Con Markus Zusak, enamorándonos de su Ladrona de Libros

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Sobre “Ladrona de libros” , la novela de Markus Zusak, hay en el universo internet una miríada de artículos de todo pelo con sesudos análisis de por qué es una gran novela, o quizás algunos con razones que las habrá, que digan lo contrario. No me anima ese propósito, porque entre otras cosas, carezco de las cualidades para acometer tal tarea.

Lo que pretendo sí es dejar mi testimonio, cuando aún me embargan las emociones de haber vivido cuatro o cinco días de mi vida inmerso en ese fantástico mundo (en el sentido de magnífico, aunque también por su carga de maravillosa poética) que penetra en lo más profundo del lector. Es, entonces, el testimonio de un simple lector, con mucha lectura a cuestas es cierto, pero eso: un lector. Uno que cree que una novela es, de manera inobjetable, muy buena si logra despertar emociones. Si conmueve, si hace al lector cómplice de lo que allí sucede, aunque el resultado sea el “desasosiego” al que aludía Saramago como fin último de la tarea del escritor. Y Zusak lo consigue, con creces.

Sobre la locura nazi se ha escrito tanto que uno tiene fundados temores de caer en inevitables lugares comunes. Quizás baste señalar algunos aspectos que, a mi modesto juicio, hacen de Ladrona de Libros una obra originalísima. Lo es por su estructura, en capítulos que se corresponden con los libros que marcan la peripecia vital de Liesel, y donde el relator omnisciente – que entra y sale en forma permanente- resulta ser la propia muerte. Lo es también porque todo el horror, pero también toda la grandeza, el amor y la poética del ser humano dispuesto a sobrevivir, está visto desde las víctimas. Y también lo es, y ese no es un detalle menor, porque en ese mundo de locura asentado en el propio territorio del nazismo, todos terminan resultando ser víctimas del fanatismo delirante, incluido y de forma esencial, el propio pueblo alemán.

Ladrona de Libros es una muestra más que la literatura consigue revelar, respecto de los avatares de las sociedades humanas, mucho más de lo peor y lo mejor de la condición humana de lo que puede hacerlo la propia historia, siempre tan apegada al frío hecho.

Conmovedora hasta las lágrimas, no espere el lector una novela amable, aunque tenga ella también sus altas dosis de ternura, de humor también, aunque el trasfondo sea el horror desatado sobre seres humanos por otros seres, caídos de esa condición.

Lumen, editora en Español de la obra, en su mercantilizado acápite, debió decir que es “la GRAN novela en la que se basa la película de la Twentieth Century Fox”, porque podrá ser ella también una gran película, pero no podría haberlo sido sino porque la grandeza está en lo que le dio origen: una novela que es, también y fundamentalmente, un homenaje a la palabra escrita como elemento redentor de la condición humana.

A Liesel le salva, su porfiada condición de lectora. Como de última, de una u otra manera, a todos nos lo hace.

 

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Gracias Juan, el de Las Mercedes…

A Juan Ramírez Biedermann, por su “Nobis”, nosotros

 

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La Feria del Libro de Maldonado, siempre tan exitosa en la indiferencia de la gente que la ignora, nos regaló este año la presencia un puñado de escritores paraguayos que vinieron con su literatura a testimoniar que en su tierra nunca dejaron de crecer las letras -gracias a, y a pesar de- la enorme sombra del gran Roa. Entre ellos, este Juan Ramírez Biedermann.

En la cuarentena, con un nombre hecho en la música, ha recorrido el mundo con su original obra narrativa. En particular quiero aquí testimoniar mi agradecimiento por “Nobis”, su libro de relatos que también puede catalogarse como novela, en tanto los 15 relatos que componen la obra tienen un hilo conductor común -el barrio asunceño de Las Mercedes- y comparten personajes comunes que entran y salen de uno y otro como si se tratara de un paseo entre misteriosos pasadizos comunicados entre sí.

