Herta bendita, faisán del mundo

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Cayó a mis manos, lector empedernido con un plan de lectura hecho para violarlo cada día, una pequeña Novela de Herta Müller, editada en español por Siruela, titulada “El hombre es un gran faisán en el mundo” . En tan sólo 120 páginas Müller -a quien muchos discutían su Nóbel- logra condensar todo lo humano, lo bello y lo trágico, la esperanza y la frustración, la miseria material y la otra, infinitamente peor, que existe en el mundo, el suyo y el nuestro, el pasado y el presente y, lamentablemente, también el futuro.

En 48 brevísimos capítulos, desarrolla una historia, varias historias en realidad, de un misérrimo pueblo suabo enclavado en su tierra, Rumanía, a la sombra eterna del imperio alemán. Son textos densos, verdadera poesía en prosa, en los que se sugiere mucho más de lo que se dice y la autora apela a la sensibilidad del lector cómplice para descubrir al ave tras las plumas.

Realmente encantadora, ideal para entrar y salir de ella en un día gris y lluvioso como el que me regaló la vida, para disfrutar una lectura que deja sabores en la boca, sensaciones en la mano y ecos en el alma.

Una autora de excepción, de la que, los lectores hispanohablantes, solamente hemos podido disfrutar en dosis homeopáticas. Aún así, vale la pena.

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Un día especial

 

Un día especial

¿Qué es lo que hace a un día distinto de otro, que podamos considerarle un día especial?

Cuando llevamos tantos sobre nuestras espaldas, no puede ser el hecho que sea un típico día de otoño, gris, lluvioso, de esos que parecen hechos para la nostalgia de los pletóricos días de sol pasados. No, no es eso, porque de esos días hemos vivido muchos y sabemos ya que forman parte de nuestra vida, quizás como recordatorio de que toda dicha es efímera.

Tampoco singulariza un día el que hayamos hecho un negocio satisfactorio, o que hayamos hablado con nuestra compañera de décadas y hayamos sabido que está bien. Todo eso es bueno, pero no alcanza para hacerle especial, distinto. Que hayamos escrito seis páginas de nuestra próxima novela -un nuevo paso en un largo y azaroso camino-, siendo una satisfacción, tampoco es eso tan especial porque hemos escrito otras antes, mejores quizás, peores seguro.

Es cierto: el clima invita a la introspección y la soledad buscada colabora en hacer del tiempo algo propio. Pero tampoco ello constituye un lago tan distinto de otros días vividos en tal condición.

Antes del mediodía llovía aún mansamente. El campo que rodea la cabaña que habito, lloraba agua allí por donde le mirara a través de la ventana frente a mí, abierta hacia la cuesta poblada de árboles y plantas. Por sobre el silencio poblado de murmullos de la naturaleza y del agua repiqueteando dulcemente las tejas, sonaba el piano y la voz de Norah Jones, puesta ahí, suave y discreta para acompañar la escritura.

De pronto, escucho un sonido distinto, un golpe seco pero suave, proveniente de la puerta del frente, la que da hacia esa misma cuesta. Los caballos, pensé. En medio de la soledad, qué otros que esos confianzudos que vienen a comer en torno a la casa y han de haber pegado en la puerta. Dejo una frase inconclusa y me levanto a mirar de qué y de dónde provino el tal golpe.

Abro la puerta y asomo la cabeza, pero allí no hay nadie. Los caballos no. Ellos han buscado refugio debajo de unas coronillas, cansados de recibir agua encima de sus lomos que brillan oscuros, como si llevaran una pesada manta. No fueron ellos, seguro estoy. No hay nadie más.

Sin embargo, cuando pongo la mano nuevamente sobre el picaporte para cerrar y volver a mi frase, veo a menos de un metro, sobre el pasto que escurre agua un pajarito, un sabiá gris que tiembla caído de costado, con el pico abierto, como si hubiera recibido un golpe. Es que, efectivamente, recibió un golpe, el que se propinó cuando dio de lleno contra el vidrio de la puerta. Y allí está, golpeado, seguramente herido, condenado a morir toda vez que, a las claras se ve, está impedido de volar.

Me agacho y le tomo en mis manos. Se deja hacer, aunque parecería que ese contacto extraño le acentúa su temblor. Tiene sus patitas arrolladas, una de ellas como si se le hubiera quebrado. Siento su calor en mi mano y me digo que qué puedo haber por él. Si no hubiera visto, simplemente moriría en un rato más sin que me enterara, como ha sido antes y seguirá siendo después. Pero es que ahora le tengo en mis manos y siento que es, aún, un trocito de vida y que es mi responsabilidad hacer por él lo posible porque viva más allá de su accidentado vuelo.

Le meto dentro de la casa, busco una cajita de cartón y allí le acondiciono con un puñado de arroz y una tapita con agua, como si el pobre animal fuera a ponerse a comer y beber tan campante. Su drama es otro. Espero un rato, pero ni siquiera parece capaz de ponerse en pie, o mejor dicho, sobre sus patas.

Le saco de la caja y envuelto en mis manos trato de proporcionarle calor, porque otra cosa no se me ocurre. Poco a poco parece ir disminuyendo su temblor y quizás, como agradecimiento por el calor recibido, me deposita algo caliente en mi mano, algo que volando no habría advertido. Nada que un poco de agua no pueda limpiar.

