#historiasdesuperación: Diez minutos con mi asesino

Todo ha sido muy rápido. Estoy frente al Juez, hombre que me mira como si pretendiera ver detrás de mí. Estoy sola con él y con quien dice ser mi abogado defensor, de oficio por supuesto. Él ha conseguido la audiencia. Aunque haya hecho poco más que eso por mí, creo que es bastante. Confío en convencer al Juez. Que me escuche, que oiga mis razones y por qué le pido lo que le pido.

Diez minutos a solas con mi asesino, Señoría, sólo eso le pido. Antes o después del funeral, tanto da, pero diez minutos él y yo. Usted quizás no entienda y crea que estoy loca, pero necesito hacerlo, no solo por mí, también por mi hija, tengo que explicar y explicarme varias cosas. Allí, frente a él. Sé que no ha de escucharme, nunca lo hizo en realidad, pero da igual, me basta decírselo. Lo que dije ante usted y el Jurado, por supuesto, pero también otras cosas que solamente yo y él podríamos entender ¿me explico? Me hago cargo que le parezca irregular, que le provoque inquietud porque pueda cruzarme con algún familiar suyo, pero le garantizo que nada, pero nada me interesa más que lo que le digo, estar frente a él y decirle lo que tengo aquí, ve usted, atragantado y nunca pude decirle. Lo he perdido todo Señor Juez, quizás también a mi niña, pero por eso mismo, porque no tengo nada para perder es que le hago este pedido, un poco extraño para usted, me imagino.

Contra el escepticismo de mi defensor, el hombre se apiadó de mí y me concedió el pedido. La policía judicial ha tomado todas las medidas de seguridad y esposada, me han introducido en un furgón de vidrios espejados, en el que salgo, como de un útero, hacia las entrañas de un lugar frío y desangelado. Me conducen entre paredes blancas, a derecha, luego a izquierda, hasta que al final me sientan en una silla de metal de respaldo recto, enfrentada a una mesa también metálica, a donde se dirige un chirrido de ruedas sobre las cuales transportan a mi asesino. Le han depositado frente a mí, y me han puesto de pié para poder verle a la cara, mientras la mujer que me custodia se repliega hacia la puerta y asume la actitud del que no ve ni escucha. Allí está él, mi asesino, sin mirarme. Mejor; recuerdo esa mirada como un puñal atravesando mis carnes. Que solamente escuche. Hoy, tendrá que escucharme.

¿Por qué, Agustín? ¿Por qué pasó lo que pasó entre nosotros? ¿Cómo llegamos aquí? Durante estas últimas interminables horas, he tratado de pensar en nosotros antes, ¿recuerdas?, cuando aún teníamos ilusiones, por lo menos yo las tenía, y tú también, quiero creer que sí, que alguna vez me quisiste. He pensado mucho Agustín. Me duele la cabeza de tanto hacerlo. No lo creas, todo ha sido muy difícil desde cuando te dejé allí en nuestra cama, porque era nuestra cama, ¿te das cuenta? Allí engendramos a Agustina, cuando todavía sentía que en la mañana el sol salía para todos. Cuando una caricia eran tus dedos en mis mejillas, tu mano en mi cabello. ¿Por qué? Queríamos que fuera varón, yo también lo quería, pero fue nena. Igual quise darle tu nombre, aunque en femenino. Yo te quería Agustín. No me digas nada. Sólo escúchame. Te quería a ti, a tu familia, a tu padre tan buena gente, a tu madre que creo me quería como a una hija. Creí que tú y ellos serían mi nueva familia, la que casi ya no tenía. ¿Acaso fue por Agustina? ¿Te sentiste defraudado porque no quiso ser varón? Todo parecía ir tan bien. Aún cuando insististe para que dejara mi trabajo. Está bien, pensé entonces, quizás tenga razón, debo dedicarme a nuestra hija, con lo de él tendremos suficiente. Pero luego empezaste a quejarte porque Agus no te dejaba dormir, que te levantabas de malhumor, por la noche llegabas tarde, y el olor, habías estado de copas. Yo no te decía nada. Creía que se te iba a pasar. Que tenías problemas en el trabajo, o que era por la niña. Trataba de hacerla dormir temprano, todo para que no te molestara. Pero a ti nada parecía conformarte. Pensé que era yo, que algo estaba haciendo mal. Que el embarazo y luego el tiempo con la niña, nos estaba alejando. Traté, te lo juro, intenté por todos los medios, de cambiar las cosas, que volvieras a mí, ya sabes, aunque me cueste decírtelo, pensé que si me mostraba más abierta en la cama volverías a amarme. ¿Recuerdas, Agustín, esa primera vez? Te sugerí aquello porque pensé que era lo que tú querías, pero esa fue la noche que por primera vez me trataste de puta, de mujerzuela, mala madre y todas esas lindezas, y que no contento, me descargaste tu mano sobre la cara.

