Desde su jardín, Kosinki nos muestra el mundo…

Desde el jardín

Historia más conocida por la recordada película protagonizada por el inolvidable Peter Sellers como Mr. Chance, “Desde el jardín” es una feroz sátira hacia el mundo del espectáculo y la realidad vista a través de la pantalla del televisor, estrella y corazón de la sociedad de consumo americana.

Escrita en los años 70′ por Jerzy Kosinki (Polonia, 1933) su autor, judío, había sobrevivido al exterminio nazi y con 24 años, recién en 1957 pudo emigrar a EEUU, meca de la comunidad judeo-polaca.

Al igual que Conrad, el autor tiene la particularidad de que escribió casi toda su obra no en el polaco materno, sino en inglés, y supo, tempranamente, visualizar con una esclarecida anticipación lo que décadas después, Mario Vargas Llosa llamaría “La Civilización del Espectáculo”.

En la disparatada historia del jardinero analfabeto que nunca había salido fuera de los límites del jardín a su cargo, que inicia su periplo que le lleva a convertirse en oráculo de la más conspicua clase dirigente del USA potencia mundial, subyace la ácida visión de un mundo que ya por entonces caminaba hacia el despotismo de la imagen. El paradigma de que lo que no aparecía en la Televisión no existía, era ya una realidad que Kosinki supo ver y retratar con maestría.

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Suave como la “Seda” la prosa de Baricco

 

Seda

En Compactos Anagrama, me deslizo a través de las 120 páginas de ésta delicia salida de la elegancia de refinado pianista que es Alessandro Baricco. Cuando la literatura tiene música, tiene poesía, sus letras despiden aromas y sonidos, el lector siente que hace eso, precisamente, deslizarse.

Las “nouvelles” (¿por qué la lengua cervantina carece de una palabra que diga tanto del género como esta en francés?) tienen ese no sé qué de brevedad e intensidad; esa cosa de un viaje que se hace sin escalas, una mañana o una tarde, y que deja el sabor de boca de la intensidad, de lo justo, de lo que muestra y de lo que sugiere, en un juego de seducción que semeja al de la mujer que bajo una tenue luz, al son de una música suave, levanta levemente su falda para sugerir, más que mostrar, la turgente elegancia de una pierna esculpida en poesía de formas.

En el viaje -literalmente, se trata no de uno sino de varios viajes, siempre al mismo lugar, el mismo trayecto, idéntico propósito hacia la pureza de la Seda– el autor nos sumerge en su cadencia, llevándonos junto al protagonista hacia las puertas mismas del mayor embrujo: el del misterio.

Baricco, con el arte de un compositor barroco, nos deleita con una música que envuelve, evocando aromas y paisajes, sonidos y sensaciones. El autor resume en una historia fascinante toda la aventura humana, dicha con el tono exacto de la poesía en prosa. Recuerda, cómo no, al Kawabata de “La casa de las bellas durmientes”, al Tanisaki de “El cortador de caña”, a “El mandarín” de Eca de Queirós o al Amos Oz de “De repente en lo profundo del bosque”, siendo como es él, singularísimo, personal e intransferible.

Una obra imprescindible de una autor mayor al que, por suerte, hemos leído gracias a no haber seguido el consejo de Schopenhauer que recomendaba que, “para no vernos expuestos al azar, sólo leyéramos libros escritos hace más de cien años”. No viviré para saberlo, pero tengo la íntima convicción de que dentro de cien años, “Seda” seguirá siendo leída.