Un día especial

¿Qué es lo que hace a un día distinto de otro, que podamos considerarle un día especial?

Cuando llevamos tantos sobre nuestras espaldas, no puede ser el hecho que sea un típico día de otoño, gris, lluvioso, de esos que parecen hechos para la nostalgia de los pletóricos días de sol pasados. No, no es eso, porque de esos días hemos vivido muchos y sabemos ya que forman parte de nuestra vida, quizás como recordatorio de que toda dicha es efímera.

Tampoco singulariza un día el que hayamos hecho un negocio satisfactorio, o que hayamos hablado con nuestra compañera de décadas y hayamos sabido que está bien. Todo eso es bueno, pero no alcanza para hacerle especial, distinto. Que hayamos escrito seis páginas de nuestra próxima novela -un nuevo paso en un largo y azaroso camino-, siendo una satisfacción, tampoco es eso tan especial porque hemos escrito otras antes, mejores quizás, peores seguro.

Es cierto: el clima invita a la introspección y la soledad buscada colabora en hacer del tiempo algo propio. Pero tampoco ello constituye un lago tan distinto de otros días vividos en tal condición.

Antes del mediodía llovía aún mansamente. El campo que rodea la cabaña que habito, lloraba agua allí por donde le mirara a través de la ventana frente a mí, abierta hacia la cuesta poblada de árboles y plantas. Por sobre el silencio poblado de murmullos de la naturaleza y del agua repiqueteando dulcemente las tejas, sonaba el piano y la voz de Norah Jones, puesta ahí, suave y discreta para acompañar la escritura.

De pronto, escucho un sonido distinto, un golpe seco pero suave, proveniente de la puerta del frente, la que da hacia esa misma cuesta. Los caballos, pensé. En medio de la soledad, qué otros que esos confianzudos que vienen a comer en torno a la casa y han de haber pegado en la puerta. Dejo una frase inconclusa y me levanto a mirar de qué y de dónde provino el tal golpe.

Abro la puerta y asomo la cabeza, pero allí no hay nadie. Los caballos no. Ellos han buscado refugio debajo de unas coronillas, cansados de recibir agua encima de sus lomos que brillan oscuros, como si llevaran una pesada manta. No fueron ellos, seguro estoy. No hay nadie más.

Sin embargo, cuando pongo la mano nuevamente sobre el picaporte para cerrar y volver a mi frase, veo a menos de un metro, sobre el pasto que escurre agua un pajarito, un sabiá gris que tiembla caído de costado, con el pico abierto, como si hubiera recibido un golpe. Es que, efectivamente, recibió un golpe, el que se propinó cuando dio de lleno contra el vidrio de la puerta. Y allí está, golpeado, seguramente herido, condenado a morir toda vez que, a las claras se ve, está impedido de volar.

Me agacho y le tomo en mis manos. Se deja hacer, aunque parecería que ese contacto extraño le acentúa su temblor. Tiene sus patitas arrolladas, una de ellas como si se le hubiera quebrado. Siento su calor en mi mano y me digo que qué puedo haber por él. Si no hubiera visto, simplemente moriría en un rato más sin que me enterara, como ha sido antes y seguirá siendo después. Pero es que ahora le tengo en mis manos y siento que es, aún, un trocito de vida y que es mi responsabilidad hacer por él lo posible porque viva más allá de su accidentado vuelo.

Le meto dentro de la casa, busco una cajita de cartón y allí le acondiciono con un puñado de arroz y una tapita con agua, como si el pobre animal fuera a ponerse a comer y beber tan campante. Su drama es otro. Espero un rato, pero ni siquiera parece capaz de ponerse en pie, o mejor dicho, sobre sus patas.

Le saco de la caja y envuelto en mis manos trato de proporcionarle calor, porque otra cosa no se me ocurre. Poco a poco parece ir disminuyendo su temblor y quizás, como agradecimiento por el calor recibido, me deposita algo caliente en mi mano, algo que volando no habría advertido. Nada que un poco de agua no pueda limpiar.

Al fondo, donde se abre hacia el valle una terraza, hay una mesa de madera, ahora mojada por la lluvia. Le deposito allí y poco a poco logro hacer que se mantenga sobre sus patas, aunque no cesa en ningún momento de temblar. Allí queda, parado, tembloroso y con el pico abierto, con su agua y su arroz esperándole casi al lado suyo. Le miro y me digo que qué más puedo hacer. Nada, seguramente. Vuelvo a la frase inconclusa.

He logrado concluir esa y muchas otras, párrafos enteros, cuando transcurrido mucho tiempo, tal vez más de una hora, un golpe seco, como aquél del principio, me sobresalta y me saca de mi abstraída labor de mentiroso creíble que intento ser escribiendo.

Miro hacia mi derecha, hacia la puerta ventana que da a la terraza donde he dejado al pajarito viviendo su dolor y cuál no habrá de ser mi sorpresa cuando veo a través del vidrio que es él, volando, suspendido en el aire, como mirándome a la espera que me dé por enterado que se ha recuperado y que puede volver a sus árboles y su vida. Allí está, suspendido en el aire durante unos segundos, como si fuera un colibrí danzando sobre una flor.

Es claro que ha venido a decirme que está bien, que se ha recuperado y, quiero creer, a agradecerme que no le haya dejado tirado, sufriendo.

Cuando salgo a la terraza él ya ha emprendido el vuelo y se pierde entre las copas de las coronillas que pueblan el valle. Ha vuelto a su mundo, el suyo y el mío, el que compartimos. Allí ha quedado, como prueba muda de lo que pasó, encima de la mesa, en la imagen, su agua, su arroz y su regalo, todavía caliente.

Un hecho mínimo para el mundo, pero inmenso para mí. Un accidente que me ha hecho saltar el corazón de alegría y que me ha empapado, no del agua que sigue cayendo mansamente, sino de humanidad, esa que día a día vamos dejando sin percatarnos de ello. Sin embargo, ese pequeño ser con su accidente, me ha regalado esa sensación que no tiene precio ni medida.

Eso y no otra cosa es lo que ha hecho que éste, un día que aún no acaba y sigue pertinazmente gris y lluvioso, sea un día especial.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s