Con Markus Zusak, enamorándonos de su Ladrona de Libros

ladrona de libros

Sobre “Ladrona de libros” , la novela de Markus Zusak, hay en el universo internet una miríada de artículos de todo pelo con sesudos análisis de por qué es una gran novela, o quizás algunos con razones que las habrá, que digan lo contrario. No me anima ese propósito, porque entre otras cosas, carezco de las cualidades para acometer tal tarea.

Lo que pretendo sí es dejar mi testimonio, cuando aún me embargan las emociones de haber vivido cuatro o cinco días de mi vida inmerso en ese fantástico mundo (en el sentido de magnífico, aunque también por su carga de maravillosa poética) que penetra en lo más profundo del lector. Es, entonces, el testimonio de un simple lector, con mucha lectura a cuestas es cierto, pero eso: un lector. Uno que cree que una novela es, de manera inobjetable, muy buena si logra despertar emociones. Si conmueve, si hace al lector cómplice de lo que allí sucede, aunque el resultado sea el “desasosiego” al que aludía Saramago como fin último de la tarea del escritor. Y Zusak lo consigue, con creces.

Sobre la locura nazi se ha escrito tanto que uno tiene fundados temores de caer en inevitables lugares comunes. Quizás baste señalar algunos aspectos que, a mi modesto juicio, hacen de Ladrona de Libros una obra originalísima. Lo es por su estructura, en capítulos que se corresponden con los libros que marcan la peripecia vital de Liesel, y donde el relator omnisciente – que entra y sale en forma permanente- resulta ser la propia muerte. Lo es también porque todo el horror, pero también toda la grandeza, el amor y la poética del ser humano dispuesto a sobrevivir, está visto desde las víctimas. Y también lo es, y ese no es un detalle menor, porque en ese mundo de locura asentado en el propio territorio del nazismo, todos terminan resultando ser víctimas del fanatismo delirante, incluido y de forma esencial, el propio pueblo alemán.

Ladrona de Libros es una muestra más que la literatura consigue revelar, respecto de los avatares de las sociedades humanas, mucho más de lo peor y lo mejor de la condición humana de lo que puede hacerlo la propia historia, siempre tan apegada al frío hecho.

Conmovedora hasta las lágrimas, no espere el lector una novela amable, aunque tenga ella también sus altas dosis de ternura, de humor también, aunque el trasfondo sea el horror desatado sobre seres humanos por otros seres, caídos de esa condición.

Lumen, editora en Español de la obra, en su mercantilizado acápite, debió decir que es “la GRAN novela en la que se basa la película de la Twentieth Century Fox”, porque podrá ser ella también una gran película, pero no podría haberlo sido sino porque la grandeza está en lo que le dio origen: una novela que es, también y fundamentalmente, un homenaje a la palabra escrita como elemento redentor de la condición humana.

A Liesel le salva, su porfiada condición de lectora. Como de última, de una u otra manera, a todos nos lo hace.

 

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Monólogos con la vida y la muerte: …anoche soñé un sueño nunca soñado…

 

anoche soñé un sueño

Caminábamos tomados de la mano, nuestras pisadas crujiendo encima del manto ocre y amarillo de las hojas de los álamos abatidas por el temprano otoño, siguiendo un sendero del parque que culminaba, al final de una leve ondulación, en un diminuto lago de aguas cristalinas, sobre cuya azulada superficie el algodón de las blancas nubes jugaba una danza de espejos con las aguas quietas del remanso. A mi lado, mi compañera, sonreía con una sonrisa nueva, la cara encendida por un brillo nuevo, aquél que los años andados había ido apagando junto con las ilusiones del camino recién iniciado. Delante nuestro, con pasos aún vacilantes, un niño de enrulados cabellos alborotados por la brisa fresca del ocaso en ciernes, ensayaba saltos al compás de un canto sólo por él entendido, en el idioma de la inocencia que le pone alegría al aire que le rodea.  Ese niño, o niña tal vez, el recuerdo se hace difuso, sólo veo delante nuestro su cuerpecito correteando, el gorjeo de una risa que brota espontánea y se cuela por nuestros oídos, junto con el trino de una bandada de pájaros que cruza el cielo crepuscular en busca del refugio nocturno, siento es parte nuestra, somos ella y yo, mi compañera y yo mismo, vueltos a la niñez recuperada. No hay palabras entre nosotros, solamente una larga mirada, ojos que se hablan y dicen lo que el calor de las manos enlazadas sabe decir sin abrir la boca, los mismos ojos que juntos envuelven y acarician la diminuta figura del niño que nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines!

