EL GATOPARDO o el arte de cambiar para permanecer

 

El Gatopardo

Leí El Gatopardo por primera hace ya unos años, en una edición de bolsillo que alguna de mis muchas mudanzas hizo quedar perdida o en manos de algún lector distraído. El pasado año, en una de mis habituales incursiones por ofertas y ventas de viejo, me encontré con una edición de Altaya de 1995, en tapa dura, con unas valiosas notas a la edición y biográficas, que ponen en contexto la obra y a un autor tan peculiar.

Nacido en las postrimerías del siglo XIX, el Conde Giuseppe Tomaso di Lampedusa, provenía de una aristocrática familia palermitana. Dueño de una vasta cultura y de un espíritu refinado, como correspondía con su condición, habitual participante y promotor de la vida cultural, no produjo ninguna obra que se hubiera editado, antes de ésta novela. Sin embargo, con ésa que habría ser su verdadera “bala de plata” consiguió hacerse un lugar de privilegio en las letras italianas del siglo.

Si hay obras que merecen el calificativo de clásicos, ésta es una de esas que lo ostentan con sobrados méritos. La lucidez de Lampedusa para el análisis de la realidad tan compleja de la que le tocaba ser involuntario espectador de primera fila y forzado protagonista, le permitió reflejar en su obra lo que luego se convertiría en un referente. Leída hoy, sesenta años después de su publicación, conserva toda su magia y encanto, prueba última de la calidad de una obra literaria.

DONDE VAN A MORIR LOS ELEFANTES, el último Donoso

Donde van a morir los elefantes

“Donde van a morir los elefantes” es la última obra publicada en vida de José Donoso. Una obra donde valiéndose de un profesor chileno, Gustavo Zuleta (donde no es muy difícil vislumbrar al autor) quien acepta un cargo en una Universidad norteamericana de medio pelo. En esa estadía, en la que el protagonista desempeña el papel caricaturizado de un intelectual latinoamericano desde el punto de vista de los reyes de la caricatura, que vienen a ser según el autor -y no encontrará por aquí quien le desmienta- los norteamericanos, especialmente si habitan ese cosa que vendría a ser el Medioeste, casi casi ni chicha ni limonada. Una novela donde se desmontan uno a uno los innúmeros lugares comunes que forman parte de la peculiar cosmogonía yankee, cuando de referirse a todo lo que habite o provenga más al sur del Río Bravo, frontera última de la civilización, se trate. Y lo hace precisamente recurriendo a los no menos numerosos lugares comunes y prejuicios que pueblan las mentes latinoamericanas cuando de ellos, los del Imperio, se trata.

Es además, su novela, el refugio que encuentra su más íntimo amigo, el siempre postergado novelista ecuatoriano Marcelo Chiriboga, para gastar una más de sus habituales bromas.

CORONACIÓN, puerta abierta al mejor Donoso

Coronación

Coronación, novela publicada en 1957 y que consagró a Donoso como un miembro de pleno derecho del machacado “boom latinoamericano”, es la puerta de entrada perfecta para conocer la narrativa de un gran autor. Obra profundamente psicológica, narrada en torno a una casa y unos habitantes de ella que son en sí, el mundo, es también un intenso collage donde el autor nos muestra la realidad de aquél Chile de los años 50, donde el pasado daba batalla antes de desaparecer bajo la evidencia de sus anacronismos.

Cuando se habla del tan manido boom, suelen acudir al imaginario del lector tres o cuatro nombres ineludibles, pero le queda la sensación a quien ésto escribe que a Donoso se le aceptó dentro de ese selecto paraguas, a condición de ser considerado un hermano menor. Nada distinto de lo que pudo haberle sucedido a Onetti o Roa Bastos, por citar solamente dos ejemplos más.

LA LENTITUD de Milan Kundera, en tiempos de vorágine

descarga

Como sucede con casi toda la obra de Kundera, La lentitud, novela con mucho de ensayo y bastante menos de novela, en su trama mínima es una excusa para que en ella los personajes reflexionen sobre los grandes temas que marcaron la vida del autor, y con ella, a su literatura.

Intelectual lúcido, ácido crítico de las modas y posturas políticamente correctas, emprende aquí un agudo análisis de cómo los fenómenos de la velocidad proporcionados por la tecnología, y la irrupción de la imagen -a través de la fotografía primero, las cámaras de TV después-, han cambiado drásticamente nuestras culturas y los valores y patrones de comportamiento social y del individuo.

