Visitando a Baricco, en sus”Tierras de Cristal”

 

Tierras de Cristal

El hallazgo de Alessandro Baricco (Turín, 1958) en este Junio del 2016, me recuerda al de Némirovsky en 2014 o al del universo Oates en 2013. Es el ingreso a un mundo literario que tiene una impronta personal inconfundible. De esos autores singulares, los que como Faulkner o García Márquez, habitan un mundo original, propio, que les hace distintos, capaces de ser reconocidos tras un párrafo cualquiera.

En esta obra iniciática para mí en el mundo Baricco, el autor nos sitúa en Quinnipak, una ciudad imaginaria que, como la Santa María de Onetti, es el centro del mundo propuesto, donde las cosas no discurren de la manera que los ojos y los sentidos del resto del mundo está acostumbrado. En un circense desfile de personajes, solamente en apariencia extravagantes, vamos viendo desfilar los sueños, los deseos y desvelos que a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, han subyugado a los hombres.

El Arquitecto loco que sueña con su Palacio de Cristal, el fabricante de cristal que vive para cumplir su sueño de poseer un tren propio desde el cual experimentar el vértigo de una velocidad desconocida, la del singular Pekish tras la nota musical perdida y la del pequeño Pehnt a quien el destino se le presenta en la forma de una chaqueta demasiado grande.

Nada falta en el universo Baricco, a quien por momentos el lector parece verle, pendiendo detrás de su escritorio, la figura de Saramago esbozando una media sonrisa socarrona.

Salud Baricco, larga vida al Príncipe, y agradecimiento a la librera (un mentís para quienes, dicen, es figura en extinción) que una tarde de Junio, entre tantos nombres, supo presentármelo.

 

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Martin Amis, en nuestra Zona de Interés

Zona de interés

Podrá decirse –y quizás con razón– que tanto se ha escrito sobre el Holocausto judío –también se dirá que no fue ni el único, ni el primero, ni, sospecho, el último- que qué puede decirse de nuevo en torno al delirio nazi. Es posible.

Sin embargo, Amis lo consigue.

En mayo pasado habíamos tenido oportunidad de leer la impresionante novela del Nobel Imre Kertész (recientemente fallecido) “Sin destino”  basada en una de las tantas víctimas de Auschwitz, como el propio autor. El húngaro sumaba uno más, siempre distintos aunque igual sea el sufrimiento, de los testimonios de la barbarie vista, siempre, desde el punto de vista de los sobrevivientes y las víctimas.

No obstante, Amis pone proa hacia el Oeste para intentar llegar al Este. Se pone, y el sólo intento merece el mayor de los respetos por el desafío intelectual, el desafío de narrar el horror desde la palabra, la cabeza y el corazón de los otros: los victimarios, los asesinos, los torturados, sus cómplices y sus vidas, sus familias, la vida misma detrás del monstruo genocida.

Nos es, no podía serlo, una obra de fácil lectura. No porque presente complejidades literarias tales, sino por la dureza de aquéllo a lo que el lector se ve obligado a presenciar. Pocas de las peores miserias humanas se escapan del relato de la vida en un Konzentrationlager donde el régimen nazi llevaba a cabo la “solución final” en pos de la pureza racial aria.

A lo largo de 300 páginas y viendo desde los ojos del estrafalario Kommandant, Martin Amis nos conduce al corazón mismo de las tinieblas, cual si estuviéramos yendo al encuentro del Coronel Kürtz salido de la pluma de Conrad.

Un hito en la obra de un gran escritor.

 

…y entonces no hubo jueves…

parque

El día ha amanecido tarde, remolón, como si no quisiera hacerlo, como si estuviera esperando a la noche ya desde la mañana misma. El día viene con la cara empapada, todo él cubierto de la lluvia gris y pegajosa en que hoy ha devenido el estrépito del diluvio de antes. De ayer, y antier, y aún antes. Porque en el lejano Sur llueve. Llueve casi desde siempre, porque la lluvia borra contornos, difumina aristas y pone al tiempo en una dimensión distinta. Ayer, cuando llovía, es lo mismo que el viernes pasado, en que también llovía. Y hoy es lo mismo que mañana, si es que ha de seguir lloviendo. Y ha de seguir, porque estas lluvias son de esas que llegan como sin querer llamar la atención, que se presentan disimuladas tras unos modestos nubarrones, unas goticas casi sin importancia, como si estuvieran explorando el terreno, queriendo saber qué pasa si deciden quedarse y descargarse todas ellas durante lo que nos quede de tiempo.

