apocalipsis-1

(Tragedia en trece escalones y un solo final)

El

Las cosas están confusas, oscuras. Parecen amenazantes las cosas. Los hombres, que son hombres y mujeres que otrora fueron jóvenes, y antes niños, miran y esperan. Sin pedir, reclaman, ruegan, imploran. Sus miradas lo dicen todo. Sus bocas no. O por lo menos, nada que se les entienda. Los viejos, que fueron hombres y mujeres piensan en tiempos mejores, pero no dicen nada. Los viejos alzan los ojos, mudos los ojos. Las bocas trémulas, sin dientes, nada dicen. O lo dicen todo, con su silencio.

A

Las cosas están oscuras, entreveradas, allá donde los hombres no llegan nunca. Allá donde imaginan, en vano. Piensan que va a escucharles. El que creó todas las cosas, les escuchará, aunque solamente piensen. Aunque nada digan. O digan, pero no se les entienda. Ni aún para aquél que creó todas las cosas. Que no escucha. O por lo menos, así parezca.

P

Los viejos, que antes fueron hombres y mujeres, que otrora fueron los jóvenes que eran niños, recuerdan. No hablan de cuando el sol. No les creerían. Para qué. Mejor así. Para ellos pasó ese tiempo. Queda la espera, estéril, con las bocas vacías, mudas. Y los ojos ciegos. Solamente las manos, rugosas, abiertas hacia allá, quieren decir algo. Pero no lo hacen, o por lo menos no les entienden.

O

Los hombres, que son hombres, no lloran. No pueden. Los hombres, que no lo son, que son mujeres, sí lo hacen. Pero son llantos secos, mudos, que se mueren dentro. Los hombres piensan, y esperan. Esperan, día tras día, una sola noche, larga, oscura. Las cosas están así. Lo viejos piensan que antes no. Pero no lo dicen. Para qué. Los jóvenes, que fueron niños, esperan. Tampoco saben qué. Los niños sí lloran. Sus bocas vacías, piden. Pero no hay. Y los llantos se agotan. Los llantos agotan.

C

Y los que esperan, y los que esperan sin saber que esperan, allí están. Viendo cómo las cosas están, oscuras, malas están las cosas. Pidieron, rogaron, imploraron, lloraron lágrimas ácidas. Pero ahora ya no. Se agotaron. Y el que creó todas las cosas no respondió entonces. Tampoco ahora.

A

No saben los hombres. Piensan los hombres. Piensan y temen preguntarse. Tal vez, no necesiten hacerlo. Saben qué hicieron los viejos que fueron hombres, que son mujeres y hombres. Saben lo que ellos mismos han hecho. También, lo que no han hecho, y debieron.

L

En sus oídos gastados, los viejos que fueron hombres, conservan ecos. Son murmullos del agua. Podrían hablar de ella, de antes. Pero no lo hacen. Para qué. Los hombres, mujeres y hombres que son, lo saben pero no quieren recordarlo. Los jóvenes no. Ellos no saben. Sus ojos muertos nunca vieron. Sus oídos no oyeron, y no creen. Sus labios nunca probaron, y tampoco creen. Los niños, que lloraban, ahora no. Para qué.

I

En sus mentes gastadas, perdidas en lo oscuro de las cosas, los viejos tienen destellos. Ante sus ojos ciegos, pasan colores. Los de antes. Los hombres saben de ellos, pero no quieren. Recordar, no quieren. Para qué. Los labios murmuran, pero no se entienden. Los gritos se perdieron, hace mucho. Se fueron rebotando entre las rocas, y no volvieron. Iban en busca del que creó todas las cosas, pero no volvieron.

P

En sus bocas cascadas, los viejos que fueron hombres, recuerdan sabores. Los de antes, que los hombres, que son mujeres y hombres ahora, probaron. Pero no lo dicen. Callan, los viejos. Ellos, los hombres, prefieren no recordar. Y los jóvenes, ni eso. Solamente las manos, secas, cuarteadas, puestas hacia allá. Hacia donde esperan por el que creó todas las cosas.

S

Los hombres, mujeres y hombres juntos, esperan la voz. Una señal. Algo que ponga fin a la espera. La esperan, pero la temen. Los viejos no. Ya no esperan. Están más allá de la esperanza. Y del miedo. Están más allá del mundo, porque pertenecieron al otro. A los hombres solo les queda éste, y la espera. A los jóvenes, quizás. A los niños, ni eso. Lo piensan, los hombres. Pero no lo dicen. Para qué.

