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“Cómo llegó la noche” (Editorial Tusquets, 2002) , es un libro de memorias del Comandante Huber Matos (Yara, Cuba, 1918 – Miami, 2014) que obtuviera el XIV Premio Comillas en 2001, otorgado por unanimidad por el Jurado integrado por Jorge Semprún,  María Teresa Castels, Miguel Angel Aguilar, Jorge Edwards, Santos Juliá y Antonio Lopez Lamadrid.

A lo largo de casi 600 páginas, Matos relata los años previos a la guerrilla desde el Golpe de Batista de 1952, su vida como Maestro Rural en contacto con el sufrido campesinado cubano, su primer exilio, los avatares de la Sierra Maestra donde se convirtió en uno de los principales Comandantes -junto a Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Raúl Castro – teniendo a su cargo la legendaria “Columna 9” que libró varias de las principales batallas que jalonaron el triunfo rebelde, hasta el ingreso a Santiago de Cuba el 1º de Enero de 1959.

Con extrema minuciosidad, detallando fechas, nombres, fuentes, Matos relata el breve período desde la toma del poder, la vorágine de una Revolución que había nacido bajo la premisa de un Manifiesto que prometía libertades y restitución de la vigencia de la Constitución y llamado a elecciones democráticas, devenía rápidamente en una autocracia bajo la mano de hierro de Fidel, antiguo alumno jesuita, abogado e hijo de burgueses, apelando a silenciar toda voz discordante mediante las ejecuciones sumarias o, en el mejor de los casos, la no menos sumaria internación en las mazmorras batistianas ahora en manos de la Revolución.

A cargo de la Gobernación de la Provincia de Camagüey, donde Matos había logrado ya un enorme prestigio, es que las diferencias con el rumbo de la Revolución hacia el comunismo, le llevan a dirigir una carta a Fidel solicitándole la baja del Ejército para volver a su provincia natal a ejercer el magisterio. Encolerizado y en plena histeria, el Supremo Comandante le manda arrestar, eligiendo para ello nada menos que al Comandante Camilo Cienfuegos, único de sus lugartenientes que por carisma podía hacerle sombra, y amigo personal de Matos. Queda para siempre la duda de por qué esa elección, qué buscaba con ella, y cuánto pudo tener que ver ese hecho con que una semana después Camilo haya muerto en un misterioso accidente de aviación, del que quedaron más dudas que certezas.

Caído en desgracia, a Matos se le somete a un Juicio Sumarísimo donde, a pesar de la instigación de algunos que -como Raúl Castro- pretendían cobrar viejas cuentas- a Fidel no le dio el cuero para hacerlo ejecutar y se saldó con una condena a 20 años de prisión. Paradojalmente, en el Juicio al “traidor” el propio Fidel se escandaliza y enfurece porque Matos, en su carta y alegatos, sostiene que la Revolución se encamina hacia un régimen comunista, muy lejos de las consignas bajo las cuales él y casi todo el pueblo cubano había luchado para derrocar al otro tirano, Batista. Las 5 décadas posteriores, relevan de cualquier comentario acerca de quién tenía razón.

Gran parte del libro está dedicado al descarnado relato de los más de 7200 días de suplicio en las mazmorras castristas, no solamente de su propio calvario, sino el de tantos otros acusados del régimen sometidos al más variado repertorio de torturas y vejaciones propias del estalinismo reinante que dejarían pálida a la misma Inquisición.

El libro que comento llegó a mis manos allá por 2011-2012 y avancé en su lectura hasta esa parte precisamente, cuando Fidel acude al mismo sistema del Santo Oficio y convoca a la masa enardecida para pedirles la condena a los viles traidores, hasta escuchar de éstos el “paredón, paredón” para el gusano. No me dio el espíritu ni aguantaron las tripas para seguir leyendo.

En una nueva paradoja del destino, cuando el saurio de La Habana se había muerto varias veces pero seguía vivo, oculto tras el poder, sin que viniera a cuento de nada retomé la lectura. Es durante ese proceso de lectura que, al fin, la China Castro toma el micrófono para comunicarle a sus súbditos que el monarca, ahora sí, por última, total y definitivamente, ha muerto.

Matos, su rehén durante 20 años exactos, había muerto hacía 2 años. Atrás había dejado cerca de 200 días de huelga de hambre, los innumerables intentos por conseguir que se autoeliminara, y la tortura llevada al extremo de la crueldad. Sin embargo, un cuerpo deteriorado, con múltiples fracturas, enfermedades propias del régimen de cárcel y martirio, sostenido en un inquebrantable espíritu, le resistió 35 años más desde su salida de Cuba para dar testimonio de la insanía del sátrapa que había, virtualmente, secuestrado a su pueblo.

Matos murió lejos de su tierra, de la que amó hasta el punto de ofrecer su vida por ella, y sin poder siquiera visitar la tumba de su madre en Yara, porque hasta en eso la mezquindad de Fidel supo ensañarse. Algún día, la Historia hará la justicia que los hombres no lograron conseguir. Sin embargo, el testimonio de Matos, como los de tantos perseguidos y torturados -me viene a la mente el de Reynaldo Arenas, o el de Armando Valladares, otro rehén del castrismo- debería ser una vela encendida para recordarle a todos los cretinos útiles que, urbi et orbi, siguen siendo cómplices de la barbarie que también a ellos, más temprano que tarde, ha de llegarles su hora.

 

 

 

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