encarnado en una abuela que oye y ve donde otros no pueden hacerlo, porque tienen oídos pero no oyen, tienen corazón pero lo han cerrado para nada que no sea ellos mismos.

El pequeño Shahab bien podría ser cualesquiera otro de los millones de iraníes sojuzgados por una sociedad patriarcal y represiva, por la violencia del totalitarismo y el fanatismo religioso.

La de Parinoush Saniee, a través de sus únicas dos novelas publicadas, se revela como una potente voz al descubierto, que clama en medio del silencio por lo que los seres humanos hemos luchado desde el fondo de la historia: nuestro derecho a ser nosotros mismos, únicos e irrepetibles, en libertad. Nada menos.

 

John Boyne y el horror tras un piyama a rayas…

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Al contrario de lo que me suele suceder con las novelas que luego dan origen a películas, más o menos fieles -todo cuanto podrían serlo- a aquellas, en el caso de “El niño del piyama de rayas” vi primero la película y luego recién pude conseguir la obra escrita. Éste hecho, quizás, haya condicionado la lectura, en tanto las imágenes están ya allí, prestas a colocarse en su lugar a medida que vamos leyendo, y eso, de alguna forma, condiciona la lectura.

No obstante, lo que me interesa comentar -y, modestamente, recomendar– es la novela escrita. Quien luego, si no lo ha hecho ya, desee ver la película, será un interesante complemento porque se trata de un filme correcto, bien filmado, con actuaciones convincentes.

No es raro encontrar en la Babel de la internet, quienes catalogan a la novela como “literatura infantil”, tal vez porque -otra razón no se nos ocurre- el protagonista es Bruno, un niño de 9 años, y es él quien relata la historia, pero nada más lejos de ello. No es literatura infantil bajo ningún concepto.

Se trata sí de una aproximación al horror del Holocausto judío desde la mirada inocente de un niño alemán, hijo de un nazi asignado como Comandante nada menos que en Auschwitz. Un niño que como todos ellos, como nosotros cuando lo fuimos, no sabe de razas, ni de destinos predeterminados ni mucho menos de supuestas superioridades que pretextan exterminios, de los que tampoco sabe. Un niño al que le es arrebatada su condición, estando en el bando del Poder, tanto como a las víctimas de éste. Es un viaje desde la más pura inocencia, hacia un mundo incomprensible donde nada parece ser lo que es y donde esa inocencia, como la amistad, no tiene lugar.

Es el horror en estado puro, puesto de forma descarnada, en el lenguaje y el asombro de ese niño, víctima de un delirio del que no pidió ser parte.

Una lectura ineludible que nos recuerda, una vez más, que los seres humanos no siempre solemos ser humanos. Allá en Auschwitz hace más de 60 años, acá en el mundo -tanto puede ser Siria como cualquier otro- hoy mismo, frente a nuestros ojos, y los de nuestros niños.

 

 

Jean Paul Didierlaurent,o algo más que un simple lector de tren…

El lector del tren de las 6.27

Una novela extraña esta “El lector del tren de las 6.27” (Seix Barral, primera Edición en español 2016) del francés Jean Paul Didierlaurent, de quien, lo confieso sin rubor alguno, no había oído hablar hasta el momento que el libro cayó en mis manos, fruto de un regalo perfecto.

Extraña porque sus personajes son personas comunes, demasiado comunes podría decirse, signados por la grisura de sus vidas envueltas en la monotonía, la soledad y la frustración. Sin embargo, nada es lo que parece ser. Tampoco esas personas.

Su personaje principal, hombre que ama los libros, es el dedo ejecutor de una máquina infernal, “la Cosa”, que se encarga precisamente de destruirlos de la peor manera. Un viejo borracho, inválido producto de su trabajo destructor, logra recuperar lo perdido en forma de libros. Una limpiadora de retretes en un Centro Comercial no es solamente un limpiadora, sino que es capaz de escribir día a día sus reflexiones en un una notebook en las que tritura las fachadas de los clientes de su particular submundo de excrecencias. Ella misma es sobrina de una tía que de limpiadora jubilada deviene en filósofa capaz de crear una categoría propia de aforismos, a los que la sobrina designa como “tialogismos” y que son verdaderos dardos envenenados al castillo de apariencias que rodea sus vidas.

Una obra y autor que recuerdan al español Luis Landero, en especial su novela “El mágico aprendiz”, donde se dan cita los antihéroes capaces de hacer poesía desde una Caseta de Seguridad recitando alejandrinos.

Novela fresca y refrescante, que rinde homenaje a la literatura y a aquellos valores que la sociedad de consumo, masificada y alienante, pretende quitarnos. Un soplo de bienvenido aire fresco.

Julian Barnes: Shostakóvich en su laberinto stalinista

El ruido del tiempo

El magnífico escritor que es Julian Barnes, autor de más de una docena de novelas dentro de las cuales destaca “El loro de Flaubert”, se interna en “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2016) en el terreno de la novela histórica, o historia novelada, abordando la fascinante vida del genial compositor ruso Dmitri Sostakóvich y su compleja relación con el omnímodo poder del stalinismo.

En tan sólo 200 páginas, Barnes logra una obra de una densidad impresionante, propia de una historia que no puede leerse en clave simplista de héroes y traidores. Se trata de ir a fondo en las complejidades de un individuo nacido para su arte, la música, al que la vida fuera de ella le resulta siempre un frágil bazar donde el más mínimo movimiento da por tierra con los cristales más finos, y que debe vivirla navegando por las aguas encrespadas del totalitarismo más brutal que haya conocido la historia.

Es, como dice la reseña de la obra, un “ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder”, ese poder omnímodo con el cual nunca nadie puede sentirse nunca seguro de nada, jamás, en ninguna circunstancia.

