Poesía sin corbata:”Misteriosa señora, la distancia”

Mujer mirando al sur

Hoy me ha visitado

misteriosa señora, la distancia

y me ha preguntado

¿qué es lo que atormenta tu alma?

¿ tú eres el olvido?,

le he apremiado;

-no lo soy- me ha respondido,

olvido, es la indiferencia

ausencia, es presencia ausente,

presencia, es ausencia ausente,

para los sentimientos -caro amigo-

yo no existo;

para el amor soy motor, soy dolor

pero ayer y hoy

agridulce esperanza, soy

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“Maestra de almas”, la insondable pluma de Némirovsky

Maestro de almas

Una más de las obras de la autora, editada por Salamandra luego del impresionante éxito de “Suite francesa”, ésta novela fue originalmente editada por capítulos en el semanario parisino “Gringoire” entre Mayo y Agosto de 1939, tres años antes de su muerte en Auschwitz en 1942 víctima de la solución final nazi.

Némirovsky es, en cada obra suya, siempre distinta y sin embargo, la misma. En la novela narra la peripecia de un joven levantino, nacido en Crimea, que logra llegar a París junto a su joven mujer, y con un título de médico bajo el brazo busca dejar su pasado de miseria y humillación, solamente para descubrir que un emigrante nunca dejará de ser un desterrado y que el dinero, tras el que corre la vida entera, terminará convirtiéndose en liberación y cárcel. Darío Asfar siente en carne propia que para quien proviene de la miseria y la humillación, nunca se está lo suficientemente lejos ni lo bastante seguro de no volver a ella. 

Toda la literatura de Némirovsky está, inevitablemente, atravesada por los orígenes de la autora y la realidad que le toca vivir en una Francia -la del antisemitismo, la de la hipocresía de la alta burguesía parisina, paradigma de la frivolidad, el sexo, juego y alcohol como anestésico sucedáneo de una realidad demasiado cruda- que marcha de manera irremediable hacia el precipicio del nazismo.

 

Poesía sin corbata: “Tus doradas espigas”

Doradas espigas

Alboreaste mi vida cuando todo era grisura,

cuando el tedio anegaba de frío mi cuerpo

y se había convertido en desértica llanura,

para insuflar danzarines aires de aventura

en el soplo silente de la brisa que recorre

montes y lagunas, llevando a lomos la frescura

del amor cumplido en una bella sonrisa.

*

Se levantaron en tu azaroso camino

inclementes tormentas de cruel insidia,

debiste derribar luengos muros de envidia

sin perder la preciosa carga de la buenaventura.

*

Entonces, no hubo ojos que vieran en tu mirada,

ni oídos que gozaran de tu dulce risa argentina,

Hubo si olfatos sensibles al perenne aroma

brotando de tu piel de espliego, lavanda y mirra,

para quedarse en delante dulcemente esclavos

del imperio eterno de tus doradas espigas.

*

Afrodita siempre viva en las olas

que bañan los sueños del Poeta,

puestos en la Barca de sus versos

el pasado de amor y dicha compartidas,

y el futuro incierto que ella encierra

esquivo y traidor como antes no fuera.

***

“Novecento” o la poética musical de Baricco

Novecento

Más que un texto teatral, lo considero una novela corta o un relato largo, surgido tras la estela de “Océano Mar”, como si en esa novela no hubiera podido contar todas las historias que quería”  

Tal lo que dice Alessandro Baricco respecto de ésta obra.Reeditada por Anagrama en Edición Limitada, en tapa dura, se trata de una de las obras más emblemáticas de este autor turinés contemporáneo, con el que no dejo de sorprenderme y el que no deja de maravillarme.

Texto que originalmente adoptó la forma de pequeña obra teatral, y luego fue llevada al cine por parte de otro poeta de la imagen como lo es Giuseppe Tornatore, es el espíritu de la “nouvelle” en estado literariamente puro.

Música y poesía se van de ronda surcando mares y amarrando puertos, guiados por los milagrosos dedos del estrafalario genio Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. En tan sólo 80 páginas, Baricco nos muestra que es posible condensar una vida y todas las vidas, un puerto y todos los puertos. Es una clase magistral de cómo la música (ese idioma universal y atemporal que no necesita de traductores) es el puente que une esos puertos, sus tiempos y sus gentes.

Baricco, poeta de mágica pluma, empuña la batuta para hacer de sus extravagantes personajes, seres creíbles y encantadores.

