los-barbaros

Cuando pase raya de este 2016, año de lecturas largas, tengo la plena convicción de que este ensayo de Alessandro Baricco, “Los Bárbaros, ensayo sobre la mutación” figurará en los primeros lugares, en cuanto a la profundidad y trascendencia de lo que plantea, argumenta y sostiene el autor, con la solvencia a que nos tiene acostumbrados a sus seguidores.

A quienes como el escriba, casi arribando a territorios de las seis décadas, observar al mundo desde lo que creímos certezas heredadas, se ha convertido en un asombro diario, en un permanente desafío a la razón, una tortura a los sentidos y un asalto a la disminuida capacidad de asombro, para las que aquellas certezas perdidas se constituyen en un permanente estado de zozobra ante lo que no entendemos y por ello, menos podemos aceptar.

Asistir al espectáculo, de horror las más de las veces, de la “civilización del espectáculo” de la que nos habla Vargas Llosa – que viene teniendo bastante más de espectáculo que de civilización- deviene en una tortura, las más de las veces auto-infligida habida cuenta esa compulsión del ser humano de resultarle virtualmente imposible permanecer al margen.

La vida nos enseña que básicamente existen dos clases de problemas: los que podemos -y por tanto, deberíamos- resolver, y los que están en el campo de lo humanamente imposible. En cualquier caso, sean unos u otros, lo que tienen en común es que deberíamos intentar comprender, porque tengan o no solución, pueda o no participar -así sea mínimamente en el sentido correcto- requiere como premisa básica e imprescindible, entender de qué se trata lo que tenemos por delante.

En el mundo convertido en una “aldea global” la maraña de información, desinformación, conocimiento acumulado y permanencia de interrogantes sin respuesta, todo parece estar lejos de nuestro alcance. Tal vez, entonces, cuando no puedas cultivar la comarca, la cuestión se trate de mantener prolijo tu propio jardín. El jardín interior, ese donde a diario deberíamos cuidarnos de las malas hierbas, de regar con una buena dosis de comprensión, del que nacen nuestras propias actitudes, ellas sí destinadas a ser parte de la gran correntada que se convertirá en parte del problema o en parte de la solución.

Hacia ese camino nos lleva Baricco, abordando la relación milenaria entre “civilización” y “barbarie” sin preconceptos, intentando ir hacia el centro de la roca en lugar de quedarse en la mera superficie. No se trata ya de aquél “Esperando a los bárbaros” que con tanta lucidez nos planteaba Cavafis, sino de que, como en la milenaria China la Muralla ha caído y están entre nosotros, y cada vez más, nos tememos, somos también parte del “ellos”.

Desde mi modesto punto de vista, el desafío que se plantea el autor consigue sortearlo con creces y se constituye en un aporte insoslayable en ese camino de comprensión de nuestras realidades que, como hijos de esa cultura del conocimiento y el esfuerzo, de la ética de la responsabilidad heredada de Max Weber, nos debemos como ciudadanos de la Aldea con el deber de heredar a nuestros hijos y nietos un mundo no solamente vivible -en los términos en los que lo conocimos- sino, hasta donde ello sea posible, también explicable.

Se trata, en ese proceso de mutación que en el que estamos inmersos -sin pedirlo, y las más de las veces sin ser conscientes de ello- de decidir qué y cómo queremos y podemos salvar de “nuestra” civilización, para legar a quienes nos siguen, como aporte a su propia peripecia. Es en ello en lo que Baricco realiza un aporte sustancial, con éste Ensayo que me animo a recomendar como lectura ineludible.

 

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