He transitado la mañana con el dulce sabor de boca que deja un sueño perfecto, pleno de dulzura y armonía, canción de amor y sinfonía de ilusiones, compartiendo con ella, mi compañera de décadas, la interrogante que nos plantean los sueños que no sabemos dilucidar. Ella y yo intuimos, sin embargo, ese niño que así nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines! , sólo puede ser nuestro nietecito, nieto que sabemos ambos, ella y yo, no tenemos. Es claro, nos decimos ambos, sabiendo que ambos lo pensamos sin animarnos a confesárnoslo, no es más que la proyección de un deseo común, largamente acariciado, más siempre postergado.

A la noche llega nuestra hija, mujer joven ella, orgullo de padres depositado en un ser humano de riqueza infinita, diamante que a cada movimiento su particular luz refleja reflejos siempre nuevos y sorprendentes.

Es ella misma la que ahora, con sus hombros abrigados por el abrazo de él, el compañero que ha elegido para caminar juntos, quien con los diminutos zapatitos de lana tejida en sus manos de niña aún, con los ojos encendidos como dos carbones en brasas arrasadas por la emoción, las mejillas surcadas por lágrimas que adivino dulces como almíbar cristalina, las que brotan cuando nos desborda el corazón los sentimientos largamente guardados, la que nos dice “padres, estoy embarazada, serán abuelos, esperamos para el quince de diciembre” , anuncio que así dicho parece una más de las cosas que a lo largo de la vida han de suceder, pero que para ella, nuestra hija, ayer mujer sólo mujer, ahora madre con plazo determinado, nosotros, sus padres, ahora ya abuelos de lo que en ella es tierno brote, cambiarán por obra y milagro de ese momento, cuando la vida se hace vida dentro de su vientre, toda su vida y nuestra vida toda.

En aquel instante, mirando entre lágrimas las de mi compañera, su cara mezcla de sonrisa y llanto emocionado, mirada que me dice, nos decimos, el sueño hasta anoche nunca soñado, es lo que ahora es tiempo de dulce espera, expectante, temblorosa, ansiosa, milagrosa espera hasta el día señalado, cuando ella o él, tanto da, surja a la vida en su primer día, el que nos hará por un instante que será eterno, tanto como vida nos quede a ambos, los seres más felices del universo, con la felicidad íntima, intransferible, de quien se siente prolongado en un par de ojos abiertos al asombro del milagro de la vida revivida.

Ahora, cansado por la emoción contenida, deseo irme a la cama, cerrar mis ojos, sabiendo que cuando el sueño retorne de su reino de fantasía, traerá con él una promesa de realidad que antes creímos solamente podría ser soñada.

Gracias Juan, el de Las Mercedes…

A Juan Ramírez Biedermann, por su “Nobis”, nosotros

 

biedermann1

La Feria del Libro de Maldonado, siempre tan exitosa en la indiferencia de la gente que la ignora, nos regaló este año la presencia un puñado de escritores paraguayos que vinieron con su literatura a testimoniar que en su tierra nunca dejaron de crecer las letras -gracias a, y a pesar de- la enorme sombra del gran Roa. Entre ellos, este Juan Ramírez Biedermann.

En la cuarentena, con un nombre hecho en la música, ha recorrido el mundo con su original obra narrativa. En particular quiero aquí testimoniar mi agradecimiento por “Nobis”, su libro de relatos que también puede catalogarse como novela, en tanto los 15 relatos que componen la obra tienen un hilo conductor común -el barrio asunceño de Las Mercedes- y comparten personajes comunes que entran y salen de uno y otro como si se tratara de un paseo entre misteriosos pasadizos comunicados entre sí.

