Las palabras y los muertos

“Cuando no estés, esta islita se hunde en el mar, Jefe, o tu hermanito vuelve a vendérsela a los yanquis” dice Facundo, el protagonista y relator omnisciente en “Las palabras y los muertos” de Amir Valle (Editorial Almuzara, 2015, página 75) en uno de sus largos monólogos con el Fidel Castro del cual él ha sido su sombra desde que bajaran triunfantes de la Sierra Maestra.

Frase profética si las hay, con el significado adicional que culmino la lectura de esta monumental novela del autor cubano en el exilio, justo el día en que recorren el mundo las imágenes de la visita del Presidente Obama a la isla, recibido por Raúl, el hermanito al que con sorna se refiere Facundo, para sellar la rendición de la “Revolución” al vil precio del capital, precisamente aquello que fue razón, excusa y coartada para los desmanes de más de medio siglo de vesania castrista.

Situada en el opresivo ambiente de una habitación donde permanece aislado Facundo, Jefe de la Guardia pretoriana de Fidel, la novela transcurre íntegramente dentro de esas cuatro paredes y en el día de la muerte del Caballo, aquél ser que para su fiel custodio -como para buena parte de los feligreses seguidores de la religión en que mutó el Fidelismo- se había convertido en un Dios encarnado, bajado a la tierra en la isla del encanto para redimir a un pueblo que solamente él, genio sin par nacido para el poder omnímodo, podía hacerlo.

Aquél simple mensaje que ha llegado a las manos de Facundo, cuando aún el alba es una promesa, con esas tres palabras que taladran su mente -“Fidel ha muerto“- son el disparador para que el privilegiado testigo de las intimidades del Jefe y del poder, a lo largo de cinco décadas sobradas, día a día, hora tras hora, deje ir su mente estupefacta tras los recuerdos que se acumulan uno tras otro.

La premisa planteada por el autor, la de “Fidel ha muerto“, circunstancia que para los devotos del régimen constituye desde siempre motivo de incredulidad anticipada, es la bisagra a partir de la cual, puesto el relato en la voz de Facundo y su archivo de recuerdo, gire en torno a la historia de la Revolución y de Fidel -caras de una misma moneda- pero también para que a cada instante, tras la puerta cerrada custodiada por soldados sin rostro, planee sobre los protagonistas la ominosa amenaza de lo que se siente ha de suceder. Una soterrada lucha por el poder que disemina la violencia apenas contenida y que pende sobre la cabeza del custodio como un símbolo de la incertidumbre que habrá de caer sobre el pueblo cubano de a pie, cuando desde los cenáculos del poder decida hacerse pública la noticia, si es que se decide tal cosa.

Hay un protagonista en ésta historia que con su sonora ausencia atruena los oídos del lector a lo largo de las casi 350 páginas de la novela: el pueblo cubano. Como si fuere una buscada alegoría del autor respecto de la relación entre el totalitarismo del poder revolucionario y de quienes, con el transcurrir del tiempo, devienen en meros vasallos, invisibles para el ojo de los que se ven deslumbrados por la aureola mágica del Gran Timonel.

Una novela que deslumbra y cautiva, a la vez que remueve, hiere y lastima la sensibilidad del lector que aborda la lectura desde su propia libertad. Es una polifonía donde todas las voces, las del antes y el ahora, las vivas y las muertas, confluyen para mostrarnos las palabras con las cuales la revolución ha cubierto, hasta hacerles desaparecer, a sus muertos. Una obra donde confluyen la grandeza de los más débiles con la más abyecta felonía de los poderosos. Una lectura que deja un regusto amargo, como si tras ese final violento, para una historia que nació bajo igual signo, no hubiera más nada. Como si ese individuo, que solamente muriéndose demuestra de manera mínima ser humano, hubiera dispuesto, después de mí, la nada.

 

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