Un texto mágico, sonoramente seductor como las notas que desgrana Novecento a través de las olas y los días, a bordo de su piano. Admirable.

Novecento Piano

Poesía sin corbata: “Una luz para mis mañanas”

DESDE EL MUELLE AL MAR

 

Libre la poesía de gramaticales ataduras,

-con debido respeto a los insignes maestres-

enemigas del natural fluir, castradoras

cercado su arte por ellas, enantes.

*

Aférrase el Poeta al cante

de sus abiertas venas, saliente

de palabras, tiernos manantiales

para cantar al amor, sin menguante.

*

Crudo sentimiento que brota

irreverente, sin medida ni levante

nublando sentidos que antes

poblaron de flores el corazón amante.

*

Surcan bravíos mares de esperanza

torpes versos surgidos de su garganta

tras cada ola de plegarias en palabras

un sueño que cabalga hacia lontananza.

*

No sabe el destino, oh! no lo sabe,

dónde irán a parar los dolidos ruegos,

si naufragarán en las rocas del olvido

o encallará en tu cálida arena, mi nave.

*

Poblada de sueños la noche blanca

de vívidos recuerdos hecha su cara,

en tropel acuden a la cita inesperada

alocada fila de renovadas esperanzas,

si la larga espera de la sonrisa amada

será la luz que alumbre mis mañanas.

*

Con Patrick Süskind, tras los pasos del Señor Sommer

La historia del señor Sommer

¿Puede un hombre enamorarse de un libro?

¿Por qué no? Si ese libro, pequeño, breve, le transporta a su infancia, tan lejana en el tiempo, no sólo puede sino que debe enamorar. Eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La historia del Señor Sommer, pequeña joyita editada por Seix Barral hace 25 años, en formato bolsillo con tapa dura, y que cuenta con las ilustraciones en acuarela del inefable Jean Jacques Sempé.

Sumamos millones los que conocimos la literatura de Süskind a través de “El perfume”, una obra tan leída, comentada, manoseada hasta el hartazgo, llevada al cine que es ya una manera de prostitución inevitable, pero que más allá de sus avatares, pasado el tiempo, sigue estando presente a través de un protagonista difícilmente olvidable como Jean Baptiste Grenuille. Bastaba haberse internado en el mundo de “El Perfume” para saber que estábamos ante un autor mayor.

Autoexiliado desde hace tantos años, del autor poco se sabe realmente, y su literatura, olvidada de las grandes maquinarias publicitarias, permanece vigente gracias a la fidelidad de los lectores que han hecho culto de ella.

El misterioso señor Sommer (¿el verano alemán?) es una suerte de Forrest Gump que aparece y desaparece durante todo el relato, siempre caminando con su mochila y su bastón, especie de tercera pierna, cargando con su misterio. Es el hilo conductor, la argamasa de un relato que es un largo viaje del relator a su propia infancia.

Süskind tiene esa rarísima habilidad de impregnarle perfume a sus palabras, y poesía a su relato. Es imposible no situarse en la mente y el cuerpo del niño que trepa a los árboles para escapar a la voz de su madre, que estrena su primera bicicleta, que presiente su primer amor.

No solamente y no siempre, la mejor poesía está escrita en versos. Éste es un caso que lo demuestra.

La infancia, ese territorio mágico que nos parece lejano, que nos explica y nos justifica de adultos, vuelve de la mano del autor y de su música que son las acuarelas de Sempé, para poblarnos la mente, los oídos, la yema de los dedos, los labios y el paladar, de los sabores, los olores, los sonidos y la magia de la niñez perdida.

Un remanso de paz y belleza. Una verdadera alhaja que debe conservarse en el joyero de nuestra memoria, visitándolo y revisitándolo como a la infancia misma.

 

Monólogos con la vida y la muerte: “Con Paula, en el Jardín de Gethsemaní”

Gethsemani

Hace unos pocos días cayó en mis manos, producto de un regalo de mi hija a su padre, un libro  del Dr. Irvin Yalom titulado “Mamá y el sentido de la vida”, una recopilación de relatos relacionados con su actividad académica en el campo de la psicoterapia en Stanford. Uno de ellos se llama “Viajes con Paula” y narra su experiencia en la formación de grupos de ayuda para pacientes oncológicos, es decir, personas que padecen cáncer. “Mi nombre es Paula, tengo cáncer, pero no soy una paciente cancerosa”, fueron las palabras de presentación de una mujer que, al decir de Yalom, entró a su vida para continuar con su educación, la del médico, no la de la paciente.