Es una prosa urbana, con indudable raigambre paraguaya, pero que en su pequeñez de tan pocas cuadras, una iglesia y una plaza, un tranvía que traquetea yendo y viniendo desde y hacia donde Asunción se muere y nace el Río Paraguay, en esa minúscula proporción el autor logra contener el universo entero, tal como lo hiciera un Rulfo en su mítica Comala, o más recientemente el mágico José Luis Peixoto en “Galvéias”.

Es prosa, pero es también poesía. Mucha poesía, en prosa, de la buena. Y es, sobre todo, muy buena literatura, capaz de contener al lector y hacerle a él también saborear un tereré a la sombra de un majestuoso mango, cuando el sol se tiñe de rojo y avisa que el calor seguirá estando ahí, mientras intercambia un saludo con don Eligio Morel, eternamente sentado en su silla de cables azules.

Con la literatura de Ramírez Biedermann, y tal vez con él mismo, creo que me sucede lo que él dice de su misterioso Adrián Paniagua, que era “uno de esos tipos que llegan tarde al pasado y temprano al futuro” y con eso, Juan, no se jode.

Otro 28 de Septiembre

manos madre

Se me ha escapado ya casi medio día -cuando borroneo estas líneas, no ahora que ya se escurrió fatalmente- y casi todo él sin otra cosa que hacer más que pensar, leer, disfrutar del ocio bien ganado, y todo ello acompañado del eterno mate sin el que cualquier uruguayo que se precie de tal no lo es, ese compañero fiel que nada pregunta y brinda calor allí donde más se precisa.

Sin embargo, hay algo que me molesta, algo que parece situarse justo en medio del estómago. Es la angustia. Reciente y traicionera. La que se me instala como convidado de piedra cuando reparo en que vivo en un 28 de Septiembre y parece no decirme ya nada, casi como para pasar por encima de él como de cualquiera otro de antes o después, uno más que se usa y deja atrás sin pena ni gloria.

No obstante, qué lejos de ello. Porque 14 años atrás fue un 28 de Septiembre que se llevó a mi madre, a mi mamá, que se la arrebató al hombre de 43 años que yo era entonces, dejándome para siempre irremisiblemente huérfano, solo en el mundo sin ese cordón que no se corta realmente con el parto sino mucho después con la definitiva muerte. A ese hombre que era padre desde hacía dos décadas y que de buenas a primeras dejaba a sus hijas sin su abuela. Como dos años antes, les había dejado sin su abuelo.

Y luego la vida que sigue, sola, en piloto automático, sin preguntarte a dónde te lleva, haciendo sin embargo, un doloroso alto en el camino cada vez que, cada año, el mes de Septiembre llegaba a su vigésimo octavo día. Duro el primero, y el segundo también, y los restantes, aunque cada vez más lejanos.

Y luego más aún, porque la vida sigue, imperturbable, indiferente. Y más tarde cuando el padre que soy se corre un casillero para pasar él -yo mismo- a ser el abuelo, huérfano aún aunque ello poco o nada signifique como no sea para ese yo mismo. Dolor sin testigos, mudo y solitario como su solitario portador.

Y después la vida, libro que se escribe cada día, sin guión ni final conocido, que empieza a tenderle trampas hasta al dolor. A engañarle con el olvido. Con el primero, el que todavía – todavía- es un asomo incipiente de olvido, un anuncio y aviso que si no es el próximo año, algún otro habrá en el que el día 28 del noveno mes parará para ti como un día más.

Y por eso el dolor. Por eso la angustia. Porque ese día que hoy, recién hoy, entiendes que un día ha de llegar, será el de la definitiva muerte: la irreparable, la del olvido. Esa que a fuerza de recuerdos has procurado prolongar en el tiempo, inútilmente, tan sólo para que este otro dolor, distinto, íntimo como pocos, no volviera para instalarte la angustia en el estómago.

Sin embargo, allí está. Por todo el día. Por todo lo que olvidé antes y, me temo, por todo lo que sé ahora he de olvidar en el futuro, justo hasta que yo mismo me hunda en el camino de ese olvido, otro olvido.

Nada que hacer, salvo esperar al 29 de Septiembre que, quizás, despunte con una esperanza nueva.