Es una prosa urbana, con indudable raigambre paraguaya, pero que en su pequeñez de tan pocas cuadras, una iglesia y una plaza, un tranvía que traquetea yendo y viniendo desde y hacia donde Asunción se muere y nace el Río Paraguay, en esa minúscula proporción el autor logra contener el universo entero, tal como lo hiciera un Rulfo en su mítica Comala, o más recientemente el mágico José Luis Peixoto en “Galvéias”.

Es prosa, pero es también poesía. Mucha poesía, en prosa, de la buena. Y es, sobre todo, muy buena literatura, capaz de contener al lector y hacerle a él también saborear un tereré a la sombra de un majestuoso mango, cuando el sol se tiñe de rojo y avisa que el calor seguirá estando ahí, mientras intercambia un saludo con don Eligio Morel, eternamente sentado en su silla de cables azules.

Con la literatura de Ramírez Biedermann, y tal vez con él mismo, creo que me sucede lo que él dice de su misterioso Adrián Paniagua, que era “uno de esos tipos que llegan tarde al pasado y temprano al futuro” y con eso, Juan, no se jode.

Huber Matos, un testimonio de la infamia castrista

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“Cómo llegó la noche” (Editorial Tusquets, 2002) , es un libro de memorias del Comandante Huber Matos (Yara, Cuba, 1918 – Miami, 2014) que obtuviera el XIV Premio Comillas en 2001, otorgado por unanimidad por el Jurado integrado por Jorge Semprún,  María Teresa Castels, Miguel Angel Aguilar, Jorge Edwards, Santos Juliá y Antonio Lopez Lamadrid.

A lo largo de casi 600 páginas, Matos relata los años previos a la guerrilla desde el Golpe de Batista de 1952, su vida como Maestro Rural en contacto con el sufrido campesinado cubano, su primer exilio, los avatares de la Sierra Maestra donde se convirtió en uno de los principales Comandantes -junto a Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Raúl Castro – teniendo a su cargo la legendaria “Columna 9” que libró varias de las principales batallas que jalonaron el triunfo rebelde, hasta el ingreso a Santiago de Cuba el 1º de Enero de 1959.

Con extrema minuciosidad, detallando fechas, nombres, fuentes, Matos relata el breve período desde la toma del poder, la vorágine de una Revolución que había nacido bajo la premisa de un Manifiesto que prometía libertades y restitución de la vigencia de la Constitución y llamado a elecciones democráticas, devenía rápidamente en una autocracia bajo la mano de hierro de Fidel, antiguo alumno jesuita, abogado e hijo de burgueses, apelando a silenciar toda voz discordante mediante las ejecuciones sumarias o, en el mejor de los casos, la no menos sumaria internación en las mazmorras batistianas ahora en manos de la Revolución.

A cargo de la Gobernación de la Provincia de Camagüey, donde Matos había logrado ya un enorme prestigio, es que las diferencias con el rumbo de la Revolución hacia el comunismo, le llevan a dirigir una carta a Fidel solicitándole la baja del Ejército para volver a su provincia natal a ejercer el magisterio. Encolerizado y en plena histeria, el Supremo Comandante le manda arrestar, eligiendo para ello nada menos que al Comandante Camilo Cienfuegos, único de sus lugartenientes que por carisma podía hacerle sombra, y amigo personal de Matos. Queda para siempre la duda de por qué esa elección, qué buscaba con ella, y cuánto pudo tener que ver ese hecho con que una semana después Camilo haya muerto en un misterioso accidente de aviación, del que quedaron más dudas que certezas.

Caído en desgracia, a Matos se le somete a un Juicio Sumarísimo donde, a pesar de la instigación de algunos que -como Raúl Castro- pretendían cobrar viejas cuentas- a Fidel no le dio el cuero para hacerlo ejecutar y se saldó con una condena a 20 años de prisión. Paradojalmente, en el Juicio al “traidor” el propio Fidel se escandaliza y enfurece porque Matos, en su carta y alegatos, sostiene que la Revolución se encamina hacia un régimen comunista, muy lejos de las consignas bajo las cuales él y casi todo el pueblo cubano había luchado para derrocar al otro tirano, Batista. Las 5 décadas posteriores, relevan de cualquier comentario acerca de quién tenía razón.