A lo largo de 40 páginas, el autor relata las peripecias vividas junto a una mujer que a partir de su enfermedad, parecía haber encontrado todas las respuestas y le sacaba vida a la muerte cada día, ayudando a los demás. “Aprendí a desmitificar la muerte, a verla tal cual es, un acontecimiento, una parte de la vida, el final de posibilidades ulteriores. Un hecho normal que hemos coloreado por el miedo”, dice Paula al Dr. Yalom. De la mano de Paula, cada lector tiene a su alcance una fuente inagotable de sabiduría. No creo que nadie, haciendo uso de la vida provisoria que le ha sido asignada, pueda permanecer indiferente a ese viaje, y al final de él, encontrar que, tal como si durante la lectura le hubieran mudado los anteojos, ya nada podrá ser visto con la misma mirada.

Días después de esta lectura, me subí a un autobús para hacer un trayecto de dos horas con destino a la Capital, Montevideo. A mi lado, viaja sentada una mujer joven –treinta y tantos, treinta y pocos-  distinta del resto. Su cabeza cubierta por un colorido pañuelo. Inequívoca señal que habla desde el silencio. Me pregunta si le recuerdo. Le había mirado, pero ahora le veo, le observo, y sus ojos y una sonrisa me traen una cara a la que no logro ponerle nombre. Me hace las cosas fáciles y me recuerda que nos conocimos hará unos cinco o seis años y que durante un año o más compartimos un proyecto profesional que nos hacía compartir reuniones semanalmente. Claro, ¡cómo podría no haberla reconocido! Es el pañuelo, dice ella, a todos les pasa. Tengo cáncer y viajo para una sesión diaria de radioterapia. La primera quimioterapia ya se hizo, por eso lo del pañuelo. La mastectomía también. Una semana más de esto, y luego la segunda y última serie de quimioterapia. Todo ello dicho con una sonrisa que contrasta con mi perplejidad. Detrás del verde profundo de reflejos dorados de sus ojos, como si en ellos se hubiera refugiado el que le falta al mar invernal que vamos bordeando, veo muchas cosas. Sus ojos hablan a la par que su boca. Veo en ellos determinación, la que tienen aquellos que se aprestan a dar una batalla – y cuantas sean necesarias- sin el menor asomo de duda de que han de salir victoriosos. Veo luz en sus ojos. Pero en esa mirada hay mucho más. Hay amor, infinito amor. Por su hijita pequeña, que sonríe desde una foto que me muestra. Por su esposo, porque le sabe sufriendo junto a ella. En esa mirada hay también muchas otras cosas. Hay dolor, por saber el sufrimiento que su enfermedad provoca en su familia, no en sí misma. Sin embargo nada de ello logra desconcertarme tanto, como descubrir que en el fondo de su mirada y en las palabras que salen de su boca, hay también un dejo de amarga alegría.

¿Es ello posible? ¿En medio de tan terrible experiencia? Tal parece que sí, porque al igual que la Paula de Yalom, mi compañera de viaje parecía haber encontrado en esa tremenda prueba de vida su propio Jardín de Gethsemaní, ese lugar y tiempo donde los seres humanos nos enfrentamos a nosotros mismos para darnos la oportunidad de conocernos mejor.

Pensando en la determinación de su Paula para afrontar cada caída y volver a levantarse cada vez con igual decisión, Yalom recuerda a Nietzsche, afirmando que “quien tiene un por qué es capaz de soportar cualquier cómo”.

No tengo duda alguna que cuando el destino puso a esa mujer tan joven como mi hija, en ese asiento en ese día y a esa hora, me estaba colocando a mi lado a mi propia Paula y era para darme la oportunidad de aprender de la vida mucho más de lo que podría haberlo hecho en todos los años vividos, no pocos, hasta hoy.

Ella era alguien que había visto a la muerte a los ojos y a fuerza de voluntad y determinación de vivir, le había hecho bajar la mirada. Ella era, es, una Paula que sabe que va a vivir y por ello no muestra miedo sino esperanza.

Como en la fábula del coyote y la cigarra, supe que cada uno de nosotros estamos destinados a vivir nuestra propia experiencia con la vida y su inevitable final en la muerte y que, por tanto, cada uno debemos encontrar nuestra propia canción, la voz y las notas, que nos harán distintos, singulares, y por tanto, merecedores de haber vivido.