Poesía sin corbata: Nadie te espera en Ítaca

 

Camino a Ítaca

Viajero, no apures tus pasos

Espera, no consumas tu camino

Haz un alto, respira y mira, viajero

Mira hacia los lados, hasta tu tiempo

Siente lo que vas dejando atrás

Palpa la compañía de tu pasado

Siente la mano de quien partió contigo

Haz un alto, respira y mira, viajero

Observa de tu derredor que te rodea

Haz que tus oídos oigan al colibrí

Que tus manos palpen la flor

Huele el viento y escucha el dolor

Escucha lo que has dejado atrás

Es tu vida, viajero, lo que dejas

Lo que llevas eres tú, viajero, tuyo es

Más, por inútil, no apures tu paso

Nadie os espera en Ítaca, nadie

Después de Ítaca, la soledad

Ítaca en mi sueño o Cavafis rescatado

viaje-a-Ítaca

Cuando emprendí mi viaje a Ítaca
supe que el camino sería largo,
lleno de desventuras, harto de amarguras.
Partí advertido: No abraces serpientes ni comas sapos,
ni oigas las diatribas de los coléricos Poseidones;
seres tales jamás hallarás en tu camino
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a las serpientes ni a los sapos
ni al desastrado Poseidón encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu espíritu no los pone frente a ti.

Supe que el camino sería largo.
Que muchas habrían de ser las mañanas
en que llegando -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes;
detenido en los emporios del arte
me hice con hermosas poesías,
cantos de nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de músicas sensuales,
cuantos más abundantes cantos sensuales pude.
Fui a muchas ciudades, Babilonias infinitas
a aprender, a aprehender de sus sabios libros.

Tuve siempre a Ítaca en mi mente,
porque llegar allí era -es- mi destino.
Más no debo apresurar nunca el viaje.
Mejor si todavía durase muchos años
para que cuando atraque, viejo ya, en la isla,
beneficiado de cuanto hube ganado en el camino
no espere a que Ítaca me enriquezca.

Ítaca -su sueño- me brindó un hermoso viaje.
Sin soñar con ella no habría emprendido el camino.
Pero en llegando. ya nada tendrá para darme.

Y aunque entonces, la halle pobre, Ítaca no me habrá engañado.
porque así, paciente como vuelvo, con tanta experiencia,
habré entendido, al fin, qué significaba Ítaca en mi sueño.

Poesía sin corbata: “Quisiera”

Quisiera

 

Quisiera ser una nube, etérea nube

Una rebelde nube para desafiar al viento

Una porfiada nube para contrariar al sol

Una enamorada nube para rozar el vello

De aquél pubis apenas visto, tal vez soñado

Quisiera ser la lluvia cálida del verano

Para esconderme en su bosque de gotas

Y caerle como un colibrí a la flor

Para penetrar en ese pubis apenas imaginado

Quisiera ser colibrí o mariposa

Mariposa o colibrí tanto da

Con alas y mirada de águila

Para caer encima de tu pubis tan extrañado

Quisiera ser pero no soy sino apenas

Un burdo bardo, torpe y desmañado

Que sueña desde el remoto pasado

Con los rizos de tu pubis, tal vez engañado

Quisiera ser águila, colibrí o mariposa

Surcar los cielos, Cabalgar la lluvia

Ondear los vientos y sortear el tiempo

Para beber el néctar de tu pubis, siempre añorado

 

 

El Apocalipsis o el fin de las cosas…

apocalipsis-1

(Tragedia en trece escalones y un solo final)

El

Las cosas están confusas, oscuras. Parecen amenazantes las cosas. Los hombres, que son hombres y mujeres que otrora fueron jóvenes, y antes niños, miran y esperan. Sin pedir, reclaman, ruegan, imploran. Sus miradas lo dicen todo. Sus bocas no. O por lo menos, nada que se les entienda. Los viejos, que fueron hombres y mujeres piensan en tiempos mejores, pero no dicen nada. Los viejos alzan los ojos, mudos los ojos. Las bocas trémulas, sin dientes, nada dicen. O lo dicen todo, con su silencio.

A

Las cosas están oscuras, entreveradas, allá donde los hombres no llegan nunca. Allá donde imaginan, en vano. Piensan que va a escucharles. El que creó todas las cosas, les escuchará, aunque solamente piensen. Aunque nada digan. O digan, pero no se les entienda. Ni aún para aquél que creó todas las cosas. Que no escucha. O por lo menos, así parezca.