Gran parte del libro está dedicado al descarnado relato de los más de 7200 días de suplicio en las mazmorras castristas, no solamente de su propio calvario, sino el de tantos otros acusados del régimen sometidos al más variado repertorio de torturas y vejaciones propias del estalinismo reinante que dejarían pálida a la misma Inquisición.

El libro que comento llegó a mis manos allá por 2011-2012 y avancé en su lectura hasta esa parte precisamente, cuando Fidel acude al mismo sistema del Santo Oficio y convoca a la masa enardecida para pedirles la condena a los viles traidores, hasta escuchar de éstos el “paredón, paredón” para el gusano. No me dio el espíritu ni aguantaron las tripas para seguir leyendo.

En una nueva paradoja del destino, cuando el saurio de La Habana se había muerto varias veces pero seguía vivo, oculto tras el poder, sin que viniera a cuento de nada retomé la lectura. Es durante ese proceso de lectura que, al fin, la China Castro toma el micrófono para comunicarle a sus súbditos que el monarca, ahora sí, por última, total y definitivamente, ha muerto.

Matos, su rehén durante 20 años exactos, había muerto hacía 2 años. Atrás había dejado cerca de 200 días de huelga de hambre, los innumerables intentos por conseguir que se autoeliminara, y la tortura llevada al extremo de la crueldad. Sin embargo, un cuerpo deteriorado, con múltiples fracturas, enfermedades propias del régimen de cárcel y martirio, sostenido en un inquebrantable espíritu, le resistió 35 años más desde su salida de Cuba para dar testimonio de la insanía del sátrapa que había, virtualmente, secuestrado a su pueblo.

Matos murió lejos de su tierra, de la que amó hasta el punto de ofrecer su vida por ella, y sin poder siquiera visitar la tumba de su madre en Yara, porque hasta en eso la mezquindad de Fidel supo ensañarse. Algún día, la Historia hará la justicia que los hombres no lograron conseguir. Sin embargo, el testimonio de Matos, como los de tantos perseguidos y torturados -me viene a la mente el de Reynaldo Arenas, o el de Armando Valladares, otro rehén del castrismo- debería ser una vela encendida para recordarle a todos los cretinos útiles que, urbi et orbi, siguen siendo cómplices de la barbarie que también a ellos, más temprano que tarde, ha de llegarles su hora.

 

 

 

Con Baricco, visitando a “Los bárbaros”

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Cuando pase raya de este 2016, año de lecturas largas, tengo la plena convicción de que este ensayo de Alessandro Baricco, “Los Bárbaros, ensayo sobre la mutación” figurará en los primeros lugares, en cuanto a la profundidad y trascendencia de lo que plantea, argumenta y sostiene el autor, con la solvencia a que nos tiene acostumbrados a sus seguidores.

A quienes como el escriba, casi arribando a territorios de las seis décadas, observar al mundo desde lo que creímos certezas heredadas, se ha convertido en un asombro diario, en un permanente desafío a la razón, una tortura a los sentidos y un asalto a la disminuida capacidad de asombro, para las que aquellas certezas perdidas se constituyen en un permanente estado de zozobra ante lo que no entendemos y por ello, menos podemos aceptar.

Asistir al espectáculo, de horror las más de las veces, de la “civilización del espectáculo” de la que nos habla Vargas Llosa – que viene teniendo bastante más de espectáculo que de civilización- deviene en una tortura, las más de las veces auto-infligida habida cuenta esa compulsión del ser humano de resultarle virtualmente imposible permanecer al margen.

La vida nos enseña que básicamente existen dos clases de problemas: los que podemos -y por tanto, deberíamos- resolver, y los que están en el campo de lo humanamente imposible. En cualquier caso, sean unos u otros, lo que tienen en común es que deberíamos intentar comprender, porque tengan o no solución, pueda o no participar -así sea mínimamente en el sentido correcto- requiere como premisa básica e imprescindible, entender de qué se trata lo que tenemos por delante.

