Gethsemani

Hace unos pocos días cayó en mis manos, producto de un regalo de mi hija a su padre, un libro  del Dr. Irvin Yalom titulado “Mamá y el sentido de la vida”, una recopilación de relatos relacionados con su actividad académica en el campo de la psicoterapia en Stanford. Uno de ellos se llama “Viajes con Paula” y narra su experiencia en la formación de grupos de ayuda para pacientes oncológicos, es decir, personas que padecen cáncer. “Mi nombre es Paula, tengo cáncer, pero no soy una paciente cancerosa”, fueron las palabras de presentación de una mujer que, al decir de Yalom, entró a su vida para continuar con su educación, la del médico, no la de la paciente.

A lo largo de 40 páginas, el autor relata las peripecias vividas junto a una mujer que a partir de su enfermedad, parecía haber encontrado todas las respuestas y le sacaba vida a la muerte cada día, ayudando a los demás. “Aprendí a desmitificar la muerte, a verla tal cual es, un acontecimiento, una parte de la vida, el final de posibilidades ulteriores. Un hecho normal que hemos coloreado por el miedo”, dice Paula al Dr. Yalom. De la mano de Paula, cada lector tiene a su alcance una fuente inagotable de sabiduría. No creo que nadie, haciendo uso de la vida provisoria que le ha sido asignada, pueda permanecer indiferente a ese viaje, y al final de él, encontrar que, tal como si durante la lectura le hubieran mudado los anteojos, ya nada podrá ser visto con la misma mirada.

Días después de esta lectura, me subí a un autobús para hacer un trayecto de dos horas con destino a la Capital, Montevideo. A mi lado, viaja sentada una mujer joven –treinta y tantos, treinta y pocos-  distinta del resto. Su cabeza cubierta por un colorido pañuelo. Inequívoca señal que habla desde el silencio. Me pregunta si le recuerdo. Le había mirado, pero ahora le veo, le observo, y sus ojos y una sonrisa me traen una cara a la que no logro ponerle nombre. Me hace las cosas fáciles y me recuerda que nos conocimos hará unos cinco o seis años y que durante un año o más compartimos un proyecto profesional que nos hacía compartir reuniones semanalmente. Claro, ¡cómo podría no haberla reconocido! Es el pañuelo, dice ella, a todos les pasa. Tengo cáncer y viajo para una sesión diaria de radioterapia. La primera quimioterapia ya se hizo, por eso lo del pañuelo. La mastectomía también. Una semana más de esto, y luego la segunda y última serie de quimioterapia. Todo ello dicho con una sonrisa que contrasta con mi perplejidad. Detrás del verde profundo de reflejos dorados de sus ojos, como si en ellos se hubiera refugiado el que le falta al mar invernal que vamos bordeando, veo muchas cosas. Sus ojos hablan a la par que su boca. Veo en ellos determinación, la que tienen aquellos que se aprestan a dar una batalla – y cuantas sean necesarias- sin el menor asomo de duda de que han de salir victoriosos. Veo luz en sus ojos. Pero en esa mirada hay mucho más. Hay amor, infinito amor. Por su hijita pequeña, que sonríe desde una foto que me muestra. Por su esposo, porque le sabe sufriendo junto a ella. En esa mirada hay también muchas otras cosas. Hay dolor, por saber el sufrimiento que su enfermedad provoca en su familia, no en sí misma. Sin embargo nada de ello logra desconcertarme tanto, como descubrir que en el fondo de su mirada y en las palabras que salen de su boca, hay también un dejo de amarga alegría.

¿Es ello posible? ¿En medio de tan terrible experiencia? Tal parece que sí, porque al igual que la Paula de Yalom, mi compañera de viaje parecía haber encontrado en esa tremenda prueba de vida su propio Jardín de Gethsemaní, ese lugar y tiempo donde los seres humanos nos enfrentamos a nosotros mismos para darnos la oportunidad de conocernos mejor.

Pensando en la determinación de su Paula para afrontar cada caída y volver a levantarse cada vez con igual decisión, Yalom recuerda a Nietzsche, afirmando que “quien tiene un por qué es capaz de soportar cualquier cómo”.

No tengo duda alguna que cuando el destino puso a esa mujer tan joven como mi hija, en ese asiento en ese día y a esa hora, me estaba colocando a mi lado a mi propia Paula y era para darme la oportunidad de aprender de la vida mucho más de lo que podría haberlo hecho en todos los años vividos, no pocos, hasta hoy.

Ella era alguien que había visto a la muerte a los ojos y a fuerza de voluntad y determinación de vivir, le había hecho bajar la mirada. Ella era, es, una Paula que sabe que va a vivir y por ello no muestra miedo sino esperanza.

Como en la fábula del coyote y la cigarra, supe que cada uno de nosotros estamos destinados a vivir nuestra propia experiencia con la vida y su inevitable final en la muerte y que, por tanto, cada uno debemos encontrar nuestra propia canción, la voz y las notas, que nos harán distintos, singulares, y por tanto, merecedores de haber vivido.

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