alfred nobel

Poéticas poco cínicas y muy insuficientes (según Sergio Marentes)

¿quién se iba a imaginar que usted inventaría la peor arma de todas?

(y bien sabe usted que no hablo de la dinamita ni de ningún artilugio químico)

seguramente usted sí, don nobel, y por eso dejó su testamento bien claro

para que lo incumplieran por completo sus herederos rechonchos

¿quién se iba a imaginar que usted inventaría la peor arma de todas?

¿quién se iba a imaginar que habría ingenuos que ofrecieran su cuello para ella?

¿quién diría que luego de más de cien años todavía habría quién la usara?

¿quién diría que con lo obsoleto colonizaran a los hombres más informados de la historia?

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Hallado en un cuerpo

Fernández de Palleja

Breve nota introductoria.

En las bases del concurso Onetti figuraba un inciso según el cual se preveía otorgar menciones a aquellas obras que abordaran temáticas de género y diversidad. Eso me parecía un extremo ridículo de lo políticamente correcto. Resolví que tenía que protestar de un modo divertido, por lo cual escribí el primero de los textos que se pueden leer en el minilibro de poemas que presento a continuación. Es cierto que empecé con una mueca irónica pero una cierta sensación me fue ganando, por lo que terminó siendo otra cosa, algo así como una autobiografía en breves textos de un personaje muy particular.

1

Soy puto,
negro,
pobre,
fronterizo,
bailo mal,
no sé cantar,
tengo barba larga,
olor a chivo,
unos cartones,
un vino
y una foto
autografiada
por el más lindo,
escribo para él,
para algo habré
aprendido
a escribir,
creo que más
que nada
soy poeta,

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“Hijos de la mentira” en Amazon

hijos de la mentira

Compartimos una buena noticia: nuestra Novela “Hijos de la mentira” ha sido seleccionada por el Programa KDP de Amazon de publicaciones digitales, para participar durante todo el mes de Octubre de su promoción especial #PublicaConKindle en la que el libro en Formato Kindle estará disponible a tan sólo USD 0,99.

Se puede acceder a la misma a partir del 01/10/2016 en los siguientes enlaces:http://www.amazon.com/dp/B014JYAWM8 ohttp://www.amazon.com.es/dp/B014JYAWM8 ohttp://www.amazon.com.mx/dp/B014JYAWM8

También allí se puede acceder a un adelanto, con los primeros capítulos de la Novela, de forma gratuita.

 

REFLEXIONES DE UN ESCRITOR

Para estas preguntas que hacen al proceso creativo hay tantas respuestas como creadores hayan existido, nunca dos iguales, pero las de Vargas Llosa siempre son expuestas con una claridad envidiable.

Inhalando líneas

Discurso de Mario Vargas Llosa, doctor Honoris Causa

Madrid, 6 de julio de 2015

¿Cómo se escribe una novela?

discurso

A un escritor le preguntan inevitablemente cada vez que alguien se interesa por su trabajo: ¿De dónde saca usted sus temas? ¿Por qué escribe usted sobre estas cosas y no sobre otras? ¿Y luego cómo hace una vez que tiene un tema? ¿Cuál es su método de trabajo? ¿Tiene usted ciertas manías? ¿Es usted disciplinado o es usted un inspirado que escribe por raptos de iluminación, de ilusión? Pues yo les voy a contar cuál es mi caso, precisando que es mi caso y que conozco muchos otros escritores que escriben de manera muy diferente y que no coinciden para nada con mi propia experiencia en la gestación de una historia. Lo que he aprendido escribiendo ficciones desde que era un adolescente es que en verdad nunca elijo los temas; los…

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“Los amorosos, Cartas a Chepita” de Jaime Sabines

Hermoso rescatar un género perdido: el epistolar. Aquél que hacía un culto de la distancia, sabiendo que ésta existía, tan lejos de la inmediatez de los tiempos modernos donde nos jactamos de saltarnos de ella con dudoso éxito. Me recuerda a Onetti y la angustia de su personaje cuando escribía una carta a su novia sabiendo que ni ella, la receptora, ni él, el corresponsal, serían ya los mismos cuando ella hubiere llegado a destino.

