a modo de confesión

No me lo dice. Y tiene que ser él quien lo haga. Lo que había de decirse se dijo ya y solo falta que pronuncie esas dos palabras que nunca querrías escuchar.

Su actitud, sus sonrisas nerviosas, su constante huir la mirada hacia el monitor dicen mucho más. Me obliga a que sea yo quien lo haga y le deje a él un que es como si lo hubiera escuchado ya.

-Tengo cáncer…¿no es así?

-Sí…- y no precisa decir más.

Él y yo hemos pasado la última media hora mostrándonos las cartas y sin embargo, allí estoy yo, pronunciando las dos palabras que definen su diagnóstico. Tan claro como el agua. Tan oscuro como pueda serlo el futuro. O no.

Esta vez mi pesimismo me juega a favor. Quien espera lo peor no se decepciona ante la confirmación de lo que ya intuye como una certeza. Lo asume, y desde ese abismo que se abre ante ti, comienzas a construir la defensa. El vaso medio lleno.

El “sí, pero…”que sigue al lapidario desnudo inicial, intenta ser una bocanada de aire fresco. Y lo es. No porque también haya sido intuido, sino porque el “pero” viene acompañado de atenuantes: “que el pronóstico, en principio, es favorable”, “que lo venimos siguiendo de cerca” –el plural que intenta ser empático, aunque a la hora de la verdad no cambie la realidad- y el “hay buenas probabilidades de curación” que queda flotando en el aire, expectante. La pelota ha rebasado la red y se encuentra en mi campo. ¿Qué otra palabra querría escuchar el condenado?

Ahora el pesimismo es un optimismo, mesurado sí, pero que hace más ligero el aire. Te has asomado al abismo y antes de caer, allí está él diciéndote que aún no es la hora. O quizás no lo sea. No necesariamente. Condena, pero en suspenso. Y para el condenado, llevado ante la ominosa silla, un corte de energía es una esperanza, toda la esperanza.

Desde la sospecha a la certeza, ¿qué ha cambiado? En realidad, nada. La sentencia genérica inherente a toda vida ha adquirido una materialidad, una consistencia, una cercanía que hasta ayer no imaginabas. Eso de la condena final era algo que le sucedía a otros, a los demás, y que habría de pasarte a ti, sí, pero después. ¿Cúando? Después. Un después tan lejano y tan ajeno que no había por qué pensar en él. Al fin y al cabo, nadie vive su vida pensando que va a morir. Hasta que te lo dicen. Con esas dos palabras. El verbo tener en tiempo presente, segunda persona del singular: tienes. Y no puedes renunciar a ello como podrías hacerlo con una herencia no deseada. Y la profusión de tecnicismos que buscan limar la aspereza de la palabra que también designa a un Trópico y un Signo zodiacal. Esa palabra que parece reverberar en la “erre” final, como si ella misma fuera producto de una llamada del destino, una cuerda tensada al máximo que amenaza reventar, un ligero vibrato cargado de amenazas.

Es curioso. Sabías que la genética te jugaba en contra. Sabías que esto podía pasarte en cualquier momento, y sin embargo, cuando ese momento se hace realidad, con toda su rotundidad, con todo lo que de definitivo tiene –porque aunque el pronóstico sea bueno, en todo caso en adelante deberás verte como a un sobreviviente, siempre provisional- el hecho en sí te suena como a cosa sabida. Es como si te hubieras desvelado y estuvieras viendo cómo, lentamente, la oscuridad va cediendo terreno a la débil claridad del alba, y sabes que, estés o no allí, lo veas o no, amanecerá y con el sol comenzará un nuevo día.

Y entonces luego, ese otro tú que no parece yo, se encuentra saliendo por su propio pie de esa suerte de Tribunal, bajando escaleras que conoces de memoria, contestando la tan amable como mecánica sonrisa de una recepcionista que ha visto y verá tu cara, otras caras, todas las mismas caras, iguales yendo hacia la salida como por un túnel que te lleva hacia una luz nueva. La misma, pero distinta. El sol te parece otro, como si en esa media hora hubieras cambiado de piel, el viento te acaricia también de otra manera. La misma pero distinta. Sientes que estás viendo una película, pero a la vez, estás dentro de ella. En palabras de Carson McCullers en “Frankie y la boda”, “son apenas las seis y media, y los minutos brillan como espejos”.

Las cosas que a lo largo de tu vida has ido incorporando como hábitos te hacen esperar a que haya luz verde frente a ti para cruzar esquivando el tráfico. Y no sabes cuánto tiempo después, ni cómo has llegado allí, a tu habitación de hotel. Esa habitación que hasta hace unas horas te parecía un sustituto del vientre materno y ahora se te antoja opresiva. Sales otra vez. Quieres corroborar que el viento que sopla desde el sur, te eriza la piel. Es una prueba de vida que nadie te pide, pero que de pronto precisas como el agua. Y estar solo, solo contigo, aunque sea y mejor que lo sea, en medio de la gente. Ahí, en medio de la gran plaza, esa plaza desangelada que parece un territorio en permanente disputa, como si fuera ella misma una metáfora de la vida con gente siempre de paso, yendo y viniendo. En aquél ángulo los juegos y las madres con sus niños. Rostros despreocupados, sonrosados, que te recuerdan otros, tan queridos. Y las parejas que charlan, se ríen, riñen, se besan como si el mundo fuera a acabarse ahora mismo. Y los otros, a los que la vida les ha pasado por encima y fuman sus ilusiones, sabiendo que un mundo, su mundo, se les acaba o ha acabado ya y solamente esperan sin saber qué.

A todos ellos, los ojos de ese tú que no parece ser yo, los miran de otra manera. Como si tus sentidos se hubieran independizado del tiempo. La mirada del que mira desde fuera, deseando estar dentro más que nunca. Ese tú al que no parece molestarle estridencia alguna, ni la mugre en derredor que campa a sus anchas, ni tan siquiera la indiferencia de esas gentes que son solitarios naufragados en medio de la pequeña multitud. Ese tú, que soy yo, y que piensa en ustedes que son el nosotros de mi.

Todo tan viejo, y sin embargo, tan nuevo. Es, tal vez, la mirada del guerrero que la tarde anterior a la decisiva batalla vela armas y ve pasar delante suyo, no sólo el pasado, sino el futuro que ya está allí, esperando por él, indiferente a su suerte.

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2 comentarios en “A modo de confesión…

  1. Has escrito el relato más brillante de ese momento temido por todos, porque en realidad es un momento común, un espacio público que todos compartimos o compartiremos en el futuro.
    Enhorabuena por tus palabras y mucha fuerza ante la batalla que empiezas a librar. Tus aliados serán tus lectores, entre los que me encuentro, y puedes estar seguro de que no te fallarán.
    Un abrazo

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