El lector y el tiempo

Biblioteca

En mi ya extensa carrera de lector inveterado e irredento, hubo un antes y un después, un punto de inflexión de inusual crueldad, el día que llegué a una, para mí, fatídica comprobación. A pesar de lo ya leído, ni todo el tiempo de vida que pudiera quedarme entonces -tal vez veinticuatro horas, pero haciendo de ello una cuestión estadística, todavía unos cuantos años-, habían de bastarme ni remotamente para leer todo aquello que creía imprescindible y aún no había leído.

Tal vez a todo lector, en algún momento de su vida, llegue a caerle este aldabonazo que irremediablemente nos ha de dejar un regusto amargo en la boca y la perniciosa sensación del tiempo perdido, o más exactamente, mal utilizado. No menos cierto es que, llegado a ese punto, salimos con la certeza de que en adelante, ya no seremos los mismos. Nos volvemos más selectivos. Vamos a por lo seguro, si es que ello es posible en literatura. Dejamos, sin tantos pasados pruritos, que otros con más sapiencia y recorrido nos aconsejen y sugieran, y hasta seremos capaces -oh, sacrilegio que otrora jamás nos habríamos permitido- de dejar un libro por la mitad, sin que por ello nos invada sentimiento de culpa alguno.

Pero claro, de las más sanas intenciones está empedrado el camino al fracaso y como toda decisión humana, lo que hoy es incontrovertible, mañana puede no serlo cegados por la luz de una nueva tentación. Agradezcamos también eso, porque de lo contrario nos habríamos convertido en fundamentalistas de una religión sin más sustento que la propia certeza de estar en lo correcto y nos habríamos perdido de disfrutar descubrimientos que no figuraban en nuestras prioridades.

Así las cosas, desde entonces como lector tengo metas. Al cabo, aunque que leer es antes que otra cosa un acto placentero y lúdico, es casi siempre también una necesidad vital y por tanto, como todas, factible de encuadrar dentro de planes y objetivos.

Con esos criterios es que he comprado el 30% de mi biblioteca que sigue en lista de espera a que le llegue su turno y de la misma manera, es que mantengo una lista de aquéllas obras que me siguen pareciendo imprescindibles. Con esos títulos y autores esperándome, siento que la intemperie del camino se vuelve un poco menos hostil.

#RetoLibro2015

  1. Un libro con más de cien años :  GUERRA Y PAZ , obra cumbre de León Tolstoi, publicada en 1869.
  2. Un libro que te haga llorar: SUITE FRANCESA , publicada en 2004, de la escritora Iréne Némiróvski, judía nacida Ucraniana y criada en Francia, muerta en Austchwitz.
  3. Un libro ambientado en otro país: EL SONIDO DE LA MONTAÑA, es una de las grandes novelas del escritor Japonés Yasunari Kawabata, publicada en 1954.
  4. Un libro de más de 500 páginas: RAYUELA la gran novela experimento, publicada en 1963, del escritor argentino Julio Cortázar.
  5. El primer libro de un autor popular:  OYE AL VIENTO CANTAR (primera entrega de la Trilogía de la Rata), editada en 1979 es la primera novela publicada por Haruki Murakami.
  6. Un libro basado en una historia real: pabellón de cáncer,  Novela autobiográfica del Nobel ruso Alexandr Solzhenitzin, publicada 1968.
  7. Un libro escrito por una mujer:  ORGULLO Y PREJUICIO, escrito por la escritora británica Jane Austen, publicada anónimamente en 1813
  8. Un libro escrito por un menor de 3 años: aprendí a leer a los 5 años, fíjate…
  9. Un libro al final de tu lista de libros por leer: mi lista aún no tiene final, hasta que yo lo tenga al menos…
  10. Un libro releído: “Crónica de una muerta anunciada” y “El otoño del Patriarca” , escritas por Gabriel García Márquez (no releo, pero…)
  11. Un libro de tu infancia: CUENTOS DE LA SELVAde Horacio Quiroga, publicado en 1918.
  12. Un libro diario: CUADERNOS DE LANZAROTE, de José Saramago.
  13. Un libro que puedas leer en un día: LA CARRETERA (The Road), novela de Cormac McCarthy, si se empieza se termina, pero no se deja.
  14. Un libro que te transporta:  HERMANA MÍA, MI AMOR, de Carol Joyce Oates
  15. Un libro pendiente por leer: EL TAMBOR DE HOJALATA, escrita por Günter Grass , publicada en 1959.

12 de Octubre: Día de…

Indígena venezuela

Quinientos veintitrés años después del comienzo mismo de ésta historia a la que ni siquiera logramos ponerle nombre, a los habitantes de este continente limitado por el Río Bravo al norte, el Pacífico al Oeste y el Atlántico al este, si algo nos une, mucho más que una lengua en común, es nuestra predisposición a la repetición. Los mismos arrebatos, las mismos lugares comunes, como si cada año descubriéramos lo que al día siguiente olvidamos sin remedio.