Inhalando líneas

Es difícil creer en el amor a distancia, hay muchas situaciones por las que crees que no funcionará, pero… ¿qué pasa si es tu verdadero amor?,  si es la persona que te acompañará toda la vida… El libro Cartas a Chepita, de Jaime Sabines, te hará confiar en tu relación pues con estas citas podrás creer en el amor de lejos…

cartas-a-chepita

Jaime Sabines (1926 – 1999), el reconocido poeta y escritor mexicano,  viajó en 1945 a la Ciudad de México para terminar sus estudios. Durante su estadía en la ciudad, mantuvo una relación con Josefa Rodríguez Zebadúa “Chepita”, a quien dedicó numerosas cartas, las que, en 2009, ella decidió compartir con el público amante del trabajo de Jaime Sabines. Chepita publicó la mensajería enviada durante los años que estuvieron lejos y en estas letras, Sabines se deja ver como el hombre enamorado… Cabe señalar que es en 1953 se casó con Chepita, con quien compartió…

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Poesía sin corbata: “Ser no supo, el Abecedario”

Ser no supo, el Abecedario

Un día perdió el olfato

y no le importó,

porque lo de él, no eran

los aromas

*

Otro día perdió el gusto

pero no se quejó,

porque no era lo suyo

los sabores

*

Y una vez perdió el tacto

pero no le afectó,

porque ése no era

su asunto

*

Más luego careció del oído

y amargamente lo lamentó,

porque letra era

 la canción

*

Por fin hubo de faltarle vista

y cuánto gimió y lloró,

porque letras eran

Poesía

*

Más aún –todavía- debió perder memoria

que guardaba aromas, sabores

caricias, canciones,

Poemas

*

Tantos sueños soñados

tantos vividos

sueños del ser amado,

entonces,

ser no supo,

el abecedario

*

“Novecento” o la poética musical de Baricco

Novecento

Más que un texto teatral, lo considero una novela corta o un relato largo, surgido tras la estela de “Océano Mar”, como si en esa novela no hubiera podido contar todas las historias que quería”  

Tal lo que dice Alessandro Baricco respecto de ésta obra.Reeditada por Anagrama en Edición Limitada, en tapa dura, se trata de una de las obras más emblemáticas de este autor turinés contemporáneo, con el que no dejo de sorprenderme y el que no deja de maravillarme.

Texto que originalmente adoptó la forma de pequeña obra teatral, y luego fue llevada al cine por parte de otro poeta de la imagen como lo es Giuseppe Tornatore, es el espíritu de la “nouvelle” en estado literariamente puro.

Música y poesía se van de ronda surcando mares y amarrando puertos, guiados por los milagrosos dedos del estrafalario genio Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. En tan sólo 80 páginas, Baricco nos muestra que es posible condensar una vida y todas las vidas, un puerto y todos los puertos. Es una clase magistral de cómo la música (ese idioma universal y atemporal que no necesita de traductores) es el puente que une esos puertos, sus tiempos y sus gentes.

Baricco, poeta de mágica pluma, empuña la batuta para hacer de sus extravagantes personajes, seres creíbles y encantadores.

Un texto mágico, sonoramente seductor como las notas que desgrana Novecento a través de las olas y los días, a bordo de su piano. Admirable.

Novecento Piano

Un día especial

 

Un día especial

¿Qué es lo que hace a un día distinto de otro, que podamos considerarle un día especial?

Cuando llevamos tantos sobre nuestras espaldas, no puede ser el hecho que sea un típico día de otoño, gris, lluvioso, de esos que parecen hechos para la nostalgia de los pletóricos días de sol pasados. No, no es eso, porque de esos días hemos vivido muchos y sabemos ya que forman parte de nuestra vida, quizás como recordatorio de que toda dicha es efímera.

Tampoco singulariza un día el que hayamos hecho un negocio satisfactorio, o que hayamos hablado con nuestra compañera de décadas y hayamos sabido que está bien. Todo eso es bueno, pero no alcanza para hacerle especial, distinto. Que hayamos escrito seis páginas de nuestra próxima novela -un nuevo paso en un largo y azaroso camino-, siendo una satisfacción, tampoco es eso tan especial porque hemos escrito otras antes, mejores quizás, peores seguro.

Es cierto: el clima invita a la introspección y la soledad buscada colabora en hacer del tiempo algo propio. Pero tampoco ello constituye un lago tan distinto de otros días vividos en tal condición.

