parque

El día ha amanecido tarde, remolón, como si no quisiera hacerlo, como si estuviera esperando a la noche ya desde la mañana misma. El día viene con la cara empapada, todo él cubierto de la lluvia gris y pegajosa en que hoy ha devenido el estrépito del diluvio de antes. De ayer, y antier, y aún antes. Porque en el lejano Sur llueve. Llueve casi desde siempre, porque la lluvia borra contornos, difumina aristas y pone al tiempo en una dimensión distinta. Ayer, cuando llovía, es lo mismo que el viernes pasado, en que también llovía. Y hoy es lo mismo que mañana, si es que ha de seguir lloviendo. Y ha de seguir, porque estas lluvias son de esas que llegan como sin querer llamar la atención, que se presentan disimuladas tras unos modestos nubarrones, unas goticas casi sin importancia, como si estuvieran explorando el terreno, queriendo saber qué pasa si deciden quedarse y descargarse todas ellas durante lo que nos quede de tiempo.

Uno se ha sentado frente a su ventana y mira. Afuera llueve. Uno lee, hoja tras hoja, y cada tanto cambia la música, y vuelve a leer. Cada tanto también su vista vuelve a la ventana, y detrás del vidrio las gotas caen unas junto a las otras, como batallones cuyos soldados no acaban nunca. Altos y flacos algunos, menudos y rechonchos otros, pero todos en la misma dirección: el suelo. El suelo mojado, esa materia viscosa que no se ve.

desnudas baldosas

Uno lee y recuerda a Cortázar obsesionado con esa gotita que se aferra a la ventana y prendida de uñas y dientes no quiere caerse, no lo hará mientras no engorde lo suficiente y se convierta en la gotaza que fatalmente ha de caer para hacer plaf allá en el suelo donde han ido a parar tantas antes que ella y a donde seguirá disolviéndose la miríada que aguarda su turno para suicidarse, aplastándose.

Uno vuelve a mirar la ventana y tras el vidrio, imposible, la lluvia cae, pertinaz, persistente, hace mucho ya, quién sabe cuánto, impertinente también. Como si el mundo y el tiempo le pertenecieran.

Uno cambia la música, trata de olvidar la ventana, y lee. Recuerda a Isabel, ella también, viendo llover en Macondo. También nosotros aquél lejano día antes del primer día no pensábamos que fuera a llover. Sin embargo, a la tarde de ese, el primer día, llovió, y el cielo fue una sustancia gris y gelatinosa que aleteó a una cuarta de nuestra cabeza. Muchos días después nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia, y después simplemente los habría rebasado. Porque al cabo de los días, aquella lluvia que había comenzado como sin querer, parecía que ahora lloviera de otro modo. Con un dejo de fatalidad, de inexorable. Una lluvia que aprieta y duele como una mortaja en el corazón.

muñeco mojado

Uno trata de leer y entiende a Isabel en Macondo. La lluvia ha borrado el tiempo. Da lo mismo si es la mañana del jueves o la tarde del martes. La sopa caliente podrá ser servida en la mañana o la tarde, tanto da. Porque para comer hay que olvidarse de la lluvia y ella sigue allí borrando todo, lo que fue y lo que será. También al sueño. Da lo mismo dormir veinte horas o media, en la noche o en la tarde. Solamente el tono de gris a negro y de negro a gris le pone una nota distinta a lo que es espantosamente monocorde. Uno siente, como Isabel, que asiste, narcotizado, al derrumbamiento de la naturaleza, como si uno ya estuviera muerto y solamente se lo impidiera la costumbre de estar vivo.

Uno ya no lee, ni la música le llega a los oídos, porque de a poco, no sabe cuándo ni cómo, al igual que Isabel, ha sentido la humillante inferioridad bajo la lluvia. Y como uno ha perdido la noción del tiempo, diluido en esa película que acaba solamente para recomenzar como desde el principio de los tiempos, también la ha perdido en relación con la distancia. Bajo la lluvia, perenne, tiempo y distancia forman una nada sin sentido. Como el sonido, y la vista. Las voces suenan lejanas y huecas. Lo que se ve no tiene contornos, parece un mal sueño. Tal vez lo sea. Y entonces la lluvia no nos deja saber si vivimos en miércoles, o sigue siendo martes, como quizás haya sido ayer. Tanto da. Quizás, como Isabel, lleguemos a la terrible sospecha que no haya jueves. Y que las personas y las cosas, comienzan a perderse en el tiempo, en otro lugar del que no tenemos noticia.

hombre paragua

Entonces, uno tiembla pensando en el día después, si lo hay. Imagina en la inmovilidad que afectaría a todas las cosas verse, así, sin más, desprendidos de la lluvia. El silencio de una lluvia que no caiga. Un silencio y una tranquilidad misteriosa y profunda, un estado perfecto que, tal vez, sea muy parecido a la muerte.

Mientras, tras la ventana, llueve.

 

Anuncios

2 comentarios en “…y entonces no hubo jueves…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s