El lado oculto

El fotógrafo debió haber estado contemplando la escena, tal vez sentado con su cámara en mano, esperando, sin saber muy bien qué cosa. O simplemente, el dedo oprimió el disparador. Hecha la foto, el fotógrafo tiene esa imagen en sus manos, o en su pantalla, y trata de ver en ella, dentro de ella, más aún, tratará de ver detrás de ella.

La escena le dice que es el campo. Así lo atestiguan los explosivos tonos de verde bajo el sol de la tarde, sin nada que les perturbe. El ojo del fotógrafo distingue la luminosidad propia de esa hora del día, pero además se lo dice el elegante alargarse de las sombras que proyectan, en verdes más oscuros, los árboles que enmarcan la escena. Unas mínimas manchas de rojo denuncian la época del año en la que transcurre la escena. La naturaleza es, como suele serlo en cada manifestación humana, paciente testigo de lo que sucede en torno suyo, en su propio seno.

En el centro, el fotógrafo ha ubicado tres presencias, congeladas ahora en su movimiento, que parecen encontrarse en ese momento. El fotógrafo sabe que su disparo fue a traición, por la espalda, y que esas figuras vivas ignoran que han sido congeladas en un marco de equis píxeles. No hay poses ni actuaciones, porque esas figuras, vidas en movimiento, ignoran al fotógrafo y su disparador avieso. Por eso la imagen le muestra al fotógrafo esa espontaneidad que solamente se logra cuando el objeto del disparo es del todo ignorante de ello.

En ella hay una persona mayor, tal vez en el entorno de los cincuenta y tantos, casi con seguridad una mujer por su cabello y algunos rasgos de su fisonomía, que con su mano izquierda toma la mano de una niña. Es una niña sin dudas, porque el fotógrafo, ojo atento, advierte los puntitos rojos de unos coleros que ciñen sus trencitas. Una niña de unos cuatro o cinco años, si se observa que su estatura iguala las caderas de quien le ha cogido su mano. El fotógrafo puede inferir, casi con certeza, que abuela es aquélla y nieta, ésta es. A su encuentro, como lo denuncia el ángulo respecto de ambas y de la propia cámara, acude una perra blanca, grande, alegre por ello, según puede adivinarse en la cola que se yergue como el mástil de un velero a merced del viento. La perra, porque el fotógrafo puede afirmar que perro no es, muestra un andar elegante, travieso, porque ella también es ignorante de la presencia de alguien más, el fotógrafo.

El ángulo del terreno, en donde a la izquierda destacan dos líneas mas o menos paralelas de un color ladrillo -indudablemente un camino- muestra que es una suave cuesta hacia donde dirigen los pasos ambas, abuela y nieta. Es un paseo, sin apuro ni rumbo, tal vez después del almuerzo, podría asegurar el fotógrafo. Los abrigos, liviano en el caso de la abuela, desproporcionado y misterioso en el caso de la niña, sugieren que el aire es tan fresco como límpida la imagen. Invita a ello, al paseo sin prisas. A subir una cuesta. A ir un poco más allá de la vista.

El fotógrafo, carente del don de la palabra para mostrar la otra cara de la imagen, cree ver en ese instante congelado para siempre, una simbología especial. La nieta acompaña a la abuela en su camino. ¿El de la vida? ¿Es ese el significado de la relación entre abuelos y nietos? Unos marcando el camino hacia donde se dirigen, y los otros, ayudándoles con su mano cálida a no mirar hacia atrás, donde, lo que ha quedado reviste la rotundidad de lo pasado. La cuesta parece decirle al fotógrafo que esa imagen que sugiere compañía y camino, un dejar y un acercarse, un pasar la posta de mano en mano, también simboliza el sendero de la vida, no exenta de dificultades para quien aún necesita de una mano que le guíe.

El fotógrafo cree adivinar que si ambas, nieta y abuela, se enfrentaran un tiempo después con esa imagen de aquello de nosotros mismos que no solemos ver, verían en ella sentimientos de los cuales, en el imperceptible momento en que fueron captadas, no eran conscientes. Presiente el fotógrafo que en ese instante han confluido alegría y tristeza, la liviandad de lo pasajero con el peso rotundo de lo definitivo, pasado y presente que mágicamente se encuentran en un momento y punto determinado, ignorante uno del otro.

El fotógrafo adivina todo eso que hay detrás de su imagen, la que él ha tomado pero les pertenece a ellas, abuela y nieta, porque él mismo siente todo eso. El fotógrafo, además de tal, suele ser tramposo, porque aunque no pueda verse, él también forma parte de la escena. Es el abuelo, el ocasional fotógrafo puesto a escudriñar el lado oculto de la fotografía, quien ha disparado el obturador y quien busca significados, porque en lo que allí encuentre también estará lo que él mismo ha estado buscando.

Anuncios

Un comentario en “El lado oculto de la fotografía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s