Antes del mediodía llovía aún mansamente. El campo que rodea la cabaña que habito, lloraba agua allí por donde le mirara a través de la ventana frente a mí, abierta hacia la cuesta poblada de árboles y plantas. Por sobre el silencio poblado de murmullos de la naturaleza y del agua repiqueteando dulcemente las tejas, sonaba el piano y la voz de Norah Jones, puesta ahí, suave y discreta para acompañar la escritura.

De pronto, escucho un sonido distinto, un golpe seco pero suave, proveniente de la puerta del frente, la que da hacia esa misma cuesta. Los caballos, pensé. En medio de la soledad, qué otros que esos confianzudos que vienen a comer en torno a la casa y han de haber pegado en la puerta. Dejo una frase inconclusa y me levanto a mirar de qué y de dónde provino el tal golpe.

Abro la puerta y asomo la cabeza, pero allí no hay nadie. Los caballos no. Ellos han buscado refugio debajo de unas coronillas, cansados de recibir agua encima de sus lomos que brillan oscuros, como si llevaran una pesada manta. No fueron ellos, seguro estoy. No hay nadie más.

Sin embargo, cuando pongo la mano nuevamente sobre el picaporte para cerrar y volver a mi frase, veo a menos de un metro, sobre el pasto que escurre agua un pajarito, un sabiá gris que tiembla caído de costado, con el pico abierto, como si hubiera recibido un golpe. Es que, efectivamente, recibió un golpe, el que se propinó cuando dio de lleno contra el vidrio de la puerta. Y allí está, golpeado, seguramente herido, condenado a morir toda vez que, a las claras se ve, está impedido de volar.

Me agacho y le tomo en mis manos. Se deja hacer, aunque parecería que ese contacto extraño le acentúa su temblor. Tiene sus patitas arrolladas, una de ellas como si se le hubiera quebrado. Siento su calor en mi mano y me digo que qué puedo haber por él. Si no hubiera visto, simplemente moriría en un rato más sin que me enterara, como ha sido antes y seguirá siendo después. Pero es que ahora le tengo en mis manos y siento que es, aún, un trocito de vida y que es mi responsabilidad hacer por él lo posible porque viva más allá de su accidentado vuelo.

Le meto dentro de la casa, busco una cajita de cartón y allí le acondiciono con un puñado de arroz y una tapita con agua, como si el pobre animal fuera a ponerse a comer y beber tan campante. Su drama es otro. Espero un rato, pero ni siquiera parece capaz de ponerse en pie, o mejor dicho, sobre sus patas.

Le saco de la caja y envuelto en mis manos trato de proporcionarle calor, porque otra cosa no se me ocurre. Poco a poco parece ir disminuyendo su temblor y quizás, como agradecimiento por el calor recibido, me deposita algo caliente en mi mano, algo que volando no habría advertido. Nada que un poco de agua no pueda limpiar.

Al fondo, donde se abre hacia el valle una terraza, hay una mesa de madera, ahora mojada por la lluvia. Le deposito allí y poco a poco logro hacer que se mantenga sobre sus patas, aunque no cesa en ningún momento de temblar. Allí queda, parado, tembloroso y con el pico abierto, con su agua y su arroz esperándole casi al lado suyo. Le miro y me digo que qué más puedo hacer. Nada, seguramente. Vuelvo a la frase inconclusa.

He logrado concluir esa y muchas otras, párrafos enteros, cuando transcurrido mucho tiempo, tal vez más de una hora, un golpe seco, como aquél del principio, me sobresalta y me saca de mi abstraída labor de mentiroso creíble que intento ser escribiendo.

Miro hacia mi derecha, hacia la puerta ventana que da a la terraza donde he dejado al pajarito viviendo su dolor y cuál no habrá de ser mi sorpresa cuando veo a través del vidrio que es él, volando, suspendido en el aire, como mirándome a la espera que me dé por enterado que se ha recuperado y que puede volver a sus árboles y su vida. Allí está, suspendido en el aire durante unos segundos, como si fuera un colibrí danzando sobre una flor.

Es claro que ha venido a decirme que está bien, que se ha recuperado y, quiero creer, a agradecerme que no le haya dejado tirado, sufriendo.

Cuando salgo a la terraza él ya ha emprendido el vuelo y se pierde entre las copas de las coronillas que pueblan el valle. Ha vuelto a su mundo, el suyo y el mío, el que compartimos. Allí ha quedado, como prueba muda de lo que pasó, encima de la mesa, en la imagen, su agua, su arroz y su regalo, todavía caliente.