Según hayan sido los signos políticos que han pautado los vientos de la “Patria Grande” (¿por grande, o por patria?) el 12 de Octubre ha sido  ‘Día de la Raza’, o el ‘Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural’, o también ‘Día de las Américas’, o quizás el ‘Día de la Diversidad Cultural’. Todos collares para sujetar al mismo perro. Cada año brotan de debajo de cada piedra los adalides de la corrección política, proclamando a tambor batiente su indignación por el vergonzante recuerdo del infame genocidio español de los castos pueblos originarios. No obstante, estas repetitivas huestes de cruzados indigenistas se abren las venas ya abiertas, en su mayoría, en día festivo. Ésto es, la indignación y vergüenza les impide trabajar. Un poco de revisionismo sí, pero que no nos jorobe la fiesta, pues. En Argentina, la Doctora derriba a Colón con tal inquina que pareciera que dentro de las toneladas de la estatua condenada al destierro, estuvieran mismo los restos del genovés venal y genocida. Por los desaforados lares de Bolívar, un mico con banda presidencial lo sustituye por un indígena emplumado en pose guerrera, aunque el pobre no sabe si apuntar sus flechas para la España decadente o hacia el Imperio satánico.

Ese supremo provocador que es Pérez-Reverte, escritor en sus ratos de ocio, español para peor, ha utilizado la red del pajarito para tirar una pequeña historia salida de su peculiar coleto. Dice AP-R en sus sucesivos tuits: Cada 12 de octubre, cuando los desinformados y los tontos empiezan con la copla genocida, me acuerdo del abuelo del señor Sánchez. Una vez, en México un periodista mexicano me preguntó si no tenía “remordimientos por ser español y genocida” “Ustedes vinieron a América a violar a mujeres y destruir nuestra civilización”,argumentó. Le pregunté cómo se apellidaba. Dijo que Sánchez. Le respondí que mis abuelos nunca fueron a América: “El que por lo visto sí vino fue el abuelo de usted –dije-. Aquel señor Sánchez”. “Pídale cuentas a su abuelo el genocida, no a mí –añadí-. Mis abuelos se quedaron en España, y de mi familia yo soy el primero que vengo”.

Cuando uno encuentra tanto Sánchez y tan poco Namuncurá entre los indignados, se pregunta si la mejor manera de indignarse en serio con los descendientes de los genocidas, casi todos nosotros mismos, sería eliminar la fecha del calendario e irnos los 12 de Octubre a trabajar como cualquier otro día. Así, por lo menos, seríamos un poquito menos contestatarios pero un poquito más coherentes.

Saramago y la balsa que no avanza

gente leyendo

Cuando era joven, años que suman decenas ya, solía pensar que mi ignorancia era una laguna que podría cruzar, hasta alcanzar la orilla de la sabiduría, con solamente dar unas cuantas brazadas.

Pasaron los años, se sucedieron experiencias y fracasos duraderos, éxitos pírricos y enseñanzas desperdiciadas, caídas y recaídas y todas ellas, mero vivir, embebidas de lecturas que, suponía – ingenuo yo- me hacían, si no más sabio, por lo menos un poco menos ignorante. Craso error, mea culpa. La laguna era ya un gran lago que desafiaba la resistencia de cualquier nadador.

Seguí gastando años y ojos, tratando de ver lo que apenas podía entender, buscando la embarcación que me pusiera en la otra orilla. Confieso: he leído. Asumo: ¡qué poco he aprendido!

Si acaso, lo más valioso que rescato de mi enciclopédica ignorancia es la capacidad de haberlo entendido al fin, y de empezar, ya era hora de ello, de buscar el remedio allí donde ella, la sabiduría, reside.

En oportunidad de la 38° Feria Internacional del Libro en Montevideo -con mucho de Feria y poco de internacional- participamos con mi hija Ana Claudia, escritora y adicta a la lectura como un servidor, de una actividad cultural en homenaje a José Saramago, con motivo de los 5 años de su –presunta, porque yo, mucho no me lo creo- muerte. Participaban de ella, como conferencistas, nuestra Claudia Amengual y la escritora argentina Claudia Piñeiro, ambas confesas admiradoras del “viejo portugués”.

Luego de leído un escrito enviado por Amengual, quien no pudo concurrir por verse afectada por una enfermedad de las que minan las más férreas voluntades, la ponencia final quedó a cargo de Piñeiro. Para quienes no conocen a esta autora argentina, de éxito editorial indudable tanto como su calidad literaria, su carrera se consolidó a partir de haber obtenido el Premio Clarín de narrativa, por su novela “Las viudas de los jueves” otorgado por un Jurado compuesto por Rosa Montero, Belgrano-Rawson y presidido, nada menos, por Saramago.

