Otro 28 de Septiembre

manos madre

Se me ha escapado ya casi medio día -cuando borroneo estas líneas, no ahora que ya se escurrió fatalmente- y casi todo él sin otra cosa que hacer más que pensar, leer, disfrutar del ocio bien ganado, y todo ello acompañado del eterno mate sin el que cualquier uruguayo que se precie de tal no lo es, ese compañero fiel que nada pregunta y brinda calor allí donde más se precisa.

Sin embargo, hay algo que me molesta, algo que parece situarse justo en medio del estómago. Es la angustia. Reciente y traicionera. La que se me instala como convidado de piedra cuando reparo en que vivo en un 28 de Septiembre y parece no decirme ya nada, casi como para pasar por encima de él como de cualquiera otro de antes o después, uno más que se usa y deja atrás sin pena ni gloria.

No obstante, qué lejos de ello. Porque 14 años atrás fue un 28 de Septiembre que se llevó a mi madre, a mi mamá, que se la arrebató al hombre de 43 años que yo era entonces, dejándome para siempre irremisiblemente huérfano, solo en el mundo sin ese cordón que no se corta realmente con el parto sino mucho después con la definitiva muerte. A ese hombre que era padre desde hacía dos décadas y que de buenas a primeras dejaba a sus hijas sin su abuela. Como dos años antes, les había dejado sin su abuelo.

Y luego la vida que sigue, sola, en piloto automático, sin preguntarte a dónde te lleva, haciendo sin embargo, un doloroso alto en el camino cada vez que, cada año, el mes de Septiembre llegaba a su vigésimo octavo día. Duro el primero, y el segundo también, y los restantes, aunque cada vez más lejanos.

Y luego más aún, porque la vida sigue, imperturbable, indiferente. Y más tarde cuando el padre que soy se corre un casillero para pasar él -yo mismo- a ser el abuelo, huérfano aún aunque ello poco o nada signifique como no sea para ese yo mismo. Dolor sin testigos, mudo y solitario como su solitario portador.

Y después la vida, libro que se escribe cada día, sin guión ni final conocido, que empieza a tenderle trampas hasta al dolor. A engañarle con el olvido. Con el primero, el que todavía – todavía- es un asomo incipiente de olvido, un anuncio y aviso que si no es el próximo año, algún otro habrá en el que el día 28 del noveno mes parará para ti como un día más.

Y por eso el dolor. Por eso la angustia. Porque ese día que hoy, recién hoy, entiendes que un día ha de llegar, será el de la definitiva muerte: la irreparable, la del olvido. Esa que a fuerza de recuerdos has procurado prolongar en el tiempo, inútilmente, tan sólo para que este otro dolor, distinto, íntimo como pocos, no volviera para instalarte la angustia en el estómago.

Sin embargo, allí está. Por todo el día. Por todo lo que olvidé antes y, me temo, por todo lo que sé ahora he de olvidar en el futuro, justo hasta que yo mismo me hunda en el camino de ese olvido, otro olvido.

Nada que hacer, salvo esperar al 29 de Septiembre que, quizás, despunte con una esperanza nueva.

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