Un camino hacia Camus

El lector de Albert Camus

En un muy documentado y ameno ensayo (El lector de Albert Camus, Editorial Océano 2002, 204 páginas) Florence Estrade nos brinda una magnífica puerta de entrada para conocer la relativamente breve como intensa vida del argelino convertido en Premio Nobel, al que no pudo derrotar la tuberculosis que le acompañó como una sombra, pero sí lo hizo el azar de un accidente.

Nacido en la Argelia territorio colonial francés, de madre española casi sordomuda, Camus eligió para expresarse la lengua francesa de un padre el que no conoció, a partir del papel desempeñado por su maestro Louis Germain. Dueño de un extraordinario talento, que le hace preguntarse a Estrade si fue futbolista, escritor, filósofo, periodista, dramaturgo, un seductor, un actor o todo ello junto, el joven Camus nacido en la pobreza y la periferia, a fuerza de tal llegó a la cumbre, marcando como pocos pudieron hacerlo en tan pocos años, la literatura y las ideas de su época.

La autora hace un minucioso recorrido por la extensa obra de Camus, agrupándola según los “ciclos” que el autor identificó: la literatura solar, el ciclo del absurdo, la rebeldía como camino ético, para terminar con el de la soledad y las dudas. A lo largo de 60 páginas nos recorre por “El revés y el derecho”, “Bodas”, “El verano” ,  la emblemática “El extranjero”, “El mito de Sísifo”, “El malentendido” y “Calígula”, para adentrarnos en el ciclo de la rebeldía con su memorable “La peste”, “El estado de sitio”, “Los justos” y “El hombre rebelde”. A ellos le siguen, en sus soledades y dudas, “La Caída”, “El exilio y el reino” y “El primer hombre”.

Camus es, a no dudarlo, uno de esos autores ineludibles a la hora de buscar entender ese mundo convulso y terrible que le tocó vivir. Es ese individuo fascinante que tuvo la osadía de confrontar nada menos que a un Jean Paul Sartre que fungía de oráculo de la intelectualidad bien pensante. Irreductible en sus convicciones y su ética, pagó un precio no menor por su defensa de la libertad como valor supremo, aunque luego la Academia Sueca le convirtiera en el Nobel más joven de la historia del premio, el mismo que le negaran a su ácido polemista.

Luego de una lectura de éste ensayo, a todo lector que, como en mi caso apenas leyó “La peste” y “El hombre rebelde”, se les despertará el apetito y querrá leer toda su obra. En mi caso, hacia allí voy, con la dificultad de que, a casi 50 años de su fallecimiento y siendo de los más influyentes intelectuales de su tiempo, no haya una obra completa editada.

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Pérez-Reverte y sus batallas

El pintor de batallas

En torno a la vida de un fotógrafo de guerra retirado, embarcado en un proyecto de un mural que rodea la casi inaccesible torre sobre el mar donde vive, Pérez-Reverte construye un universo en torno a la búsqueda del sentido de la vida, en éste caso, a través de la imagen que durante dos décadas ese corresponsal que ha visto todo el horror, no puede captar. Girando en torno a la inesperada presencia de un sobreviviente de una de las tantas guerras vistas por su lente, el objeto del azar de su objetivo vuelve a su vida para cobrarse con ella lo que cree una deuda pendiente.

En un lenguaje a medio camino entre a literatura, la pintura y la fotografía, el autor encaramado en esa alta torre -casi un símbolo de su búsqueda de lo eterno- construye un apasionante relato, no exento del misterio de una muerte -la suya propia- anunciada por el futuro asesino, que sirve como excusa para una larga reflexión sobre la vida y el caos que nos gobierna.

Tal como el “efecto mariposa” al que recurre, cada cosa parece obedecer al capricho del azar,  llevándonos hacia “ese punto donde convergen todas las líneas, todas las perspectivas, toda la compleja y despiadada trama de la vida y su azar regido por normas rigurosas, rectas igual que la trayectoria de las flechas siniestras del carcaj de Apolo“.

Vivimos un mundo donde el hombre ha vuelto a ser lobo del hombre (¿o quizás nunca dejó de serlo?), que “cuando el desastre le devuelve al caos del que procede, todo ese civilizado barniz salta en pedazos y otra vez es lo que era” , en una época en la que, “divorciados de la Naturaleza, los hombres hemos perdido la capacidad de consuelo frente al horror que acecha ahí afuera”

Una obra que bucea alrededor del sentido de la literatura: el de acercarse -como Ícaro al sol- a la inasible verdad de lo que somos, tan sólo para saber que seguimos como al principio.