Uno se ha sentado frente a su ventana y mira. Afuera llueve. Uno lee, hoja tras hoja, y cada tanto cambia la música, y vuelve a leer. Cada tanto también su vista vuelve a la ventana, y detrás del vidrio las gotas caen unas junto a las otras, como batallones cuyos soldados no acaban nunca. Altos y flacos algunos, menudos y rechonchos otros, pero todos en la misma dirección: el suelo. El suelo mojado, esa materia viscosa que no se ve.

desnudas baldosas

Uno lee y recuerda a Cortázar obsesionado con esa gotita que se aferra a la ventana y prendida de uñas y dientes no quiere caerse, no lo hará mientras no engorde lo suficiente y se convierta en la gotaza que fatalmente ha de caer para hacer plaf allá en el suelo donde han ido a parar tantas antes que ella y a donde seguirá disolviéndose la miríada que aguarda su turno para suicidarse, aplastándose.

Uno vuelve a mirar la ventana y tras el vidrio, imposible, la lluvia cae, pertinaz, persistente, hace mucho ya, quién sabe cuánto, impertinente también. Como si el mundo y el tiempo le pertenecieran.

Uno cambia la música, trata de olvidar la ventana, y lee. Recuerda a Isabel, ella también, viendo llover en Macondo. También nosotros aquél lejano día antes del primer día no pensábamos que fuera a llover. Sin embargo, a la tarde de ese, el primer día, llovió, y el cielo fue una sustancia gris y gelatinosa que aleteó a una cuarta de nuestra cabeza. Muchos días después nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia, y después simplemente los habría rebasado. Porque al cabo de los días, aquella lluvia que había comenzado como sin querer, parecía que ahora lloviera de otro modo. Con un dejo de fatalidad, de inexorable. Una lluvia que aprieta y duele como una mortaja en el corazón.

muñeco mojado

Uno trata de leer y entiende a Isabel en Macondo. La lluvia ha borrado el tiempo. Da lo mismo si es la mañana del jueves o la tarde del martes. La sopa caliente podrá ser servida en la mañana o la tarde, tanto da. Porque para comer hay que olvidarse de la lluvia y ella sigue allí borrando todo, lo que fue y lo que será. También al sueño. Da lo mismo dormir veinte horas o media, en la noche o en la tarde. Solamente el tono de gris a negro y de negro a gris le pone una nota distinta a lo que es espantosamente monocorde. Uno siente, como Isabel, que asiste, narcotizado, al derrumbamiento de la naturaleza, como si uno ya estuviera muerto y solamente se lo impidiera la costumbre de estar vivo.

Uno ya no lee, ni la música le llega a los oídos, porque de a poco, no sabe cuándo ni cómo, al igual que Isabel, ha sentido la humillante inferioridad bajo la lluvia. Y como uno ha perdido la noción del tiempo, diluido en esa película que acaba solamente para recomenzar como desde el principio de los tiempos, también la ha perdido en relación con la distancia. Bajo la lluvia, perenne, tiempo y distancia forman una nada sin sentido. Como el sonido, y la vista. Las voces suenan lejanas y huecas. Lo que se ve no tiene contornos, parece un mal sueño. Tal vez lo sea. Y entonces la lluvia no nos deja saber si vivimos en miércoles, o sigue siendo martes, como quizás haya sido ayer. Tanto da. Quizás, como Isabel, lleguemos a la terrible sospecha que no haya jueves. Y que las personas y las cosas, comienzan a perderse en el tiempo, en otro lugar del que no tenemos noticia.

hombre paragua

Entonces, uno tiembla pensando en el día después, si lo hay. Imagina en la inmovilidad que afectaría a todas las cosas verse, así, sin más, desprendidos de la lluvia. El silencio de una lluvia que no caiga. Un silencio y una tranquilidad misteriosa y profunda, un estado perfecto que, tal vez, sea muy parecido a la muerte.

Mientras, tras la ventana, llueve.