Monólogos con la Lengua: El escritor de cartas…

cartas

 

Escribiré cartas.

Anacrónicas cartas, manuscritas para que sean tales. En lugar de diario: cartas. Con lo que pasa, con lo que me pasa. Cartas al viento, botellas al mar. Cartas a nadie. O a todos. Cartas de cumpleaños, porque si el destinatario no vale el tiempo de escribir una carta, entonces no vale, ni para eso ni para ninguna otra cosa. Cartas de familia, de amigos, de reclamos, de consejos y pedidos de consejos, cartas de disculpas y perdón, de amor y cariño, de odio espero que no.

Cartas que obliguen a buscar la hoja, tomar un bolígrafo, elegir el espacio y el momento. Cartas que exijan pensar, escoger las palabras, el valor de lo meditado en contraposición a la frívola instantaneidad reinante. Cartas que serán enviadas o no. Aunque no lo sean, como si lo fueran.

La palabra escrita huyendo de lo transitorio, de lo banal, escapando del momento en busca del tiempo. Un tiempo distinto, detenido un instante, una fracción, la de ese suspiro escapado porque el pensamiento corre más rápido que la mano, o por el contrario, porque ella descansa, nerviosa, dando vueltas al lápiz entre los dedos, mientras esa palabra rebelde, huidiza, se niega a aparecer.

Tiempo distinto el de pensar, el de escribir, el de enviar con el de recibir, sorprenderse, rasgar y leer. Distinto y posterior. Una oruga -el tiempo- que había arrollado formando una bolita y ahora se extiende cuan larga es, morosa y paciente entre tanta inútil impaciencia. Cartas que obliguen a pensar, como Onetti lo hiciera, que nunca el destinatario de una carta es el mismo cuando se la está escribiendo que cuando haya comenzado a leerla. El rocío de la mañana habrá transmutado en los acordes de un atardecer apacible, pero ello será suficiente para hacerlo distinto.

Si. Aunque vivamos el tiempo del ya y ahora mismo, del escribo ahora y pienso luego, yo escribiré cartas. De las que seré testigo. Tal vez, también, rehén.

Por eso, cartas escribiré.

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Chirbes, desde “En la orilla” nos muestra el fondo de las cosas…

Maquetación 1

 

Mentiría si dijera que la literatura de Rafael Chirbes me ha tomado por sorpresa. Desde hacía largo tiempo sabía que me debía, y le debía al autor español fallecido en 2015, por lo menos una primera aproximación y hacia allí me encaminé con “En la orilla”, sabiendo desde el principio que no iba a recorrer un prado lleno de flores donde discurrirían arroyuelos de cantarinas aguas.

Así fue. Dura, cruel, descarnada, oscura e inclemente como una noche de invierno a la intemperie. Realista, dicen. Hiperrealista, afirmo. Quien busque pasatiempo, evítelo como a la peste. No hay aquí tiempo para el escapismo.

De un pesimismo agobiante, crudo retrato de una sociedad española profundamente disfuncional heredera de una Guerra Civil que parece prolongarse -más allá de las armas- en los recuerdos, y de un autoritarismo que sigue allí larvado, creando dioses con pies de barro y ficticios manantiales de prosperidad a la sombra de la más cruda de las especulaciones y la más obscena explotación. Con las apariencias, el poder y el dinero como ejes, con la ironía y el más descarnado cinismo como armas, Chirbes disecciona todo el capital de hipocresía de la sociedad española del euro y la plata fácil, acomplejada en sus sueños de grandeza, olvidada de aquella sentencia que decía que “los Pirineos es donde África termina hacia el norte”.

A pesar de su crudo realismo, el autor apela a un simbolismo de profundo significado. En la novela, el pantano es el centro mismo de la peripecia de los protagonistas, pero también lo es de la propia condición humana.

Opresiva, la prosa de Chirbes, sin embargo, no se priva de poesía. Sus personajes son oscuros y trágicos, miserables y retorcidos, pero sin embargo, hay detrás de cada uno de ellos, un trasfondo de dolorida poesía, espesa y opresiva como la historia misma que relata. La naturaleza a la que apela Chirbes como marco de un ir y venir de sus atormentados personajes, es el propio reflejo de esas ruindades humanas que el autor retrata con mano de pintor.

Si se me permite, una obra mayor.