Al fondo, donde se abre hacia el valle una terraza, hay una mesa de madera, ahora mojada por la lluvia. Le deposito allí y poco a poco logro hacer que se mantenga sobre sus patas, aunque no cesa en ningún momento de temblar. Allí queda, parado, tembloroso y con el pico abierto, con su agua y su arroz esperándole casi al lado suyo. Le miro y me digo que qué más puedo hacer. Nada, seguramente. Vuelvo a la frase inconclusa.

He logrado concluir esa y muchas otras, párrafos enteros, cuando transcurrido mucho tiempo, tal vez más de una hora, un golpe seco, como aquél del principio, me sobresalta y me saca de mi abstraída labor de mentiroso creíble que intento ser escribiendo.

Miro hacia mi derecha, hacia la puerta ventana que da a la terraza donde he dejado al pajarito viviendo su dolor y cuál no habrá de ser mi sorpresa cuando veo a través del vidrio que es él, volando, suspendido en el aire, como mirándome a la espera que me dé por enterado que se ha recuperado y que puede volver a sus árboles y su vida. Allí está, suspendido en el aire durante unos segundos, como si fuera un colibrí danzando sobre una flor.

Es claro que ha venido a decirme que está bien, que se ha recuperado y, quiero creer, a agradecerme que no le haya dejado tirado, sufriendo.

Cuando salgo a la terraza él ya ha emprendido el vuelo y se pierde entre las copas de las coronillas que pueblan el valle. Ha vuelto a su mundo, el suyo y el mío, el que compartimos. Allí ha quedado, como prueba muda de lo que pasó, encima de la mesa, en la imagen, su agua, su arroz y su regalo, todavía caliente.

Un hecho mínimo para el mundo, pero inmenso para mí. Un accidente que me ha hecho saltar el corazón de alegría y que me ha empapado, no del agua que sigue cayendo mansamente, sino de humanidad, esa que día a día vamos dejando sin percatarnos de ello. Sin embargo, ese pequeño ser con su accidente, me ha regalado esa sensación que no tiene precio ni medida.

Eso y no otra cosa es lo que ha hecho que éste, un día que aún no acaba y sigue pertinazmente gris y lluvioso, sea un día especial.

Claudia Piñeiro, una gran suerte

 

Una suerte pequeña

De las mejores cosas que me han sucedido, en mi larga marcha de lector pertinaz, ha sido encontrarme con Saramago. El viejo portugués significó para mí, un antes y un después, como, mucho antes en el tiempo, lo fueron Vargas Llosa y García Márquez, Cortázar y Onetti, Faulkner y Steinbeck, Kawabata y otros tantos, pero ninguno como él, en su afanoso trabajo de horadar la roca, desde la superficie donde las cosas de describen hasta el centro mismo donde se explican. Internarme en el mundo de Saramago, hace ya tantos años, fue un pequeña gran suerte.

El pasado año, en oportunidad de la Feria del Libro de Montevideo, fue Saramago que me llevó allí, una noche junto a mi hija, viajando 150 kilómetros para escuchar una charla sobre el Viejo a cargo de nuestra Claudia Amengual (a quien ambos seguimos desde hace bastante tiempo) y una escritora argentina a la que, hasta ese momento, no conocía en absoluto y de la que no había leído nada. Claudia Piñeiro, autora de “Las Viudas de los jueves” y que, con esa novela, había ganado un Premio Clarín donde, casualmente o no tanto, juraba como Presidente nada menos que el propio Saramago.

Convertida al credo saramaguiano, en esa calidad estaba esa noche allí, intentando llegar al centro de la roca. Antes, había presentado “Elena sabe”, de la que, luego de vencer con no poco esfuerzo mi natural timidez, le pedí autografiarme un ejemplar, quizás envalentonado por saberme perteneciente a la misma capilla y devoción. Envalentonado debía estar, porque llevaba en mis manos mi novela recién publicada, “Hijos de la mentira”, ejemplar que tuve la audacia de obsequiarle aún siendo consciente que quizás nunca llegara a ser leída. Haber estado allí, esa noche, fue otra pequeña gran suerte.

Tras “Elena sabe”, una excelente novela que me abría el universo de la autora, seguí con “Las viudas…” , una obra que leí de un tirón porque, literalmente, no me fue posible dejar de leerla una vez que me interné por las callejas y cul de sac de Altos de la Cascada y sus miserias ocultas tras el lujo y la ostentación.

Hoy, aún bajo el influjo emocional de haber terminado de leer “Una suerte pequeña” de un tirón, no puedo menos que congratularme de la suerte, pequeña pero constante, de haber dado con la narrativa de Piñeiro.

“Una suerte pequeña” es una novela cautivadora como todas las suyas, pero que además es profunda, dolorosamente humana. La suerte o la falta de ella, el infortunio, el dolor, la incomprensión, las bajezas, los silencios y las estridencias, todo está allí. También, la más humana de las debilidades: la búsqueda de la felicidad, así sea por un instante, para poder explicarse de qué se trata, aún cuando tengas el alma lacerada por ese dolor crónico que no te matará pero tampoco te dejará vivir -al decir de Alice Munro- sin que sepas, a cada momento, que está allí.

“Quizás la felicidad sea eso, un instante donde estar, un momento cualquiera en el que las palabras sobran porque se necesitarían demasiadas para poder contarlo” dice Mary, Marilé, María Luisa al final de su doloroso periplo.

Tal vez la felicidad sea tener la gran suerte de tener una novela de Claudia Piñeiro, en una tarde gris en medio del campo, en la soledad acompañada de Piazzolla, y de unas lágrimas que dejo fluir porque con ellas siento que recupero mi humanidad, la de la espontaneidad propia de los niños y de los locos, de los que, ojalá, aún me quede un poco.