En el mundo convertido en una “aldea global” la maraña de información, desinformación, conocimiento acumulado y permanencia de interrogantes sin respuesta, todo parece estar lejos de nuestro alcance. Tal vez, entonces, cuando no puedas cultivar la comarca, la cuestión se trate de mantener prolijo tu propio jardín. El jardín interior, ese donde a diario deberíamos cuidarnos de las malas hierbas, de regar con una buena dosis de comprensión, del que nacen nuestras propias actitudes, ellas sí destinadas a ser parte de la gran correntada que se convertirá en parte del problema o en parte de la solución.

Hacia ese camino nos lleva Baricco, abordando la relación milenaria entre “civilización” y “barbarie” sin preconceptos, intentando ir hacia el centro de la roca en lugar de quedarse en la mera superficie. No se trata ya de aquél “Esperando a los bárbaros” que con tanta lucidez nos planteaba Cavafis, sino de que, como en la milenaria China la Muralla ha caído y están entre nosotros, y cada vez más, nos tememos, somos también parte del “ellos”.

Desde mi modesto punto de vista, el desafío que se plantea el autor consigue sortearlo con creces y se constituye en un aporte insoslayable en ese camino de comprensión de nuestras realidades que, como hijos de esa cultura del conocimiento y el esfuerzo, de la ética de la responsabilidad heredada de Max Weber, nos debemos como ciudadanos de la Aldea con el deber de heredar a nuestros hijos y nietos un mundo no solamente vivible -en los términos en los que lo conocimos- sino, hasta donde ello sea posible, también explicable.

Se trata, en ese proceso de mutación que en el que estamos inmersos -sin pedirlo, y las más de las veces sin ser conscientes de ello- de decidir qué y cómo queremos y podemos salvar de “nuestra” civilización, para legar a quienes nos siguen, como aporte a su propia peripecia. Es en ello en lo que Baricco realiza un aporte sustancial, con éste Ensayo que me animo a recomendar como lectura ineludible.

 

Con Miguel Delibes, y su pequeño “Príncipe destronado”

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En una de esas tantas aventuras por ferias, ventas de viejo y cajones olvidados, hace un tiempo apareció entre mis manos incrédulas un ejemplar -en muy buen estado, como si hubiera estado esperándome- de Ediciones Destino Colección Áncora y Delfín (17ª edición, 1980) de “El príncipe destronado” de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) con ilustraciones (dibujos) de su hijo cuando contaba con 4 años, es decir, la misma edad del protagonista de la novela: Quico.

Originalísima desde su concepción, desde que se desarrolla en apenas unas horas de un día de Diciembre, con el centro en la casa donde Quico, el penúltimo de cuatro hermanos y que acaba de perder su condición de benjamín a manos de una niña -preciosa, se supone- y desde la voz del propio niño, que ve, cuenta y sugiere un mundo donde la violencia, las apariencias, los amores y afectos duermen juntos con las traiciones y el orgullo. Es un mundo pequeño y a su vez enorme donde todos parecen asignarle un papel -el de “príncipe destronado” precisamente- y en el cual todo lo que haga parecerá explicado por esa condición.

Si como decimos, con independencia de cuánto camino llevemos recorrido rumbo a nuestra personal Ítaca, todos mantenemos vivo dentro nuestro al niño que fuimos, resulta imposible no sentirse ese adorable Quico, tan inocente, tan querible.

Delibes es un autor brillante, dueño de un prosa riquísima, elegante, un preciosista de la lengua castellana que no en vano ocupó hasta su muerte y durante 35 años un sillón en la benemérita Real Academia.

Ciento sesenta y seis páginas para reírse -el humor infantil rezuma como la miel en cada situación- , para conmoverse, para volver a sentir esa ternura que solamente provocan los niños, por los que ellos son y nosotros nunca dejamos de ser.

