Poesía sin corbata: “Una luz para mis mañanas”

DESDE EL MUELLE AL MAR

 

Libre la poesía de gramaticales ataduras,

-con debido respeto a los insignes maestres-

enemigas del natural fluir, castradoras

cercado su arte por ellas, enantes.

*

Aférrase el Poeta al cante

de sus abiertas venas, saliente

de palabras, tiernos manantiales

para cantar al amor, sin menguante.

*

Crudo sentimiento que brota

irreverente, sin medida ni levante

nublando sentidos que antes

poblaron de flores el corazón amante.

*

Surcan bravíos mares de esperanza

torpes versos surgidos de su garganta

tras cada ola de plegarias en palabras

un sueño que cabalga hacia lontananza.

*

No sabe el destino, oh! no lo sabe,

dónde irán a parar los dolidos ruegos,

si naufragarán en las rocas del olvido

o encallará en tu cálida arena, mi nave.

*

Poblada de sueños la noche blanca

de vívidos recuerdos hecha su cara,

en tropel acuden a la cita inesperada

alocada fila de renovadas esperanzas,

si la larga espera de la sonrisa amada

será la luz que alumbre mis mañanas.

*

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Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.