P

Los viejos, que antes fueron hombres y mujeres, que otrora fueron los jóvenes que eran niños, recuerdan. No hablan de cuando el sol. No les creerían. Para qué. Mejor así. Para ellos pasó ese tiempo. Queda la espera, estéril, con las bocas vacías, mudas. Y los ojos ciegos. Solamente las manos, rugosas, abiertas hacia allá, quieren decir algo. Pero no lo hacen, o por lo menos no les entienden.

O

Los hombres, que son hombres, no lloran. No pueden. Los hombres, que no lo son, que son mujeres, sí lo hacen. Pero son llantos secos, mudos, que se mueren dentro. Los hombres piensan, y esperan. Esperan, día tras día, una sola noche, larga, oscura. Las cosas están así. Lo viejos piensan que antes no. Pero no lo dicen. Para qué. Los jóvenes, que fueron niños, esperan. Tampoco saben qué. Los niños sí lloran. Sus bocas vacías, piden. Pero no hay. Y los llantos se agotan. Los llantos agotan.

C

Y los que esperan, y los que esperan sin saber que esperan, allí están. Viendo cómo las cosas están, oscuras, malas están las cosas. Pidieron, rogaron, imploraron, lloraron lágrimas ácidas. Pero ahora ya no. Se agotaron. Y el que creó todas las cosas no respondió entonces. Tampoco ahora.

A

No saben los hombres. Piensan los hombres. Piensan y temen preguntarse. Tal vez, no necesiten hacerlo. Saben qué hicieron los viejos que fueron hombres, que son mujeres y hombres. Saben lo que ellos mismos han hecho. También, lo que no han hecho, y debieron.

L

En sus oídos gastados, los viejos que fueron hombres, conservan ecos. Son murmullos del agua. Podrían hablar de ella, de antes. Pero no lo hacen. Para qué. Los hombres, mujeres y hombres que son, lo saben pero no quieren recordarlo. Los jóvenes no. Ellos no saben. Sus ojos muertos nunca vieron. Sus oídos no oyeron, y no creen. Sus labios nunca probaron, y tampoco creen. Los niños, que lloraban, ahora no. Para qué.

I

En sus mentes gastadas, perdidas en lo oscuro de las cosas, los viejos tienen destellos. Ante sus ojos ciegos, pasan colores. Los de antes. Los hombres saben de ellos, pero no quieren. Recordar, no quieren. Para qué. Los labios murmuran, pero no se entienden. Los gritos se perdieron, hace mucho. Se fueron rebotando entre las rocas, y no volvieron. Iban en busca del que creó todas las cosas, pero no volvieron.

P

En sus bocas cascadas, los viejos que fueron hombres, recuerdan sabores. Los de antes, que los hombres, que son mujeres y hombres ahora, probaron. Pero no lo dicen. Callan, los viejos. Ellos, los hombres, prefieren no recordar. Y los jóvenes, ni eso. Solamente las manos, secas, cuarteadas, puestas hacia allá. Hacia donde esperan por el que creó todas las cosas.

S

Los hombres, mujeres y hombres juntos, esperan la voz. Una señal. Algo que ponga fin a la espera. La esperan, pero la temen. Los viejos no. Ya no esperan. Están más allá de la esperanza. Y del miedo. Están más allá del mundo, porque pertenecieron al otro. A los hombres solo les queda éste, y la espera. A los jóvenes, quizás. A los niños, ni eso. Lo piensan, los hombres. Pero no lo dicen. Para qué.

I

Que se termine, piensan algunos hombres, también mujeres. Que acabe ya. Que escuchen la sentencia y ya. De qué sirve esperar. Las cosas, todas las cosas, están así. Confusas, oscuras, amenazantes. Las cosas son una mueca de la muerte. Los viejos lo saben. Los hombres, y sus mujeres, saben que lo saben, pero no lo dicen. Y ellos no escucharían, tampoco. Para qué. Los jóvenes no preguntan, y es mejor. Los niños no saben qué. Mejor también. Son menos mentiras. Mintieron tanto, antes.