Piñeiro, convertida al credo saramaguiano no solamente por su obra, sino por la enorme dimensión intelectual, moral, ética y humana del Viejo, recurrió para su semblanza a éstos últimos aspectos -por el orden en que se citan, no por la importancia-, para trazar un retrato del gran autor. Todo un acierto, realmente.

Para ello, echó mano con seguridad, a su obra “El autor se explica”  (en mi poder un ejemplar en mini de Editorial Aguilar, Colección Crisol, 2010) que contiene su ensayo “La estatua y la piedra” originado en una Conferencia dictada en Turín, y el discurso de aceptación del Premio Nobel ante la Academia Sueca.

Para quien no lo haya leído, mi ferviente recomendación. Difícil, muy difícil, encontrar otro ejemplo de tanta sabiduría expresada en menos de 200 mini páginas, que lo importante no necesita de lo grande.

Del discurso rescato la anécdota relatada por Saramago, el nieto que seguía siendo, en torno a que “el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida, no sabía leer ni escribir”, refiriéndose, claro está, a su abuelo Jerónimo. El hombre que, sin saberlo, trascendió la estatua para ir al centro mismo de la piedra. Cuenta Saramago que, enfermo el abuelo, vienen a buscarle con el objeto de internarle en un hospital. Sabiendo ya que no habría de volver, ese gran hombre que era el modesto campesino no quiso irse sin antes recorrer su huerto y despedirse, abrazándolos con los ojos acuosos del que no teme llorar,  de cada uno de sus olivos, como si fueran hermanos con los que se decía el adiós definitivo, que lo eran –hermanos- y definitivo era el adiós. Toda la dimensión humana del nieto, aparece meridianamente expuesto su origen en ese gesto, tan simple, del abuelo.

Para graficar la otra gran dimensión, la ética del escritor, portugués y europeo, rescato un ejemplo si se quiere, desde el punto de vista literario dentro de su enorme edificio, quizás menor: el que tiene que ver con la publicación de “La balsa de piedra” y los ataques recibidos por ello, acusándole de euroescéptico en el menor de los casos, porque hubo munición bastante más gruesa. Un malentendido ex profeso típico de políticos.

Lo que realmente hay en esa obra de Saramago, considerada por muchos una novela menor de indudable carácter político, es un ferviente deseo de aproximación, que le hace imaginar a la Península Ibérica como tal, navegando aguas con proa hacia la América colonizada, buscando restablecer el equilibrio perdido.

En momentos en los que un acuerdo comercial –principio querrían las cosas- entre la Comunidad Europea y el Mercosur se aplaza ad infinitum y los desaforados realistas mágicos que gobiernan éstas tierras arrasadas, derribando Colones y entronizando indígenas lanzas en ristre, reivindican improbables orígenes, me parece que la apelación al sueño del Viejo es ineludible, por más que la evidencia nos muestre a la Península prendida con uñas y dientes a los Pirineos, haciendo que la Balsa ingeniosamente imaginada naufrague antes siquiera de haber emprendido la travesía.

Mientras tanto éste humilde escriba, sigue intentando ver la otra orilla del gran lago de su ignorancia.

Salman Rushdie, o el triunfo de la libertad sobre el fanatismo

Nota realizada al autor en España, con motivo de la presentación de su nueva novela “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” , es decir, mil noches y una más, la que descansa en mi escritorio a la espera de ser leída. Hace 27 años, el dedo acusador del Ayatoláh Jomeini dictaba la Fatwa por la cual el escritor indio quedaba condenado a muerte, de por vida, sin posibilidad de revisión alguna. Sentencia a ser cumplida como mandato por cualquier musulmán allí donde estuviere en el mundo. Todo ello por la publicación de su novela “Los versos satánicos”, es decir, por haber escrito lo que pensaba, lo que, en esencia, constituye la razón de ser de cualquier escritor que se precie de tal.

Lejos de amilanarse, Rushdie siguió con su vida, cargando con semejante amenaza con envidiable temple y humor, haciendo lo que siempre supo hacer: poner su pensamiento en palabras. De esa libertad no resignada, aún al costo de vivir en una suerte de limbo permanente, nace ésta su nueva novela. Entremos en ella. Es fruto de la autenticidad de un autor que solamente obedece a su propia libertad y con ello, la de todos nosotros, sus lectores.

http://www.elimparcial.es/noticia/156676/cronica_cultural/Salman-Rushdie-sonrie-27-anos-despues-de-la-fatwa.html