Aguacero

 

Parecían haberse ido, para siempre. Durante días y días, semanas enteras, ni rastros de ellas. Perdidas. Olvidadas ellas.

Podría pensarse –algún despistado, locución amable para designar al desmemoriado, quizás lo haya hecho- que habían dado por perdida su eterna disputa con el Sol, ese engreído, y habrían dejado al “Astro Rey” que campara a sus anchas, ufano y arrogante como si el mundo entero le perteneciera y nada pudiera brillar sin él.

Inocentes. Crédulos y olvidadizos quienes ya desfilaban sombrillas y sombreros, los que, paradojales, salen a dar la bienvenida al Rey refulgente parapetados tras parasoles, escondidos en caparazones de protectores, tal como si el que festejan y veneran fuere un enemigo del que hay que defenderse y no ese supuesto amigo por el que mujeres y hombres, niños y ancianos, rubias platinadas y negros retintos, musculosos y panzudos, esbeltos y patizambos, cetáceas señoras y esqueléticas señoritas en los purititos cueros, todos ellos, Babel del Sol, tanto esperaban.

Pues nada. No hay fiesta que un día no acabe, aunque tozudos y torpes, sigamos olvidándolo.

Es así que, sin decir “aguas van” , y nunca tan al talle la vestimenta, en medio de la noche, sin que mediara sospecha ni aviso alguno, salvo los de algunos augures a los que por contumaces equivocados la Polis raramente cree, se desató la guerra.

Esta vez las minúsculas gotitas, insignificantes ellas en su soledad, temibles en la masa que forma mares y levanta tsunamis, se habían preparado a conciencia. Se formaron, unas reclutaron a otras, se condensaron, enfriaron, batallones enteros se hicieron heladas, gélidas, masa sólida, bólidos de hielo en picado, tromba que suena a trombón, agujas asesinas que caen, asaetean, urgentes y urgidas, graves e hirientes.

Tropas, tropeles de gotas, olas de agua bajando desde las montañas insondables del cielo convertido en caverna del diablo, napalm líquido que arrasa con todo lo que encuentra en su camino, torrente y torrencial. Una y otra vez, minutos y horas tras horas, más y más agua, escurriéndose, calando, ahogando, el cuento de nunca acabar.

El cielo que se confunde con el cielo en un abrazo líquido, helado, frío y duro, la promesa de vendetta cumplida, el Rey depuesto, huido, perdido, vencido, más que ello, humillado bajo vorágines de agua.

Son las mínimas hormigas que en silencio, una tras otra, horadaron el enorme tronco.

Ellas, las gotas, gotitas mínimas, olvidadas pero nunca vencidas. Parecían haberse ido, pero no. Volvieron.

Volverán a volver cuantas veces se nos ocurra olvidarnos de ellas. Tozudas gotitas.

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