Poesía sin corbata: “He visto unos versos”

He visto unos versos

 

He visto unos versos

dizque escritos por mí,

tan sangrantes y doloridos

que cuesta reconocerlos tan luego;

no porque el dolor que los dictó

no esté allí, agazapado, acezante,

es porque el tiempo ha quebrado agujas,

ha triturado esperanzas y molido certezas;

es porque ni brújulas ni cuadrantes

son útiles ya, cuando el herido

navega al garete de sentimientos olvidados,

es porque las auroras tornan noches, apuradas,

porque las noches pintan calvarios, interminables,

porque a la esperanza le tirotearon por la espalda,

porque la ilusión es suntuario artículo perdido en góndolas;

porque ¿qué espera quien nada espera?,

porque ¿qué sueña quien nada anhela?,

porque aunque amanece a pesar de todo

hay ojos -los míos- que no quieren verlo,

porque de nada vale ver lo que no espero

pero tampoco vale esperar lo que, querer,

no quiero, ni siento, ni espero.

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Julian Barnes: Shostakóvich en su laberinto stalinista

El ruido del tiempo

El magnífico escritor que es Julian Barnes, autor de más de una docena de novelas dentro de las cuales destaca “El loro de Flaubert”, se interna en “El ruido del tiempo” (Anagrama, 2016) en el terreno de la novela histórica, o historia novelada, abordando la fascinante vida del genial compositor ruso Dmitri Sostakóvich y su compleja relación con el omnímodo poder del stalinismo.

En tan sólo 200 páginas, Barnes logra una obra de una densidad impresionante, propia de una historia que no puede leerse en clave simplista de héroes y traidores. Se trata de ir a fondo en las complejidades de un individuo nacido para su arte, la música, al que la vida fuera de ella le resulta siempre un frágil bazar donde el más mínimo movimiento da por tierra con los cristales más finos, y que debe vivirla navegando por las aguas encrespadas del totalitarismo más brutal que haya conocido la historia.

Es, como dice la reseña de la obra, un “ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder”, ese poder omnímodo con el cual nunca nadie puede sentirse nunca seguro de nada, jamás, en ninguna circunstancia.

Es el particular descenso del hombre y el artista a su personal infierno de la mano de un Poder que no solamente encarcela y tortura, que destierra y desaparece, sino que comete el más terrible de los crímenes que es confiscar la voluntad y dignidad del individuo, obligándole a comportarse como rata de laboratorio huyendo del castigo o arrastrándose en busca de la recompensa. Es ese poder invisible y brutal que descarga el garrote, con razón o preferiblemente sin ella, sin dejar nunca de zarandear la zanahoria frente a los ojos de sus víctimas.

Nos muestra a un individuo que siente que cae, a cada paso, un nuevo peldaño en la escala humana, y que mantiene ese reflejo condicionado del superviviente, aún cuando el enemigo o la amenaza hayan desaparecido. Es el Shostakóvich que se siente usado, traidor de aquellos a quienes admira y vilipendiado por quienes, desde el confort de un elegante restaurante francés, pontifican sobre las bondades de ese régimen que le reduce a la calidad de mendigo.

!Qué fácil era ser comunista cuando nunca habías vivido bajo él!, exclama Dmitri Dimitróvich cuando debe escuchar las diatribas de un Picasso o un Sartre, instalados en la cómodo púlpito de un estado burgués.

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo, que es el poder? Sólo esa música que llevamos dentro -la música de nuestro ser- que algunos transforman en verdadera música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia” .

A ello se aferraba el Shostakóvich músico, pero sobre todo, ser humano, demasiado humano tal vez. Para ser, al cabo del tiempo, susurro de la historia. Nada menos.

Monólogos bajo la lluvia: …”parecían haberse ido…”

Aguacero

 

Parecían haberse ido, para siempre. Durante días y días, semanas enteras, ni rastros de ellas. Perdidas. Olvidadas ellas.

Podría pensarse –algún despistado, locución amable para designar al desmemoriado, quizás lo haya hecho- que habían dado por perdida su eterna disputa con el Sol, ese engreído, y habrían dejado al “Astro Rey” que campara a sus anchas, ufano y arrogante como si el mundo entero le perteneciera y nada pudiera brillar sin él.

Inocentes. Crédulos y olvidadizos quienes ya desfilaban sombrillas y sombreros, los que, paradojales, salen a dar la bienvenida al Rey refulgente parapetados tras parasoles, escondidos en caparazones de protectores, tal como si el que festejan y veneran fuere un enemigo del que hay que defenderse y no ese supuesto amigo por el que mujeres y hombres, niños y ancianos, rubias platinadas y negros retintos, musculosos y panzudos, esbeltos y patizambos, cetáceas señoras y esqueléticas señoritas en los purititos cueros, todos ellos, Babel del Sol, tanto esperaban.

Pues nada. No hay fiesta que un día no acabe, aunque tozudos y torpes, sigamos olvidándolo.

Es así que, sin decir “aguas van” , y nunca tan al talle la vestimenta, en medio de la noche, sin que mediara sospecha ni aviso alguno, salvo los de algunos augures a los que por contumaces equivocados la Polis raramente cree, se desató la guerra.

Esta vez las minúsculas gotitas, insignificantes ellas en su soledad, temibles en la masa que forma mares y levanta tsunamis, se habían preparado a conciencia. Se formaron, unas reclutaron a otras, se condensaron, enfriaron, batallones enteros se hicieron heladas, gélidas, masa sólida, bólidos de hielo en picado, tromba que suena a trombón, agujas asesinas que caen, asaetean, urgentes y urgidas, graves e hirientes.

Tropas, tropeles de gotas, olas de agua bajando desde las montañas insondables del cielo convertido en caverna del diablo, napalm líquido que arrasa con todo lo que encuentra en su camino, torrente y torrencial. Una y otra vez, minutos y horas tras horas, más y más agua, escurriéndose, calando, ahogando, el cuento de nunca acabar.

El cielo que se confunde con el cielo en un abrazo líquido, helado, frío y duro, la promesa de vendetta cumplida, el Rey depuesto, huido, perdido, vencido, más que ello, humillado bajo vorágines de agua.

Son las mínimas hormigas que en silencio, una tras otra, horadaron el enorme tronco.

Ellas, las gotas, gotitas mínimas, olvidadas pero nunca vencidas. Parecían haberse ido, pero no. Volvieron.

Volverán a volver cuantas veces se nos ocurra olvidarnos de ellas. Tozudas gotitas.

Poesía sin corbata: “Ser no supo, el Abecedario”

Ser no supo, el Abecedario

Un día perdió el olfato

y no le importó,

porque lo de él, no eran

los aromas

*

Otro día perdió el gusto

pero no se quejó,

porque no era lo suyo

los sabores

*

Y una vez perdió el tacto

pero no le afectó,

porque ése no era

su asunto

*

Más luego careció del oído

y amargamente lo lamentó,

porque letra era

 la canción

*

Por fin hubo de faltarle vista

y cuánto gimió y lloró,

porque letras eran

Poesía

*

Más aún –todavía- debió perder memoria

que guardaba aromas, sabores

caricias, canciones,

Poemas

*

Tantos sueños soñados

tantos vividos

sueños del ser amado,

entonces,

ser no supo,

el abecedario

*