S

Los hombres, y sus mujeres, lo saben. Los viejos, que fueron hombres y mujeres, también lo saben. Mejor que nadie. Por ello secaron sus lágrimas. Por ello, nada esperan. Saben que no pueden. No tienen derecho. Nadie va a escucharles. El tiempo -su tiempo- pasó. Y ya ven cómo fueron las cosas. Mal, han ido muy mal. Los ojos gastados ya no ven. Mejor así, porque lo que vieran, no les gustaría. Solamente les queda el recuerdo. Traicionero, el recuerdo de los viejos. Insiste en volver atrás, cuando las cosas eran otras. Pero los viejos no quieren. A los viejos, el recuerdo les duele. Si tan siquiera pudieran borrárselos, y ya. Pero no. Se presentan cuando menos lo piensan. Y vuelven a lo mismo, cuando las cosas eran distintas. Pero ahora son otras, oscuras, confusas, perdidas.

Los recuerdos de los viejos son porfiados. Aparecen igual, a traición. Revuelven la herida. Traen, colgando de sus bocas desdentadas, los viejos amaneceres. La luz despertando, algo que los ojos secos de los hombres ya no verían. Pero allí está, aún, en el recuerdo de los viejos. Era el tiempo del sol. La luz borrando las sombras. Y el agua, rumorosa, entre piedras. Duelen los recuerdos de los viejos. Los oídos muertos todavía oyen gorjeos. Oyen el zumbido de un colibrí danzando sobre flores. Tan lejos, todo. Tal vez no sea más que su imaginación de viejos dementes. Sufren los recuerdos, los viejos. Pero no los comentan. Para qué.

Ahora…

Los hombres saben que no van a escucharla. Que la voz del que creó todas las cosas, no va a ser escuchada por sus oídos. No tienen esperanza. Tienen miedo de esa palabra. Se les murió, esa palabra. Junto con la luz, cuando el sol murió. Cuando se apagaron los sonidos y los rumores. Cuando cesaron los gorjeos y los zumbidos. Cuando las sombras lo cubrieron todo. Cuando el calor les fue abandonando, de prisa. Cuando todo enmudeció, carente de movimiento. Huero de vida. Ese fue el tiempo de la muerte. La muerte de la esperanza, para los hombres, y sus mujeres. Los jóvenes no lo supieron, pero lo intuyen, y por eso no preguntan. Para qué. Los niños acabaron las lágrimas. También agotaron las preguntas. Sin respuestas, ahora tampoco preguntan. Para qué.

…en la hora final

Es la noche que ha caído sobre ellos. Sobre viejos y hombres, mujeres y hombres, sobre jóvenes y niños. Es la noche última, de la que no se sale. La noche sin amanecer al final del tiempo. Es un tiempo sin final. Tiempo muerto, como la noche abatida sobre ellos, y sus manos, agrietadas, puestas hacia arriba, donde esperan, inútilmente, por la palabra del que creó todas las cosas, que no ha de llegar. Han comprendido, finalmente, que de él solamente el castigo, podían esperar. Lo supieron cuando las cosas fueron oscuras, confusas, pero no quisieron aceptarlo. El recuerdo de la luz, les mantenía la esperanza. Debió acabarse el último resquicio, para que acabara también. Con los viejos, se van los recuerdos. Queda, el puro presente. Presente sin futuro. Un presente muerto. Como el que se lleva a los hombres y mujeres. El mismo que se llevará a jóvenes, que no serán hombres y mujeres, ya no. Y a los niños, que no serán jóvenes. Tampoco ellos. Porque, por fin, han entendido el silencio del que creó todas las cosas. Ése, es su castigo. Para que las cosas sean, cada vez, más oscuras, confusas. Para que las cosas se confundan en la noche con la muerte de todas las cosas.

 

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Huber Matos, un testimonio de la infamia castrista

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“Cómo llegó la noche” (Editorial Tusquets, 2002) , es un libro de memorias del Comandante Huber Matos (Yara, Cuba, 1918 – Miami, 2014) que obtuviera el XIV Premio Comillas en 2001, otorgado por unanimidad por el Jurado integrado por Jorge Semprún,  María Teresa Castels, Miguel Angel Aguilar, Jorge Edwards, Santos Juliá y Antonio Lopez Lamadrid.

