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Anoche me aburría. Me sucede cada vez que mi mujer se va a ver a mi suegra, es decir, a su mamá, y yo no voy, porque claro, allá está mi suegra y con ella todo bien, pero a mí me gusta aburrirme solo. Era un poco tarde y aunque no tenía mucha hambre tampoco tenía comida para el poco de hambre que sí tenía. Anduve rebuscando entre los papeles de mi mujer, es decir los nuestros, a ver si encontraba una pizzería con reparto a domicilio. Ni una encontré. Todas con la cuestión ésta del delivery, pero como no estaba seguro, mejor no meter la pata. Así que entonces me preparé para salir. Me vestí, creo, me puse el sombrero para cubrir la tonsura y elegí cuidadosamente, no el perfume que tengo uno solo que venía de regalo con la crema de afeitar, sino el libro que iba a poner abajo del brazo. Aclaro; soy del tiempo en que andar con un libro daba una pátina de culturoso y por ahí, quién te dice, a alguien podría interesarle, la lectura, digo. Dudé con un Murakami, entre otras cosas porque pesaba demasiado y ahora que todo el mundo lo lee –bueno, todo el mundo más bien que no, sino todo el mundo que lee que es más bien poco mundo- el japonés no iba a agregar nada, así que me decidí por un Pynchon término medio, ni demasiado cocido ni demasiado jugoso, 300 páginas digamos. Pynchon tiene sus ventajas. Suena raro, tiene algo de fálico en movimiento, nadie lo conoce porque hasta sospecho que no exista y sea un puro invento de las editoriales, y sobre todo no necesita marcador; uno puede dejarlo de leer en la 128 y luego seguir en la 235 y la cosa va más o menos de lo mismo.

Luego de una extensa caminata –al fin la actividad física con la que me atormenta el cardiólogo, como si fuera un mantra hay que caminar, fulano, hay que caminar, y él llega a la consulta en su auto- de no menos de 10 cuadras, me decanté por el boliche con nombre de peleador japonés. Ni muy muy ni tan tan, ahí ahí, término medio, como yo, supongo.

Elegí una mesa chica, para dos, en la que sobraba una silla y que tenía a su frente, para mi ojo izquierdo un televisor pantalla plana de 21 pulgadas –una antigualla, permítame decirlo- y uno de 32 pulgadas para mi ojo derecho, ambos con fútbol –menos mal- aunque con partidos distintos, lo que para los ojos puede no ser un problema pero para la azotea, el coso que piensa, puede ser un matete. Anda que si en uno hace un gol el equipo contrario y en el otro te cobran un penal a favor del tuyo, a ver qué carajos vas a gritar primero, aunque supongo convendría no gritar cosa alguna. Lo que resultaba un fastidio es que la música no dejaba escuchar ninguno de los dos relatos, o ambos superpuestos resultaban un poco menos inteligibles de lo que son de a uno, y mire que lo son, ¿o no mi querido Jotacé?

Cuando el mozo asignado a mi mesa cortó la llamada en su celular, en la que los de la mesa del fondo le estaban haciendo el pedido y luego que enviara el whatshapp al pizzero, me dijo…

buenas noches señor fulano, ¿usted ya está registrado en nuestra base de datos?,

-ehhh ahhh…,

-entiendo, ¿sería tan amable de confirmarme su número de celular?, …¿es el cero nueve nueve, tres ocho ocho, ocho ocho tres?,

-ehhh…ahhhh, pero…¿y cómo…?, quise, no pude, preguntar,

-entiendo, sí señor, nuestro sistema captura sus datos de forma automática…usted estuvo con su señora el pasado veintiocho de marzo a las veintiuna y veinte y nuestro sistema de detección facial registró sus datos y lo incorporó al sistema…es muy bueno, si…

-eh…bueno…si, es mi número, creo, porque lo uso poco, pero es que me temo no le haya traído…el mes pasado se me agotó la batería y todavía no he podido saber cómo hacer para cargarlo…

-oh…entiendo, en ese caso recurriremos a nuestro plan de contingencia y le tomaré su pedido escrito, un segundo que voy a ver si encuentro papel y lápiz…

-ehhh, no bueno, no se moleste, tráigame una pizza común, un fainá y una cerveza, la que usted crea conveniente…gracias.

El hombre se fue rumbo a la barra un poco extrañado pero creo que iba a conseguir transmitir el pedido, aunque fuera verbal. Mientras me aprestaba a esperar, colgué el sombrero del respaldo de la silla, de donde se me iría a caer no más de media docena de veces, puse mi Pynchon cerrado y silencioso a mi derecha, como para que quienes pasaran pudieran ver la portada y saqué el periscopio para analizar la fauna reunida. Un éxito, lleno total, para la contra que dice que la gente no sale.

A mi frente seis hermanos argentinos, viejos y machucados ellos, viejas y recauchutadas ellas, tomando cerveza ellos, intercambiando fotos desde sus celulares ellas, terminando sus ensaladas ellas, repitiendo las pizzas ellos. A mi derecha una pareja medio y medio; medio baja y medio gorda ella, medio alto y medio pelado él, pidieron sendos chivitos al plato que, como se sabe y es fama en nuestra tierra, no se sirve en plato sino en una fuente de esas como para servir los tallarines del domingo. Mientras tanto, en la tablet ella podía seguir en vivo y directo el apasionante desenlace de un partido de básquetbol que se jugaba en Montevideo, mientras él intentaba pedirle instrucciones a su hija a través del chat para saber qué estaba pasando con la etapa de Carnaval en el Teatro de Verano.