…es tiempo que pasa, y basta…

 

lluvia y  mar

Hay quien dice que la vida no es otra cosa que búsqueda. De la felicidad, de un destino que nos resulta esquivo, del saber que ignoramos. También, todo eso, quizás sea lo que llamamos nuestro lugar en el mundo. Búsqueda infinita, inacabable, estéril aunque nos resistamos a  aceptarlo, con un único punto de llegada, inescrutable y ominoso, tanto que tampoco queremos ponerle nombre. Aunque lo sepamos desde el inicio mismo. Aunque anide en la conciencia más profunda lo inevitable de la condena, allí vamos, torpes exploradores.

Hay un mundo, finito, del que nos sentimos parte. Vanidosos, a veces creemos que nos pertenece. Los hay quienes, delirios sin sentido, se ilusionan con dominarlo, con ponerle fronteras, modificar sus leyes, moldearlo a su gusto. Es un mundo con orillas. Un mundo que se termina allí donde comienza el otro mundo, el que nos es ajeno aunque también cometamos la osadía absurda de querer entenderlo, surcar su superficie, meternos en sus esquivas entrañas.

Hay un mundo en el Océano Mar. Un mundo que, él también, inmenso hasta la locura, con obsesiva repetición, una y otra vez pone límites. Hasta aquí has llegado, viajero. En esa ola que rompe y avanza, allí, donde el agua se ablanda, se convierte en pliegue de espuma, allí –parece decirnos- es nuestra frontera. ¡No sigáis! Tras esa deshilachada cortina, son mis leyes las que valen, mis designios los que se cumplen.

Hay un hombre que avanza, dividido en ese límite. Un paso aquí, otro tras la frontera que se mueve, avanza, rompe y vuelve a arrollarse como si fuera uno de esos monstruos mitológicos jugando con la fragilidad del hombre. Busca, como todos, sus por qué, sus dónde, pelea con sus tal vez, reniega de sus nunca. Se resiste a no entender. A no saber. A una búsqueda condenada a ser siempre la misma, sin final. A dar un paso tras de otro tras la respuesta que no llega. El hombre camina, ignorante que encima el mundo le amenaza.

Hay una mujer. Descalza, envuelta en un chal morado que flota a través del tiempo, avanza hacia el hombre, ella misma en su ancestral búsqueda. Parece flotar. Quizás lo hace. Ann Deveriá se llama, aunque el hombre lo ignore. Los pasos que van y los que vienen, como cumpliendo un pacto desconocido para sus dueños, se han detenido. El hombre ha levantado sus ojos, arrastrados por el ondear del chal morado.

-Anda usted buscando…-dice la mujer, sin que al hombre le haya parecido escuchar voz alguna-…yo también lo hice –vuelven a resonar las palabras dentro del hombre que permanece, al igual que ella, en silencio, mirando hacia más allá, donde lo desconocido es también invisible- y lo hago aún, aunque sepa la respuesta, la que usted también conoce aunque aún no lo haya admitido…”si hay un lugar en mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí…ya no es tierra, todavía no es mar…no es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta”…*

Hay el hombre que se ha vuelto, buscando detrás de sí a la mujer del chal morado. Nada puede ver ya. Ambos mundos parecen haber encontrado  un punto de momentáneo acuerdo tras la cortina de agua que avanza, repentina, furiosa, y le cubre, borrando contornos, referencias, las fronteras. En esa lluvia que parece haberse tragado ella misma al chal morado con su mujer envuelta, nada hay de amable. Es furia, esa lluvia. Es una miriada de flechas, agujas heladas que se descuelgan con toda la fuerza de una maldición contenida. Es una lluvia destinada a borrar imágenes y sueños, a llevarse en ríos furiosos todas las certezas. Es una lluvia que parece reclamar para sí, y para el regazo que la acoge, el inmenso Océano Mar de la que ha parido, hasta los retazos de respuestas que la mujer intentó plantar en el hombre, perdido. El hombre solo, abandonado. El hombre sin respuestas. El hombre borrado de uno y otro mundo. El hombre que ya no avanza. El hombre que entiende, al fin, el sin sentido de su inútil persecución de lo que no tiene nombre.

Hay un mundo finito, del que proviene el hombre, al que busca aferrarse con uñas y dientes. Entre el retumbar de los truenos que estallan como si se hubiera desatado la batalla final, las palabras -¿soñadas?- de la mujer resuenan en su oído, como un pequeña llamita en medio de la oscuridad que le envuelve y aprieta. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta.

Jorge Martínez Jorge

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  • * El texto entrecomillado pertenece a la Novela “Océano Mar” de Alessandro Baricco.