Se le va a pasar, volví a pensar. Está muy presionado. Fue un error el mío. ¿Cómo no pensé que mostrándome así te haría pensar mal de mí? Recuerdo que estabas arrepentido. Que me pedías perdón. Y cómo no iba a perdonarte, si allí al lado tenía a nuestra hija, a tu hija. Te perdoné, claro, porque un momento malo lo tiene cualquiera. Me dijiste que nunca más. Pero luego vino lo de Agus en nuestra cama, que el pañal no debía estar bien puesto, que te orinó encima, tu rabia, el llanto de la niña, y la mano una y otra vez sobre mi cara, y tus dedos tirando de mis pelos. Volviste a pedirme perdón. Volviste a decirme que nunca más. Pero bastó un plato que no te gustó para que acabara bajo la mesa con tus zapatos en mis costillas. Allí decidí comprar la pistola. Era mujer y madre, pero no ibas a volver a pegarme. Ahora dime, ¿por qué? Te maté, pero tú lo hiciste antes conmigo. Callas, cobarde. Mejor así.

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Escritores en apuro.

LA NACIÓN DE LAS BESTIAS

Tengo que admitirlo. El día de ayer, después de saber el resultado de las elecciones en Estados Unidos, tuve un largo momento de pánico. Pánico construido con ladrillos de miedo y mucha, mucha inseguridad. (Haciendo analogía a lo que trae a México ahorita de cabeza, el dichoso muro). No voy a hablarles de las causas y consecuencias de las elecciones de aquel país, ni de lo que siento por tal o cual candidado. Voy a hablarles de mi experiencia, desde mi trinchera como escritora novata, autopublicada y mexicana.

En un momento de sincera desesperación, pensé en que tal vez iba a ser mejor sacar mi libro antes de la fecha que había previsto, para que el precio del dólar no me tomase por sorpresa. Estaba realmente asustada, y quise, por unos instantes, lanzar el libro en diciembre, echar todo mi trabajo de preparación y esfuerzo por la ventana con tal…

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Carta a mi padre, donde esté…

 

Mi querido viejo :

Hoy hace 15 años que te fuiste a ese lugar y tiempo a donde más temprano que tarde todos hemos de ir y donde, quiero creer, me estarás esperando junto a ese viejito maravilloso que era el abuelo Amaranto y la venerada Mamavieja.

La mitad de lo bueno y lo malo que es la vida, te la debo a ti. Durante más de 44 años compartimos ese viaje. La mitad de él, bajo el mismo techo, si no todo el tiempo por lo menos buena parte. Hijo único, no tuve nunca ni tengo ahora con quien compartir lo que siento y pienso, así que como suele decirse, desde hace 15 años la procesión va por dentro.

Nacido en el primer cuarto del Siglo XX, en el propio culo del Uruguay recién salido de las guerras fratricidas, la vida no podría haberte mostrado su cara más amable. El principal y casi seguro oficio que esperaba a quienes caían a la vida por esta parte del mundo en esas épocas, sin fortuna ni privilegios, sería el de aprender a vivir y sobrevivir con lo que justo. Si acaso unos años de escuela para aprender a leer y escribir lo básico, algunas cuentas para defenderse, y después a hacerse en el duro oficio del diario vivir.

