Mágico, sombrío, impenetrable, Oates en esencia

 

Se ha dicho hasta el cansancio, sobre todo por parte de sus editores -como es lógico- que Joyce Carol Oates es la “mejor escritora estadounidense viva” , y que por ello el Nobel aletea hace años en torno suyo sin que se decida nunca a posar su esquiva figura sobre ella.

Desde que hace unos años le descubriera con “La hija del sepulturero”, luego con “Mamá”, y desde allí un larguísimo etcétera dentro de los que destaco, porque la memoria quiere hacerlo, a “Hermana mía, mi amor” (escalofriante historia, de las que se te pegan en la piel como un tatuaje), he tenido el renovado placer de recorrer toda su literatura, siempre nueva, siempre la misma, igualmente fascinante. Aquélla afirmación del principio la hago mía, con la salvedad que tal vez habría de ser más justa si incluyera en esa definición a otro eterno postergado como Philip Roth.

Asombra la capacidad de Oates, a sus 77 años, para escribir de la manera como lo hace, haciendo de su literatura un testimonio de su tiempo, que fue el los 50, los 60, pero también es, tanto desde el punto de vista conceptual como estético, también plenamente siglo veintiuno. Tal actual como la de cualquiera de esas escritoras que escriben para adolescentes sin dejar ellas de serlo.

Es, en todo lo que he podido obtener traducido al español, el primer volumen de relatos, despegándose de la novela -especialmente la novela larga, total, que ha cultivado con esmero- lo que nos proporciona a una nueva Oates. Son relatos inquietantes, donde se dice mucho y sugiere otro tanto. Relatos que quedan, como muchas de las cosas de un Murakami por ejemplo, dando vueltas y vueltas a lo largo de los días y las noches post lectura. Sin embargo, anoto lo que para mi paladar, me parece un cierto abuso de la temática “universitario-literaria” como si su mundo, el de sus personajes, comenzara y acabara en torno a ese, que es, claro, está. SU mundo.

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El arte de la “no-lectura” en Pierre Bayard

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Cómo hablar de los libros que no se han leído” del francés Pierre Bayard, es un ensayo original, provocador, que deja material de sobra para la reflexión, aún cuando trate del arte de la “no-lectura” y el lector que acaba de leerlo, sigue siendo un lectoradicto, un irredento partidario de la lectura, del acto creativo que ésta implica. Borgeano hasta la médula, me enorgullezco de lo leído, más que de lo escrito por supuesto, y aún de aquello olvidado, porque habiendo hecho el viaje, no importa cuánto haya pasado, basta abrir la cancel del libro arrumbado en una distante esquina de tu memoria, para que las imágenes irrumpan con la misma fuerza del principio.

Un erudito y ameno recorrido por el pensamiento de Musil (a quien no he leído, aclaro), Valéry (a quien apenas), Eco (cuyo “El nombre de la rosa” he empezado tantas veces y tantas otras he dejado, sin rendirme del todo jamás), de Montaigne (a quien no leí pero con quien, descubro gracias al autor, comparto la manía de la breve reseña inmediata a la lectura), de Greene a quien sí he leído, Balzac y Proust (a quien leo y no acabo de leer), todos ellos incursos en la materia de la no-lectura, o de las distintas maneras de leer o no leer un texto.

Para amarlo o para detestarlo, un texto que, al contrario de la tesis del autor, es un libro para leer, y tal vez, releer.

Yo estoy pensando hacerlo.