I

Que se termine, piensan algunos hombres, también mujeres. Que acabe ya. Que escuchen la sentencia y ya. De qué sirve esperar. Las cosas, todas las cosas, están así. Confusas, oscuras, amenazantes. Las cosas son una mueca de la muerte. Los viejos lo saben. Los hombres, y sus mujeres, saben que lo saben, pero no lo dicen. Y ellos no escucharían, tampoco. Para qué. Los jóvenes no preguntan, y es mejor. Los niños no saben qué. Mejor también. Son menos mentiras. Mintieron tanto, antes.

S

Los hombres, y sus mujeres, lo saben. Los viejos, que fueron hombres y mujeres, también lo saben. Mejor que nadie. Por ello secaron sus lágrimas. Por ello, nada esperan. Saben que no pueden. No tienen derecho. Nadie va a escucharles. El tiempo -su tiempo- pasó. Y ya ven cómo fueron las cosas. Mal, han ido muy mal. Los ojos gastados ya no ven. Mejor así, porque lo que vieran, no les gustaría. Solamente les queda el recuerdo. Traicionero, el recuerdo de los viejos. Insiste en volver atrás, cuando las cosas eran otras. Pero los viejos no quieren. A los viejos, el recuerdo les duele. Si tan siquiera pudieran borrárselos, y ya. Pero no. Se presentan cuando menos lo piensan. Y vuelven a lo mismo, cuando las cosas eran distintas. Pero ahora son otras, oscuras, confusas, perdidas.

Los recuerdos de los viejos son porfiados. Aparecen igual, a traición. Revuelven la herida. Traen, colgando de sus bocas desdentadas, los viejos amaneceres. La luz despertando, algo que los ojos secos de los hombres ya no verían. Pero allí está, aún, en el recuerdo de los viejos. Era el tiempo del sol. La luz borrando las sombras. Y el agua, rumorosa, entre piedras. Duelen los recuerdos de los viejos. Los oídos muertos todavía oyen gorjeos. Oyen el zumbido de un colibrí danzando sobre flores. Tan lejos, todo. Tal vez no sea más que su imaginación de viejos dementes. Sufren los recuerdos, los viejos. Pero no los comentan. Para qué.

Ahora…

Los hombres saben que no van a escucharla. Que la voz del que creó todas las cosas, no va a ser escuchada por sus oídos. No tienen esperanza. Tienen miedo de esa palabra. Se les murió, esa palabra. Junto con la luz, cuando el sol murió. Cuando se apagaron los sonidos y los rumores. Cuando cesaron los gorjeos y los zumbidos. Cuando las sombras lo cubrieron todo. Cuando el calor les fue abandonando, de prisa. Cuando todo enmudeció, carente de movimiento. Huero de vida. Ese fue el tiempo de la muerte. La muerte de la esperanza, para los hombres, y sus mujeres. Los jóvenes no lo supieron, pero lo intuyen, y por eso no preguntan. Para qué. Los niños acabaron las lágrimas. También agotaron las preguntas. Sin respuestas, ahora tampoco preguntan. Para qué.

…en la hora final

Es la noche que ha caído sobre ellos. Sobre viejos y hombres, mujeres y hombres, sobre jóvenes y niños. Es la noche última, de la que no se sale. La noche sin amanecer al final del tiempo. Es un tiempo sin final. Tiempo muerto, como la noche abatida sobre ellos, y sus manos, agrietadas, puestas hacia arriba, donde esperan, inútilmente, por la palabra del que creó todas las cosas, que no ha de llegar. Han comprendido, finalmente, que de él solamente el castigo, podían esperar. Lo supieron cuando las cosas fueron oscuras, confusas, pero no quisieron aceptarlo. El recuerdo de la luz, les mantenía la esperanza. Debió acabarse el último resquicio, para que acabara también. Con los viejos, se van los recuerdos. Queda, el puro presente. Presente sin futuro. Un presente muerto. Como el que se lleva a los hombres y mujeres. El mismo que se llevará a jóvenes, que no serán hombres y mujeres, ya no. Y a los niños, que no serán jóvenes. Tampoco ellos. Porque, por fin, han entendido el silencio del que creó todas las cosas. Ése, es su castigo. Para que las cosas sean, cada vez, más oscuras, confusas. Para que las cosas se confundan en la noche con la muerte de todas las cosas.

 

(a) Todos los derechos reservados Safe Creative Registro 1604177248785

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3 comentarios en “El Apocalipsis o el fin de las cosas…

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