Más hacia atrás veía el reflejo de las pantallas encendidas y las risas de los comensales posando para sus selfies, que según me han dicho es esas fotos que se saca uno mismo, como mirando la cámara, así como dicen que hacía Narciso ante el agua, porque claro, en aquélla época el pobre no tenía manera de fotografiarse. Tampoco reparé mucho en ello, porque todavía me queda aquella cosa que me repetía mi mamá que era mala educación andar mirando lo que hace o dejar de hacer la gente.

Enfrente, pero un poco más a la derecha, en una mesa chica se han sentado dos chicas, y no es un  juego de palabras porque las chicas no son, precisamente, chicas, es decir sí lo son porque ni por asomo son chicos o viejas, sino porque las chicas son grandes, bastante grandes, se entiende, correctamente desarrolladas en todos los aspectos que hacen a la anatomía femenina de todos los tiempos, que eso cambia pero no tanto. Volvieron las minifaldas y para los adoradores de las descendientes de Afrodita, eso es una bendición. Una de ellas me quedaba como de perfil, pero la otra en cambio, toda ella de frente, inclusive cuando hubo de cruzar sus piernas para estar más cómoda, cosa que su espalda se lo agradecería, pero no solamente su espalda, sino también mi ojo derecho cuando se distraía de la pantalla plana de 32 pulgadas. Para  mejor, o peor según se mire, la pierna izquierda, es decir la que en el cruce resultó favorecida con la posición superior, enteramente tatuada, desde el tobillo hasta donde terminaba la visual, el tatuaje seguramente no pero eso yo no podría saberlo. Es más, no iba a saberlo, a lo sumo imaginarlo.

A fuer de ser sincero, no las vi entrar, tan ocupado estaba tratando de compatibilizar la vista y el cerebro para mirar los dos partidos a la vez, por lo cual no puedo afirmar categóricamente que anduvieran juntas, tal fueran hermanas o amigas, quizás hasta novias, por qué no. Digo que me resulta difícil saberlo, aunque me precie de ser un avezado observador, porque detrás de sus celulares no me quedaba claro si cuando hablaban, casi nunca, lo hacían entre ellas o estaban mandando o contestando mensajes de voz, no de vos ni de mí, sino de ellas y entre ellas, porque cada tanto se mostraban lo que mandaban o recibían.

Hay quienes todo lo ven negativo y dicen que con esto la gente no se comunica. Hasta donde sé las chicas no hicieron otra cosa durante la hora larga en que ocuparon, y alegraron, parte de mi campo visual. Pero además, siempre es posible ver el lado positivo, si uno se esfuerza en ello y no cae en el facilismo de Cambalache. Por ejemplo, en el caso de las niñas, la permanente comunicación y conexión hizo que comieran poco -en favor de sus agraciadas figuras- y rápido, esto a favor del restaurante que podría disponer de una mesa más, cuanto antes. También, puede ser que se hubieran conocido ahí mismo y estuvieran compartiendo, con sus amistades del face, una nueva amistad.

Cuando hube comido mi pizza, y antes el fainá –de primera, debo decirlo-, que casi se me atraganta cuando a mi cuadro le hicieron el quinto gol y el juez le echó el tercer jugador, con la cerveza mediada, intenté justificar la carga del Pynchon, haciendo como que leía. Ahí me di cuenta que la luz era poca, mis ojos no me daban y tal vez precisara un cambio de graduación de los anteojos porque en el televisor de la derecha terminé por entender, bastante tarde ya, que los equipos que yo creía que estaban jugando un partido, en realidad solamente se parecían sus camisetas, pero había un continente de distancia.

Como ya no tenía muchos motivos para seguir allí y el sueño había empezado a picarme, levanté la mano como hacían los ciclistas en tiempos idos cuando pinchaban para llamar el auxilio, aunque yo nada más pretendiera atraer la atención del mozo para que me cobrara, una vez terminara de enviar o recibir un nuevo pedido en su teléfono inteligente.

-La cuenta, mozo, le dije muy suelto de cuerpo;

-Sí, señor, se la he enviado en formato pdf a su celular en un mensaje de whatshapp…,

-Pee…pero…disculpe – le dije, tratando de que se acercara un poco más para evitar el papelón de gritarle y que los demás escucharan– recuerda que yo ando sin celular…pero acá tengo el dinero, vio?…-mostrándole mi billetera, la que me regaló mi mujer por el aniversario de casamiento, allá por el Mundialito del 80, creo-,

-No…bueno…déjeme ver cómo hacemos…-mirándome como miraba mi hija a E.T. allá por los 80, creo, con el celular en ristre- le estoy enviando un mensaje al encargado a ver qué hacemos en un caso como el suyo…bastante raro, créame, ahora solamente cobramos on line, sabe?-

Por suerte el encargado, que para eso lo es, supongo, entendió la situación y a pesar del perjuicio que seguramente le ocasionaría “al sistema”, aceptó cobrarme la factura hecha en papel, algo que usualmente ya no hacían, con papel moneda y monedas para el cambio chico. El mozo miró el billete azul con el señor bigotudo que suele acompañarme en mi anticuada billetera como si fuera algo caído del espacio exterior. Intenté dejarle una propina pero me dijo que mejor me mandaba un código QR -eso creo- por mensaje de texto con su cuenta para que le acreditara el diez por ciento de rigor.

Ahora en la mañana, ya descansado y tomando unos mates, me pregunto en qué momento el mundo, el que yo creía era el mío, el que yo conocía, me lo cambiaron por éste y ni siquiera tuvieron a bien avisarme.

Espero que mi mujer deje a mi suegra en paz y vuelva rápido a ver si aprendo esa cuestión del delivery. Mientras tanto, voy a ver cómo me va con el arroz y los huevos fritos. Agua tengo. Yerba también. ¿De qué podría quejarme? Ahora voy a leer. Pynchon, tal vez.

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