Intransigente y soberbio, como todo joven que fui, te hice mi víctima preferida de esos exabruptos de intolerancia que solía formar parte de mi carácter, tal vez nada más que una coraza de protección ante lo que no entendía, o consideraba injusto, o que simplemente creía no merecer, como si de merecimientos fuera la cosa, que no lo es pero se necesita mucho andar para entenderlo, a veces, un poco tarde.

Dicen que hay cosas irreversibles como una bala disparada o una palabra dicha. Ante la muerte, una palabra no dicha tiene el mismo carácter de fatal irreversibilidad. Debí haberte escuchado más. Debí haber dicho menos. Debí, pero no lo hice.

Desde tu partida, hubo cosas que no pude hacer por mucho tiempo. Una de ellas, fue recordar el color de tus ojos: tu mirada, viejo querido, se me iba en la bruma de mis propios sentimientos. Por aquél tiempo, cuando a costo de tu vida habías logrado librarte del sufrimiento del cáncer, yo había comprado un álbum de Eric Clapton, “Pilgrim”, cuyo primer tema es, precisamente, “My father eyes”, los ojos de mi padre, los tuyos, los que no lograba recordar. Nunca pude, desde entonces, escuchar esa canción sin que se me “piantara un lagrimón”, tan tarde para eso como para todo.

Hoy, cuando yo también recorro mi propio camino hacia mi personal Ítaca, quería decirte ésto, que supieras que te quise mucho, y que, aún pasados los años, el ser humano mayor que hoy soy, no es capaz de escribir estas torpes líneas sin que la vista se le nuble y el corazón cabalgue a su aire.

A donde estés, te recuerdo con el cariño que, tal vez, no haya sabido darte. De aquéllas, las cosas que podría haberte reclamado, ya te había perdonado. De mis propios errores, quiero creer tu me hayas perdonado. Si así fuere, yo también podré perdonarme y aguardar, en paz, si es que ello es posible, volver a encontrarnos.

 

 

Poesía sin corbata: “…y en el Principio, fue la Palabra…”

palabras

Y en el Principio fue la Palabra, hablada

y la palabra fue

palabra  compartida

*

Y luego la palabra fue cantada,

y el canto fue

Oda y alegría

*

Pero más luego, la palabra fue gritada,

 horca y Muerte fue la palabra

fue locura desatada

*

Más también fue escrita, la palabra

y fue canto de amor y esperanza

fue pasión, fue locura

más también, poesía,

fue poesía y vida,

la palabra

*

Con Miguel Delibes, y su pequeño “Príncipe destronado”

el-principe-destronado

En una de esas tantas aventuras por ferias, ventas de viejo y cajones olvidados, hace un tiempo apareció entre mis manos incrédulas un ejemplar -en muy buen estado, como si hubiera estado esperándome- de Ediciones Destino Colección Áncora y Delfín (17ª edición, 1980) de “El príncipe destronado” de Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) con ilustraciones (dibujos) de su hijo cuando contaba con 4 años, es decir, la misma edad del protagonista de la novela: Quico.

Originalísima desde su concepción, desde que se desarrolla en apenas unas horas de un día de Diciembre, con el centro en la casa donde Quico, el penúltimo de cuatro hermanos y que acaba de perder su condición de benjamín a manos de una niña -preciosa, se supone- y desde la voz del propio niño, que ve, cuenta y sugiere un mundo donde la violencia, las apariencias, los amores y afectos duermen juntos con las traiciones y el orgullo. Es un mundo pequeño y a su vez enorme donde todos parecen asignarle un papel -el de “príncipe destronado” precisamente- y en el cual todo lo que haga parecerá explicado por esa condición.

Si como decimos, con independencia de cuánto camino llevemos recorrido rumbo a nuestra personal Ítaca, todos mantenemos vivo dentro nuestro al niño que fuimos, resulta imposible no sentirse ese adorable Quico, tan inocente, tan querible.

Delibes es un autor brillante, dueño de un prosa riquísima, elegante, un preciosista de la lengua castellana que no en vano ocupó hasta su muerte y durante 35 años un sillón en la benemérita Real Academia.

