La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.

 

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