Con Emmanuel Carrère, De Vidas Ajenas y la nuestra propia

 

De vidas ajenas

Confieso que hasta hace unos meses no registraba a Carrère, con quien comparto el año de nacimiento y la vocación literaria, como un autor a tener en cuenta. Franceses de hoy, si, algunos, Houellebecq y Pennac, pero poco más. La decepción de Modiano aún me dura.

Sin embargo, Valentín Trujillo, premiado escritor uruguayo y periodista, publicó un artículo de crítica en la que puso a Houellebecq y Carrèrre como los dos buques insignia de lo que él llamó “la nueva Armada francesa“. Logró intrigarme, sobre todo porque allí mostraba la carátula de la novela-ensayo “Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos” donde mi contemporáneo emprende un fantástico viaje a través de la vida y la mente del increíble Philip K. Dick, el autor de “El hombre en el castillo” y la no menos increíble “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (que con el título de “Blade Runner, y de la mano del genial Ridley Scott, se convirtiera en obra de culto en lo que vulgar e injustamente suele llamarse “ciencia ficción”, porque tiene poco de ciencia y al cabo del tiempo, aún menos, de ficción). Un libro que me llegaba justo cuando andaba por el mundo desquiciado de Dick.

De su lectura y mi admiración por el increíble viaje por los intersticios de la locura siempre latente de Dick, decidí el camino lógico de continuar con la lectura del autor, a ser posible en su totalidad, lo que suele ser la medida más acertada para conocer la real valía de un escritor. Fue entonces que me interné en esas “vidas ajenas“, que tan poco de ajenas tienen y tanto de la vida, emparentadas con su socia la muerte, nos dice.

Advierto que mis reseñas, si es que de tales pueden llamarse, no pretenden ni tienen cómo ser un análisis literario proveniente de un especialista en tales menesteres. Son apenas, apreciaciones, sensaciones y sentimientos de un lector de ochenta a cien libros al año. Ese lector, viviendo una etapa especial de su propio camino donde la palabra cáncer se ha convertido en parte del paisaje sonoro habitual, ha quedado conmovido. Ése y no otro calificativo me parece el más adecuado, aunque muchos otros puedan invocarse con autoridad: humano, sensible, profundo, desafiante. Conmovido como para leer las últimas páginas con los ojos inundados en lágrimas, de las que no saben no obstante, a amargo sino al dulce sabor del dolor humano que nos lleva a la ternura, al amor despejado de urgencias.

Si bien  son dos historias bien distintas, al cabo del libro se tiene la sensación de que, por algún lado – que va más allá de la cercanía con el autor- tienen una relación más profunda, y creo que esa relación pasa por el dolor, la pérdida, lo inexplicable de la fragilidad de la vida humana y lo absurdo del caprichoso destino que nos puede esperar en un paradisíaca playa asiática, como tras un inocente dolor de rodilla.

Una madre que ha perdido a su única y pequeña hija bajo el capricho de una ola gigante a la que todavía no solía llamarse “tsunami” y que descubre en medio del dolor, que habrá de vivir y sobrevivir a él, cuando decide decir que sí al cuidado de otro pequeño, ajeno a su vida. Otra madre, y su amigo confidente con quien comparte gustos y desgracias, que comprende que ha vivido, que morir a los 33 años es duro, que tus hijas tan pequeñas quizás no lleguen a recordarte en el futuro de ellas sin ti, pero que aún así esa vida ha merecido la pena de ser vivida porque ha conseguido lo que muchos -demasiados- no consiguen, que es amar y ser amados, como para hacer de la ceremonia en la que tu marido te rasura la cabeza víctima de la quimioterapia, un acto mágico, casi sensual. En haber comprendido que esa cosa horrible que es el cáncer, enemigo íntimo, en realidad, también eres tú, es parte tuya.

Tal vez en estas dos formidables historias de vida, es donde más próximos a la sabiduría podamos estar, de la mano de un autor de excepción. A él y a quien me lo puso en mi biblioteca, gracias. Siento que hoy soy un poco, apenas un poco, mejor ser humano. Que no es poco.

Anuncios