Un hecho mínimo para el mundo, pero inmenso para mí. Un accidente que me ha hecho saltar el corazón de alegría y que me ha empapado, no del agua que sigue cayendo mansamente, sino de humanidad, esa que día a día vamos dejando sin percatarnos de ello. Sin embargo, ese pequeño ser con su accidente, me ha regalado esa sensación que no tiene precio ni medida.

Eso y no otra cosa es lo que ha hecho que éste, un día que aún no acaba y sigue pertinazmente gris y lluvioso, sea un día especial.

Claudia Piñeiro, una gran suerte

 

Una suerte pequeña

De las mejores cosas que me han sucedido, en mi larga marcha de lector pertinaz, ha sido encontrarme con Saramago. El viejo portugués significó para mí, un antes y un después, como, mucho antes en el tiempo, lo fueron Vargas Llosa y García Márquez, Cortázar y Onetti, Faulkner y Steinbeck, Kawabata y otros tantos, pero ninguno como él, en su afanoso trabajo de horadar la roca, desde la superficie donde las cosas de describen hasta el centro mismo donde se explican. Internarme en el mundo de Saramago, hace ya tantos años, fue un pequeña gran suerte.

El pasado año, en oportunidad de la Feria del Libro de Montevideo, fue Saramago que me llevó allí, una noche junto a mi hija, viajando 150 kilómetros para escuchar una charla sobre el Viejo a cargo de nuestra Claudia Amengual (a quien ambos seguimos desde hace bastante tiempo) y una escritora argentina a la que, hasta ese momento, no conocía en absoluto y de la que no había leído nada. Claudia Piñeiro, autora de “Las Viudas de los jueves” y que, con esa novela, había ganado un Premio Clarín donde, casualmente o no tanto, juraba como Presidente nada menos que el propio Saramago.

Convertida al credo saramaguiano, en esa calidad estaba esa noche allí, intentando llegar al centro de la roca. Antes, había presentado “Elena sabe”, de la que, luego de vencer con no poco esfuerzo mi natural timidez, le pedí autografiarme un ejemplar, quizás envalentonado por saberme perteneciente a la misma capilla y devoción. Envalentonado debía estar, porque llevaba en mis manos mi novela recién publicada, “Hijos de la mentira”, ejemplar que tuve la audacia de obsequiarle aún siendo consciente que quizás nunca llegara a ser leída. Haber estado allí, esa noche, fue otra pequeña gran suerte.

Tras “Elena sabe”, una excelente novela que me abría el universo de la autora, seguí con “Las viudas…” , una obra que leí de un tirón porque, literalmente, no me fue posible dejar de leerla una vez que me interné por las callejas y cul de sac de Altos de la Cascada y sus miserias ocultas tras el lujo y la ostentación.

Hoy, aún bajo el influjo emocional de haber terminado de leer “Una suerte pequeña” de un tirón, no puedo menos que congratularme de la suerte, pequeña pero constante, de haber dado con la narrativa de Piñeiro.

“Una suerte pequeña” es una novela cautivadora como todas las suyas, pero que además es profunda, dolorosamente humana. La suerte o la falta de ella, el infortunio, el dolor, la incomprensión, las bajezas, los silencios y las estridencias, todo está allí. También, la más humana de las debilidades: la búsqueda de la felicidad, así sea por un instante, para poder explicarse de qué se trata, aún cuando tengas el alma lacerada por ese dolor crónico que no te matará pero tampoco te dejará vivir -al decir de Alice Munro- sin que sepas, a cada momento, que está allí.

“Quizás la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo” dice Mary, Marilé, María Luisa al final de su doloroso periplo.

Tal vez la felicidad sea tener la gran suerte de tener una novela de Claudia Piñeiro, en una tarde gris en medio del campo, en la soledad acompañada de Piazzolla, y de unas lágrimas que dejo fluir porque con ellas siento que recupero mi humanidad, la de la espontaneidad propia de los niños y de los locos, de los que, ojalá, aún me quede un poco.

 

 

El lado oculto de la fotografía

El lado oculto

El fotógrafo debió haber estado contemplando la escena, tal vez sentado con su cámara en mano, esperando, sin saber muy bien qué cosa. O simplemente, el dedo oprimió el disparador. Hecha la foto, el fotógrafo tiene esa imagen en sus manos, o en su pantalla, y trata de ver en ella, dentro de ella, más aún, tratará de ver detrás de ella.

