Una suerte pequeña

De las mejores cosas que me han sucedido, en mi larga marcha de lector pertinaz, ha sido encontrarme con Saramago. El viejo portugués significó para mí, un antes y un después, como, mucho antes en el tiempo, lo fueron Vargas Llosa y García Márquez, Cortázar y Onetti, Faulkner y Steinbeck, Kawabata y otros tantos, pero ninguno como él, en su afanoso trabajo de horadar la roca, desde la superficie donde las cosas de describen hasta el centro mismo donde se explican. Internarme en el mundo de Saramago, hace ya tantos años, fue un pequeña gran suerte.

El pasado año, en oportunidad de la Feria del Libro de Montevideo, fue Saramago que me llevó allí, una noche junto a mi hija, viajando 150 kilómetros para escuchar una charla sobre el Viejo a cargo de nuestra Claudia Amengual (a quien ambos seguimos desde hace bastante tiempo) y una escritora argentina a la que, hasta ese momento, no conocía en absoluto y de la que no había leído nada. Claudia Piñeiro, autora de “Las Viudas de los jueves” y que, con esa novela, había ganado un Premio Clarín donde, casualmente o no tanto, juraba como Presidente nada menos que el propio Saramago.

Convertida al credo saramaguiano, en esa calidad estaba esa noche allí, intentando llegar al centro de la roca. Antes, había presentado “Elena sabe”, de la que, luego de vencer con no poco esfuerzo mi natural timidez, le pedí autografiarme un ejemplar, quizás envalentonado por saberme perteneciente a la misma capilla y devoción. Envalentonado debía estar, porque llevaba en mis manos mi novela recién publicada, “Hijos de la mentira”, ejemplar que tuve la audacia de obsequiarle aún siendo consciente que quizás nunca llegara a ser leída. Haber estado allí, esa noche, fue otra pequeña gran suerte.

Tras “Elena sabe”, una excelente novela que me abría el universo de la autora, seguí con “Las viudas…” , una obra que leí de un tirón porque, literalmente, no me fue posible dejar de leerla una vez que me interné por las callejas y cul de sac de Altos de la Cascada y sus miserias ocultas tras el lujo y la ostentación.

Hoy, aún bajo el influjo emocional de haber terminado de leer “Una suerte pequeña” de un tirón, no puedo menos que congratularme de la suerte, pequeña pero constante, de haber dado con la narrativa de Piñeiro.

“Una suerte pequeña” es una novela cautivadora como todas las suyas, pero que además es profunda, dolorosamente humana. La suerte o la falta de ella, el infortunio, el dolor, la incomprensión, las bajezas, los silencios y las estridencias, todo está allí. También, la más humana de las debilidades: la búsqueda de la felicidad, así sea por un instante, para poder explicarse de qué se trata, aún cuando tengas el alma lacerada por ese dolor crónico que no te matará pero tampoco te dejará vivir -al decir de Alice Munro- sin que sepas, a cada momento, que está allí.

“Quizás la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo” dice Mary, Marilé, María Luisa al final de su doloroso periplo.

Tal vez la felicidad sea tener la gran suerte de tener una novela de Claudia Piñeiro, en una tarde gris en medio del campo, en la soledad acompañada de Piazzolla, y de unas lágrimas que dejo fluir porque con ellas siento que recupero mi humanidad, la de la espontaneidad propia de los niños y de los locos, de los que, ojalá, aún me quede un poco.

 

 

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