Búsquelo, intente conseguirlo, pídalo prestado, publique un aviso, acuda a una biblioteca, pero no deje de leerlo. Créame, no va a arrepentirse.

Por lo menos así lo siento yo.

 

La “Intimidad” de Kureishi, o un dilema demasiado frecuente…

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Novela breve del autor de “El Buda de los suburbios”, su extensión -tanto en páginas como en tiempo, ya que transcurre enteramente en una noche, la previa a una separación definitiva y resuelta- contrasta con la densidad de su planteo moral y psicológico.

El protagonista, un guionista de relativo éxito, ha decidido romper con 6 años de matrimonio y con ello dejar a dos hijos pequeños, desde el momento que ha sentido que su relación ha finalizado por flagrante fracaso. Durante toda esa larga noche Jay se pasea por sí mismo, sus relaciones, el amor por sus hijos, el dolor de su mujer, la incertidumbre, el sentimiento de fracaso y la inevitabilidad de ese final para relaciones que parecen condenadas de antemano.

La historia, contada con la solvencia narrativa de Kureishi tiene además, el valor de no tomar partido, poniéndonos a nosotros lectores en esa posición del que asiste a un debate moral donde  están en juego los valores esenciales que hacen a nuestra vida y sentido como seres humanos.

También yo, como Kureishi mismo lo confiesa de su experiencia, recuerdo una sociedad en donde, cuando crecimos, apenas había niños con padres separados. Sin embargo, el mundo en el que el autor, nosotros lectores y Jay su protagonista, viven y vivimos, es uno en que la relaciones están marcadas por la satisfacción, la búsqueda del placer, las realizaciones personales y un largo etcétera, donde tiene muy poco lugar la ética de la responsabilidad que a nuestra generación había inculcado nuestros mayores.

Yo tampoco tomo partido, pero la novela deja el tema planteado, como un boleto de tren sin ser utilizado, para que cada quien decida si quiere realizar el viaje y a través de él juzgue.

Por lo menos, así lo siento yo.

Cavafis, o las 154 razones para leerle…

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A Constantino Petrus Cavafis (Alejandría, 1863-1933) le bastaron sus 154 Poemas (sus famosos poemas “canónicos”) más algunas pocas decenas más, para convertirse, años después de su muerte, en uno de los poetas más influyentes y originales del Siglo XX, aunque su obra permaneciera durante buena parte de su atormentada y conflictiva vida, oculta.

Casi desconocido en la propia Grecia, debemos a E. M. Foster el que luego se haya difundido en Occidente y traducido no solamente al inglés, sino a una veintena de lenguas.

La presente edición de Contemporánea, en formato bolsillo, traducida por el filólogo español Ramón Irigoyen, contiene un Prólogo y detalladas notas que ayudan al lector que toma contacto con la obra de Cavafis por vez primera, a entenderle un poco más.

Cuenta Irigoyen en la biografía del autor que recién en 1900, cuando contaba con 37 años y en medio de una vida errante de constantes pérdidas, se animó a publicar una selección de sus poemas que solamente repartió entre sus amigos, con muchos de los cuales había estado trabajando durante diez o más años.

Obsesivo al extremo, Cavafis parece haber cultivado una suerte de bonsai literario con su obra, sometiéndola a un constante escrutinio, recortando y desechando todo aquello que consideraba imperfecto.

Sin embargo, quizás por ello mismo, es un poeta al que hoy día le bastarían haber escrito su magistral “Íthaca”, los “Idus de Marzo”, el impresionante “Esperando a los bárbaros”, o “Un viejo”, su confesional “Fui”, que con ello le hubiere bastado para ganarse un más que merecido lugar en el panteón de los grandes poetas del Siglo XX. En ellos hay tanta sabiduría como podría encontrarse en toneladas de sesudos tratados, expresados con la sensibilidad de un poeta exquisito.

Por lo menos, así lo siento yo.

