lluvia y  mar

Hay quien dice que la vida no es otra cosa que búsqueda. De la felicidad, de un destino que nos resulta esquivo, del saber que ignoramos. También, todo eso, quizás sea lo que llamamos nuestro lugar en el mundo. Búsqueda infinita, inacabable, estéril aunque nos resistamos a  aceptarlo, con un único punto de llegada, inescrutable y ominoso, tanto que tampoco queremos ponerle nombre. Aunque lo sepamos desde el inicio mismo. Aunque anide en la conciencia más profunda lo inevitable de la condena, allí vamos, torpes exploradores.

Hay un mundo, finito, del que nos sentimos parte. Vanidosos, a veces creemos que nos pertenece. Los hay quienes, delirios sin sentido, se ilusionan con dominarlo, con ponerle fronteras, modificar sus leyes, moldearlo a su gusto. Es un mundo con orillas. Un mundo que se termina allí donde comienza el otro mundo, el que nos es ajeno aunque también cometamos la osadía absurda de querer entenderlo, surcar su superficie, meternos en sus esquivas entrañas.

Hay un mundo en el Océano Mar. Un mundo que, él también, inmenso hasta la locura, con obsesiva repetición, una y otra vez pone límites. Hasta aquí has llegado, viajero. En esa ola que rompe y avanza, allí, donde el agua se ablanda, se convierte en pliegue de espuma, allí –parece decirnos- es nuestra frontera. ¡No sigáis! Tras esa deshilachada cortina, son mis leyes las que valen, mis designios los que se cumplen.

Hay un hombre que avanza, dividido en ese límite. Un paso aquí, otro tras la frontera que se mueve, avanza, rompe y vuelve a arrollarse como si fuera uno de esos monstruos mitológicos jugando con la fragilidad del hombre. Busca, como todos, sus por qué, sus dónde, pelea con sus tal vez, reniega de sus nunca. Se resiste a no entender. A no saber. A una búsqueda condenada a ser siempre la misma, sin final. A dar un paso tras de otro tras la respuesta que no llega. El hombre camina, ignorante que encima el mundo le amenaza.

Hay una mujer. Descalza, envuelta en un chal morado que flota a través del tiempo, avanza hacia el hombre, ella misma en su ancestral búsqueda. Parece flotar. Quizás lo hace. Ann Deveriá se llama, aunque el hombre lo ignore. Los pasos que van y los que vienen, como cumpliendo un pacto desconocido para sus dueños, se han detenido. El hombre ha levantado sus ojos, arrastrados por el ondear del chal morado.

-Anda usted buscando…-dice la mujer, sin que al hombre le haya parecido escuchar voz alguna-…yo también lo hice –vuelven a resonar las palabras dentro del hombre que permanece, al igual que ella, en silencio, mirando hacia más allá, donde lo desconocido es también invisible- y lo hago aún, aunque sepa la respuesta, la que usted también conoce aunque aún no lo haya admitido…”si hay un lugar en mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí…ya no es tierra, todavía no es mar…no es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta”…*

Hay el hombre que se ha vuelto, buscando detrás de sí a la mujer del chal morado. Nada puede ver ya. Ambos mundos parecen haber encontrado  un punto de momentáneo acuerdo tras la cortina de agua que avanza, repentina, furiosa, y le cubre, borrando contornos, referencias, las fronteras. En esa lluvia que parece haberse tragado ella misma al chal morado con su mujer envuelta, nada hay de amable. Es furia, esa lluvia. Es una miriada de flechas, agujas heladas que se descuelgan con toda la fuerza de una maldición contenida. Es una lluvia destinada a borrar imágenes y sueños, a llevarse en ríos furiosos todas las certezas. Es una lluvia que parece reclamar para sí, y para el regazo que la acoge, el inmenso Océano Mar de la que ha parido, hasta los retazos de respuestas que la mujer intentó plantar en el hombre, perdido. El hombre solo, abandonado. El hombre sin respuestas. El hombre borrado de uno y otro mundo. El hombre que ya no avanza. El hombre que entiende, al fin, el sin sentido de su inútil persecución de lo que no tiene nombre.

Hay un mundo finito, del que proviene el hombre, al que busca aferrarse con uñas y dientes. Entre el retumbar de los truenos que estallan como si se hubiera desatado la batalla final, las palabras -¿soñadas?- de la mujer resuenan en su oído, como un pequeña llamita en medio de la oscuridad que le envuelve y aprieta. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta.

Jorge Martínez Jorge

© Derechos Reservados Safe Creative

  • * El texto entrecomillado pertenece a la Novela “Océano Mar” de Alessandro Baricco.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s