Es el particular descenso del hombre y el artista a su personal infierno de la mano de un Poder que no solamente encarcela y tortura, que destierra y desaparece, sino que comete el más terrible de los crímenes que es confiscar la voluntad y dignidad del individuo, obligándole a comportarse como rata de laboratorio huyendo del castigo o arrastrándose en busca de la recompensa. Es ese poder invisible y brutal que descarga el garrote, con razón o preferiblemente sin ella, sin dejar nunca de zarandear la zanahoria frente a los ojos de sus víctimas.

Nos muestra a un individuo que siente que cae, a cada paso, un nuevo peldaño en la escala humana, y que mantiene ese reflejo condicionado del superviviente, aún cuando el enemigo o la amenaza hayan desaparecido. Es el Shostakóvich que se siente usado, traidor de aquellos a quienes admira y vilipendiado por quienes, desde el confort de un elegante restaurante francés, pontifican sobre las bondades de ese régimen que le reduce a la calidad de mendigo.

!Qué fácil era ser comunista cuando nunca habías vivido bajo él!, exclama Dmitri Dimitróvich cuando debe escuchar las diatribas de un Picasso o un Sartre, instalados en la cómodo púlpito de un estado burgués.

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo, que es el poder? Sólo esa música que llevamos dentro -la música de nuestro ser- que algunos transforman en verdadera música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia” .

A ello se aferraba el Shostakóvich músico, pero sobre todo, ser humano, demasiado humano tal vez. Para ser, al cabo del tiempo, susurro de la historia. Nada menos.

“Maestra de almas”, la insondable pluma de Némirovsky

Maestro de almas

Una más de las obras de la autora, editada por Salamandra luego del impresionante éxito de “Suite francesa”, ésta novela fue originalmente editada por capítulos en el semanario parisino “Gringoire” entre Mayo y Agosto de 1939, tres años antes de su muerte en Auschwitz en 1942 víctima de la solución final nazi.

Némirovsky es, en cada obra suya, siempre distinta y sin embargo, la misma. En la novela narra la peripecia de un joven levantino, nacido en Crimea, que logra llegar a París junto a su joven mujer, y con un título de médico bajo el brazo busca dejar su pasado de miseria y humillación, solamente para descubrir que un emigrante nunca dejará de ser un desterrado y que el dinero, tras el que corre la vida entera, terminará convirtiéndose en liberación y cárcel. Darío Asfar siente en carne propia que para quien proviene de la miseria y la humillación, nunca se está lo suficientemente lejos ni lo bastante seguro de no volver a ella. 

Toda la literatura de Némirovsky está, inevitablemente, atravesada por los orígenes de la autora y la realidad que le toca vivir en una Francia -la del antisemitismo, la de la hipocresía de la alta burguesía parisina, paradigma de la frivolidad, el sexo, juego y alcohol como anestésico sucedáneo de una realidad demasiado cruda- que marcha de manera irremediable hacia el precipicio del nazismo.

 

“Novecento” o la poética musical de Baricco

Novecento

Más que un texto teatral, lo considero una novela corta o un relato largo, surgido tras la estela de “Océano Mar”, como si en esa novela no hubiera podido contar todas las historias que quería”  

Tal lo que dice Alessandro Baricco respecto de ésta obra.Reeditada por Anagrama en Edición Limitada, en tapa dura, se trata de una de las obras más emblemáticas de este autor turinés contemporáneo, con el que no dejo de sorprenderme y el que no deja de maravillarme.

Texto que originalmente adoptó la forma de pequeña obra teatral, y luego fue llevada al cine por parte de otro poeta de la imagen como lo es Giuseppe Tornatore, es el espíritu de la “nouvelle” en estado literariamente puro.

Música y poesía se van de ronda surcando mares y amarrando puertos, guiados por los milagrosos dedos del estrafalario genio Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. En tan sólo 80 páginas, Baricco nos muestra que es posible condensar una vida y todas las vidas, un puerto y todos los puertos. Es una clase magistral de cómo la música (ese idioma universal y atemporal que no necesita de traductores) es el puente que une esos puertos, sus tiempos y sus gentes.

Baricco, poeta de mágica pluma, empuña la batuta para hacer de sus extravagantes personajes, seres creíbles y encantadores.

Un texto mágico, sonoramente seductor como las notas que desgrana Novecento a través de las olas y los días, a bordo de su piano. Admirable.

Novecento Piano

Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.

 

Desde su jardín, Kosinki nos muestra el mundo…

Desde el jardín

Historia más conocida por la recordada película protagonizada por el inolvidable Peter Sellers como Mr. Chance, “Desde el jardín” es una feroz sátira hacia el mundo del espectáculo y la realidad vista a través de la pantalla del televisor, estrella y corazón de la sociedad de consumo americana.

Escrita en los años 70′ por Jerzy Kosinki (Polonia, 1933) su autor, judío, había sobrevivido al exterminio nazi y con 24 años, recién en 1957 pudo emigrar a EEUU, meca de la comunidad judeo-polaca.

Al igual que Conrad, el autor tiene la particularidad de que escribió casi toda su obra no en el polaco materno, sino en inglés, y supo, tempranamente, visualizar con una esclarecida anticipación lo que décadas después, Mario Vargas Llosa llamaría “La Civilización del Espectáculo”.

En la disparatada historia del jardinero analfabeto que nunca había salido fuera de los límites del jardín a su cargo, que inicia su periplo que le lleva a convertirse en oráculo de la más conspicua clase dirigente del USA potencia mundial, subyace la ácida visión de un mundo que ya por entonces caminaba hacia el despotismo de la imagen. El paradigma de que lo que no aparecía en la Televisión no existía, era ya una realidad que Kosinki supo ver y retratar con maestría.