José Luis Peixoto,eximio músico en “Cementerio de Pianos”

 

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Resurrecturis. La hermosa edición de “Cementerio de pianos” del portugués José Luis Peixoto (Galveias, en el Alentejo, 1974) que Casa Editorial HUM acaba de presentar en la Feria del Libro de Montevideo, empieza con esa voz latina, resurrecturis, los que resucitarán.  Voz latina que suele coronar la entrada de los camposantos católicos, allí donde los vivos han ido a reposar a la espera de su resurrección en el Reino de los Cielos, parece ser una metáfora de lo que la novela es. Metáfora que se complementa con un largo versículo de la Biblia, donde Jesucristo invoca a su padre Dios.

La novela se desarrolla en el entorno físico de una carpintería, nada casual tratándose del oficio de José y del propio Jesús, en la que vivió el primero de los Francisco Lázaro y en la que habría de dejar a su hijo, el otro Francisco Lázaro, nombre tras el que se esconde sin demasiada suerte una alusión al “levántate y anda” implícito en la peripecia de esa hijo carpintero que será el primer maratonista portugués en disputar esa prueba en Estocolmo en 1912. La inmanencia de la carpintería como elemento central que une a las generaciones, parece resultar un efectivo juego de espejos con la carrera que durante 30 interminables kilómetros, Francisco Lázaro corre, contra otros pero también, y fundamentalmente, con sí mismo, su padre, su vida y sus designios.

Generaciones y tiempos, voces de acá y del más allá, van y vienen a través de sus páginas, en un transcurso que nunca es lineal. Allí, dentro de la carpintería está el misterio del “Cementerio de Pianos”, lugar donde reposan músicas y recuerdos, vivencias y sentimientos, a la espera de ser resucitados, precisamente de la mano de un Lázaro, pero donde también encuentran el escenario las pasiones y los secretos.

Novela compleja, multifónica, de una densidad metafísica, en donde el tiempo es una materia más que se confunde con los colores y los sonidos, las generaciones y la familia, los sueños y la violencia soterrada y omnipresente, tiempo que se convierte en una materia viscosa y densa que borra los contornos de un mundo ríspido presa de un fatalismo descarnado. Una novela que desafía al lector y le reclama involucrarse. Que le pide leerla, pero también y sobre todo, sentirla.

En la presentación, en la que un Peixoto amable y distendido ofreció una larga charla salpicada de anécdotas, no solamente sobre esta novela sino sobre su vida toda y la literatura lusitana, de la que hoy es uno de sus más significativos representantes, alguien del público que ya conocía “Cementerio de Pianos” quiso saber del autor cómo leer la novela para entenderla teniendo en cuenta esas particularidades de su técnica narrativa. Peixoto le respondió que, más que entenderla, a la novela había que tratar de sentirla, y escucharla, porque la música es parte indisoluble del todo, y por tanto, simplemente, hay que dejarse llevar.

Para quienes deseen adentrarse en el fascinante mundo onírico de José Luis Peixoto, ese es mi modesto consejo: siéntase cómodo, buena luz y tiempo, y déjese llevar. Estará en buenas manos. Manos de pianista, claro.

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Mi agradecimiento a José Luis Peixoto por la amable dedicatoria. 

 

Chirbes, desde “En la orilla” nos muestra el fondo de las cosas…

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Mentiría si dijera que la literatura de Rafael Chirbes me ha tomado por sorpresa. Desde hacía largo tiempo sabía que me debía, y le debía al autor español fallecido en 2015, por lo menos una primera aproximación y hacia allí me encaminé con “En la orilla”, sabiendo desde el principio que no iba a recorrer un prado lleno de flores donde discurrirían arroyuelos de cantarinas aguas.

Así fue. Dura, cruel, descarnada, oscura e inclemente como una noche de invierno a la intemperie. Realista, dicen. Hiperrealista, afirmo. Quien busque pasatiempo, evítelo como a la peste. No hay aquí tiempo para el escapismo.