La escena le dice que es el campo. Así lo atestiguan los explosivos tonos de verde bajo el sol de la tarde, sin nada que les perturbe. El ojo del fotógrafo distingue la luminosidad propia de esa hora del día, pero además se lo dice el elegante alargarse de las sombras que proyectan, en verdes más oscuros, los árboles que enmarcan la escena. Unas mínimas manchas de rojo denuncian la época del año en la que transcurre la escena. La naturaleza es, como suele serlo en cada manifestación humana, paciente testigo de lo que sucede en torno suyo, en su propio seno.

En el centro, el fotógrafo ha ubicado tres presencias, congeladas ahora en su movimiento, que parecen encontrarse en ese momento. El fotógrafo sabe que su disparo fue a traición, por la espalda, y que esas figuras vivas ignoran que han sido congeladas en un marco de equis píxeles. No hay poses ni actuaciones, porque esas figuras, vidas en movimiento, ignoran al fotógrafo y su disparador avieso. Por eso la imagen le muestra al fotógrafo esa espontaneidad que solamente se logra cuando el objeto del disparo es del todo ignorante de ello.

En ella hay una persona mayor, tal vez en el entorno de los cincuenta y tantos, casi con seguridad una mujer por su cabello y algunos rasgos de su fisonomía, que con su mano izquierda toma la mano de una niña. Es una niña sin dudas, porque el fotógrafo, ojo atento, advierte los puntitos rojos de unos coleros que ciñen sus trencitas. Una niña de unos cuatro o cinco años, si se observa que su estatura iguala las caderas de quien le ha cogido su mano. El fotógrafo puede inferir, casi con certeza, que abuela es aquélla y nieta, ésta es. A su encuentro, como lo denuncia el ángulo respecto de ambas y de la propia cámara, acude una perra blanca, grande, alegre por ello, según puede adivinarse en la cola que se yergue como el mástil de un velero a merced del viento. La perra, porque el fotógrafo puede afirmar que perro no es, muestra un andar elegante, travieso, porque ella también es ignorante de la presencia de alguien más, el fotógrafo.

El ángulo del terreno, en donde a la izquierda destacan dos líneas mas o menos paralelas de un color ladrillo -indudablemente un camino- muestra que es una suave cuesta hacia donde dirigen los pasos ambas, abuela y nieta. Es un paseo, sin apuro ni rumbo, tal vez después del almuerzo, podría asegurar el fotógrafo. Los abrigos, liviano en el caso de la abuela, desproporcionado y misterioso en el caso de la niña, sugieren que el aire es tan fresco como límpida la imagen. Invita a ello, al paseo sin prisas. A subir una cuesta. A ir un poco más allá de la vista.

El fotógrafo, carente del don de la palabra para mostrar la otra cara de la imagen, cree ver en ese instante congelado para siempre, una simbología especial. La nieta acompaña a la abuela en su camino. ¿El de la vida? ¿Es ese el significado de la relación entre abuelos y nietos? Unos marcando el camino hacia donde se dirigen, y los otros, ayudándoles con su mano cálida a no mirar hacia atrás, donde, lo que ha quedado reviste la rotundidad de lo pasado. La cuesta parece decirle al fotógrafo que esa imagen que sugiere compañía y camino, un dejar y un acercarse, un pasar la posta de mano en mano, también simboliza el sendero de la vida, no exenta de dificultades para quien aún necesita de una mano que le guíe.

El fotógrafo cree adivinar que si ambas, nieta y abuela, se enfrentaran un tiempo después con esa imagen de aquello de nosotros mismos que no solemos ver, verían en ella sentimientos de los cuales, en el imperceptible momento en que fueron captadas, no eran conscientes. Presiente el fotógrafo que en ese instante han confluido alegría y tristeza, la liviandad de lo pasajero con el peso rotundo de lo definitivo, pasado y presente que mágicamente se encuentran en un momento y punto determinado, ignorante uno del otro.

El fotógrafo adivina todo eso que hay detrás de su imagen, la que él ha tomado pero les pertenece a ellas, abuela y nieta, porque él mismo siente todo eso. El fotógrafo, además de tal, suele ser tramposo, porque aunque no pueda verse, él también forma parte de la escena. Es el abuelo, el ocasional fotógrafo puesto a escudriñar el lado oculto de la fotografía, quien ha disparado el obturador y quien busca significados, porque en lo que allí encuentre también estará lo que él mismo ha estado buscando.