A lo largo de casi 600 páginas, Matos relata los años previos a la guerrilla desde el Golpe de Batista de 1952, su vida como Maestro Rural en contacto con el sufrido campesinado cubano, su primer exilio, los avatares de la Sierra Maestra donde se convirtió en uno de los principales Comandantes -junto a Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Raúl Castro – teniendo a su cargo la legendaria “Columna 9” que libró varias de las principales batallas que jalonaron el triunfo rebelde, hasta el ingreso a Santiago de Cuba el 1º de Enero de 1959.

Con extrema minuciosidad, detallando fechas, nombres, fuentes, Matos relata el breve período desde la toma del poder, la vorágine de una Revolución que había nacido bajo la premisa de un Manifiesto que prometía libertades y restitución de la vigencia de la Constitución y llamado a elecciones democráticas, devenía rápidamente en una autocracia bajo la mano de hierro de Fidel, antiguo alumno jesuita, abogado e hijo de burgueses, apelando a silenciar toda voz discordante mediante las ejecuciones sumarias o, en el mejor de los casos, la no menos sumaria internación en las mazmorras batistianas ahora en manos de la Revolución.

A cargo de la Gobernación de la Provincia de Camagüey, donde Matos había logrado ya un enorme prestigio, es que las diferencias con el rumbo de la Revolución hacia el comunismo, le llevan a dirigir una carta a Fidel solicitándole la baja del Ejército para volver a su provincia natal a ejercer el magisterio. Encolerizado y en plena histeria, el Supremo Comandante le manda arrestar, eligiendo para ello nada menos que al Comandante Camilo Cienfuegos, único de sus lugartenientes que por carisma podía hacerle sombra, y amigo personal de Matos. Queda para siempre la duda de por qué esa elección, qué buscaba con ella, y cuánto pudo tener que ver ese hecho con que una semana después Camilo haya muerto en un misterioso accidente de aviación, del que quedaron más dudas que certezas.

Caído en desgracia, a Matos se le somete a un Juicio Sumarísimo donde, a pesar de la instigación de algunos que -como Raúl Castro- pretendían cobrar viejas cuentas- a Fidel no le dio el cuero para hacerlo ejecutar y se saldó con una condena a 20 años de prisión. Paradojalmente, en el Juicio al “traidor” el propio Fidel se escandaliza y enfurece porque Matos, en su carta y alegatos, sostiene que la Revolución se encamina hacia un régimen comunista, muy lejos de las consignas bajo las cuales él y casi todo el pueblo cubano había luchado para derrocar al otro tirano, Batista. Las 5 décadas posteriores, relevan de cualquier comentario acerca de quién tenía razón.

Gran parte del libro está dedicado al descarnado relato de los más de 7200 días de suplicio en las mazmorras castristas, no solamente de su propio calvario, sino el de tantos otros acusados del régimen sometidos al más variado repertorio de torturas y vejaciones propias del estalinismo reinante que dejarían pálida a la misma Inquisición.

El libro que comento llegó a mis manos allá por 2011-2012 y avancé en su lectura hasta esa parte precisamente, cuando Fidel acude al mismo sistema del Santo Oficio y convoca a la masa enardecida para pedirles la condena a los viles traidores, hasta escuchar de éstos el “paredón, paredón” para el gusano. No me dio el espíritu ni aguantaron las tripas para seguir leyendo.

En una nueva paradoja del destino, cuando el saurio de La Habana se había muerto varias veces pero seguía vivo, oculto tras el poder, sin que viniera a cuento de nada retomé la lectura. Es durante ese proceso de lectura que, al fin, la China Castro toma el micrófono para comunicarle a sus súbditos que el monarca, ahora sí, por última, total y definitivamente, ha muerto.

Matos, su rehén durante 20 años exactos, había muerto hacía 2 años. Atrás había dejado cerca de 200 días de huelga de hambre, los innumerables intentos por conseguir que se autoeliminara, y la tortura llevada al extremo de la crueldad. Sin embargo, un cuerpo deteriorado, con múltiples fracturas, enfermedades propias del régimen de cárcel y martirio, sostenido en un inquebrantable espíritu, le resistió 35 años más desde su salida de Cuba para dar testimonio de la insanía del sátrapa que había, virtualmente, secuestrado a su pueblo.