De un pesimismo agobiante, crudo retrato de una sociedad española profundamente disfuncional heredera de una Guerra Civil que parece prolongarse -más allá de las armas- en los recuerdos, y de un autoritarismo que sigue allí larvado, creando dioses con pies de barro y ficticios manantiales de prosperidad a la sombra de la más cruda de las especulaciones y la más obscena explotación. Con las apariencias, el poder y el dinero como ejes, con la ironía y el más descarnado cinismo como armas, Chirbes disecciona todo el capital de hipocresía de la sociedad española del euro y la plata fácil, acomplejada en sus sueños de grandeza, olvidada de aquella sentencia que decía que “los Pirineos es donde África termina hacia el norte”.

A pesar de su crudo realismo, el autor apela a un simbolismo de profundo significado. En la novela, el pantano es el centro mismo de la peripecia de los protagonistas, pero también lo es de la propia condición humana.

Opresiva, la prosa de Chirbes, sin embargo, no se priva de poesía. Sus personajes son oscuros y trágicos, miserables y retorcidos, pero sin embargo, hay detrás de cada uno de ellos, un trasfondo de dolorida poesía, espesa y opresiva como la historia misma que relata. La naturaleza a la que apela Chirbes como marco de un ir y venir de sus atormentados personajes, es el propio reflejo de esas ruindades humanas que el autor retrata con mano de pintor.

Si se me permite, una obra mayor.

 

Con Sábato, atravesando “El Túnel”…

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Por años, durante mi largo peregrinar por la lectura, Ernesto Sábato fue una materia pendiente. Muchos años ha, quise entrar en su obra a través de “Héroes y tumbas” y fracasé con total éxito. No una sino dos veces, al punto tal de haber pensado:…bueno, si tantos y tantos le veneran como un gran escritor, lo será, pero no es para mí…

Es gracias a mi hija, tan adicta a la letra impresa como un servidor, que me picó la curiosidad por intentar leer “El túnel” de la que ella me hablaba maravillas, no porque la novela invitara a bailar un vals en un salón vienés, sino porque a su entender -a pesar de su brevedad, o tal vez gracias a ella si uno piensa en “La Metamorfosis”- era y sigue siendo lo que suele llamarse una “obra maestra”.

A pesar de estar mayoritariamente agotado, la perseverancia dio sus frutos y logré hacerme de un ejemplar, nuevo, de la Edición de Cátedra, Serie Letras Hispánicas, editada y comentada por Ángel Leiva -un especialista en Sábato- cuya carátula precede a estos comentarios. Fue una suerte. La obra es, efectivamente, impresionante. Y lo es mucho más si uno consigue, gracias a más de 40 páginas de introducción, poner a la novela y al autor en el contexto de la época y de su vida.

Huelga decir que a Sábato se le conoce y recuerda como escritor, ensayista, pensador y novelista, amén de su participación en la CONADEP que investigó en la barbarie de la última dictadura militar argentina. Pero pocos, dentro de los que me incluyo, saben que Sábato fue, antes que ello, un matemático y físico becado en París. Esa formación científica impresa sobre una mente analítica, así como su origen, hijo de inmigrantes, su tiempo y circunstancias al decir de Ortega, sin duda alguna determinan su obra, y en especial esta novela que, según la define Leiva, pertenece a lo que él define como “la metafísica de la desesperanza”.

El Juan Pablo Castel, pintor,paranoico, obsesivo, maniático, racionalista y finalmente homicida, recuerda a algunos de los mejores personajes de Dostoievsky o, salvando las distancias, al Gregorio Samsa de Kafka. En un tour de force de poco más de 100 páginas, Sábato nos sumerge en un mundo oscuro y opresivo, donde respirar resulta difícil. El lector se ve irremediablemente arrastrado por la peripecia del protagonista, a pesar de que desde el inicio mismo se sabe el desenlace y la historia no es otra cosa que el proceso interior que le lleva a él.

Salido de semejante túnel, con los ecos de sus voces resonando dentro de mí, me animo a recomendar la empresa, no sin advertir al desprevenido lector que no saldrá de ese viaje absolutamente indemne. Yo no lo hice.