Ciento sesenta y seis páginas para reírse -el humor infantil rezuma como la miel en cada situación- , para conmoverse, para volver a sentir esa ternura que solamente provocan los niños, por los que ellos son y nosotros nunca dejamos de ser.

Búsquelo, intente conseguirlo, pídalo prestado, publique un aviso, acuda a una biblioteca, pero no deje de leerlo. Créame, no va a arrepentirse.

Por lo menos así lo siento yo.

 

La “Intimidad” de Kureishi, o un dilema demasiado frecuente…

intimidad

Novela breve del autor de “El Buda de los suburbios”, su extensión -tanto en páginas como en tiempo, ya que transcurre enteramente en una noche, la previa a una separación definitiva y resuelta- contrasta con la densidad de su planteo moral y psicológico.

El protagonista, un guionista de relativo éxito, ha decidido romper con 6 años de matrimonio y con ello dejar a dos hijos pequeños, desde el momento que ha sentido que su relación ha finalizado por flagrante fracaso. Durante toda esa larga noche Jay se pasea por sí mismo, sus relaciones, el amor por sus hijos, el dolor de su mujer, la incertidumbre, el sentimiento de fracaso y la inevitabilidad de ese final para relaciones que parecen condenadas de antemano.

La historia, contada con la solvencia narrativa de Kureishi tiene además, el valor de no tomar partido, poniéndonos a nosotros lectores en esa posición del que asiste a un debate moral donde  están en juego los valores esenciales que hacen a nuestra vida y sentido como seres humanos.

También yo, como Kureishi mismo lo confiesa de su experiencia, recuerdo una sociedad en donde, cuando crecimos, apenas había niños con padres separados. Sin embargo, el mundo en el que el autor, nosotros lectores y Jay su protagonista, viven y vivimos, es uno en que la relaciones están marcadas por la satisfacción, la búsqueda del placer, las realizaciones personales y un largo etcétera, donde tiene muy poco lugar la ética de la responsabilidad que a nuestra generación había inculcado nuestros mayores.

Yo tampoco tomo partido, pero la novela deja el tema planteado, como un boleto de tren sin ser utilizado, para que cada quien decida si quiere realizar el viaje y a través de él juzgue.

Por lo menos, así lo siento yo.

Cavafis, o las 154 razones para leerle…

cavafis

A Constantino Petrus Cavafis (Alejandría, 1863-1933) le bastaron sus 154 Poemas (sus famosos poemas “canónicos”) más algunas pocas decenas más, para convertirse, años después de su muerte, en uno de los poetas más influyentes y originales del Siglo XX, aunque su obra permaneciera durante buena parte de su atormentada y conflictiva vida, oculta.

Casi desconocido en la propia Grecia, debemos a E. M. Foster el que luego se haya difundido en Occidente y traducido no solamente al inglés, sino a una veintena de lenguas.

La presente edición de Contemporánea, en formato bolsillo, traducida por el filólogo español Ramón Irigoyen, contiene un Prólogo y detalladas notas que ayudan al lector que toma contacto con la obra de Cavafis por vez primera, a entenderle un poco más.

Cuenta Irigoyen en la biografía del autor que recién en 1900, cuando contaba con 37 años y en medio de una vida errante de constantes pérdidas, se animó a publicar una selección de sus poemas que solamente repartió entre sus amigos, con muchos de los cuales había estado trabajando durante diez o más años.

Obsesivo al extremo, Cavafis parece haber cultivado una suerte de bonsai literario con su obra, sometiéndola a un constante escrutinio, recortando y desechando todo aquello que consideraba imperfecto.

Sin embargo, quizás por ello mismo, es un poeta al que hoy día le bastarían haber escrito su magistral “Íthaca”, los “Idus de Marzo”, el impresionante “Esperando a los bárbaros”, o “Un viejo”, su confesional “Fui”, que con ello le hubiere bastado para ganarse un más que merecido lugar en el panteón de los grandes poetas del Siglo XX. En ellos hay tanta sabiduría como podría encontrarse en toneladas de sesudos tratados, expresados con la sensibilidad de un poeta exquisito.

Por lo menos, así lo siento yo.