Matos murió lejos de su tierra, de la que amó hasta el punto de ofrecer su vida por ella, y sin poder siquiera visitar la tumba de su madre en Yara, porque hasta en eso la mezquindad de Fidel supo ensañarse. Algún día, la Historia hará la justicia que los hombres no lograron conseguir. Sin embargo, el testimonio de Matos, como los de tantos perseguidos y torturados -me viene a la mente el de Reynaldo Arenas, o el de Armando Valladares, otro rehén del castrismo- debería ser una vela encendida para recordarle a todos los cretinos útiles que, urbi et orbi, siguen siendo cómplices de la barbarie que también a ellos, más temprano que tarde, ha de llegarles su hora.

 

 

 

Con Baricco, visitando a “Los bárbaros”

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Cuando pase raya de este 2016, año de lecturas largas, tengo la plena convicción de que este ensayo de Alessandro Baricco, “Los Bárbaros, ensayo sobre la mutación” figurará en los primeros lugares, en cuanto a la profundidad y trascendencia de lo que plantea, argumenta y sostiene el autor, con la solvencia a que nos tiene acostumbrados a sus seguidores.

A quienes como el escriba, casi arribando a territorios de las seis décadas, observar al mundo desde lo que creímos certezas heredadas, se ha convertido en un asombro diario, en un permanente desafío a la razón, una tortura a los sentidos y un asalto a la disminuida capacidad de asombro, para las que aquellas certezas perdidas se constituyen en un permanente estado de zozobra ante lo que no entendemos y por ello, menos podemos aceptar.

Asistir al espectáculo, de horror las más de las veces, de la “civilización del espectáculo” de la que nos habla Vargas Llosa – que viene teniendo bastante más de espectáculo que de civilización- deviene en una tortura, las más de las veces auto-infligida habida cuenta esa compulsión del ser humano de resultarle virtualmente imposible permanecer al margen.

La vida nos enseña que básicamente existen dos clases de problemas: los que podemos -y por tanto, deberíamos- resolver, y los que están en el campo de lo humanamente imposible. En cualquier caso, sean unos u otros, lo que tienen en común es que deberíamos intentar comprender, porque tengan o no solución, pueda o no participar -así sea mínimamente en el sentido correcto- requiere como premisa básica e imprescindible, entender de qué se trata lo que tenemos por delante.

En el mundo convertido en una “aldea global” la maraña de información, desinformación, conocimiento acumulado y permanencia de interrogantes sin respuesta, todo parece estar lejos de nuestro alcance. Tal vez, entonces, cuando no puedas cultivar la comarca, la cuestión se trate de mantener prolijo tu propio jardín. El jardín interior, ese donde a diario deberíamos cuidarnos de las malas hierbas, de regar con una buena dosis de comprensión, del que nacen nuestras propias actitudes, ellas sí destinadas a ser parte de la gran correntada que se convertirá en parte del problema o en parte de la solución.

Hacia ese camino nos lleva Baricco, abordando la relación milenaria entre “civilización” y “barbarie” sin preconceptos, intentando ir hacia el centro de la roca en lugar de quedarse en la mera superficie. No se trata ya de aquél “Esperando a los bárbaros” que con tanta lucidez nos planteaba Cavafis, sino de que, como en la milenaria China la Muralla ha caído y están entre nosotros, y cada vez más, nos tememos, somos también parte del “ellos”.

Desde mi modesto punto de vista, el desafío que se plantea el autor consigue sortearlo con creces y se constituye en un aporte insoslayable en ese camino de comprensión de nuestras realidades que, como hijos de esa cultura del conocimiento y el esfuerzo, de la ética de la responsabilidad heredada de Max Weber, nos debemos como ciudadanos de la Aldea con el deber de heredar a nuestros hijos y nietos un mundo no solamente vivible -en los términos en los que lo conocimos- sino, hasta donde ello sea posible, también explicable.

Se trata, en ese proceso de mutación que en el que estamos inmersos -sin pedirlo, y las más de las veces sin ser conscientes de ello- de decidir qué y cómo queremos y podemos salvar de “nuestra” civilización, para legar a quienes nos siguen, como aporte a su propia peripecia. Es en ello en lo que Baricco realiza un aporte sustancial, con éste Ensayo que me animo a recomendar como lectura ineludible.